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Historia

De los origenes al Renacimiento (siglo VI a 1475)

Las Cantigas de Santa María, elaboradas por el rey Alfonso X, fueron la obra literaria culminante escrita en gallego medieval

En Galicia, fue primero la pequeña nobleza asentada en el país, pero con contactos por todo el norte de la Península, y después también la ínfima nobleza, más vinculada a los reyes de Castilla-León, a su corte y a sus empresas militares (conquista de Al-Andalus), la que apostó por el cultivo literario del gallego. De ahí la esplendorosa escuela trovadoresca gallego-portuguesa. Un poco más tarde, a mediados del siglo XIII, arranca el cultivo instrumental del gallego, vinculado a las necesidades administrativas de la nobleza, de la incipiente burguesía urbana y de los poderosísimos conventos y monasterios.

Sumario

El gallego es un idioma neolatino. Como tal está emparentado con las demás lenguas románicas, entre las que se cuentan algunas de las más habladas de Europa, como el portugués, el castellano, el francés y el italiano. Con el portugués y el castellano las relaciones son muy estrechas: con el primero, por la génesis común en la Edad Media; con el segundo, por la estrecha convivencia durante las edades Moderna y Contemporánea. En el siglo XIX, coincidiendo con el desarrollo de la historiografía romántica que reivindicaba la preponderancia del elemento céltico en la configuración de Galicia como unidad étnica, también se puso de moda subrayar un supuesto componente céltico del idioma, idea que ha calado hondo entre los eruditos gallegos de comienzos del siglo XX.

1. Los orígenes: la evolución desde el latín

En realidad, el gallego no sólo es, como hemos dicho, un idioma neolatino propiamente tal, sino uno de los dos más fieles representantes del latín vulgar que se implantó en el país entre los siglos I y VI de nuestra era. Las distintas maneras de hablar de las poblaciones indígenas galaicas, que eran de tipo céltico o paracéltico, se limitaron a dejar huellas escasas en el léxico y reliquias más abundantes en la toponimia del país. Aportaciones no latinas posteriores, como las germánicas y más tarde las árabes, apenas modificaron la fisonomía

Las distintas formas de hablar de las poblaciones indígenas galaicas, que eran de tipo céltico o paracéltico, se limitaron a dejar huellas, escasas en el léxico y reliquias, más abundantes, en la toponimia del país.
románica de las diferentes hablas galaicas.

A juzgar por la ausencia de testimonios, en Galicia era desconocida la escritura antes del contacto con los conquistadores romanos. El único idioma que se escribió en Galicia hasta finales del siglo XII fue el latín, un latín muy distinto al clásico y en permanente evolución. Las hablas neolatinas, en Galicia como en otras partes, experimentaron una transformación mucho más rápida de lo que la lengua escrita durante esos siglos (del V al XIII) da a entender. Con todo, no está claro cuando comenzó la gente a tomar conciencia de que el idioma que hablaban ya no era latín, sino lo que ellos denominaban romance. Convencionalmente podemos situar ese momento en torno al siglo XII.

2. La conciencia de un idioma diferente en la Baja Edad Media

Es más fácil determinar en qué época comenzó el romance gallego a percibirse como distinto a otros romances vecinos: la conciencia de esa diferenciación comienza a atisbarse en el siglo XII, y se consolida en el XIV.

Con todo, sería un anacronismo ingenuo suponer que en los tiempos medievales el gallego desempeñaba en la definición de la identidad gallega un papel similar al que representa en nuestra época. Incluso sería engañoso pensar que las identidades colectivas medievales tenían un carácter en todo punto análogo a las actuales. En la Edad Media europea no existían poderosos estados con un aparato administrativo extenso y centralizado, y con unas fronteras políticas definidas y estables, sino que existían entidades políticas semiautónomas

A mediados del XIII, comienza el cultivo instrumental del gallego, vinculado a las necesidades administrativas de las clases altas.
de distintos niveles, cuajadas alrededor de dinastías nobiliarias o regias, solapadas de diversos modos, y con fronteras discontinuas susceptibles de cambio. No había, entonces, ciudadanos leales a un estado, hecho que constituye un referente imprescindible de la identidad colectiva contemporánea, sino súbditos fieles a diversos señores, unidos a ellos por lazos personales de protección y socorro. El cemento más firme de la identidad colectiva lo daba la religión, que en el caso de los cristianos se encarnaba en una poderosa institución de carácter transnacional, casi más jerarquizada y centralizada que los propios estados feudales. La Iglesia tenía, además, el monopolio de la educación, que, por otra parte, sólo alcanzaba a un porcentaje muy exiguo de la población. En la Edad Media, prácticamente los únicos que sabían leer y escribir eran los clérigos. El idioma de la Iglesia, de su administración, de los ritos religiosos, de sus centros educativos (por ejemplo, de las universidades) era el latín, y así continuó siendo hasta tiempos muy recientes.

3. La formación de la tradición escrita en el poder

Existe un correlato claro entre la configuración política de los principados medievales y la de las lenguas que comenzaban a forjarse a partir de los dialectos neolatinos. Fuera del latín, no existían idiomas fijados, con una tradición escrita estable y una modalidad de referencia, ni muy definidos unos frente a otros, sino hablas entre las que existían pequeñas diferencias graduales, con afinidades que se iban difuminando poco a poco conforme uno se alejaba en el territorio. Sólo con la lenta emergencia de una cultura no clerical, primero nobiliaria y más tarde burguesa, comenzó a surgir de manera incipiente el cultivo literario de esas hablas vulgares y se fueron constituyendo tradiciones escritas para los idiomas románicos. De una manera análoga, la búsqueda de la eficacia comunicativa resultó decisiva para impulsar la escritura de los romances en el ámbito administrativo. Cuando esto se vio apoyado por una corte real, como sucedió en Castilla-León a partir de Fernando III, y sobre todo de Alfonso X (siglo XIII), se creó una base sólida para que se estabilizase una tradición escrita que ha servido de referencia para la fijación del correspondiente romance.

4. Los trovadores

En Galicia, fue primero la pequeña nobleza asentada en el país pero con contactos por todo el norte de la Península, y después también la ínfima nobleza, más vinculada a los reyes de Castilla-León, a su corte y a sus empresas militares (conquista de Al-Andalus), la que que impulsó el cultivo literario del gallego. De ahí la esplendorosa escuela trovadoresca gallego-portuguesa. Un poco más tarde, a mediados del siglo XIII, arranca el cultivo instrumental del gallego, vinculado a las necesidades administrativas de la nobleza, de la incipiente burguesía urbana y de los poderosísimos conventos y monasterios. Pero aquí faltó una corte real que marcase una pauta, algo que sí ha existido en Portugal. A comienzos del siglo XVII notaba con agudeza el letrado y gramático portugués Duarte Nunes de Leão que las lenguas de “Galliza e Portugal eraõ antigamente quasi hũa mesma” (Galicia y Portugal eran antiguamente casi una misma). Y añadía: "Da qual lingoa Gallega a Portuguesa se auentajou tanto, quãto na copia & na elegãcia della vemos. O que se causou por em Portugal hauer Reis, & corte que he a officina onde os vocabulos se forjaõ, & pulem & donde manão pera os outros homẽs, o que nunqua houue em Galliza" (La lengua portuguesa se aventajó tanto de la lengua gallega, tanto en la copia y en la elegancia que de ella vemos, lo que sucedió por haber reyes y corte en Portugal, que es la oficina donde los vocablos se forjan y se pulen y de donde manan hacia otros hombres, cosa que nunca sucedió en Galicia).

5. La creciente influencia del castellano a finales de la Edad Media

En la Galicia tardomedieval, entre los siglos XIII y XV, se produjo una emergencia vigorosa del romance gallego, suficientemente fuerte como para que se configurase un concepto de “lengua gallega” distinta de otras lenguas, y para que el idioma propio quedase para siempre vinculado a un estereotipo de identidad, de contenido y perfil nebuloso, pero real. No obstante, la tradición escrita y literaria en gallego medieval no fue tan sólida como para resistir los embates de una tradición rival, que se erigió con un enorme poder absorbente ya desde el siglo XV y que extiende su cénit en las centurias siguientes. Nos referimos, claro está, al castellano. El romance de Castilla encontró desde el siglo XIII un sólido apoyo como lengua administrativa y literaria por parte de la corte regia, y más en las cortes nobiliarias del centro de la Península, de modo que ya en la siguiente centuria se encontraba en plena expansión no sólo en el sur de la Península (en los territorios arrebatados a los musulmanes en que el árabe imperaba como lengua

A mediados del siglo XVI el gallego era ya una lengua completamente ágrafa.
hablada y de cultura) sino también en el este (Aragón) y oeste (León). Durante el siglo XV la hegemonía del castellano se afianza hasta el punto de que a finales de siglo acaba suplantando al gallego como lengua instrumental y literaria, e incluso compite en esta última condición (en la producción literaria) con el catalán en el Levante y con el portugués en el Ocaso. Bajo la presión combinada de la corte real, el nuevo aparato de Estado implantado en Galicia desde los Reyes Católicos y la dependencia cada vez más estrecha de la Iglesia gallega respecto a Castilla, hacia la mitad del siglo XVI el gallego era ya una lengua completamente ágrafa.