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Historia

Los siglos oscuros. Renacimiento, Barroco, Ilustración (siglos XVI-XVIII)

Óleo de Antonio Puga, pintor gallego del siglo XVII

Estos siglos, llamados oscuros por contrastar negativamente con las etapas anteriores y posteriores, se caracterizan por una ausencia casi total de la lengua gallega en los usos formales y en la escritura. La aparición de la imprenta supuso para el gallego perder la oportunidad de difundirse a través de un medio de comunicación poderosísimo. La Iglesia y el Estado, preocupados por darle forma a una nación emergente, escogieron el castellano como lengua habitual de documentos, procesos y oficios. Con todo, destacaremos en este período la sensibilidad de un personaje excepcional: Martín Sarmiento.

Sumario

1. La aparición de la imprenta

Acotado su impulso como lengua escrita justo en las puertas del siglo del Renacimiento, el gallego no sólo se vio privado de experimentar la vivificación que las nuevas corrientes históricas insuflaron al castellano y al portugués, sino que perdió la oportunidad de difundirse a través de un medio de comunicación poderosísimo, la imprenta, de lo que sí se aprovechó el idioma del Estado.

El gallego resistió como lengua hablada por el conjunto del pueblo, pero siguió perdiendo oportunidades históricas para actualizarse y crecer.
La copia impresa, comparado con la lenta, limitadísima y costosa reproducción de los escritos a través del traslado a mano, no sólo supuso una revolución en lo que respecta a la capacidad de difusión de las lenguas ascendentes de la Europa del seiscientos que a partir de entonces rivalizaban abiertamente con el latín, sino que impuso una inédita disciplina ortográfica y lingüística a idiomas hasta entonces carentes no sólo de codificación, sino incluso de una mínima fijación.

2. Gallegos bilingües y trilingües

Todos los gallegos aprendían su lengua en su familia y la usaban como idioma hablado entre ellos, pero poco a poco adquirirían las primeras letras y lo hacían en castellano, y los poquísimos que seguían una carrera letrada la cursaban en latín. La Iglesia continuaba adherida al idioma del Lacio, por lo menos como lengua de administración, de los ritos y de la alta cultura, pero introdujo el romance (castellano) en la catequesis y en las oraciones más populares que los fieles debían aprender de memoria y mediante las que se familiarizaban con la lectura. En cuanto a la predicación, seguramente se hacía en romance gallego desde tiempo atrás, pero en algún momento que no podemos precisar (quizás a mediados del siglo XVI) comienza a hacerse en castellano, por lo menos en los principales templos urbanos. Además, las jerarquías más elevadas de la Iglesia y del Estado estaban copadas por foráneos, que traían con ellos el idioma del centro. Entonces, los gallegos más cultos eran por necesidad, como mínimo, trilingües, es decir, capaces de manejar tres idiomas (gallego, castellano y latín) y de escribir dos de ellos (los dos últimos). Los que tenían cierta posición social debían ser bilingües (gallego/castellano), aunque solo leerían y escribirían en castellano, y el conjunto de la población permanecía monolingüe en gallego y analfabeta. Existía una apreciable minoría de origen castellano monolingüe, o bilingüe en esa lengua y en latín; y también había otras minorías de otras lenguas, de menor peso pero dignas de mención, sobre todo francófonas.

3. La influencia de la Iglesia

En el siglo XVI se produce otra novedad que tendrá consecuencias de todo orden: la Reforma religiosa y la subsecuente Contrarreforma. Galicia, como el resto de España, permaneció fiel a la ortodoxia católica y romana, lo que tuvo un efecto sociolingüístico neto. Roma impulsó una política lingüística opuesta a la vulgarización de los textos y de los ritos que preconizaban los protestantes, y esto obstaculizó en cierta medida la expansión de las lenguas “de Estado” ascendientes como el castellano. Por casualidad, la primera traducción completa de la Biblia a este idioma que circuló legalmente en España se imprentó hacia finales del siglo XVIII. Esto facilitó, por vía indirecta, el mantenimiento de los idiomas vernáculos (esto es, sólo hablados) como el gallego.

El gallego perdió la oportunidad de difundirse a través de un medio de comunicación poderosísimo, la imprenta.
Mientras que en dominios lingüísticos en que se impuso la Reforma, como el alemán, la variedad adoptada en los textos sacros, en los ritos y en la predicación barrió con su prestigio otras variedades cultas con diferentes bases dialectales, en otras áreas en que se mantuvo la hegemonía católica, como Italia, las hablas locales retuvieron toda su vitalidad frente al idioma “común”. En definitiva, el gallego resistió como lengua hablada por el conjunto del pueblo, pero siguió perdiendo oportunidades históricas para actualizarse y avanzar: Renacimiento y Humanismo, en los siglos XV y XVI; Ilustración y Racionalismo, en el siglo XVIII.

4. La Ilustración y Martín Sarmiento

En cuanto al último período citado, constituye un lugar común atribuir a las Luces del Setecientos puntos de vista abstractos y universalistas, incompatibles con la preocupación por las realidades locales. Esto constituye una deformación caricaturesca. En lo que respecta a las lenguas, en buena parte de la Europa ilustrada, florece el interés por las hablas no cultivadas y se ponen los cimientos para la futura dialectología. En este caso, Galicia no sólo no es una excepción, sino que constituye un ejemplo puntero, sobre todo gracias a la obra de Martín Sarmiento. El fraile sabio comenzó a preguntarse por su idioma infantil al principio impulsado por motivaciones eruditas; pero sus estudios sobre el gallego, las reflexiones lingüísticas que desarrolló y las propuestas que tuvo el atrevimiento de bosquejar (aunque no de publicar en vida) significaron una primera llamada de atención y sentaron las bases para el surgimiento de una nueva consciencia lingüística, que sólo comenzaría a atisbar casi un siglo después de su muerte. No por casualidad, la nueva visión del idioma gallego que despierta con Martín Sarmiento coincide con los primeros pasos de un proceso que sólo se encaminaría con decisión en el siglo XIX.

5. Los Borbones y la centralización del Estado

En efecto, la nueva dinastía de los Borbones, que sucedió a los Austrias a comienzos del siglo XVIII, puso en marcha un proceso de centralización del Estado que procuraba reforzar la autoridad real, tanto frente a los poderes locales tradicionales como frente a la Iglesia.

Es común atribuirle a la Ilustración puntos de vista incompatibles con la preocupación por las realidades locales. Galicia es una excepción, sobre todo gracias a la obra de Martín Sarmiento.

Ya en la segunda mitad de la centuria, Carlos III expulsa a los jesuitas y promueve la reforma de la educación, a través de la que pretende reforzar el papel del castellano, tanto respecto de los distintos idiomas de España como del latín. A pesar del desafío, esta lengua conserva, en la práctica, el monopolio de la universidad, además del culto y la alta cultura eclesiástica.