La Historia Compostelana en el panorama de la historiografía latina medieval
Emma Falque


doi:10.17075/SECXEL.2013.012

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Mi intervención en este coloquio dedicado al arzobispo Gelmírez se referirá a la perspectiva de la relación que existe entre la Historia Compostelana1 y la historiografía latina medieval. Mi doble condición de editora y traductora de esta obra2 me ha llevado a centrar mi participación en ella, pues es la fuente primordial para entender la figura de Gelmírez, ya que el arzobispo gallego concibió la hc como un marco que explicara su propia actuación religiosa y política.

I. La HC y la historiografía hispanolatina

Prueba de que el protagonista indiscutible de la hc es Diego Gelmírez es que a lo largo de la obra se le nombra así pocas veces; una y otra vez los autores se refieren a él como «el obispo» (episcopus), desde 1100 hasta 1120, o «el arzobispo» (archiepiscopus), desde 1120, fecha en que consiguió trasladar el arzobispado de la iglesia de Mérida a Compostela. No hay necesidad de más aclaraciones, solo ocasionalmente se le llama Diego Gelmírez o Diego ii3. Por eso, los investigadores que han querido aproximarse a la figura del arzobispo han tenido obligatoriamente que servirse de la hc. Dejemos de lado la pregunta de si los documentos incluidos en la obra han sido o no manipulados, no mostremos la duda de si la información que nos transmite el texto es más o menos sesgada, incluso la sospecha —bastante razonable— de que la hc sea una obra partidista cuyos autores no son imparciales. En cualquier caso, y hecha esta salvedad, hay que admitir que cualquier estudioso que haya pretendido acercarse a la figura del primer arzobispo de Santiago ha tenido que hacerlo a través de la hc4.

1. La historiografía hispanolatina del s. xii

1.1. Historia Roderici y Chronica Adefonsi Imperatoris

Quisiera empezar —dejando de lado precisiones sobre la fecha de redacción de ambas— por dos crónicas latinas, la Historia Roderici y la Chronica Adefonsi Imperatoris, que tienen en común que focalizan su interés en dos personajes históricos, la primera en el héroe castellano, el Cid, y la segunda en el rey Alfonso vii.

En el contexto de la historiografía hispanolatina, la hc junto con la Historia Roderici constituye un caso peculiar. Como bien señaló Menéndez Pidal, desde el siglo x a comienzos del s. xii, la historiografía no produce otra cosa que crónicas de reyes, donde en unas cuantas líneas se enumeran los sucesos más importantes de cada reinado. Pero a principios del s. xii tanto la Historia Roderici como la hc inician una importante novedad, pues narran sucesos contemporáneos5. No hay que olvidar que la llamada Historia Roderici es en realidad unos Gesta y ese es el título que aparece en los mss. de esta crónica: Gesta Roderici Campidocti6; por otra parte, ya en su día el Prof. Vones demostró que la hc es una combinación de gesta y registrum, y el Prof. López Alsina utiliza también ambos términos: llama Gesta Compostellana a la primera parte, escrita por Nuño Alfonso, y Registrum a la segunda, escrita por Giraldo, y a la última, que atribuye a Pedro Marcio. Podemos decir que precisamente la condición de Gesta que tiene la Historia Roderici, transmitida incluso por los propios manuscritos de la obra, es la que la aproxima, en cierto sentido, a la hc, pues ambas obras7, escritas en latín, son biografías de personajes del reino, no crónicas de los soberanos, lo cual revela un hondo cambio en el interés histórico; son relatos más extensos, especialmente la hc, que los que antes se hacían en las crónicas; ambas utilizan documentos referentes al biografiado insertándolos en el texto y tanto en un caso como en otro se escriben en vida o en los años siguientes de los que son sus protagonistas principales: el Cid y Gelmírez.

En ambos casos nos encontramos ante un relato contemporáneo a los sucesos narrados, exceptuando obviamente la descripción que se añade en la hc del traslado a Hispania del cuerpo del apóstol Santiago, el descubrimiento de la tumba y el episcopado de Iria. No podemos rastrear fuentes históricas anteriores ni en la Historia Roderici ni en la hc porque ninguna de las dos obras constituyen un eslabón más en la cadena de relatos históricos que se van transmitiendo, pero sí podemos contemplar la hc desde otro punto de vista: como fuente documental en sí misma, que nos ha transmitido textos que, sin ella, nos serían desconocidos. La inclusión de documentos de diversa índole es una de las principales características de la obra y ya he hecho referencia a ella en otras ocasiones. Estos documentos, perdidos a lo largo de los siglos y en los desastres de los archivos de Santiago, hacen de la hc «una verdadera colección diplomática de valor inapreciable»8.

Por su parte, la Chronica Adefonsi Imperatoris9 está dedicada al reinado de Alfonso vii de Castilla (1126-1157) y dividida en dos libros, a los que sigue un poema conocido como Poema de Almería, que narra la conquista de la ciudad por este rey. El libro primero está dedicado a narrar las luchas entre los cristianos, a las que tuvo que hacer frente el rey Alfonso desde su subida al trono; el segundo se centra en el avance de los cristianos sobre el Islam. Esta crónica anónima10, a pesar de sus lagunas, es la fuente fundamental para el reinado de Alfonso vii, ámbito en el que se centra11.

Si tenemos en cuenta la fecha de redacción de esta obra, fijada con bastante precisión por Ubieto Arteta, escrita entre finales de agosto de 1147 y principios de 1149, difícilmente pudo influir en la redacción de la hc, que se concluiría entre 1145 y 1149, pero que empezó a redactarse mucho antes, hacia 1109. Evidentemente, podríamos plantearnos lo contrario, la posible influencia de la hc en la Chronica Adefonsi Imperatoris, en especial la última parte de la hc, en la que se nos ofrece más información sobre Alfonso vii. Pero no hay indicios de que el autor de la Chronica Adefonsi Imperatoris utilizara como fuente la hc, aunque bien pudo hacerlo, pues la hc es también una fuente importante para los reinados de Alfonso vi, la reina Urraca y Alfonso vii. Recordemos, por ejemplo, la narración que ofrece la hc sobre «…el juramento hecho por los gallegos en León al todavía niño Alfonso, hijo del conde Raimundo» (hc, i, 46) que la Chronica Adefonsi Imperatoris simplemente omite ya que comienza con la muerte de la reina Urraca en 1126, o la petición realizada por Gelmírez después del concilio de Carrión de 1130 a Alfonso vii de que regalara una propiedad en Talavera para suministrar aceite a las lámparas de la iglesia de Santiago en los meses de invierno, en los que disminuía el número de peregrinos12, de la que tampoco hay constancia en dicha crónica.

Encontramos también en la Chronica Adefonsi Imperatoris algunas referencias, que no dependen de la hc, a la nobleza gallega (i, 5; i, 75) y al ejército de Galicia, al que se alude de forma independiente (i, 14; i, 76; ii, 51; ii, 91). Deja también la crónica constancia de las relaciones entre Galicia y Portugal en aquel momento (i, 74; i, 75; i, 86; ii, 20). Podemos también rastrear alguna alusión a los condes gallegos rebeldes (i, 77) o a los ataques de los musulmanes a las costas gallegas (ii, 9). Y en el llamado Poema de Almería13 se incluyen los pueblos y caudillos que participan en la conquista de la ciudad: los gallegos, leoneses, asturianos, castellanos, los habitantes de la Extremadura, portugueses…; los gallegos acuden los primeros al combate tras recibir la bendición del apóstol Santiago (pa, 64-65)14.

1.2. Historia Silense

En el s. xii son la Historia Silense y la Crónica Najerense las continuadoras de la tradición historiográfica anterior y en ambas podemos encontrar alguna información relacionada con Galicia y el culto jacobeo, la primera de ellas muestra interés y devoción por el apóstol Santiago, que aparece por primera vez como miles Christi en su caballo blanco, la segunda incluye, entre otras noticias tomadas del Chronicon Iriense, algunos detalles sobre obispos de Compostela, pero tampoco están relacionadas con la hc.

La Historia Silense, sobre cuyo nombre han discutido mucho los especialistas proponiendo diversas etimologías15, es obra de autor sin identificar, quizás de origen leonés, concebida como réplica oficial de la corte leonesa a la propaganda cidiana realizada por la Historia Roderici. Se ha supuesto16 que la obra pudo ser redactada entre 1110 y 1120 por un monje procedente del monasterio de Silos, que quizás podría identificarse con un gramático llamado Alón, quien, a su vez, pudo haber sido posteriormente obispo de Astorga17, lo cual quizás sea ir demasiado lejos. Las conjeturas, pues, se acumulan en torno al nombre de la crónica y a su autor, por lo que bien pudo decir F. Rico que la obra era un «semillero de problemas»18.

Si bien es cierto que encontramos en la Historia Silense algunas referencias a Galicia, como, por ejemplo, el ataque de los normandos, quienes llegan hasta Santiago y matan al obispo Sisnando19, o del caudillo árabe Almanzor, quien también llega a Compostela20, no hay evidencia de que los autores de la hc conocieran y utilizaran esta crónica.

La única vinculación con Compostela y Gelmírez parecen ser las ya apuntadas por sus últimos editores, J. Pérez de Urbel y A. González Ruiz-Zorrilla, las coincidencias entre el llamado Chronicon Compostellanum21 y la Historia Silense, por una parte, y la relación del arzobispo Gelmírez con el obispo Alón de Astorga22, al que se ha atribuido la autoría de la obra, por otra.

Más interesante es —aunque este episodio no acerque la Historia Silense a la hc, sino al Chronicon mundi de Lucas de Tuy— el relato que ofrece esta crónica sobre las campañas de Fernando i en Portugal23 y cómo el rey solicita al apóstol Santiago su ayuda para conquistar Coimbra. Es el propio Apóstol quien le anuncia su triunfo a un peregrino griego, al que se le aparece en una visión Santiago en un caballo blanco, vestido de caballero:

Et hec dicens, allatus est magne stature splendidissimus equus ante fores eclesie, cuius niuea claritas totam apertis portis perlustrabat ecclesiam, quem apostolus ascendens, ostensis clauibus peregrino innotuit Coynbriam ciuitatem Fernando regi in crastinum circa tertiam diei horam se daturum (hs, 89).

Y tras decir esto, fue llevado ante las puertas de la iglesia un magnífico caballo de gran porte cuya resplandeciente blancura iluminaba toda la iglesia, que tenía las puertas abiertas, al cual subió el apóstol y dio a conocer al peregrino, mostrándole las llaves, que al día siguiente hacia la tercera hora del día le entregaría la ciudad de Coimbra al rey Fernando.

Aparece, pues, por primera vez en esta obra el apóstol Santiago como miles Christi, en un caballo blanco, anunciando la toma de Coimbra. Tanto en la supuesta batalla de Clavijo, que narrará el Tudense, como en esta toma de Coimbra por Fernando i, en la que interviene decididamente el Apóstol, nos encontramos a un «Santiago caballero», vestido como tal y ayudando a las tropas cristianas a vencer. El relato de la toma de Coimbra nos lo ofrece la Historia Silense y el Liber sancti Iacobi. En la Historia Silense, el cronista, antes de la narración, resume lo que ocurrió, cómo el Apóstol intercedió por las tropas cristianas ante Cristo, su Maestro:

Pugnat itaque Fernandus rex apud Coynbriam materiali gladio, pro cuius uictoria capescenda Iacobus Christi miles apud magistrum intercedere non cessat (hs, 88).

Lucha, pues, el rey Fernando en Coimbra con espada material, Santiago, caballero de Cristo, no deja de interceder ante el Maestro a favor de que aquél alcance la victoria.

Por su parte, la versión del Liber da un paso más y reviste a Santiago con armas —por lo menos, defensivas— y lo coloca al frente de las tropas cristianas, aunque todavía en un plano simbólico. En Clavijo, como veremos en la versión del Tudense, hará ya su aparición pública el Apóstol en plena batalla campal, «arengando a los cristianos», pero también, ya decididamente, «hiriendo a los sarracenos»: …Christianos animando ad pugnam et Sarracenos fortiter feriendo (cm, iv, 17, 45-47).

1.3. Crónica Najerense

Esta crónica, a la que Cirot llamó Leonesa24, Gómez Moreno Miscelánea25 y los editores posteriores Najerense26, es la que podemos llamar «primera crónica castellana»27. Al ser muy posterior a la hc ya que podría fecharse después de 117428, si no más tarde, después de 118529, nada podemos decir de posibles influencias de la misma en la hc, pero tampoco podemos demostrar que la hc influyera en esta crónica castellana ni que el autor de la Crónica Najerense conociera la obra que se había terminado en Compostela unos decenios antes. La Najerense está relacionada con otras obras históricas, como las de San Isidoro, la Crónica de Alfonso iii, la Crónica de Sampiro y la Historia Silense.

Vuelven a aparecer en la Crónica Najerense las mismas referencias a Galicia o los gallegos que incluía la Historia Silense y encontramos, de nuevo, la narración del saqueo realizado por los normandos de las costas gallegas, que llegan hasta Santiago, donde asesinan al obispo Sisnando (cn, ii, 32, 7-11 = hs, 28), o el ataque de las tropas de Almanzor que llega hasta Compostela (cn, 36, 18-20 = hs, 30). La versión de la toma de Coimbra por el rey Fernando i está tomada de la Historia Silense30; también aquí, como en la narración de la Historia Silense, Santiago ayuda a las tropas cristianas intercediendo ante el Maestro, sin intervenir directamente (cn, iii, 7, 21-24).

2. Las grandes crónicas latinas del s. xiii

Los dos grandes autores de la historiografía latina del s. xiii son Lucas de Tuy, el Tudense, y Rodrigo Jiménez de Rada, el Toledano. Sus obras, el Chronicon mundi y la Historia de rebus Hispaniae respectivamente, culminan la historiografía hispanolatina y dan paso a la historiografía castellana representada por el rey Alfonso x.

2.1. Lucas de Tuy, el Tudense: Chronicon mundi

El primero de estos autores, Lucas, obispo de Tuy, es conocido fundamentalmente por su obra histórica el Chronicon mundi31, aunque escribió también otras32. No conocemos exactamente dónde nació este autor ni dónde se desarrolló su educación33, aunque sabemos que fue diácono y canónigo de San Isidoro de León, ciudad en la que vivió gran parte de su vida. En 1239 fue nombrado obispo de Tuy, dignidad eclesiástica que mantuvo hasta su muerte en 1249 y que explica que se le conozca como Lucas de Tuy o el Tudense34.

El Chronicon mundi, de inspiración isidoriana, comienza por los orígenes del mundo para terminar con acontecimientos de su tiempo, llegando hasta 1236, fecha de la conquista de Córdoba por Fernando iii. El Tudense es fundamentalmente un compilador, pues para escribir su crónica unió diversas fuentes que completó a su manera, entre las cuales no se encuentra la hc. Pero no solo no parece conocer ni manejar la obra, sino llamativamente nada dice del arzobispo Gelmírez a pesar de incluir algunas noticias y datos sobre Galicia, los gallegos y el apóstol Santiago, que derivan en gran medida de la tradición historiográfica anterior. Don Lucas, aunque años más tarde llegará a ser obispo de Tuy, escribe su Chronicon mundi desde León, defendiendo siempre los intereses de León, como ya ha sido puesto de manifiesto por distintos investigadores, y parece interesarse lo estrictamente necesario por lo que ocurre en Galicia. Cuando se refiere a los gallegos lo hace sin añadir calificativos o juicios de valor.

Deja constancia don Lucas del ataque de los normandos a las costas gallegas en tiempos del rey Ramiro iii, como lo habían hecho sus predecesores, por ejemplo, la Historia Silense; también recoge el ataque de Almanzor que saquea la ciudad de Santiago (…ciuitatem et ecclesiam, in qua corpus beati Iacobi apostoli tumulatum est, destruxit; cm, iv, 38, 5-6), pero es mayor la aportación del Tudense con respecto al culto a Santiago, pues nos transmite un episodio en el que aparece el Apóstol a caballo ayudando a las tropas cristianas a vencer a los musulmanes (cm, iv, 17).

Cuentan las crónicas que, en el año 844, el rey Ramiro i se enfrentaba a las tropas del emir de Córdoba en un lugar no lejano a Calahorra llamado Clavijo. Al rey Ramiro se le apareció de noche Santiago, quien lo hace, según su propio testimonio, porque a él le había tocado en suerte España entre los restantes apóstoles:

et apparens ei beatus Iacobus apostolus ait illi: «Dominus noster Iesus Christus alias prouincias aliis fratribus nostris apostolis distribuens totam Yspaniam mee tutele deputauit atque mea muniuit protectione» (cm, iv, 17, 27-30).

apareciéndosele el santo apóstol Santiago le dijo: «Nuestro Señor Jesucristo, al distribuir las diferentes provincias entre nuestros hermanos los apóstoles, encomendó toda España a mi tutela y la defendió con mi protección».

Nos encontramos, pues, ante un testimonio en el Tudense de la tradición de las sortes apostolicae, la distribución que se habría realizado entre los apóstoles para predicar el mensaje evangélico35. El Apóstol, como protector de estas regiones, reconfortó al rey y le prometió que le ayudaría al día siguiente en la batalla, para vencer a los enemigos, por quienes estaba sitiado, añadiendo:

[…] uidebitis me in equo albo deferentem maximum album uexillum (cm, iv, 17, 37).

[…] me verás en un caballo blanco llevando un gran estandarte blanco.

El rey, tras llamar a los suyos, les contó la visión. Efectivamente, al día siguiente hizo su aparición el apóstol Santiago arengando a las tropas cristianas y luchando contra los musulmanes. La victoria de los cristianos en Clavijo36 —según el texto del Tudense— fue clara: murieron 70 000 enemigos y los restantes se dieron a la fuga:

Beatus autem Iacobus apparuit sicut promiserat, Christianos animando ad pugnam et Sarracenos fortiter feriendo. Christiani autem, ut uiderunt beatum Iacobum, in Domino roborati ceperunt magnis uocibus concidendo gladiis Sarracenos clamare dicentes: «Adiuua nos Deus et beate Iacobe». Tunc uicti Sarraceni fugerunt et ceciderunt ex illis fere LXX milia (cm, iv, 17, 45-50).

El bienaventurado Santiago apareció como había prometido, arengando a los cristianos al combate e hiriendo con fuerza a los sarracenos. Por su parte los cristianos, cuando vieron a Santiago, fortalecidos en el Señor, despedazando con sus espadas a los sarracenos, empezaron a gritar a voces diciendo: «Ayúdanos, Dios y Santiago». Entonces los sarracenos, vencidos, se dieron a la fuga y cayeron unos 70.000.

Esta aparición de Santiago como miles Christi está documentada también en la Historia Silense en el sitio de Coimbra —versión recogida por la Najerense— y a partir de este momento el caballo blanco quedará para siempre unido al Apóstol en la iconografía y hasta en el subsconciente colectivo hispánico. El episodio de la batalla de Clavijo, narrado por el Tudense, es el origen de la advocación del Apóstol como «Santiago Matamoros», un Santiago al que invocarán, como santo patrón, a lo largo de los siglos distintos ejércitos.

2.2. Rodrigo Jiménez de Rada, el Toledano: De rebus Hispaniae

El segundo de los grandes historiadores del s. xiii que escriben en latín es el arzobispo de Toledo37, don Rodrigo Jiménez de Rada, autor de la Historia de rebus Hispaniae38, cuya relación con Lucas de Tuy ha sido ya debatida y estudiada. Las pequeñas discrepancias entre ellos se deben a que son ambas dos formas distintas de explicar la realidad histórica. Y no por un cambio de mentalidad, sino sencillamente por la defensa en ambos de intereses distintos: los de León en Lucas de Tuy y los de Toledo en Jiménez de Rada39.

El arzobispo de Toledo escribe una obra que pretende ser una historia de España desde sus orígenes hasta los tiempos del rey Fernando iii y la conquista de Córdoba en 1236. Como bien dice Juan Gil, «jamás se olvida don Rodrigo de su condición de arzobispo de Toledo, motivo para él de permanente orgullo»40, condición que se hace patente a lo largo de su obra. No obstante, a pesar del punto de vista toledano que tiene siempre el arzobispo, en su obra don Rodrigo ofrece también alguna información sobre Galicia, los gallegos y el apóstol Santiago. Entre estas noticias, por ejemplo, se incluye el ataque de los normandos a las costas gallegas (DRH, V, 11) o se narra cómo se enfrentó Ramiro iii a la nobleza gallega (…stultis actibus cepit comites Gallecie prouocare; DRH, V, 12, 18), a lo que los gallegos respondieron eligiendo un rey propio: Cumque Galleci non possent eius insolenciam tolerare, quendam Veremundum filium regis Ordonii super se regem in sede beati Iacobi creauerunt (DRH, V, 12, 19-21).

Más adelante, añade don Rodrigo la historia del obispo Ataúlfo, que podemos leer también en la Historia Compostelana y el Chronicon Iriense41. En la versión de Jiménez de Rada, el obispo es acusado de un crimen abominable —que no especifica— y que se había comprometido a abrazar la fe de Mahoma y entregar Galicia a los musulmanes:

[…] apud regem dominum suum Athaulphum episcopum de crimine pessimo accusarent, et quod etiam promiserat Sarracenis se legem Machometicam suscepturum et Galleciam traditurum (DRH, V, 13, 11-14).

[...] acusaron ante el rey a su señor el obispo Ataúlfo de un crimen abominable y de que incluso se había comprometido con los sarracenos a abrazar la fe de Mahoma y a entregarles Galicia (trad. J. Fernández Valverde, p. 204).

Esta difiere algo de la versión de la hc, que omite los nombres de los acusadores, pero no que fue acusado del «vicio de sodomía» (de Sodomitico uitio) aunque nada dice de su intento de entregar Galicia a los árabes (hc, i, 2. 2, 36-38). El resto de la historia es semejante: el rey ordenó que fuera expuesto a un indómito toro, que milagrosamente no atacó al obispo, sino que se le acercó amansado y regresó después al monte.

Sobre el apóstol Santiago, don Rodrigo incluye alusiones a sus milagros y narra algunas intervenciones, como la de la batalla de Clavijo y la toma de Coimbra, pero no se detiene en ambos episodios, como lo había hecho don Lucas en el Chronicon mundi. La aparición del Apóstol en Clavijo es mucho más breve:

In quo bello beatus Iacobus in equo albo uexillum album manu baiulans fertur apparuisse (DRH, iv, 13, 46-47).

Se cuenta que en esta batalla apareció Santiago sobre un caballo blanco haciendo tremolar un estandarte blanco (trad. J. Fernández Valverde, p. 177).

Quizás su condición de arzobispo de la sede toledana hace que no preste ninguna atención a la sede de Compostela y a la persona de su primer arzobispo, Diego Gelmírez, del que no dice —y en ello coincide con Lucas de Tuy— absolutamente nada. Sobre la rivalidad de ambas sedes, que subyace en la propia hc, y la probable aspiración de Gelmírez a la primacía que ostentaba Toledo, que puede deducirse de algún pasaje de la hc, ya se ha hablado y a mí aquí solo me cabe poner de manifiesto que en el s. xiii Jiménez de Rada parece hundir a Gelmírez en «el pozo del olvido», por emplear la comparación que utilizan en varias ocasiones los autores de la hc42.

Ya en otra ocasión he subrayado lo que he denominado «el silencio de los compiladores» al tratar algunas diferencias sustanciales entre los diferentes manuscritos que nos han transmitido el Chronicon mundi de Lucas de Tuy o entre esta obra y la de Jiménez de Rada43, recordando cómo, hace unos años, B. Guenée valoraba la actitud de un compilador cuando suprimía algunas frases e incluso omitía pasajes enteros de su fuente: «A qui sait les entendre, les silences du compilateur peuvent réveler un esprit critique acér44.

De la misma forma, Jiménez de Rada omite uno de los textos engarzados por don Lucas en su libro iii, la llamada División de Wamba, conocida también con el nombre de Hitación de Wamba45, que se trata, como es sabido, de una supuesta división de obispados realizada por el rey visigodo Wamba (672-680) en un concilio toledano, quizás porque, en esta supuesta división territorial de las iglesias hecha por Wamba, en el caso de Toledo y de Sevilla se añaden dos precisiones acerca de la primacía, interesantes desde el punto de vista histórico. En la versión ofrecida por Lucas de Tuy, al tratar de la sede hispalense se añade que había ostentado hasta entonces esa primacía (Sedes subditas Yspalensi metropoli, que actenus prima fuit sedes Yspaniarum, diuidimus sic…). La pregunta que lógicamente podemos plantearnos, ¿por qué Jiménez de Rada no nos transmite la División de Wamba, tal como hace el Tudense y antes lo había hecho la Crónica Najerense? Podría darse una respuesta bastante plausible: simplemente a Jiménez de Rada no le interesa incluir este opúsculo que puede ir en contra de los intereses de la iglesia de Toledo pues ello supondría dar más difusión a argumentos claramente contrarios a los intereses toledanos46. De forma análoga, Jiménez de Rada omite cualquier referencia a la sede compostelana, convertida de episcopado en arzobispado en el s. xii gracias a Gelmírez y desde entonces posible rival y competidora de la sede de Toledo. No es extraño que no encontremos entre las páginas de la historia escrita por Jiménez de Rada ninguna referencia al primer arzobispo de Compostela.

II. La HC y la historiografía europea

En cuanto a su inserción dentro de la historiografía europea de la época —ya lo he recordado en otra ocasión47—, hay que poner en relación la hc con la historiografía de los monasterios, como, por ejemplo, con los Acta Murensia, del monasterio de Muri, y de los obispados, como el Liber Eliensis, de la diócesis inglesa de Ely. La hc pertenece al género llamado «crónica-cartulario», inaugurado en Italia por el Liber Pontificalis (s. ix) y en Francia por Flodoardo con su Historia de la iglesia de Reims (fines del s. x). Como señalaba hace unos años el Prof. Díaz y Díaz48, a los eruditos autores de la hc —en especial al francés Giraldo— no podía serles desconocido el Liber Pontificalis, desde hacía tiempo muy divulgado. Por ello, quisiera detenerme aquí al menos en dos obras europeas de las que acabo de enumerar: el Liber Pontificalis y el Liber Eliensis.

1. El Liber Pontificalis

El Liber Pontificalis es el título por el que se conoce habitualmente una colección de biografías de papas, que también se han citado como obra de Anastasio, bibliotecario de la sede romana en el s. ix, ya que la obra parece no haber tenido un título original. Ya hace más de un siglo que Louis Suchesne publicó el primer volumen de su magistral edición con un amplísimo comentario49, seguida por la de Mommsen unos años más tarde50, y recientemente ha aparecido la traducción al inglés del Liber Pontificalis realizada por Raymond Davis y publicada en tres volúmenes en Liverpool University Press51; no existe traducción —que yo sepa— al castellano, aunque el gran número de manuscritos conservados prueban la difusión en la Edad Media de esta obra, que muy probablemente sería conocida por los autores de la hc.

La elaboración del Liber Pontificalis fue bastante compleja y obra de diferentes autores. El germen de la obra fueron las listas de sucesores de Pedro, a las que se fueron añadiendo precisiones cronológicas, de manera que, en el s. iii, la cronología papal podía ser reconstruida con más precisión que la de los propios emperadores. Esta información primigenia sería incluida más tarde por un autor desconocido en una obra que continuaría esta relación de papas, transformando lo que había sido poco más que un catálogo de nombres y fechas en una serie de biografías, que los escritores posteriores continuarían. Las fuentes de información de este autor fueron muy limitadas: párrafos tomados de Rufino y Jerónimo, junto con material apócrifo, pero a ese farragoso conjunto añadió información de gran valor que de otra manera no nos hubiera sido preservada, como, por ejemplo, la relación de bienes y donaciones de un gran número de iglesias fundadas desde época de Constantino en Roma o en distintos lugares de la Italia central52.

Y aquí ya empiezan a aparecer las semejanzas con la hc porque, como sabemos y ha sido puesto de relieve por diferentes estudiosos —Vones53, López Alsina54 y yo misma55, entre otros—, la obra, además de unos Gesta del arzobispo Gelmírez, constituye un auténtico registrum de la iglesia de Santiago, pues recoge los fundamentos de los derechos y posesiones de esta. La hc tiene una forma nueva, que se estaba iniciando por Occidente, combinando la pura transcripción documental con unas narraciones de calidad historiográfica, que encuadran los documentos, nueva forma a la que se llam registrum. Y si hemos dicho que el autor desconocido del Liber Pontificalis añadió valiosa información que de otra manera no nos hubiera sido preservada, lo mismo podríamos decir de los autores de la hc, que insertaron en su obra documentos de toda índole que, gracias a ello, han llegado a nuestras manos, pues reproduce textualmente más de ciento ochenta documentos56.

Sin que pueda entrar en detalles sobre la redacción del Liber Pontificalis, quisiera, al menos, añadir que la cronología ha sido discutida y hoy día no se puede defender que el Liber Pontificalis fuera compilado en el s. iv, como se había defendido, sino que hay que retrasar esta fecha hasta comienzos del s. vi; la segunda compilación —o si se quiere, la segunda edición— sería obra de otro autor, que la llevaría a cabo un poco más tarde, hacia el año 540. Posiblemente en el pontificado de Honorio (625-638) o poco después, se añadieron continuaciones al Liber y, a partir de aquí, se realizaron diversas adiciones al texto; fueron añadidas otras vidas papales a medida que los pontífices fallecían —e incluso algunos continuadores no esperaron a ello57— y así llegaron hasta el 870; quizás el bibliotecario Anastasio, a quien en algún momento se atribuyó la autoría de toda la obra, fue uno de sus últimos continuadores.

Nos encontramos con una obra fruto del trabajo de, al menos, dos autores, que compilaron las que podemos llamar primera y segunda edición del Liber Pontificalis, a los que habría que añadir otros que continuaron la serie de vidas de los papas hasta principios del s. ix. Sin duda, hay diferencias con el proceso de redacción de la hc, pues el espacio temporal en que se redacta la hc —incluso aceptando la autoría de Pedro Marcio para el final de la obra— es más breve, pero tanto el Liber Pontificalis como la hc tienen en común que son obra de diversos autores. La tantas veces repetida comparación con las catedrales que han tardado siglos en edificarse y donde cada maestro y arquitecto ha dejado la huella de su genio58 bien puede aplicarse no solo a la hc, sino también al Liber Pontificalis.

Por otra parte, en la introducción del segundo volumen de su traducción, R. Davis da una opinión de los redactores del Liber Pontificalis que, salvando las distancias, bien podría aplicarse a los autores de la hc:

Los diversos continuadores, anónimos todos en este período, fueron probablemente funcionarios en el uestiarium de Letrán. Políticamente fueron todos leales a la iglesia, a cuyo servicio trabajaron, y a la política de Roma; como contemporáneos, sus comentarios sobre los defectos del régimen son cautelosos o prácticamente inexistentes […]. La mayor parte de los continuadores tendieron a recurrir al material guardado en su propio archivo como sustituto de la narración histórica59.

Ciertamente comparten los autores de la hc con los del Liber Pontificalis su condición de contemporáneos con los sucesos que narran y esta es una de las características que definen precisamente a los diversos autores de aquella obra, junto con la parcialidad que les hace ser siempre muy favorables al arzobispo Gelmírez. También buscaríamos en vano en las páginas de la hc una crítica a la actuación política o religiosa de Diego Gelmírez, o algún rasgo negativo o censurable del arzobispo. Como ya he señalado en otra ocasión, al tratar de los diversos autores que escribieron la hc y su vinculación con Gelmírez, «todos eran personas de su confianza, como se demuestra por las distintas misiones que recibieron de él. Su propósito fue recordar y glorificar los hechos del primer arzobispo de Santiago. La hc es, pues, inevitablemente una obra tendenciosa, por ejemplo, en su actitud hacia la reina Urraca o hacia los rivales eclesiásticos del arzobispo Gelmírez. No podía ser de otra manera, pero no es difícil justificar e incluso disculpar esta actitud de los autores con respecto a la figura principal de la obra: Diego Gelmírez»60.

2. El Liber Eliensis

A pesar de estos puntos en común con el Liber Pontificalis, considero que es mayor la relación entre la hc y una obra que surge y se redacta en torno a la diócesis inglesa de Ely61, aspecto en el que voy a centrarme a continuación. Me refiero al Liber Eliensis, conocido también como Historia Eliensis, titulado por su autor Historia Eliensis insule, porque entonces Ely estaba rodeada de canales que hacían de ella una especie de isla.

En 1962 publicó E.O. Blake62 la edición crítica del Liber Eliensis, que no encontró traductora hasta aproximadamente cuarenta años más tarde, pues hasta 2005 Janet Fairweather no culminó su traducción al inglés del Liber63. Creo que no peco de arrogancia si digo que la hc ha tenido más suerte estos últimos años pues en 1980 vio la luz el estudio del Prof. Vones, en 1988 el del Prof. López Alsina y mi edición crítica, y pocos años después, en 1994, mi traducción. Que la misma persona se haga cargo de la edición crítica y la traducción de un texto siempre es oportuno, aunque no siempre es posible en textos tan extensos como el Liber Eliensis y la hc.

El Liber Eliensis está dividido en tres libros —igual que la hc y sobre este punto volveré más tarde—, de los que el libro ii puede dividirse en dos partes: la primera es una versión con algunas adiciones de una obra anterior, el Libellus quorundam insignium operum beati Aethelwoldi episcopi, que fue traducida a partir de una fuente vernácula entre 1109 y 1131; en la segunda el autor usa, entre otras fuentes, documentos vernáculos preservados en los archivos de Ely. En opinión de Blake, el Libellus es, con mucho, la parte más interesante y, por otro lado, considera que no hay razones para creer que la compilación no fuera obra de una sola persona, muy probablemente un monje de Ely, cuyo nombre es incierto. De la misma opinión parece ser la traductora, Janet Fairweather, quien añade como subtítulo a su traducción del Liber Eliensis: «Compilado por un monje de Ely en el s. xii».

No obstante, estas opiniones podrían matizarse, pues el propio Blake en su introducción admite que, a pesar de la identificación que se ha hecho del autor con un monje llamado Thomas, autor del miraculum del capítulo 61 del libro iii, su estilo no corresponde al de la mayor parte del Liber Eliensis y apunta la posibilidad de que este Thomas fuera solo el compilador de una serie de miracula entre los que hubiera introducido uno del que él había sido testigo, ya que al final de este capítulo se refiere a sí mismo con las palabras de me ipso. El texto que sirve de colofón al milagro de un monje de Ely, moribundo y sanado por la intervención de santa Etheldreda (Audrey), es el siguiente:

[…] quod contigit miraculum in instanti tempore in me ipso, Thoma nomine, beate Aetheldrede meritis et intercessione pro capacitate mea ad eius laudem et gloriam dignum duxi omnibus exponere [...]. Nullus igitur sancte derogans diffideatur hoc miraculum credere, quoniam hac pagina de me ipso illud curaui inserere, ut Deus magnificetur in sua gloriosa uirgine. Laudemus ergo Dominum in factis mirabilem, uenerantes tripudiis eius sponsam et uirginem, signis et uirtutibus per orbem predicabilem... (le, iii, 61).

[…] el milagro que sucedió en aquel momento, por los méritos e intercesión de santa Etheldreda, yo mismo, Thomas, decidí dar a conocer a todos, en la medida de mi capacidad, para alabanza y gloria suya […]. Así pues, ninguno desconfiando de la santa deje de creer este milagro, puesto que yo personalmente me encargué de intercalarlo en esta obra para que Dios fuera exaltado en su gloriosa virgen. Alabemos, pues, al Señor, admirable en sus acciones, venerando con danzas de alegría a su esposa y virgen, por sus señales y milagros digna de ser ensalzada en todo el orbe…

Al leer esta opinión del editor, los que estamos familiarizados con la hc no podemos dejar de recordar a Hugo, canónigo de la iglesia de Santiago y posteriormente obispo de Oporto, quien fue el autor del capítulo 15 del libro i, según confiesa él mismo al final del capítulo:

Vgo eiusdem Compostellane sedis canonicus et archidiaconus, […] prefati euentus prosperitatem, ne obliuionis caligine sopiretur, diligenter scripsi et posteris memoriam fideliter tradidi (hc, i, 15, 186-192).

Yo Hugo, canónigo y arcediano de la sede compostelana, […] he escrito diligentemente el éxito del mencionado suceso y he entregado fielmente su recuerdo a los venideros para que no sea sepultado por la obscuridad del olvido64.

Otro candidato a la autoría del Liber Eliensis es Richard, cuya posible participación parece también derivarse de un pasaje del propio Liber:

Ad hoc monacus Ricardus auctor huius operis et hanc hystoriam stilo commendauit... (le, iii, 96).

Para ello el monje Richard, autor de esta obra, también escribió esta historia…

La discusión sobre si el tal Richard —o Ricardus— fue el autor o uno de los autores de esta obra nos llevaría, sin duda, demasiado lejos y no puedo detenerme en tales detalles, tan solo he de limitarme a recoger la opinión de Blake, quien considera que Richard podría haber compilado el libro i, el libro ii y el iii hasta el final del episcopado de Hervey, que dirigió la diócesis de Ely entre 1109 y 1131, contemporáneo, pues, de Gelmírez65, dejando la tarea de terminar el libro iii a otro compilador. Y, en este caso, surge enseguida el recuerdo del francés Giraldo, canónigo de la iglesia de Santiago y uno de los autores de la hc, quien muy probablemente terminó el libro i que había empezado Nuño Alfonso, redactó la mayor parte o todo el libro ii y dejaría la tarea de finalizar la obra a otro autor, muy probablemente el canónigo Pedro Marcio66. Como pueden ustedes ver, vamos intentando identificar al autor o los autores del Liber Eliensis y nos vamos aproximando a la composición y autoría de la hc, también múltiple y discutida.

Y, como es lógico, íntimamente relacionada con la cuestión de la autoría, está la cronología de la obra, tanto en uno como en otro caso. Para la hc las fechas que manejan hoy día todos los investigadores67 van desde el año 1109 hasta 1140 y, posiblemente, un poco más tarde, hasta 1145-1149, durante el pontificado del arzobispo Pedro Elías. Pero los límites cronológicos de la composición del Liber Eliensis son más amplios68 pues, si admitimos los argumentos aducidos por Blake, la composición del Liber Eliensis, que partiría de la traducción al latín de una fuente vernácula realizada entre 1109 y 1131, se podría fechar entre 1131 y 1174, un arco cronológico demasiado extenso en el que evidentemente caben varios autores —o compiladores, si preferimos este término— y diversos copistas que podrían haber intervenido en el proceso, por lo que la posible influencia del Liber Eliensis sobre la hc tendría que ser matizada y quizás podría circunscribirse a una parte del Liber o a una etapa dentro del largo proceso de composición de la obra69.

Desde luego, habría que llevar a cabo una comparación pormenorizada entre las dos obras y un estudio detallado, trabajo que está aún por hacer, para poder demostrar fehacientemente la posible influencia del Liber Eliensis —o de parte de él— en la hc o, incluso, una mutua influencia entre ambas obras. Entramos, sin duda, en el terreno de la hipótesis, pero no parece muy aventurado pensar que los autores cercanos a Gelmírez que estaban componiendo la obra, en especial el francés Giraldo, o el propio arzobispo no conocieran lo que se estaba escribiendo en monasterios o iglesias de Europa.

Me he referido antes a la división en libros de ambas obras y ya he señalado que el Liber Eliensis, tal como ha llegado a nosotros, está dividido en tres libros, con sus prólogos correspondientes. Todos sabemos que la hc también está dividida en tres libros, precedido cada uno por un prólogo, pero esta división en tres libros de la hc no ha sido bien justificada e incluso encontramos en la propia obra rastros de una primera distribución en dos libros, uno dedicado al episcopado y otro al arzobispado de Gelmírez. Se descubre un reflejo de este plan de división de la obra en el actual prólogo del libro i:

Supradicta igitur de causa hoc registrum fieri iussit duobus uoluminibus comprehensum, quorum unum de episcopatu, alterum uero de archiepiscopatu intitulatur. Et in libro quidem de episcopatu successus et aduersitates ipsius et quos honores aut hereditates sue ecclesie acquisierit et multa alia continentur […]. In libro autem de archiepiscopatu continetur quomodo ipse metropolitanam Emeritane sedis dignitatem in Compostellanam ecclesiam supremo labore et multimodis impensis, diuina preueniente gratia et beato Iacobo cooperante transtulerit (hc, i, Prol., 49-53; 60-63).

Así pues, por esta razón, ordenó que este registro fuera dividido en dos volúmenes, de los que uno debía tratar sobre el episcopado, y el otro sobre el arzobispado. En el libro del episcopado se contienen los éxitos y las adversidades que sufrió y los señoríos o propiedades que adquirió para su iglesia y muchas otras cosas […]. En el libro del arzobispado se narra de qué modo él mismo trasladó la dignidad metropolitana de la sede de Mérida a la iglesia de Compostela con gran esfuerzo y no menos gastos con la ayuda de Dios y la cooperación de Santiago.

La consagración de Gelmírez como arzobispo podía justificar esta primera intención de dividir la obra en dos libros; a unos gesta episcopi, que ocuparían el libro i, se añadirían unos gesta archiepiscopi en el libro ii. No obstante, se cambió este primitivo plan y se añadió el libro iii, para el que se tuvo que escribir otro prólogo, donde se atribuye al propio arzobispo la nueva organización en tres libros:

[…] idcirco dominus Compostellanus registrum fieri iussit in quo omnia, que bene gessit aut per industriam sue ecclesie acquisiuit, et maiori parte descripta continentur. Diuisit registrum illud in tres libros: quorum primus episcopatus liber, alii duo archiepiscopatus non irrationabiliter intitulantur (hc, iii, Prol., 7-12).

[…] por ello ordenó el señor de Compostela que se hiciera un registro en el que se incluyera y describiera la mayor parte de lo que realizó bien o que diligentemente obtuvo para su iglesia. Dividió aquel registro en tres libros, de los cuales se titulan con razón el primero libro del episcopado y los otros dos del arzobispado…

¿Por qué se abandonó la primitiva idea? Quizás por la extensión que iba adquiriendo el libro ii, pero no hay que olvidar que, aún así, el libro i sigue siendo el más extenso de toda la obra. ¿Se debe a Pedro Marcio la división en tres libros? ¿Supuso la estructura del Liber Eliensis un modelo a imitar para los autores —o el último autor— de la hc? Difícilmente podemos demostrarlo, pero quizás la similitud con el Liber Eliensis, conformado por tres libros precedidos por sendos prólogos, sea algo más que una mera casualidad.

También podría ser casual que el Liber Eliensis estuviera encabezado por una advertencia, que recuerda en cierto sentido a la que encabeza la hc, atribuida al propio Gelmírez, en la que se ordena al posible lector que después de leerla la coloque en su lugar para que permanezca allí para siempre, y al lector que no devuelva esta obra, la robe o la destruya, se le amenaza con la excomunión y las penas del infierno. Como contrapartida, para aquellos que guardaran y custodiaran este libro, la hc, se pide la bendición de Dios y del apóstol Santiago. He aquí ambos textos:

Et si forte quis opusculum istud exprobare temptauerit, oramus ut manum myrram distillantium adponat; et opus poete suscipiat, ut in memoriam posteris, si explicauerit, relinquatur (le, i, Prol.).

Y si por casualidad alguno intentara hacer algún reproche a esta obrita, pedimos que se ponga encima la mano de los que destilan mirra (que enferme, que se muera); y que, si lo difunde, reciba la obra de un gran poeta, para que sea recordado por las futuras generaciones70.

Quod si fecerit aut ex ignorantia rapuerit seu aliquo dolo eum destruxerit […] sit maledictus et excommunicatus et cum Iuda, Domini proditore, et cum Datham et Abiron, quos uiuos terra absorbuit, in inferno perpetualiter sit dampnatus. Amen, amen. Et qui eum seruauerit et bene custodierit, a Deo Patre Omnipotente et a beato Iacobo apostolo eius discipulo sit benedictus et sanctificatus in secula seculorum. Amen. (hc, Prol., 13-23).

Y si alguno lo hiciera o a causa de su ignorancia lo robara o por medio de algún engaño lo destruyera, [...] sea maldito y excomulgado y condenado en el infierno para siempre junto con Judas, el traidor del Señor, y con Datán y Abirón, a los que tragó la tierra estando aún vivos. Amén, amén.

Y quien lo guarde y custodie bien sea bendito por Dios Padre omnipotente y por su discípulo el santo apóstol Santiago y santificado por los siglos de los siglos. Amén.

Asímismo podrían ser casuales otras coincidencias que parecen vincular ambos textos, en las que no puedo detenerme, como la relación de cada una de las sedes episcopales, Ely y Compostela, con un santo, santa Etheldreda y el apóstol Santiago, cuyos miracula se incluyen y que son invocados como protectores, la inclusión de documentos que son fundamento y garantía de las posesiones de ambas iglesias, cartas y bulas pontificias, como las de Pascual ii, que aparecen también en el Liber Eliensis ya que el primer obispo de Ely, Hervey, fue, como he señalado anteriormente, contemporáneo de Gelmírez. Incluso cierta semejanza en los títulos de los capítulos podría también ser fruto de la casualidad, pero si nos paramos a pensar un poco, tantas casualidades en estas dos obras, el Liber Eliensis y la hc, podrían deberse a algo más que al simple azar.

Colofón

Si me he detenido en el Liber Pontificalis y en el Liber Eliensis es porque ambas obras y de manera especial esta última tuvieron que ser conocidas por los autores de la hc y, posiblemente, por el arzobispo Gelmírez. Sabemos por la propia hc que los canónigos de Santiago van y vienen a Roma, que son recibidos en Cluny, que el propio Gelmírez llega a Roma para solicitar la dignidad del palio, que es invitado a participar en concilios, que envía mensajeros de su confianza para buscar el favor de la curia pontificia, que recibe a peregrinos de distinta procedencia. En definitiva, si hay en aquel momento en España una sede en contacto con Europa es precisamente la de Compostela. Por la ruta jacobea llegan a Compostela otras influencias, artísticas y literarias, por lo que no nos debe extrañar que también por el mismo camino llegara la influencia historiográfica europea.

1 Citada en lo sucesivo hc.

2 El texto fue publicado por primera vez por Flórez (es, xx, 1765, pp. 1-598) y la primera edición crítica es la mía (Historia Compostellana, ed. E. Falque, [cc cm, 70], Turnhout, Brepols, 1988). Publiqué también, unos años más tarde, la traducción: Historia Compostelana, trad. E. Falque, Madrid, Akal, 1994. Las traducciones que ofrezco de los textos de la hc, obviamente, son mías; también lo son las de otros textos a no ser que diga lo contrario.

3 El obispo Diego Peláez es Diego i.

4 Desde don Manuel Murguía, uno de los primeros que se interesaron por él, para presentarlo en su obra (M. Murguía: Don Diego Gelmírez. Ensayo crítico-biográfico, La Coruña, 1898) como un héroe del nacionalismo gallego, hasta Richard Fletcher, autor de una reciente monografía sobre Gelmírez y su época (R. Fletcher: Saint Jame’s Catapult. The Life and Times of Diego Gelmírez of Santiago de Compostela, Oxford, 1984; traducida al gallego con el título de: A vida e o tempo de Diego Xelmírez, Vigo, 1993).

5 R. Menéndez Pidal: La España del Cid, Madrid, 1969 (7ª ed.), ii, pp. 919-920.

6 Los dos manuscritos que nos han transmitido la obra, conservados en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia, dan este título. En el más antiguo (A-189) el texto lleva como encabezamiento: Hic incipit gesta de Roderici Campi docti (corregido en: Hic incipiunt gesta Roderici Campi docti) y en el otro (G-1): Incipiunt gesta Roderici Campi docti. Los diversos editores han preferido un título u otro, es decir, Gesta Roderici Campidocti o Historia Roderici. El que la edición de Menéndez Pidal lleve por título el de Historia Roderici y sea mencionada siempre así por este investigador a lo largo de toda su obra ha hecho que sea más conocida esta obra como Historia Roderici.

7 Además de don Ramón Menéndez Pidal (vid. nota anterior) sobre la relación entre la Historia Roderici y la hc y entre sus protagonistas respectivos también hace hincapié C. Sánchez Albornoz: «Ante la Historia Compostelana», en Españoles ante la historia, Buenos Aires, 1977 (3ª ed.), pp. 67-98. Igualmente, el Prof. Colin Smith señalaba que en la historiografía hispanolatina la biografía de un personaje no perteneciente a la realeza, la Historia Roderici, fue una novedad y que el único paralelo posible sería la hc escrita para el arzobispo Gelmírez, obra también de carácter muy particular, cf. C. Smith: La creación del “Poema de mío Cid”, Barcelona, Crítica, 1985, p. 74 (= The Making of the «Poema de mío Cid», Cambridge, 1983). Casualmente, me he ocupado de ambas obras, sobre la Historia Roderici realicé mi tesis de licenciatura, que publiqué unos años más tarde («Historia Roderici uel Gesta Roderici Campidocti», en Chronica Hispana saeculi xii, ed. E. Falque / J. Gil / A. Maya, [cc cm, 71], Turnhout, Brepols, 1990, pp. 1-98), y sobre la hc, mi tesis doctoral, publicada también posteriormente en el Corpus Christianorum (Historia Compostellana, ed. E. Falque, [cc cm, 70], Turnhout, Brepols, 1988).

8 C. Sánchez Albornoz: op. cit., p. 90.

9 Esta crónica ha sido editada por L. Sánchez Belda (1950) y A. Maya (1990): L. Sánchez Belda: Chronica Adefonsi Imperatoris. Edición y estudio, Madrid, 1950; A. Maya: «Crónica Adefonsi Imperatoris», pp. 109-248, en Chronica Hispana saeculi xii, ed. E. Falque / J. Gil / A. Maya, (cc cm, 71), Turnhout, Brepols, 1990, y traducida por M. Pérez González: Crónica del emperador Alfonso vii, León, 1997.

10 La autoría de la Crónica Adefonsi Imperatoris ha sido muy discutida y ha habido varios intentos de identificar al cronista, posiblemente un clérigo de origen leonés cercano al rey Alfonso, aunque distintos estudiosos han defendido que podría ser Arnaldo, obispo de Astorga, o bien el monje Pedro de Poitiers. Véase, A. Ferrari: «El cluniacense Pedro de Poitiers y la Chronica Adefonsi Imperatoris y Poema de Almería», Boletín de la Real Academia de Historia, 153 (1963), pp. 153-204.

11 Respecto a la fecha de redacción de la obra, Ubieto Arteta la ha fijado con bastante precisión entre agosto de 1147, momento en que Alfonso vii conquista Almería, y principios de 1149, cuando muere la reina Berenguela, de la que siempre se habla en la crónica como persona todavía viva. Véase, A. Ubieto Arteta: «Sugerencias sobre la Chronica Adefonsi Imperatoris», Cuadernos de Historia de España, 25-26 (1957), pp. 317-326; p. 325.

12 «Pues en esta época del año pocos peregrinos visitan la basílica del apóstol Santiago por temor a la dificultad del camino y a los rigores del invierno, y la cera que ofrecen, no es suficiente para la iluminación de la iglesia. Y el rey, comprendiendo que sus peticiones eran justas y razonables, acotó firmemente las citadas villas según los deseos del compostelano y concedió la heredad productora de aceite en la referida ciudad para que la iglesia de Santiago la poseyera para siempre» (hc iii, 14.3).

13 El poema está escrito en 385 hexámetros leoninos. Ha sido editado en dos ocasiones por el Prof. Juan Gil («Carmen de expugnatione Almariae urbis», Habis, 5 [1974], 45-64 y «Prefatio de Almaria», pp. 249-267, en Chronica Hispana saeculi xii, E. Falque / J. Gil / A. Maya, [cc cm, 71], Turnhout, Brepols, 1990). Véase también, H. Salvador Martínez: El Poema de Almería y la épica románica, 1975 y J. Gil: «La historiografía», en Historia de España Menéndez Pidal, xi, Madrid, Espasa Calpe, 1995, pp. 46-51.

14 Maius est mensis, procedit Galliciensis // Percepta Iacobi primo dulcedine sancti.

15 Para la Historia Silense véase J. Gil: «La historiografía», op. cit., pp. 10-14, y en concreto para las diferentes etimologías que se han dado del nombre de la obra, ninguna de las cuales parece convencer a todos, cf. op. cit., p. 10.

16 Esta es la opinión de los últimos editores de la crónica: Historia Silense, ed. J. Pérez de Urbel / A. González Ruiz-Zorrilla, Madrid, csic, 1959, pp. 84-85.

17 Op. cit., pp. 85-86.

18 F. Rico: «Las letras latinas del siglo xii en Galicia, León y Castilla», Ábaco (Estudios sobre literatura española), 2 (1969), pp. 9-91.

19 […] centum classes Normanorum cum rege suo nomine Gunderedo ingresse sunt urbes Gallecie, et strages multas facientes in giro sancti Iacobi, episcopum loci illius gladio peremerunt nomine Sisinandum ac totam Galleciam depredauerunt (hs, 28).

20 […] et Gallecie ciuitatem, in qua corpus beati Iacobi apostoli tumulatum est, destruxit (hs, 30). No obstante, el relato de la crónica nada dice del saqueo y robo de las campanas de la iglesia.

21 Edité también este pequeño Chronicon que acompaña en la mayoría de los manuscritos a la hc ya hace algunos años: E. Falque: «Chronicon Compostellanum», Habis, 14 (1983), pp. 73-83. Para la relación entre ambas obras, véase la introducción de J. Pérez de Urbel / A. González Ruiz-Zorrilla: op. cit., pp. 52-54.

22 Alón, por ser obispo de Astorga, pertenecía a la provincia eclesiástica de Compostela y por ello firma el pacto en 1123 de la reina Urraca con el arzobispo Gelmírez, asiste en 1124 al concilio de Santiago y, unos años más tarde, en 1129, interviene en una donación de Alfonso vii, cf. Historia Silense, op. cit., pp. 85-86.

23 Narra la Historia Silense los hechos guerreros de Fernando i en Portugal englobándolos en una campaña, aunque de hecho se realizaron en varios años y expediciones, cf. Historia Silense, op. cit., p. 188, n. 205.

24 G. Cirot: «Une Chronique Léonaise inédite», Bulletin Hispanique, 11 (1909), pp. 259-282; «La Chronique Léonaise», Bulletin Hispanique, 13 (1911), pp. 133-156; pp. 381-439; «Index onomastique et géographique de la Chronique Léonaise», Bulletin Hispanique, 36 (1934), pp. 401-425. Publicó también el mismo autor, además de la edición de la crónica, diversos artículos sobre su relación con otras fuentes como: «La Chronique Léonaise et la Chronique dite de Silos», Bulletin Hispanique, 16 (1914), pp. 15-34; «La Chronique Léonaise et la Chronique de Sebastien et de Silos», Bulletin Hispanique, 18 (1916), pp. 1-25; «La Chronique Léonaise et les Chroniques de Pélage et de Silos», Bulletin Hispanique, 18 (1916), pp. 141-154; «La Chronique Léonaise et les Petits Annals de Castille», Bulletin Hispanique, 21 (1919), pp. 93-102.

25 M. Gómez Moreno: Introducción a la Historia Silense, Madrid, 1921, p. xl.

26 A. Ubieto Arteta: Crónica Najerense, Valencia, 1966; también L. Vázquez de Parga: «Sobre la Crónica Najerense», Hispania, i, 3 (1941), pp. 108-109 y La División de Wamba, Madrid, 1943; la primera edición crítica completa de la obra es: Chronica Naierensis, ed. J. A. Estévez Sola, (cc cm, 71A), Turnhout, Brepols, 1995; las referencias de la Chronica Najerense están tomadas de esta edición.

27 J. Gil: «La historiografía», op. cit., pp. 15-20.

28 D. W. Lomax: «La fecha de la Crónica Najerense», Anuario de Estudios Medievales, 9 (1974-1979), pp. 405-406.

29 Esta es la opinión de sus últimos editores: La Crónica Najerense, ed. A. Ubieto Arteta, Zaragoza, 1985 (2ª ed.), p. 25 y Chronica Naierensis, ed. J. A. Estévez Sola, (cc cm, 71A), Turnhout, Brepols, 1995, pp. lxx-lxxix.

30 He aquí la referencia exacta: cn, iii, 7 = hs, 87-90 [Quibus triumphatis… maximo terrori fuit].

31 Publiqué no hace mucho la edición crítica en el Corpus Christianorum: lvcae tvdensis, Chronicon mundi, ed. E. Falque, (cc cm, 74), Turnhout, Brepols, 2003.

32 De miraculis sancti Isidori y De altera uita, un tratado antiherético. Sobre las obras del Tudense, véase: P. Henriet: «Sanctissima patria. Points et thèmes communs aux trois oeuvres de Lucas de Tuy», Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 24 (2001), pp. 249-278. El De miraculis sancti Isidori es una buena muestra del género hagiográfico, que también cultivó don Lucas. El texto latino del De miraculis… está aún sin editar, solo vio la luz en Salamanca en 1525 la traducción castellana de Juan de Robles (Libro de los miraglos de Sant Isidro arzobispo de Sevilla, Salamanca, 1525), de esta traducción publicó una versión ligeramente modernizada el que fue abad de San Isidoro (Milagros de San Isidoro, ed. J. Pérez Llamazares, León, 1947; reed.: León, 1992). He publicado recientemente la edición crítica de De altera uita: lvcae tvdensis, De altera uita, ed. E. Falque, (cc cm, 74A), Turnhout, Brepols, 2009. A estas obras habría que añadir, a juicio de Robert E. Lerner, una cuarta: la carta dirigida a Jacques de Vitry, conocida como «Visión de Juan el eremita» (R. E. Lerner / C. Morerod: «The vision of “John, hermit of the Asturias”: Lucas of Tuy, apostolic religion, and eschatological expectation», Traditio, 61 [2006], pp. 195-225).

33 Peter Linehan ha sugerido últimamente la posibilidad de que don Lucas hubiera nacido en Italia. P. Linehan: «Dates and doubts about don Lucas», Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 24 (2001) , pp. 201-217 (= «Fechas y sospechas sobre Lucas de Tuy», Anuario de Estudios Medievales, 32 [2002], pp. 19-38).

34 Para este autor, véase fundamentalmente: P. Linehan: History and the Historians of Medieval Spain, Oxford, 1993, pp. 385-412 y G. Martin: Les juges de Castille. Mentalités et discours historique dans l’Espagne médiévale, París, 1992, pp. 201-249.

35 En este sorteo le habría correspondido a Santiago el Mayor Hispania y las comarcas occidentales. Tal interpretación se extendió a partir del s. vi en Oriente y desde el s. vii en Occidente; probablemente hacia mediados del s. vii se propagaron estas teorías en la Península Ibérica. M. C. Díaz y Díaz: «El liber sancti Iacobi», en P. Caucci (ed.): Santiago. La Europa del peregrinaje, Barcelona, 1993, p. 39.

36 Como contrapunto a esta narración, conviene añadir que hay quien duda no ya de la aparición del Apóstol, sino incluso de la existencia misma de tal batalla. Los más prudentes se refieren a la batalla de Clavijo como «supuestamente librada por Ramiro I en el 844» (S. Moralejo: «Santiago y los caminos de su imaginería», en P. Caucci [ed.]: Santiago. La Europa del peregrinaje, Barcelona, 1993, pp. 75-89; p. 89), otros, como Sánchez Albornoz, consideran que la batalla se libró en otra fecha y entre otros combatientes: en el 859 entre Ordoño i y Muza, el «Moro Muza» (C. Sánchez Albornoz: «La auténtica batalla de Clavijo», Cuadernos de Historia de España, 9 [1948], pp. 94-139). Nuestra historia tradicional, representada por el P. Mariana, hace de la aparición en Clavijo del apóstol Santiago casi un dogma de fe.

37 Fue arzobispo de esta sede entre 1208, fecha de su elección, y 1247, año en que murió en un viaje por el Ródano.

38 Roderici Ximenii de Rada: Historia de rebus Hispanie siue Historia Gothica, ed. J. Fernández Valverde, (cc cm, 72), Turnhout, Brepols, 1987. Su último editor es también el autor de la primera traducción completa de la obra: R. Jiménez de Rada: Historia de los hechos de España, trad. J. Fernández Valverde, Madrid, Alianza Editorial, 1989.

39 En palabras del Prof. Georges Martin: «Les convictions de notre chanoine sont d’abord pro-léonaises et anticastillanes. Les exemples, qui abondent, d’une valorisation tendancieuse du royaume de León au détriment de la Castille sont désormais bien connus...», cf. G. Martin: «Dans l’atelier des faussaires. Luc de Tuy, Rodrigue de Tolede, Alphonse x, Sanche iv: trois exemples de manipulation historiques (León-Castille, xiiie siècle)», Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 24 (2001), pp. 279-309; p. 282, con numerosas referencias en n. 6.

40 J. Gil: op. cit., p. 100.

41 Adaulfo i (Ataúlfo, Adulfo), obispo de Compostela: ci, 5; es xix, 74; A. López Ferreiro: Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago de Compostela, 11 vols., Santiago de Compostela, 1898-1909, ii, pp. 61-70.

42 Es frecuente en la historiografía latina medieval afirmar que lo que no se recuerda mediante la escritura cae en «el pozo del olvido». Este tópico es utilizado no solo en el prólogo al libro i («Los antiguos padres […] solían dejar por escrito las gestas de los reyes y capitanes y las virtudes y esfuerzos de los hombres ilustres para que no cayeran en el pozo del olvido…»), sino también en el del libro ii («De ninguna manera consideramos conveniente cubrir las glorias humanas con la nube del olvido…») y el del libro iii («… no se salvan de la muerte del olvido si por la escritura o de algún otro modo no se confían a la memoria»). Historia Compostelana, trad. E. Falque, Madrid, 1994, pp. 64, 295 y 493.

43 E. Falque: «Lucas de Tuy y Rodrigo Jiménez de Rada: el uso de las fuentes», Cahiers de linguistique et de civilisation hispaniques médiévales, 26 (2003), pp. 151-161; especialmente sobre el silencio de los compiladores: pp. 154-157.

44 B. Guenée: Histoire et culture historique dans l’Occident médiéval, París, 1980, p. 213.

45 El título de Hitación... remonta a Cortés y López (M. Cortés y López: Diccionario geográfico de la España antigua Tarraconense, Bética y Lusitania, Madrid, 1835-1836, i, pp. 28-29) y es un neologismo formado a partir de Itacio, Idacio o Ithacium, nombre propio del autor de la crónica contenida en el códice ovetense, interpretado como término del latín tardío (*itatio, itationis), al que se le supone el sentido de «deslinde, mojonamiento...», cf. L. Vázquez de Parga: La División de Wamba (Contribución al estudio de la historia y geografía eclesiásticas de la Edad Media española), Madrid, csic, 1943, pp. 60-61. Véase también mi trabajo: E. Falque: «Sobre el término ‘hitación’ y su inclusión en los diccionarios», Boletín de la Real Academia Española, Tomo lxxxiv. Cuaderno ccxc (2004), pp. 191-194.

46 Cf. P. Linehan: «Fechas y sospechas sobre Lucas de Tuy», Anuario de Estudios Medievales, 32/1 (2002), pp. 19-38, pp. 33-34.

47 Historia Compostelana, trad. E. Falque, op. cit., p. 26.

48 M. C. Díaz y Díaz: Gran Enciclopedia Gallega, Santiago-Gijón, 1974, s.u. «Historia Compostelana».

49 Le Liber Pontificalis, ed. L. Duchesne, 2 tomos, París, Ernest Thorin éditeur, 1886 y 1892.

50 Gestorum Pontificum Romanorum i, Libri Pontificalis pars prior, ed. Th. Mommsen, MGH, Berlín, 1898.

51 The Book of Pontiffs (Liber Pontificalis). The ancient biographies of the first ninety Roman bishops to AD 715, Revised edition, translated with an introduction by R. Davis, Liverpool, Liverpool University Press, 2010 (3ª ed.); The Lives of the Ninth-Century Popes (Liber Pontificalis). The ancient biographies of ten Popes from A.D. 817-891, Translated with an introduction and commentary by R. Davis, Liverpool, Liverpool University Press, 1995; The Lives of the Eight-Century Popes (Liber Pontificalis). The ancient biographies of nine Popes from AD 715 to AD 817), Translated with an introduction and commentary by R. Davis, Liverpool, Liverpool University Press, 1992.

52 The Book of Pontiffs (Liber Pontificalis). The ancient biographies of the first ninety Roman bishops to AD 715, op. cit., pp. xii-xiii.

53 L. Vones: Die ‘Historia Compostellana’ und die Kirchenpolitik des nordwestspanischen Raumes. 1070-1130. Ein Beitrag zur Geschichte der Beziehungen zwischen Spanien und dem Papsttum zu Beginn des 12. Jahrhunderts, Köln-Wien, 1980, pp. 25-40.

54 F. López Alsina: op. cit., pp. 48, 64 y 78.

55 Historia Compostellana, ed. E. Falque, op. cit., pp. xxi-xxiv; Historia Compostelana, trad. E. Falque, op. cit., pp. 21-23.

56 F. López Alsina: op. cit., p. 37.

57 Beda el Venerable, quien es el primer autor que cita material del Liber Pontificalis, utiliza la biografía de un papa que aún vivía en el momento en que Beda estaba escribiendo. The Lives of the Eight-Century Popes (Liber Pontificalis)..., op. cit., p. xiii.

58 E. Fernández Almuzara: «En torno a la “Crónica Compostelana”», Escorial, 6-17 (1942), pp. 341-374; p. 356.

59 The Lives of the Eight-Century Popes (Liber Pontificalis)..., op. cit., p. ix.

60 Historia Compostelana, trad. E. Falque, op. cit., pp. 24-25.

61 Sobre la abadía y diócesis de Ely, muy cercana a Cambridge, sigue estando vigente la monografía de E. Miller: The Abbey and Bishopric of Ely. The Social History of an Ecclesiastical Estate from the tenth century to the early fourteenth century, Cambridge, Cambridge University Press, 1951 (reimpr. 1969).

62 Liber Eliensis, ed. E. O. Blake, London, Royal Historical Society, 1962.

63 Liber Eliensis. A History of the Isle of Ely from the Seventh century to the Twelfth, trad. J. Fairweather, Woodbridge, The Boydell Press, 2005.

64 Aparece de nuevo el tópico, que se repite tanto en la historiografía medieval como en la propia hc, de rescatar mediante la escritura los hechos que se narran «de la obscuridad del olvido» o «del pozo del olvido».

65 Para los datos del episcopado de Ely debemos acudir al libro de Miller, quien ofrece la relación de abades y obispos de Ely, entre 970 y 1337. A Hervey le sucedió en el episcopado Nigel, quien tuvo un episcopado casi tan largo como Gelmírez, pues dirigió la diócesis inglesa entre 1133 y 1169, es decir, durante treinta y seis años. E. Miller: op. cit., p. xiii.

66 La identificación que propone López Alsina del último de los autores de la hc con el canónigo Pedro Marcio parece convincente y está bien argumentada. F. López Alsina: op. cit., pp. 85-93.

67 Este aspecto ha sido estudiado fundamentalmente por B. F. Reilly y F. López Alsina, cf. B. F. Reilly: «The “Historia Compostelana”: The Genesis and Composition of a Twelfth-Century Spanish “Gesta”», Speculum, 44 (1969), pp. 78-85; F. López Alsina: op. cit., pp. 48-93. Para los detalles y justificación de estas fechas pueden verse ambos trabajos y el capítulo correspondiente de mi traducción: «Fecha de composición de la hc», op. cit., pp. 18-20.

68 Blake considera que, si bien el núcleo inicial de la obra sería una versión con algunas adiciones de una obra anterior traducida al latín a partir de una fuente vernácula, el libro i tuvo que haber sido escrito o compilado después de 1131, el libro ii no pudo haber sido terminado antes de 1154 y ya el libro iii fue completado después de 1169, tras la muerte del obispo Nigel, al que se hace referencia en términos que hacen suponer que ya había fallecido (Tempore adhuc superstitis domini nostri Nigelli episcopi mulier quedam de Coteham cecitatem quadriennio passa est; le, iii, 57).

69 La autora de la única traducción inglesa del Liber se plantea solo cuándo fue concluida la obra, recordando que entre los últimos acontecimientos se incluye la muerte del obispo Nigel, acaecida en 1169, y sugiriendo por otros motivos que pudo ser un poco más tarde, hacia 1173, cf. op. cit., pp. xxii-xxiii.

70 Se podrían hacer algunas precisiones sobre este texto, que entiendo y traduzco de distinta manera que J. Fairweather.