Persoa: José Manuel González Herrán

Persoa: José Manuel González Herrán [2]

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1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 07
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 07 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Hablemos, pues, del exilio.

José Rubia Barcia.- Ése es otro tema, y complicado, porque sólo el que ha vivido el exilio puede darse cuenta de lo que es el exilio. El razonar sobre el exilio, el pensar sobre el exilio, ya transforma el sentimiento del exilio. Es quizás una de las experiencias más dolorosas y más angustiantes por las que puede pasar el hombre… Eso lo heredaron los gallegos, ese sentimiento… Sobre todo, si has luchado seriamente con el intento de hacer algo positivo en relación con tu país, y sientes el fracaso de tu esfuerzo. Y si el exilio se prolonga, la desesperanza ya de que tus ideas y tus cosas tengan un reflejo en la vida colectiva que te interesaba…; es decir, te sientes doblemente fracasado: primero, has abandonado tu país y después ya has abandonado toda posibilidad de influir sobre tu país. Queda el recurso de sobrevivir en la palabra escrita, pero la experiencia naturalmente es lamentable. En este sentido, las emigraciones españolas del siglo pasado…, la emigración a Inglaterra ha tardado cincuenta, ochenta, noventa años en que alguna gente sea redescubierta en España. De modo que no hay esperanza ninguna de eso. Y tampoco hay lo que es posible, si vives con todo el tiempo dentro de España, en lo que… (erróneamente, creo yo: yo no creo en el exilio interior).

José Manuel González Herrán.- A mí no me gusta tampoco la expresión; estoy de acuerdo.

José Rubia Barcia.- Se la inventó Paul Illie, pero no expresa una realidad. Hay discrepantes interiores, o coincidentes interiores, o indiferentes interiores, pero no es exilio. El exilio es un exilio que afecta a tu sensación, no como ser racional, sino como alguien a quien privan de su habitáculo, de su…, de su sitio, de donde puede pensar, razonar y sentir de acuerdo con otros semejantes; y te privan de eso y te quedas en el aire, colgado en el aire sin asideros. No importa que resuelvas o no resuelvas económicamente tu vida; el problema es que si eres hombre de espíritu, te sientes sin metas, sin objeto, sin nada; todo lo que haces lo haces para ti mismo. El exilio es…, te obliga a pensar dentro de ti, olvidando al resto de la humanidad. Si estás en un país de otra lengua, mucho peor; si estás en un país de lengua afín hay unas conexiones que se establecen con esa gente. Pero si es un país de otra cultura y de otra lengua estás completamente solo; es decir, todo es accidental excepto tu soledad, tu soledad es lo...

José Manuel González Herrán.- Bien; eso vale para el exilio en general, para cualquier exilio en cualquier cultura, en cualquier época. ¿Y con respecto a vuestro exilio, al exilio de los españoles?

José Rubia Barcia.- Lo peor de todo que hemos experimentado en el exilio…; yo no sé cómo lo han sentido en Hispanoamérica, o como lo han sentido en Inglaterra, o en Francia. Donde yo me he exiliado, a donde yo me marché, lo más doloroso, para mí, fue encontrarme con algo que yo no esperaba: la falta de aprecio o de interés por una España que era mi patria y que era mi país. El darme cuenta de que no significaba nada en el mundo. Que yo creía… (como español, estaba orgulloso de mi hispanidad) que esa hispanidad no era apreciada, y no sólo no era apreciada sino que era menospreciada. Pasamos a ser un país sin importancia y miembros de una cultura que no contaba. El ver en los mercados montones de productos de todas partes y no ver casi nunca nada español. La ausencia de la presencia física de España era total; y, por otra parte, el contacto con las gentes que podían venir de España era decepcionante. De modo que la soledad interior se hacía ahora una soledad mucho mayor, porque no contaba ni siquiera con unos asideros abstractos que te mantuvieran con cierto orgullo. Te contaré una anécdota: en los Estados Unidos se llamaba español, spanish, a todo el que habla español; la lengua definía la persona y era español todo el que hablaba español. Excepto –en todo esto siempre hay una excepción– una minoría, pero la minoría no refleja el espíritu colectivo; es decir, hay minorías que aprecian la cultura española y tal, pero no llega al nivel de la gente corriente y moliente con quien tienes que convivir. Si le dices al tendero «soy español», el tendero te asocia inmediatamente con un bracero mexicano, con un campesino peruano, con un analfabeto que llegó de Haití. Es decir, que lo español está tan rebajado, tan empobrecido, que pasas a ser una casta inferior. Ahora, esto en contraste con nuestro imperio, nuestro sentido imperial, la importancia que nos damos a nosotros mismos, es de un efecto dramático increíble. Como anécdota te contaré esto: cuando yo acepto el contrato para ir a trabajar a la Universidad –yo vivía en Hollywood–, decido ir más cerca de la Universidad y buscar un piso, un apartamento en las cercanías de la Universidad; busco y busco y, por fin, encuentro que hay un apartamento disponible, a un kilómetro o a un kilómetro y medio de la Universidad. Me acerco y sí, está vacante, y tal y tal… «¿Usted qué es?». «Yo soy español». «Ah, español –dice la señora que me recibió–, español. Pues mire usted yo no sé si…, ya veremos…, pero quizá…: pues venga usted a verme la semana que viene». Bueno; la semana que viene voy a verle y le aseguro que soy español. Me pregunta de qué país; le digo que de España. Por fin me admite en el apartamento y alquilo el apartamento. No pasa un mes o así, cuando un vecino me dice: «Sabe usted que se le ha aceptado»; porque la dueña del apartamento primero pidió permiso a todos los vecinos para aceptar a un español. El mismo tratamiento que recibe un negro. Es decir, que nuestro prestigio ha llegado tan abajo, tan abajo, que te sientes incómodo siendo español. Cuando llegué a Nueva York me dijeron: «Si quiere usted un piso en Nueva York tiene que empezar diciendo: No soy puertorriqueño, no soy tal; diga usted: soy peninsular, diga usted que es “España” [con silbido]; no diga usted que es spanish». Y aun así con reservas… De modo que esta sensación de inferioridad, de que no se nos considera, te hace la vida cuesta arriba en casi todos los aspectos a los que te vas a dedicar. Te sabes menospreciado, no apreciado. Eso es un contraste con el súper aprecio que tenemos dentro, que yo tenía dentro de la Península, en relación con mi cultura, mi ambiente y mi…

José Manuel González Herrán.- ¿Cual es tu valoración de la labor de los exiliados españoles en América?

José Rubia Barcia.- Eso naturalmente hay que clarificarlo antes de entrar en el tema. Yo tengo la experiencia viva de mi estancia en Cuba durante cuatro años, los primeros cuatro años; de eso ya hemos hablado: la gente que estuvo allí, lo que hicimos allí, y creo que quedó una huella bastante honda de nuestra aportación a la cultura cubana y la revitalización de lazos cordiales, en relación con lo que España significó en América. Yo recuerdo haber participado en La Habana, por ejemplo, al margen de las actividades académicas y teatrales, en un mitin, un mitin político en que un intelectual cubano atacó a España violentamente, en relación con algo parecido a lo que acaba de ocurrir con Castro; y después de este cubano –que era conocido, era un escritor cubano conocido– me tocó hablar a mí. Y recuerdo haber comenzado diciendo: «Yo no puedo ofenderme, realmente: es para lamentar lo que acabo de oír, en relación con los juicios de este intelectual –mencioné su nombre–; pero debo decir que no puedo ofenderme tanto, porque al fin y al cabo estamos hablando de mis tíos y él está hablando de sus padres». Naturalmente la reacción fue inmediata frente a esto; y ya entonces, como tío, justifiqué algunas de las cosas que habían hecho mis tíos. Algo de eso puede aplicarse al Castro ahora también. Porque el ataque a lo español, que nosotros hicimos y nosotros iniciamos –Bartolomé de las Casas es quizá el primer responsable–, es un fenómeno único en la cultura europea. Ningún pueblo europeo se ha atacado a sí mismo con la misma ferocidad y con la misma injusticia y exageración. El trabajo de Menéndez Pidal sobre Bartolomé de las Casas es definitivo en este sentido: el señor era un esquizofrénico y se inventó un montón de cosas, etc., al servicio de lo que él creía un punto de vista cristiano, pero con notables exageraciones. No era objetivo, era subjetivo a la manera hispánica. De hecho, la leyenda negra se funda sobre argumentos suministrados por los españoles, y los extranjeros los utilizan, y son los extranjeros, no los españoles, los que van a intentar rectificar la leyenda negra, a pesar del libro de nuestro amigo tan conocido sobre la leyenda negra. De modo que esa presencia nuestra significó… En Cuba empezamos –era mi experiencia– a establecer un lazo de cordialidad entre los intelectuales pensantes, y no tan apasionados, y nosotros, representando nosotros ya no una España partidista, sino lo que considerábamos lo que era España desde la lejanía. Luego ya me marché a Norteamérica, y en Norteamérica, naturalmente, mi primer contacto fue con quien me invitó a ir allí; fue con don Américo, y a don Américo me lo encontré… Yo ya había conocido a don Américo, como te dije, ya antes en Madrid, en el Centro de Estudios Históricos, y la ocasión no fue muy acogedora por su parte: yo joven, él hombre ya maduro, y hecho, y con una obra importante; yo un incipiente investigador dedicado a estas cosas. Me encontré a un Américo Castro sin barbas; esto parece que sin las barbas…: eran las barbas que usaban los grandes eruditos, de Menéndez Pidal a Américo Castro, en la vida española, y eran, entonces, intimidantes para un joven sin barba. Lo encontré sin barbas, y estaba esperándome en el apeadero –no había estación–, en el apeadero de Princeton. Yo llegué a Nueva York…; mi inglés –que era de libros, no lo había usado en la vida–, pues se me mostró bastante deficiente al llegar, y tuve ciertas dificultades para orientarme, pero en el apeadero Américo Castro, que me había recibido en su estudio de Madrid, hacía años, en un estado imponente para mí, pues me recibió con una cordialidad y un cariño que me sorprendió. Y ya después, naturalmente, se encargó de arreglar la cosa de mi estancia; él y doña Carmen, su mujer, me recibieron con una gran cordialidad. Y empecé a dar clases allí a americanos, y a convivir con él; todos los días nos veíamos, todos los días hablábamos, y muchas veces nos encontrábamos en la biblioteca o me encargaba una cosa que yo hiciera al servicio de su investigación; yo la hacía y me dio ya una impresión…: «Este hombre no es el mismo hombre, este hombre es un hombre que en España era distinto y ahora ya no es el mismo hombre, sino que es otra clase de hombre».

José Manuel González Herrán.- Y eso por consecuencia del exilio también.

José Rubia Barcia.- Naturalmente; es decir, cuando Américo Castro es invitado a ir a los Estados Unidos… Él estaba de gira por Hispanoamérica cuando la Guerra Civil, y había recobrado, cuando se acaba la guerra…, recobró su nacionalidad brasileña (él había nacido en Brasil, por accidente), y recobra su nacionalidad brasileña para poder viajar; no podía viajar sin documentación. Y, al mismo tiempo, va a renunciar después a su nacionalidad brasileña y va a adquirir la nacionalidad americana. Anecdóticamente te diré que su mujer renunció a la ciudadanía americana, no quería hacerse americana, porque cuando pasa… (esas cosas estúpidas de mentalización de una legislación arcaica)… Una de las preguntas que la Inmigración hace es «Si está usted dispuesto a renunciar sus lazos de unión con su país de origen y a defender a este país en caso de peligro, etc. etc.». Don Américo estuvo estudiando para los exámenes de una manera…, como si se tratara de un proyecto de investigación; no hacía falta tanto, pero preocupadísimo con la cosa; y, hombre, dijo que sí a esto... Pero le tocó a su mujer hacerse ciudadana y la mujer dijo: «Eso es absurdo, tengo sesenta años y ahora me preguntan si voy a defender a este país; yo no puedo decir ni que sí ni que no; ni voy a renunciar, ni por qué voy a renunciar». Entonces no le hicieron a ella ciudadana y a él sí… Pero, por otra parte, la anécdota denota unas decisiones que te acercan no a ser ciudadano de un país, una vez que renuncias al tuyo, sino a que la ciudadanía significa un medio de comunicación con el mundo y que se hace necesaria para comunicarse; y entonces empiezas a sentirte que ya no eres ciudadano de tu país, sino ciudadano del mundo, perteneces al mundo. Ese sentimiento de no ser ciudadano uno de un país, aunque acepte la ciudadanía del otro, te hace funcionar y, dentro, lo que uno siente es eso. Bueno, pues esto es una cosa que hay que hacer en la vida; pero yo ya perdí mi país, éste es adoptivo, el mundo es lo que me interesa en realidad, la humanidad es lo que me interesa en realidad y, quizá, el fenómeno de los españoles en América es la adquisición…, lo que yo diría la adquisición de una conciencia universal, en vez de una conciencia nacional, sin poder desligarse naturalmente de sus raíces. Te coloca ya en un punto de vista en que vas ahora a juzgar…, a intentar juzgar…, que juzgas lo tuyo subrayando los aspectos más positivos de tu experiencia vital y quitándole tanta importancia a los aspectos negativos que en todos los países existen. Eso nos dio a todos una visión de España distinta a la que hubiéramos tenido de permanecer en el país: la adhesión apasionada de ideas, en relación con la problemática del país, eso no podía ser; no podía afectarnos de la misma manera, ya que no podíamos hacer nada en relación con eso. Pero sí podíamos revalidar, subrayar la importancia de las aportaciones españolas. En este sentido nos habían precedido en los Estados Unidos tres personas de gran categoría: en Columbia University, Federico de Onís; en California, César Barja y Buceta, dos gallegos; en Chicago, Solalinde. De modo que había tres grandes personalidades de la intelectualidad del exilio que estaban ya trabajando cuando nosotros llegamos allí. El Gobierno norteamericano nos facilitó nuestra entrada, la de ellos fue posible porque habían llegado antes, ya contratados por universidades americanas y estaban muy por encima de la cosa política. Lo nuestro fue más difícil, porque con la propaganda franquista y con el criterio predominante en los países imperiales, nosotros éramos enemigos; no éramos enemigos, pero no se nos trataba con la misma cordialidad. De todas maneras, esa actitud oficial, como pasa en un país grande, no es una actitud universal. El pueblo americano acoge a quien sea, proceda de donde proceda, y si sirve para algo lo utiliza. De modo que el Gobierno es una cosa, la Universidad es otra cosa –como un islote, un oasis–, la masa general es otra cosa. La unificación del sentimiento, eso no existe. Hay posibilidades para todo, aun para posibilidades discrepantes; si no se hacen mayoritarias, pues permanecen luchando; y, si se hacen mayoritarias, predominan y estabilizan la política. De modo que llegamos y, una vez que llegamos y nos integramos en aquella vida, ya entonces actuamos de manera como si hubiéramos nacido allí. Llegamos a la enseñanza y nuestros puntos de vista podían ser expuestos. Entonces…: González López (que está aquí ahora), en Nueva York, en el Hunter College; años enteros siendo jefe de estudios graduados; Eugenio Granell, otro gallego, también en Nueva York, dedicado en Brooklyn College a enseñar; hombre al que le interesan los problemas del mundo contemporáneo, gran pintor, escritor de gran humor e incisivo, etc. En Nueva York estaban además de estos dos… ¿cómo se llamaban?, Amor y Vázquez, en Brown University, Ernesto Guerra da Cal, otro gallego, en la Universidad de Nueva York. De modo que en la ciudad de Nueva York había ya un grupo de exiliados, que se habían colado de alguna manera…, algunos con dificultades y otros sin dificultades. Estando yo en Cuba, recuerdo que vino a verme Ernesto Guerra da Cal, a quien yo conocía aquí, de la guerra; tenía que salir del país para volver a ingresar ya como residente legal en los Estados Unidos. Salió a Cuba, y entonces estuvimos juntos un par de semanas, antes de poder regresar a los Estados Unidos. Se me olvidarán algunos nombres, pero en Nueva York hay cuatro o cinco; en el resto del país hay un Santamarina, que ahora no me acuerdo bien a dónde fue a parar; por California pasó Ramón Iglesias, el historiador, que se suicidó después… Hubo tres o cuatro suicidios de intelectuales españoles en los Estados Unidos.

José Manuel González Herrán.- ¿En el primer momento?

José Rubia Barcia.- Sí, en los primeros años. De esos se hace eco literariamente Sender, en una de las últimas novelas, una de las mejores que ha escrito, se titula –no sé si tú la has leído– La mirada inmóvil. La mirada inmóvil es la historia de siete u ocho suicidas, suicidas en el siglo XX, todos ellos por razones de incompatibilidad entre su interioridad y la exterioridad que les toca vivir, política, económica o lo que sea. Y ahí está incluido entre esos, entre ellos está… ¿cómo se llamaba el que se suicidó en La Florida, muy famoso él (ahora no me acuerdo)? No está citado por el nombre, pero el suicidio de Iglesias está ahí. Por cierto que… (bueno, esto es incidental no hay que mentar ahora la cosa), me encontré después con una hija de Iglesias, aquí en España, y me preguntó cómo había muerto su padre. Iglesias vino a verme a mí cuando yo lo conocía…, vino a verme a mí…; el suicidio de Iglesias –ya en España tenía reacciones un tanto raras–, la familia no lo sabía, acaban de enterarse por mí de cuál fue la causa del suicidio, porque no sabían que se le había hecho una autopsia y lo que tenía era un tumor cerebral. No fue el mismo tipo de suicidio de otra gente. Pero, de todas maneras, una docena de personas llegamos allí y entramos en las universidades americanas e influimos decisivamente en la apreciación que podía tenerse de España desde lejos, con desprecio hacia el franquismo; pero al despreciar el franquismo no había más remedio que subrayar los aspectos anteriores predominantes. Creo que hemos influido. En mi caso, yo tengo dirigido dieciocho o veinte tesis doctorales, y esos dieciocho o veinte están trabajando de profesores en la Universidad y, naturalmente, están influidos por mis ideas y por mi visión. Y lo mismo le ocurre a González López, y lo mismo le ocurre al otro, y al otro. De modo que hay un centenar de profesores americanos que enseñan cultura española y que están influidos por nosotros.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 09
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 09 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Planteas otra cosa que también me interesaba: este país ya no es tu país. Si mis datos no están equivocados, tu regreso, digamos vacacional, a España se empieza a regularizar en torno al setenta y cinco.

José Rubia Barcia.- La primera vez vine a Portugal, y mi familia me visitó en Portugal, y fui objeto de persecución en Portugal. Mi hermano tenía –¿te lo conté?– contacto con la policía de aquí; mi familia, mis padres, mis hermanos y tal fueron a Portugal, a vivir conmigo un año en Portugal. Eso fue tan pronto…, yo no era ciudadano americano todavía, fue en el cincuenta y cinco o cincuenta y seis cuando vine por primera vez a Europa, y, llegué a Lisboa con un visado y un pasaporte que me había conseguido mi suegro. Yo no podía ir al consulado español a solicitar un pasaporte; además era enemigo acérrimo del régimen y no me lo iban a dar, de modo que mi suegro fue al consulado español y le dijo al cónsul: «Usted ya sabe quién es mi yerno, él no va a venir aquí, pero quiere ir a Portugal y no a España, pero no tiene pasaporte». Yo estaba indocumentado, no podía moverme en el mundo, no podía hacer nada. Se había resuelto mi problema inmigratorio, es decir, ya era residente legal en los Estados Unidos, y tenía permiso para viajar y no tenía garantía de poder volver. Pero yo dije: «No puedo esperar más». Habían pasado veinte años, por lo menos, que yo no había visto a mis padres y ya no podía esperar más. Mis padres no conocían a mi mujer, no conocían a mis dos niñas, que eran chiquititas. Es decir, corro el riesgo de no poder entrar en los Estados Unidos, pero ya tenía preparada la cosa para una posible entrada en México o en Cuba; ya los representantes de Cuba y de México me dijeron: «Si hay dificultad, inmediatamente nosotros intervenimos y te vienes para acá». Entonces cogí un barco y me vine con mi familia y mi suegro. Pero para el billete necesitaba un pasaporte, mi suegro fue al consulado, le habló al cónsul español y el cónsul español le dijo: «Mire, yo sin más, sin autorización y sin nada, le voy a dar un pasaporte». Y le dio un pasaporte: con ese pasaporte vine a Portugal, me instalo y alquilamos un piso, viene la familia y tal… Llevaba cinco o seis meses en Portugal, cuando la policía secreta me llama y me dice que no puedo seguir en Portugal, que tengo que salir de Portugal. No sé si la embajada insistió o no en que se me echara de Portugal; gente de España vino a verme y tuve algunas entrevistas con gente de España y, no sé si la policía secreta, que era al parecer bastante ágil, se puso en contacto con la embajada y tal. Estaba de embajador Nicolás Franco. Entonces mi hermano ya había estado allí, pero ya había vuelto para aquí, y le llamé, y vino, le dije lo que pasaba, que se me expulsaba de Portugal, que yo no sabía si con la expulsión necesitaba una autorización de salida de la embajada española, que me autorizaran a salir de Portugal; e incluso la policía portuguesa podía entregarme a las autoridades españolas. De modo que la situación era muy delicada. Entonces mi hermano me dijo: «Yo no dije de volver a entrar en España a nada; pero si se te ha ocurrido que te traigan a España, a mí el jefe de la policía de Ferrol me ha dicho que hay que provocarte un accidente en la carretera». Eso me dice mi hermano: «Ten cuidado, porque hay esta cosa...». Eso indica cómo molestaba yo en el extranjero al régimen. Y, ya en vista de eso, dije: «A ver si me voy a Francia, si me dejan salir voy a Francia. Vete tú que conoces a esta gente en el consulado, a ver influye, tu influencia…». Él fue al consulado, a la embajada española y arregló que me permitieran salir de Portugal. Me permitieron salir de Portugal y, entonces, me fui a París y, al poco tiempo, de París volví a los Estados Unidos. Fue mi primera experiencia en el cincuenta y siete. Pero más adelante, ya tengo la ciudadanía americana, y han pasado ya unos años, cuando me decido a venir a España de visita, pero mi visita a España fue una visita para ver a mi familia y nada más. Me instalé en Madrid e, inmediatamente, un policía todos los días delante del hotel donde yo estaba, y a donde yo iba me seguía por todas partes, de modo que estaba vigilado y tal... Había el peligro de que me detuvieran o me acusaran de lo que fuera, pero decidí correr ese peligro.

José Manuel González Herrán.- Probablemente existiría la sospecha, crees tú, de que conspirabas o tenías contactos con la posible oposición clandestina.

José Manuel González Herrán.- Yo no sé lo que pensarían, pero si sé que asignaban un policía secreto. Hablé con él: «Quiero facilitarle su labor, de modo que si usted quiere yo le digo de antemano a dónde voy, y a quién veo, y así tiene usted la información» (un poco irónicamente). Y el hombre, desconcertado con mi actitud: qué hombre tan raro… Pero no vi a nadie políticamente en España, ni hablé en España con nadie políticamente; vine exclusivamente a ponerme en contacto con mi familia y nada más. Invité a mi familia a que fuera a Madrid a pasar las primeras navidades conmigo; fue toda mi familia y estos chicos eran chiquititos entonces. De modo que siempre, mientras vivió Franco, no sé si vine dos o tres veces, siempre de incógnito, siempre sin… Pero al mismo tiempo, activo en la política de fuera y combatiendo al régimen desde afuera. De modo que salían artículos míos, a veces muy violentos; algunos hay recogidos en el libro, publicados aquí, muy cerca de la muerte de Franco, contra Franco y contra el régimen.

José Manuel González Herrán.- Me acuerdo de uno de ellos, a raíz de los fusilamientos de septiembre del setenta y cinco.

José Rubia Barcia.- Sí, de los muchachos estos del GRAPO. Al mismo tiempo que hacía eso, llegó a California un barco de guerra americano, y unos muchachos se declararon desertores y se salieron del barco; yo fui su defensor en los Estados Unidos, busqué abogados, ayudé…, y conseguí que no se les mandara a España. Y ataqué violentamente a los Estados Unidos, y ataqué violentamente a México, de modo que ya no es la adhesión. A mí no me importaba ser ciudadano americano, y, de hecho, lo aproveché para atacar las cosas que no me gustaban en el país en el que yo vivía, y no me persiguieron por eso; con el macarthismo, sí; después no me persiguió nadie por eso. De modo que mi actitud ya era un poco por encima de la problemática de un país determinado o del otro de más allá, era una lucha contra la injusticia y no contra unas cosas personificadas en unos individuos. De modo que otra vez es un síntoma eso de que estaba sur la mêlée, por encima de la cosa temporal e inmediata, y pensaba más ya en una humanidad más justa y mejor que la humanidad que nos tocaba vivir.

José Manuel González Herrán.- ¿Qué impresión (aunque sé que eso es muy difícil de simplificar) te produjo la sociedad española y la gente española con la que trataste en los diez últimos años, en los que has podido tener ocasión de hablar, no sólo con la familia sino con otras gentes?

José Rubia Barcia.- Mira, algunos de los intelectuales –no voy a mencionar nombres–, algunos de los intelectuales más destacados…, me han ocurrido cosas desagradables con algunos de los grandes nombres españoles, una vez que me puse en contacto con ellos; y algunas cosas en el terreno personal agradables. Pero no podía adherirme… Cuando se me invita para que colabore para los Cuadernos para el Diálogo, por ejemplo; yo renuncio a colaborar en los Cuadernos para el Diálogo: yo no podía creer que podía haber posibilidad de diálogo entre lo que yo sentía, pensaba, etcétera, y lo que ocurría en el interior de estas gentes que proponían la misma cosa. Algunos de los proponentes de eso… (lo recuerdo y aun así somos amigos), hubo una correspondencia mía con Aranguren…, y ahora voy a Madrid y como con Aranguren, porque lo considero una bellísima persona, etcétera; pero no pude estar de acuerdo con su actitud de convivencia y olvido; yo no podía hacer eso, me lo impedían mis entrañas; no mi cabeza, mis entrañas me impedían eso. De modo que mis vueltas a España han sido todas…, diría, más de sufrimiento que de conmiseración por la problemática de la vida española, por muchas razones. Es éste de ahora el primer viaje de los que he hecho a España…, es éste el primer viaje en que me encontré con jóvenes, no con gente mayor, con jóvenes con los que me he entendido perfectamente; es decir, los jóvenes con quien estuve en contacto en San Sebastián, en Bilbao, en Madrid, en Santander y aquí me han devuelto la fe en España. Pero lo anterior, no. Nada: no importa que haya sido gente que ha luchado, que no ha luchado…, gente arrepentida o que ha cambiado…, es gente con la que no he podido entenderme. Puedo tener una conversación cordial, pero no confusión de sentimientos, simpatía profunda, la esperanza en ellos la he perdido ya hace muchos años y no he podido recobrarla.



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