Temática: teatro

Temática: teatro [4]

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1976-11-04
Carta de Luís Seoane a Ricard Salvat
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Transcripción da Carta de Luís Seoane a Ricard Salvat en 04/11/1976

Buenos Aires, 4 de noviembre de 1976
Sr. Ricard Salvat
Barcelona
Querido Salvat:
Recibí tu carta del 21 de mes pasado que te agradezco mucho. Incluí los figurines de la obra de Castelao porque, entre las cosas que pienso hacer en La Coruña, está la de hacer un folleto con tu intento de poner Os vellos non deben de namorarse y Castelao e a súa época en la Universidad de Coimbra con las fotos que tú tengas y las reproducciones de figurines y bocetos de decorados, carte, etc. Para eso te pediré algunos datos cuanto te visite en Barcelona.
Volveremos a Galicia en los primeros días del año próximo, pero esperamos estar algunos días en Madrid y en Barcelona, seguramente a fines de diciembre. Desde luego deseo hacer una exposición en tu ciudad y me gustaría que la Sala Gaudí me reservase una fecha en octubre o noviembre, si puede ser, del año próximo, ya que tengo que volver a Buenos Aires a principios de diciembre del 77. Naturalmente, por las dificultades de traslado de obras de arte no puede ser retrospectiva o antológica, pero será una exposición que supongo no desprestigiará la galería. Quizás para esa fecha pueda presentar una nueva monografía que está pensando hacer Domingo García Sabell. La exposición en Barcelona me interesa mucho, pues quiero a Barcelona lo mismo que todos los gallegos que conozco, e igual que los argentinos, que es la ciudad que prefieren de la Península. Nos gusta la universalidad intelectual y popular de Barcelona, así como nos fastidia el provincionalismo de Madrid que no logra superar a pesar de su crecimiento. Hablaremos de todo esto.
Maruja y yo os enviamos a Nuria y a ti felicitaciones por el nacimiento de vuestra tercera hija, Aia en gallego.
Nosotros estamos bien, trabajando los que podemos y con muchos proyectos para el año próximo a cumplir en gran parte en La Coruña. En Barcelona, hablaremos de ellos, desde luego estás complicado en uno, el del intento tuyo de representar da Castelao en Coimbra para lo que me tendrás que suministrar, como te escribo antes, bastantes datos.
Esto es todo. Te agradecería que si accede la sala Gaudí a hacer una exposición mía, me lo escribas.
Un gran abrazo para Nuria y para ti de Maruja y mío y besos a las pequeñas.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 01
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 01 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Entre 1931 y 1936 estudias en Granada y tu vocación inicial es la de arabista o latinista: ¿cuál es tu vocación, lo que te mueve a estudiar Filosofía y Letras y cómo esa vocación se va condicionando en esos años?

José Rubia Barcia.- Parte esto de una premisa, premisa que determina en gran parte mi futuro. Cuando yo termino mi bachillerato, aquí en Ferrol, el director del Instituto era un señor que se llamaba Vicente Losada, hombre de gran sensibilidad; este hombre me abrió los ojos a cosas que yo no tenía ni idea de que existían siquiera; es decir, me abre puertas al pensamiento y me hace leer, ya a los quince años me hace leer a Balmes, por ejemplo, en la filosofía, y me pone en contacto con gente que se plantea problemas relacionados con aspectos fundamentales de la vida. Yo sigo estudiando el bachillerato y lo hago en cuatro años. Por las razones que sean el Claustro de la Universidad [sic, por ‘del Instituto’] me llama un día y me dice que la República había pasado una ley reconociendo en algunos estudiantes cualidades que, según sus maestros, podían ser relevantes; a esos estudiantes se les llamaba alumnos superdotados. Y si el Claustro del Instituto consideraba que encontraba entre los alumnos alguien que podría ser considerado superdotado, podía proponerlo al Ministerio de Instrucción Pública. Entonces el Ministerio de Instrucción Pública decidía si otorgarles una beca permanente para estudiar en la universidad que les diera la gana, sin gasto ninguno de matrículas ni de libros, y siguiendo su vocación, hasta ver dónde iban a parar. El Claustro del Instituto de Ferrol decidió, por las razones que ellos creyeron convenientes, elegirme como estudiante superdotado. Y un día me llama don Vicente Losada y me dice: «Mira el Claustro ha hecho esto, y esto, y ha decidido proponerte; y resulta que el Ministerio de Instrucción Pública ha aceptado nuestra propuesta y puedes elegir ir a estudiar a donde te dé la gana». Yo había hecho los tres primeros años del bachillerato de manera continua y normal, pero cuando llegué al tercer año, mi padre me dice: «Hijo mío ya tienes ahora dieciséis –había empezado a los trece años–, ya tienes dieciséis años, ¿y no sería mejor que aprovechases la cosa de una carrerita corta, para ganarte la vida bastante…?; porque es para nosotros difícil mandarte a una universidad y que puedas estudiar y tal…». Yo entonces le había dicho a mi padre: «Bueno yo lo que haré, para no ser carga para la familia y tal, voy a terminar el bachillerato primero». Y metí todas las asignaturas de cuarto, quinto y sexto de un golpe. Ése fue factor determinante, quizá: un poco de asombro por parte de los profesores, el factor determinante de esa actitud del Claustro, porque me dieron sobresaliente y matrícula de honor en todas las asignaturas. Era una cosa inusitada, para mí extraña; yo no esperaba eso, yo no tenía la menor experiencia que pudieran considerarme de esta manera o de otra. Pero me encuentro con el hecho de que tengo abiertas las puertas ahora para hacer lo que me parezca y estudiar lo que quiera, ¿eh? Naturalmente, yo no podría ayudar a mi familia, pero podría abrirme…, si prescindían de mí como causa de ayuda familiar, podría hacer lo que quisiera. Entonces decidí ir a Granada; podía haberme quedado en Madrid. Fui a Madrid y aquello me asustó: un chico pueblerino en una gran ciudad, solo allí, y me asusté. Y como mi padre era originalmente de Granada, yo dije: «¿Y por qué no voy allí?; tengo familia allí, me voy a ir a Granada». Y fui a Granada. Entonces: ¿qué hago ahora y qué estudio? Primera decisión: no sabía qué hacer. Todavía no tenía la beca, no sabía qué hacer y decidí matricularme en Medicina y, a la vez, me matriculé en el año común de Derecho y Filosofía y Letras. Durante seis o siete meses asistí a las clases de Medicina y a las clases de Filosofía y Letras. La Medicina me horrorizó muy pronto. No podía aguantar aquella cosa, con varias experiencias de amigos que estaban ya en Medicina y no estaba dispuesto, y abandoné la cosa de Medicina y me consagré al año común. Pero todavía no sabía si hacer Filosofía y Letras o hacer Derecho; estaba dudando. Pero me encontré con una Facultad de Filosofía y Letras que era excepcional. Era excepcional y entonces dije: «me meto en esto». Y empecé a estudiar Historia del Arte, y empecé a estudiar Introducción a la Literatura y todas estas cosas, Filosofía y Letras. Me sentía a gusto con los estudios, y empecé a estudiar árabe en el segundo o tercer año, y hebreo. Todo esto era un mundo totalmente ajeno y extraño para mí, pero lo hacía con entusiasmo y con gusto; aquello me asombraba, todo lo que era novedoso e importante, me asombraba y, a la vez, me creaba un cierto complejo de inferioridad. Yo decía: «Bueno, esta gente sabe tanto, estos profesores tan sabios, ¿qué hago aquí, qué voy hacer yo con esto...?». Además yo…, era absurdo, yo no era hijo de familia rica, era absurdo dedicarme a una profesión en la que no había futuro ni porvenir. Pero yo dije: «Adelante con esto». Y me pasé los seis o siete primeros meses dudando: ¿qué hago, qué no hago, a qué me dedico, a qué no me dedico? Desde muchacho fui muy aficionado a la lectura, leía muchísimo, leía novelas, leía cosas que caían en mis manos: mi padre tenía una pequeña biblioteca, y me la leí toda, me la leí toda. De modo que aquello parecía que entraba un poco en mis verdaderas inquietudes, pero no había decidido todavía dedicarme a eso, porque no sabía exactamente si eso era lo que yo debía hacer. Mi beca no me la habían pagado. Entonces, otra vez interviene una especie de hado, o destino, o casualidad. Daba la casualidad que el rector de la Universidad era gallego. Se llamaba don Alejandro Otero, que luego fue un hombre prominente en el socialismo español, hombre ejemplar en muchos sentidos. No hace mucho salió aquí en España una biografía de Alejandro Otero, porque no se le conocía, naturalmente: cuarenta años de silencio, no se le conocía. Y me fui a ver a don Alejandro, y le dije: «Mire usted, don Alejandro…». Me recibió en seguida, como gallego; era el único estudiante gallego que había en la Universidad, no había ningún estudiante gallego más que yo; lo que, por otra parte, fue otra experiencia, los andaluces se reían de mí, y se reían de mi acento; era una especie de ameba en aquel ambiente. Don Alejandro me recibió muy cordialmente, le expliqué la situación y entonces me dijo: «Mira, vete, vete ahora, que ya me ocuparé de esto». Luego me enteré que al día siguiente había cogido su auto y había ido a Madrid al Ministerio y volvió y me mandó una notita a la Facultad diciendo –me la dio el bedel–, una notita diciendo que mi asunto estaba resuelto y que recibiría mi primer sueldo a fines de mes. En efecto. Pero yo voy a ver a don Alejandro a darle las gracias, como es natural. Subo, pido una cita para verle y llego al despacho de él, a la antesala, y uno de los empleados, uno de los bedeles que había allí me dice: «Don Alejandro no quiere verte: que te vayas, porque no tienes nada que agradecerle, que te vayas». Y yo, un poco desconcertado con aquella cosa, no estaba acostumbrado a esto. Me salí de allí: «¿Qué clase de hombre es éste que después de que se molesta, hace todo esto, pues no quiere que le dé las gracias...?». Ésa fue mi primera introducción a un hombre que era socialista, y que era gallego, y que era un hombre ejemplar y admirado en la ciudad, porque era un hombre admirable. Este hombre tenía la mejor clínica de ginecología de España, era el mejor ginecólogo de España, era conocido en el extranjero, escribía en alemán ensayos y en revistas científicas, y al mismo tiempo era un hombre consagrado a la política y al socialismo. Don Fernando de los Ríos (ya estábamos en el primer año de la República), don Fernando de los Ríos, que era el teórico del socialismo y tal, ya se había trasladado a Madrid, porque le habían hecho Ministro de Instrucción Pública. Pero inmediatamente yo conocí (por estas conexiones de don Alejandro, y ya te explicaré por qué), conocí a la familia de Fernando de los Ríos, conocí a la familia de Lorca, en el ambiente granadino, me traté con todos ellos y fue poco a poco abriéndose mi inquietud hacia el terreno político, por simpatía hacia estos hombres, más que por convicciones: yo no tenía ninguna convicción política, excepto que ya de estudiante… Había en Ferrol el Centro Obrero de Cultura, era un caso único en España, probablemente. Eran obreros de la construcción, todos socialistas también, y en la calle Real, frente a lo que era la redacción de El Correo Gallego; en un primer piso tenían una biblioteca, una biblioteca de varios miles de volúmenes, un bibliotecario ejemplar, y cuando yo salía por la tarde de las permanencias en el Instituto –permanencias se llamaba entonces al periodo de estudios, en que los estudiantes se quedaban en un aula grande con un profesor que se encargaba de dilucidar sus dudas o preguntas o tal; se pagaba por eso extra. Y eso terminaba a las cinco de la tarde. Entonces yo me hice socio, tampoco sé por qué, me hice socio del Centro Obrero de Cultura e iba todas las tardes a leer al Centro Obrero de Cultura. Y allí el bibliotecario, que era muy inteligente…, este hombre me facilitaba instrucciones, introducciones. Y allí leí a Kropotkín, primero a los anarquistas, a Bakunín. Pero yo no sabía por qué esto, ni tenía la menor idea de por qué me atraían estas cosas, no lo sabía. Y allí me formé un poco. La conciencia política ya se inició entonces allí, y en Granada se va a cuajar en contacto con Alejandro Otero y con las lecciones de Fernando de los Ríos, cuyo recuerdo era…; y, además, en la Unión General de Trabajadores y todas estas cosas. Sigo estudiando, me matriculo en el segundo año y hasta ahora tengo todos mis estudios… Una de las condiciones de esa beca extraordinaria que me dio el Gobierno –y era extraordinaria en cantidad y en posibilidad, yo no tenía ningún apuro económico…

José Manuel González Herrán.- Había pocos estudiantes en España que disfrutasen de esa beca...

José Rubia Barcia.- Muy pocos. Y, además, todo el que disfrutara de esta beca, si alguien creía que podía desafiarle a un examen comparativo, podría hacerlo y se la llevaba el otro. De modo que yo estaba siempre sujeto a esto. Fuimos alumnos superdotados en Granada, durante mi estancia, yo y un padre que ahora es jesuita, padre Molero, creo que es Francisco Molero, vive todavía. Él se había graduado de médico a los veintiún años y empezó Filosofía y Letras a los veintiún años. Luego él y yo fuimos a Santander juntos; como alumnos especiales nos mandó también la Universidad a Santander. Pues en ese periodo, ya yo metido un poco en la cosa política, y metido en mis estudios…, no hay escuela de estudios árabes en Granada todavía, eso no existe. Pero el decano era un hombre extraordinario, se llamaba Antonio Gallego Burín, padre de Gallego Morell, un hombre extraordinario, de sensibilidad, de buen gusto, era una especie de noble, con actitudes de gentleman; yo no sabía entonces lo que era un noble, parece que era Barón de no sé qué, yo no lo sabía, ni él me dio nunca la impresión de eso. Pero este hombre fue el primer español que intentó crear, y creó, un teatro universitario; no había teatros universitarios, él creó el primero. Esto fue antes de la Primera Guerra Mundial cuando él crea este teatro. En este teatro estuvo de actor García Lorca, y es donde García Lorca se forma como actor y se interesa por el teatro. Él había creado un teatro que llamaba «La Carreta». Ese teatro contaba con la colaboración de un gran escenógrafo llamado Hermenegildo Lanz: este gran escenógrafo montaba los autos sacramentales con un esplendor y con una imaginación extraordinaria, yo tengo documentos gráficos de todas estas cosas del teatro «La Carreta»: El gran teatro del mundo, por ejemplo, con la presencia de Dios y tal, aparecía en un escenario todo, todo como si pasara en el firmamento, es decir, con estrellas, no se veía ni piso ni…, era todo en el firmamento. Era un alarde de imaginación y tenía una habilidad extraordinaria para hacer actores. Yo, de chico, aquí en Mugardos había un oficial del ejército, se llamaba Lisardo; hubo un teatro infantil aquí, y yo fui actor infantil del teatro de Lisardo. Representé, recuerdo, un notario con barbas y bigotes cuando tenía diez años, para Lisardo, aquí. De modo que mi inquietud por el teatro también surge así porque hay un señor aquí que se llama Lisardo, que es oficial del ejército y que se interesa en hacer teatro…

José Manuel González Herrán.- Parece como que en Granada cristalizan un montón de cosas que vienen ya de atrás.

José Rubia Barcia.- Claro, que vienen de atrás. Entonces llego a Granada y va a celebrarse el centenario de Lope de Vega, el año treinta y cuatro. Yo estoy avanzando en la carrera, se produce al mismo tiempo la cosa de Asturias, y yo al mismo tiempo hice una excursión por Extremadura: esto me afectó muchísimo. Una excursión estudiantil por Extremadura, y vi cómo los trabajadores, aun en plena República, los trabajadores campesinos extremeños ganaban entonces 1,50 pesetas al día, los que trabajaban los campos.

José Manuel González Herrán.- Jornaleros.

José Rubia Barcia.- Jornaleros en los latifundios; y todas las bellotas que dejaban las piaras de marranos, al pasar podían recogerlas, ellos podían hacer pan de bellota, lo que quisieran. A mí aquello me impresionó muchísimo, la miseria humana me afectó mucho. Confirmaba ya un poco mis tendencias a pensar en términos de redención de la gente pobre, de dedicarme, si podía, a la política, para salvar a esa gente. El caso es que se produce, casi simultáneamente, el centenario de Lope y lo que llamaron –el régimen llamó– la sublevación de Asturias, Casas Viejas y la creación de la Escuela de Estudios Árabes. Tres hechos casi simultáneos; y desde el treinta y tres al treinta y cuatro empezó después lo que se llamó «el Bienio Negro». Entonces todas estas cosas de alguna manera me afectaron y ya me consideraban…, don Alejandro, yo iba con él a la Casa del Pueblo algunas veces. Cuando el año treinta y cuatro vine aquí a Galicia a pasar el verano, recibí una nota de que pasara por la sede del Partido Socialista en Madrid y que tenían algo para mí. Yo fui allá y entonces había un señor, que era el secretario, que se llamaba Almoneda o Lemoneda..., o cosa así; y allí me dieron una nota para don Alejandro. Don Alejandro sugirió mi nombre como contacto probablemente, o algo. Era una nota…; pero había una huelga anarquista en Madrid, con tiroteos en las calles: el tren en el que yo me subí, paralizado, no podía salir de la estación; por fin arranca el tren entre tiroteos y jaleos, y huelga general de la CNT… Era en simpatía, en parte, con la cosa de Asturias; falló, se había preparado una huelga general en el país, como protesta a la actitud de las derechas. En medio de esta vuelta me meto en el tren y entre tiros y tal, llego a Granada y digo: «Esto es muy peligroso», porque estaba ya todo así…; rompí la nota y al llegar a Granada me entero que don Alejandro está en la cárcel, estaba ya encarcelado. A mí me parecía tan absurdo que un hombre noble, bueno, generoso, abierto, inteligente, fuera a la cárcel; para mí esto era incomprensible, en una mentalidad juvenil y tal, y me detiene la policía (mi primer contacto con la policía), diciéndome que a qué iba yo a Granada, y qué misión tenía yo en Granada: «Yo soy estudiante aquí, vengo a continuar mis clases y tal». De alguna manera a ellos les había llegado algo de información, pero me dejaron. Entonces fui a ver a don Alejandro, que estaba en la cárcel. Había una celda común y en esta celda había cuarenta o cincuenta presos y allí estaba don Alejandro entre los presos. Cuando me vio me dijo: «Hijo mío..., pero hombre, tú ahí..., tú eras el que debía estar aquí, para que aprendieras lo que es esto...». Todo ese tipo de experiencias me afectaba, no entendía por qué las cosas eran así. Pero él sabía lo que decía probablemente, y me dio las gracias por el mensaje que le llevaba; no se podía hacer nada, estaba incomunicado, le habían ofrecido la libertad si accedía a atender a la mujer del gobernador, que iba a dar a luz, y él dijo que no, que todas las mujeres eran para él iguales y que si se le dejaba en libertad era para atender a todas las mujeres y que si no… Muchas de estas cosas son anécdotas...

José Manuel González Herrán.- Pero tienen importancia, van configurando el porqué de una personalidad…

José Rubia Barcia.- El caso es que yo no tenía especial predilección por los estudios de ninguna clase, me encontraba con cosas que no conocía y me entregaba a eso. Quizá sea bueno que diga algo muy curioso en relación con el efecto que me produjo tanta sabiduría acumulada. Estaba en arte Gallego Burín, estaba en latín…, no, ¿en qué era, qué enseñaba?, enseñaba paleografía Marín Ocete, que después fue decano y rector, también; un latinista catalán muy bruto, muy bruto como persona, pero un gran latinista…; se llamaba…, no recuerdo…: a éste procuré olvidarlo por un incidente que pasa en una de las clases con él; y estaba García Gómez como arabista; y de griego un catalán…, se me olvidó el nombre del catalán, muy bueno, helenista también; y en literatura había un pobre hombre que se llamaba Hernández Redondo. No sabría por qué aquel hombre era catedrático, pero para mí fue utilísimo; fue el único catedrático que me creó un complejo de normalidad, porque era tan tonto y tan poca cosa que no era difícil sentir que uno podía ser como él, de modo que fue beneficioso: don Tomás Hernández Redondo. Había (esto no se puede citar), había hecho un resumen del manual de Hurtado…

José Manuel González Herrán.- ¡Ah, el famoso Hurtado...!

José Rubia Barcia.- Y el hombre se sentaba detrás del escritorio, entornaba los ojos, se rascaba la entrepierna veinte veces y hablaba con voz monótona, de memoria, se podía seguir en el texto la lección del día de memoria. Lo sabía todo de memoria, lo recitaba de memoria, terminaba la cosa y se marchaba. Y aquel hombre…, pues me dije: «Pues si éste es catedrático de literatura, y de esta manera, yo jamás podré ser un sabio como García Gómez, ni un latinista como éste, ni un helenista como éste, ni un especialista en paleografía como este otro, este hombre…; pero quizás yo pueda llegar a ser algo en relación con la literatura». Es el primer atisbo que me da cierto optimismo en relación con un posible futuro, pero no tenía la menor idea de que esto podría ser una salida. Pero en esos momentos, año treinta y tres, Fernando de los Ríos decide crear la Escuela de Estudios Árabes. Yo había estudiado ya mi primer año de árabe en la Facultad. No se me había ocurrido hacer estudios orientales. Pero aquello me fascinaba, el mundo oriental me fascinaba, y hablando con Gallego Burín le dije: «¿Y si yo me matriculase en esta cosa de la Escuela de Estudios Árabes?». «No, no te preocupes, te damos una beca extra para que estudies lo que quieras...». Entonces dije: «Bueno, pues me meteré en eso, a ver qué pasa». Estaba fascinado con la sabiduría de García Gómez y, además, era un gran exponente. No sólo era un gran exponente, sino que hablaba con seguridad, sabía lo que decía y tal, era quizás el miembro más destacado. Se crea la Escuela y se crea por iniciativa de Fernando de los Ríos. Pero claro, a mí García Gómez como latinista no me miraba con simpatía, porque para entonces ya yo había ingresado en la FUE, que era la Federación Universitaria Escolar, de izquierdas, y me hacen presidente de la FUE en Granada, al segundo o tercer año de estar yo allí. Entonces ya, con un hermano de Rosales, el que fue poeta; él y yo decidimos hacer una revista, hicimos una revista que se llamaba Estudiante, que era el órgano de la FUE; además me eligen como representante en el Claustro. Violentísimo, figúrate tú: pueblerino, mugardés y tal, y ahora me mandan al Claustro de representante, con todas las reuniones de Claustro, y yo allí encogido e inhibido por la presencia de aquellos hombres que había allí. Pero allá voy, me eligen representante en el Claustro, y al mismo tiempo empiezo a participar en mítines políticos. De modo que mi vida se complica; ya escribo para las revistas, escribo para esto y tal; luego se organiza un viaje por el norte de África, voy con los del colegio de Estudios Árabes al norte de África y empiezo a colaborar en El Defensor de Granada, que es el periódico donde empezó Ganivet. Al director de ese periódico fue uno de los hombres a quien primero se fusila en Granada; no sólo se le fusila, sino que se lo llevaron vivo, atado con una cuerda al cuello hasta el cementerio y se le mata. Yo asistía a la tertulia de El Defensor, y asistía a la tertulia de un señor que se llamaba Soriano Lapesa, que era un hombre extraordinario, rarísimo, rarísimo, gordo como un globo y un hombre tan avanzado…; también había sido maestro de Lorca, tenía una biblioteca mucho mejor que la de la Facultad y la de la Universidad, hombre muy rico, hombre gordo, que en su tertulia a veces decía: «No, vosotros nada, cuando yo me case tendréis mujer todos…» [risas]. Para mí aquello era un mundo muy extraño, muy raro, y en ese mundo fui desenvolviéndome… Ingreso en la Escuela de Estudios Árabes y, al mismo tiempo, voy a la Escuela de Artes y Oficios, con un profesor extraordinario de arte, de Historia del Arte; el arte empezaba a interesarme muchísimo, yo no había visto un cuadro original en mi vida, pero empezaba a interesarme muchísimo. Se llamaba Agrasot, un gran exponente, teórico del arte. Y todo aquel ambiente…; luego venía Lorca, en los veranos venía a Granada, y se reunía con un grupo de amigos en el Café de la Alameda..., y allá me iba yo también a la peña de Lorca, y allí conocí personalmente a Lorca, tuve trato con Lorca. Mientras tanto se organiza el centenario de Lope, era el año treinta y cuatro, y Gallego Burín reinicia «La Carreta»: reinicia «La Carreta» y prepara una obra, La moza de cántaro, de Lope, y un auto sacramental…, sí, era un auto sacramental. En la obra de Lope me da un papel secundario, pero en el auto sacramental me hace representar a San José. Y yo voy a representar a San José, esto en uno de los patios de la Universidad; se pone el tinglado y tal, con música de fondo de Falla, coros del jefe de coros de la catedral de Granada. Se hizo un gran espectáculo en honor a Lope. Es mi primera salida al teatro, ya a un teatro serio y aquí tiene un gran éxito. De hecho, en El Ideal de Granada (se llamaba así el periódico católico que había en Granada) salió mi fotografía en primera plana, ocupando toda la primera plana, como San José, una caracterización imponente de San José. Y se habló de mí como hombre posible de teatro, de actor, de lo que fuera… Pero a mí aquello me interesaba secundariamente. El año treinta y cinco yo termino mis estudios de Filosofía, me dan el Premio Extraordinario. Quizás deba contar como conciencia social, en el desarrollo de conciencia social, una pequeña anécdota. Un buen día el profesor catalán, que tenía pruritos de aristócrata y de hombre refinado (luego me enteré de que no era tal), pero él se creía una gran persona; era un gran latinista, por otra parte. Este hombre…, entramos en el aula y este hombre…: mi primer contacto con la injusticia y la arbitrariedad es este hombre. Entramos en el aula, y el bedel se había dejado su gorra en uno de los pupitres de los estudiantes, allí, y dirigiéndose a mí me dice: «Señor Rubia, coja usted esa gorra; pero no la coja con las manos, coja un periódico, una página o lo que sea y lo tira usted abajo al patio». Y yo le dije: «Mire usted, la tira usted», le dije al latinista, y se armó el escándalo, ¡verdad!, y todo el mundo sobrecogido. Y me dice: «¡Se arrepentirá usted de esto!». Yo no podía hacer eso; espontáneamente rechacé la sugerencia y le dije que lo tirara él. Y entonces me denunció por mal educado, por falta de respeto al profesor; y me iban a hacer consejo de disciplina también. Bueno, pues yo me dije: «Bueno, yo voy a ver al decano, a Gallego Burín, y le voy explicar lo que ha pasado»; fue un impulso, me pareció arbitraria la cosa y reaccioné espontáneamente. Gallego Burín me dijo: «Hombre, pues esto…, pues tal…, él se ha quejado, yo no sé lo que vamos a hacer con usted…, tal…, pero a ver cómo se arregla y tal…, deje la cosa así». Pero entonces yo tuve una pillería, que fue elegir entre mis compañeros al más torpe… A los cuatro o cinco días de ese incidente teníamos clase de traducción; él se paseaba por la clase mientras íbamos traduciendo un párrafo…; él preguntaba: «Lea usted». Usábamos como libro de texto el Zenón [?] no sé si todavía se usa ese texto… Era un texto muy famoso, italiano, y traducíamos y tal. Cuando llegaba a mí, a partir de ese incidente, «pero usted no tiene la menor idea, eso está mal y tal…»; y se metía conmigo evidentemente. Bueno, pues vamos a ver qué hago yo aquí para defenderme de este señor; además corría el riesgo de mi beca.

José Manuel González Herrán.- Claro…

José Rubia Barcia.- Entonces lo que hice fue elegir a un catetito de un pueblo de Granada: el pobre no valía para nada, no tenía inteligencia para ser estudiante siquiera, y yo le preparaba a él todos los temas, y él tenía mis temas, y cuando le tocaba a él el profesor decía: «Muy bien, eso está muy bien…», le animaba y tal. Llegaba a mí y estaba muy mal, muy mal, muy mal. Llegué al final del curso y el señor me suspende. Entonces yo voy a junto el decano de nuevo y le dije: «Mire usted, tengo la autorización de la persona, pero no pienso mencionar el nombre; si usted me cree, me cree, y si no, pues…, pero ha sucedido esto, esto y esto; y en las clases ha pasado esto y esto; y este chico, no me importa si es el chico de un señor rico, no me importa el que yo dé su nombre o no dé su nombre, no voy a darlo a menos que sea necesario, y desde ahora le digo que esto ha pasado y este señor me ha suspendido, y esto me afecta y me afecta gravemente». Entonces reunió el Claustro o lo que fuera, no sé lo que pasó, el caso es que cambiaron la nota de suspenso a notable. Y es el único notable que tengo en mi carrera, todos los demás han sido sobresalientes y matrículas do honor, desde el principio de mi carrera hasta el final de mi carrera. Pero ese incidente me puso en contacto con la arbitrariedad, la injusticia, el que un hombre puede saber mucho y a la vez ser un grosero, un necio. De modo que son anécdotas, cosas que van formándole a uno de cierta manera. Funda don Fernando la Escuela de Estudios Árabes y yo soy el primero que se matricula, por indicación de este hombre que iba enseñar arte musulmán. Y entro en la clase, alterno una cosa con la otra. Año treinta y cinco: termino mis estudios normales, me dan el Premio Extraordinario en la Licenciatura, en los exámenes de Licenciatura, y me ofrecen… La República había creado Institutos de experimentación: eran Institutos, pero se permitía experimentar; entre ellos estaba el Instituto Ganivet de Granada. En el Instituto Ganivet de Granada la cátedra de latín la regentaba un muchacho de origen gallego que se fue luego a Venezuela, y… ¿cómo se llamaba este hombre, Magariños? Fue latinista conocido en Venezuela, y quizás en España también. Pero este hombre se marchó, la cátedra estaba vacante y entonces el director, que se llamaba Aniceto León Garre, que era el presidente de Izquierda Republicana en Granada, era murciano, me llama y me dice: «Me han hablado de ti... ¿Querías encargarte del curso de latín?». Bueno, pues me encargo del curso de latín. Y ese año, del treinta y cinco al treinta y seis fui profesor de latín en el Ganivet. Ya licenciado, yo me había venido ese verano aquí, a Galicia. No sabía qué hacer. Y fue el día más triste de mi vida el día que me licencié, que acabé la carrera. Porque ahora… ¿qué hago yo con esto, que hago con esto? Me vine a Galicia, y estando aquí en Galicia recibo un telegrama de Gallego Burín, me dice: «Tu beca en la Escuela continúa y el Claustro ha decidido encargarte de curso en la Facultad y que enseñes un curso de poesía desde el romanticismo a nuestros días». Pues aquello me solucionó, otra vez, un año más. Ya no tenía la beca para los estudios y entre la cátedra de latín del Instituto, provisional, y del curso y tal, me defendía ese año. Y me fui a Granada. Antes habíamos hecho una excursión por Marruecos; me puse en contacto con un alumno marroquí, y ya tuve problemas con las autoridades también, por la serie de artículos que escribí en El Defensor de Granada: algunos eran ofensivos para las autoridades francesas y para las autoridades españolas. Eso me provocó un pequeño conflicto en Casablanca. Pero de todas maneras terminé la cosa y, ¡ah!, empecé a trabajar en mi tesis doctoral. Por sugerencia de García Gómez yo iba a hacer la edición crítica de El diván, de Isaac ben Jalfón, un poeta del siglo XI, de Córdoba; hice la traducción y estaba trabajando en mi tesis desde el año treinta y cuatro. Cuando el año treinta y seis yo firmo la petición para participar en oposiciones en Madrid, oposiciones a cátedra de literatura. Firmo esta cosa…

José Manuel González Herrán.- ¿De literatura?

José Rubia Barcia.- De literatura. Pero tengo pendiente de lectura para octubre la tesis en Madrid, con García Gómez. García Gómez me había dicho que, a pesar de la discrepancia… No me tenía simpatía por mis ideas políticas: él era muy derechista, era muy católico y yo ya tenía fama de revolucionario, participaba en actividades de este tipo; participé… Un año antes de la sublevación general hubo una pequeña sublevación en Granada, participé en un mitin de masas en la plaza de toros, y se produjo un gran escándalo con todo aquello. Yo estaba muy activo con todo aquello. Alejandro Otero me encargó a mí entonces que yo llamara a los conventos y tal, para que las monjas evacuaran los conventos, porque temían que las masas…, y yo estuve en el teléfono toda una tarde llamando a conventos y tal. De modo que ya había una mezcla de actividad, y todo eso era un batiburrillo, una especie de cóctel, que yo no sabía por dónde iba a ir todavía, si al arabismo (la tesis iba a ser en árabe)… García Gómez me dijo: «Si usted lee la tesis ya, y yo me traslado a Madrid, yo le llevo de ayudante mío». Lo nombran a él en Madrid, en el año treinta y cinco, se va a Madrid y me deja embarcado allí, no se acuerda de mí, y entonces ya lo del arabismo…, esperaba leer mi tesis y quedarme en el aire. Pero estalla la guerra.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 04
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 04 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- ¿Cuánto tiempo estuviste en Francia?

José Rubia Barcia.- Casi tres meses: dos o tres meses… Luego a Limoges, y de Limoges fue cuando me informaron de que recibía el dinero; mi tío me coloca el dinero, en Limoges, cuando ya me iban a echar del pequeño hotel donde estaba escondido. Y entonces me detuvieron, fuimos al hotel y había un telegrama de Antonio diciendo: «Fondos ilimitados. Société Générale». Volví con el policía a la jefatura y le dije: «Yo puedo irme ya, no soy carga para tal, tal...». Y me dejó que me marchara, con la excepción de ir a París: no podía ir a París. Pero en vez de hacerle caso me fui a París…, buscaba otra cosa. Pero llegué allí a la embajada española, ya en poder de los franquistas: estaba todo cerrado, no me dejaron entrar; ahora…, cómo…, aquí no puedo quedar. Un lío de mil demonios... Por fin resolví la situación, y de las dificultades que tuve después con el château y tal…, me marché a París, dejé pagado un mes; me marché a París, y en París ya empecé las gestiones para salir de Francia, porque me perseguía la policía francesa, por culpa de aquello que había tenido con el policía de Saint Silmont. Y con este contacto de este chico de La Redonda y el portero…, el portero me dice: «Yo no puedo hacer nada más que ponerte en el pasillo de la embajada, dentro, y cuando pase…» (Cuando yo iba en el tren de Limoges a París, en el periódico francés leí que no había embajador de Cuba, la encargada de negocios era una escritora francesa, muy mona, mayor que yo, naturalmente, que se llamaba Flora Díaz Parrado; hacía teatro, literatura y tal… Yo dije: «Hombre, a lo mejor le entro a esta chica de alguna manera...»).

José Manuel González Herrán.- Claro: teatro, literatura...

José Rubia Barcia.- «Cuando ocurra la posibilidad de entrar, te pongo en el pasillo y tú le hablas…». La pobre mujer se llevó un susto padre, porque estaba en medio de la oscuridad esperando a que llegara ella y me acerco, creyó que la iba a matar o algo así. Flora Díaz Parrado: una mujer encantadora, muy conocida después…; murió en París no hace mucho. Flora Díaz Parrado me dice: «Mira, yo no tengo autorización para darte visado». (Yo no tenía pasaporte, conseguí el pasaporte internacional de la Sociedad de Naciones, para los apátridas). Y me dice: «Yo no puedo darte autorización, mi Gobierno no me autoriza. Lo que puedo hacer es darte un permiso mío de entrada en Cuba, y si consigues que la gente de allá lo reconozca, pues te dejan entrar, y si no, pues yo no sé, te las arreglas como puedas». «Déme lo que sea», le dije. Como estaba ya perseguido, me recomendaron un fotógrafo en Meaux, que era comunista y que hacía pasaportes falsos, y cosas de ésas... Fui a ver a este, a este fotógrafo, y me dijo: «Yo te doy documentación para que puedas llegar a La Rochelle sin dificultad». Y este comunista, sabiendo primero que yo no era comunista, un fotógrafo francés, me dio un pasaporte falso para llegar a La Rochelle…; si la policía me…, me… Yo no era español, era húngaro, o no sé lo que era. Bueno, entonces me voy hacia La Rochelle a embarcarme… (Eso también está idealizado en Umbral de sueños). Voy a La Rochelle y el barco está alejado, no está ya en el puerto, salía al día siguiente, yo tengo ya el billete –lo había comprado en París– y me monto en el barco…, una chalupa que me lleva al barco y voy al barco en chalupa. Llego al barco, huyendo de las autoridades de emigración; voy en chalupa de noche al barco. Entro en el barco, y en el barco estaban ya el resto de la Brigada Internacional, la parte cubana de la Brigada que regresaba a Cuba. Iba un especialista en niños, un médico español…, iban algunos emigrantes…, iba gente rica en primera y tal…, y allí nos metemos en ese barco. Era un barco del que Francia se había apoderado en la Primera Guerra Mundial, un barco muy viejo, mitad de mercancía y mitad de pasajeros. Y con eso me dirijo a Cuba; me enfermo por el camino, me cuida el médico este español, de vez en cuando; reponiéndome, me voy a primera y juego al póker con algunos de estos emigrantes ricos que volvían…; tengo ya una pequeña relación social…, vuelta a la normalidad…, la brigada cubana cantaba canciones cubanas hasta mitad del Atlántico; a partir de mitad del Atlántico para allá cantan canciones españolas. Todo un mundo muy curioso. Y llega al puerto, llega el barco a puerto y sube Inmigración y me dice: «Usted no puede desembarcar, de modo que tendrá que seguir en el barco (el barco iba a Chile), tendrá que seguir en el barco hasta Chile: este documento no sirve».

José Manuel González Herrán.- El documento de la Flora, ¿no?

José Rubia Barcia.- No sirve, no lo quieren reconocer. Pero otra vez las casualidades..., el destino…, la casualidad…, el hado…, lo que determina lo que vamos a hacer en la vida… En mi caso, y en mi generación, en toda mi generación, somos lo que somos porque no había otra solución. Algunos tenemos suerte si coincide con los de uno, otros no tenemos suerte, pero…

José Manuel González Herrán.- Pero no habíais hecho vuestro destino.

José Rubia Barcia.- No, lo de Ortega, «la vida, proyecto vital», eso se nos niega. No hay tal cosa.

José Manuel González Herrán.- La generación que más siguió a Ortega…

José Rubia Barcia.- Seguramente… Pero no hay tal cosa: somos víctimas de algo en lo que no tenemos gran responsabilidad…, las circunstancias... Bueno; yo estoy en La Habana, y llamo a mis tíos, que vengan a visitarme…, los dos…: tenía dos tíos. Da la casualidad que mi tío mayor –ya muerto–, José, no estaba muy bien económicamente. Era maestro masón en una logia cubana, en la que era aprendiz Batista. Y el otro, Antonio, había sobornado ya…, había dado no sé cuantos cientos de dólares a las autoridades de Inmigración para que permitieran a un abogado y a ellos subir y bajar al barco. Mientras tanto, los periódicos cubanos, a voces, diciendo: «Intelectual español tal…, detenido en La Habana…, tal…». Ya estaban los periódicos anunciando que yo tenía problemas en La Habana. Pero en ese momento se me ofrecen tres posibilidades. Primera posibilidad, venía un Herr Cartafund, que era profesor en la Universidad de Quito: era alemán, antinazi, y me dice: «En Quito hay posibilidad de utilizarte en la Universidad. Cuando lleguemos a las costas de tal, y yo desembarque en Guayaquil, pues nada, tú te vienes conmigo y yo te meto…; estoy seguro que te meto en la Universidad. No te preocupes: si esto no se resuelve, a Guayaquil». Otro, un catalán que tenía negocios en Lima, me dice: «Mira, yo tengo un gran problema…: tengo tres hijas, todas en edad casadera; tengo mucho dinero, tú eres español y yo te caso con una de mis hijas y eres director de mis fábricas». Y dos muchachos que iban a crear una editorial teosófica en Santiago de Chile: «Tú te vienes con nosotros, hombre, a la teosofía; nada, te vienes a Chile a nuestra editorial…, tendremos seis…, nada no te preocupes…». Pero, mientras tanto, mis dos tíos están trabajando; y, por fin, ni voy a Chile, ni me caso con la peruana, ni… Entonces me dejan desembarcar, pero me llevan en un bote al campo de concentración, provisional, mientras el barco no vuelve para recogerme; no me dejan desembarcar en la ciudad. Entonces me llevan a una cosa que se llama Triscornia, que está lleno de chinos, todos chinos; el único blanco que había allí era yo; y ya el primer día nos hacen desfilar desnudos, en pelotas, para las duchas. Era como un presidio, pero todos amarillos menos yo. Ya te digo, todas estas cosas, no sé si algún día (risas)

José Manuel González Herrán.- Aquí hay muchas novelas. Material para...

José Rubia Barcia.- Claro, por eso te digo que depende de lo que te interese más, porque tanto material, tanta cosa… Entonces ya, cuando llegué a Cuba, yo tenía una carta para un muchacho, también gallego; se llamaba Vázquez, cuentista, que escribió…, se ha publicado aquí en España un libro de cuentos suyos…; se fue refugiado a Venezuela, con la revolución de Castro; pero era gallego y era el que estaba encargado de la página española del periódico El Pueblo, en La Habana. Y era la única persona…: el de La Redonda me había dado las señas de ese…; y cuando ya me soltaron, a los cinco días, me dejaron salir del campo este, y ya me fui con mi tío el joven, y ya me disfrazó de cubano, porque yo llegaba con un traje francés absurdo para un clima tropical y tal…, y él me vistió, me desnudó y me vistió: me hizo adaptarme a la cosa…, me dio un lugar donde yo podía vivir y empezar a respirar, y me fui a ver a este chico. Este chico en seguida me dio una carta para un profesor joven de la Universidad de La Habana, y a los quince o veinte días de estar allí daba un ciclo de conferencias en la Universidad de La Habana.

José Manuel González Herrán.- ¿Sobre qué eran?

José Rubia Barcia.- La cultura arábigo-española. Hice un ciclo de conferencias sobre cultura arábigo-española en la Universidad, que tuvo mucho éxito; y, ya entonces, el grupo de refugiados allí era pequeño, pero allí estaba Ruiz Funes, catedrático de Derecho, de Murcia…; estaba cuando yo llegué; estaba Mira López, que era un psicólogo importante, catalán…; estaba Manolo Altolaguirre, Bernardo Clariana…; había uno que murió aquí, un gallego, Ángel Lázaro, que escribió…

José Manuel González Herrán.- Sí, sí…

José Rubia Barcia.- Bueno, de modo que había allí un grupo…; estaba Ferrater Mora, el filósofo. Y entonces se nos ocurrió organizar una Universidad Libre. No teníamos dinero para hacer eso, pero Altolaguirre conocía a una multimillonaria cubana, con la que se casó después, después de divorciarse de Concha; multimillonaria, trescientos o cuatrocientos millones de dólares, y esta mujer decidió financiar la creación de la Escuela Libre de La Habana. Y fundamos la Escuela Libre de La Habana. Uno de los segmentos de la Escuela era la Escuela de Artes Dramáticas. Había varios refugiados europeos también, de fama internacional, que eran directores de teatro, estaba un tal Sajovich, que había sido discípulo de Reinhardt; un argentino que había estudiado en Rusia, y otro muchacho asturiano que también había hecho teatro… Un grupo de gente…: fundamos eso, y acabé siendo yo el director de la Escuela Libre de La Habana; fundador de la Academia de Artes Dramáticas, con temporadas teatrales en Cuba, con permanente en la Escuela de Verano de la Universidad, conferencias ocasionales aquí y allá… Hice radio, con unas adaptaciones mías de novelas radiales y montones de cosas. Y estuve metido en faena ya en Cuba cuatro años. Enseñé Gramática Histórica en la Universidad de La Habana…, muchas cosas…, una multiplicidad de actividades. Y me conocían ya, en toda La Habana me conocían; llegué a ser muy conocido en Cuba. Casi no pasaba semana en que yo no apareciera en el noticiario cinematográfico, dando conferencias o haciendo lo que fuera, y mis obras de teatro, mis montajes eran excepcionales; la Asociación de la Prensa Cubana me dio el Premio Nacional de Montaje, porque monté la Fiesta de los Villancicos en la Plaza de la Catedral, usando toda la fachada de la Catedral…; una cosa impresionante: me dieron el premio de montaje de dirección a una obra de teatro allí.

José Manuel González Herrán.- ¿Qué motivó este redescubrimiento de la vocación teatral? Porque de hecho…, claro…, tú habías tenido alguna experiencia, pero no era, no había sido muy importante, ni muy intensa...

José Rubia Barcia.- Exacto. Lo motiva el hecho de que a mí me interesaba el teatro, que yo había escrito ya mi Tres en uno: no sé si tú lo has leído.

José Manuel González Herrán.- No; me has hablado de él, incluso me has hablado de que es tu primer libro.

José Rubia Barcia.- Sí, claro, claro… Yo lo había escrito, lo había terminado en Barcelona antes de salir…

José Manuel González Herrán.- Durante la guerra.

José Rubia Barcia.- Durante la guerra y ese libro…

José Manuel González Herrán.- ¿Con intención de publicarlo solamente, o de que lo representasen?

José Rubia Barcia.- Sin intención…, para escribirlo… Lo escribí porque me parecía una cosa fundamental –y me sigue siendo pareciendo fundamental– para un cambio total en la manera de estar España en el mundo. Entonces escribí ese auto sacramental, un «auto sacramental al revés». Llegué a La Habana y, entonces… Manolo Altolaguirre, con la ayuda de esta millonaria, había montado su imprentita, y yo le enseñé a Manolo Altolaguirre el auto sacramental: «Esto lo publico yo». Inmediatamente lo publicó él en la colección «La Verónica» en La Habana. Tuvo un gran éxito. Es un auto sacramental que provocó sensación, no sólo en Cuba, sino en toda Hispanoamérica; y tanto trascendió la cosa, que quisieron montarlo los nazis, como un testimonio anticristiano. El auto no es anticristiano, es otra cosa; pero los nazis querían utilizarlo como un testimonio anticristiano. Y Altolaguirre me preguntó, y yo le dije: «No, no; ya esto no».

José Manuel González Herrán.- Hasta aquí no.

José Rubia Barcia.- Y no lo montaron. Pero se mandó la edición a México, la distribuyó allí Edhasa, que era la distribuidora más importante de los españoles, y se agotó, tuvo un gran éxito. Ya me di a conocer, colaboraba en la prensa también: en Carteles colaboré…, en Bohemia, en el periódico El Pueblo, de mi amigo el gallego. Era periodista, director de teatro, catedrático de Universidad, un montón de cosas… Y me sentía muy a gusto allí. Pero cuando fracasó la Escuela Libre de La Habana…, fracasó…, la Escuela Libre de La Habana fracasó…, fracasó por cosas que son… Hay cosas que se pueden decir y cosas que no se pueden decir. Fracasó porque no accedí a un soborno al que quería someterme el Ministerio de Instrucción Pública: querían ofrecerme una subvención de varios miles, de ciento cincuenta mil dólares al año, pero yo tenía que firmar que…, firmar por los ciento cincuenta mil, pero recibiría sólo cincuenta mil. Y yo dije: «Esto lo llevo al Claustro; explicaré la cosa, y si alguien quiere aceptar…».

José Manuel González Herrán.- ¿Cómo se financiaba eso (aparte de la subvención de la millonaria)?

José Rubia Barcia.- Los estudiantes, claro… Allí empezó a funcionar la Academia de Artes Dramáticas, porque era la única cosa que nos daba dinero, y yo era el director de la Academia de Artes Dramáticas. No era exactamente una especie de teatro, no exactamente profesional, pero profesionalizado en la medida en que se financiaba... Claro, y entonces eso tuvo éxito, mucho éxito. Es la primera Academia de Arte Dramático que hubo en el mundo hispanoamericano y aquello tuvo una gran repercusión en toda Hispanoamérica, y algunos de los actores y directores que han salido de mi academia son famosos. La mejor actriz de arte dramático que tiene ahora México es la Carmen Montejo, que empezó conmigo a los quince años, es la mejor actriz de arte dramático.

José Manuel González Herrán.- Y ya en aquella academia, aparte de montar determinados textos teatrales, teníais actividades de clase, etc. Aparte de dirigir, les dabas clases.

José Rubia Barcia.- Claro, naturalmente: clases de interpretación, clases de dicción, clase de montaje, de modo que había incluso clases de escenografía, voz, impostación de voz, todo, era una completísima academia. Y eso fue lo que nos salvaba.

José Manuel González Herrán.- En La Habana no habría otra cosa…

José Rubia Barcia.- Nada, no había nada, nunca había habido nada, ni en Hispanoamérica, nada similar. De modo que… han hecho una tesis doctoral sobre mi actividad teatral en La Habana. Llegué a ser muy conocido como director de teatro. Esto fue en gran parte…, esto tiene una continuidad…, pero se interrumpe…; porque llega un momento en que con todos los esfuerzos que yo hacía allí, el trabajo que desempeñaba y las responsabilidades que tenía, no ganaba lo suficiente para vivir. Entonces me invitaron de Middlebury, en los Estados Unidos, a que fuera a dar un curso de verano a los Estados Unidos. Pero la Universidad no me dejó ir, porque yo tenía un contrato para enseñar el verano aquel y no podía ir a los Estados Unidos. Entonces fue en mi lugar un poeta valenciano, Bernardo Clariana, muy amigo mío: «Mira vete tú, si quieres»; di su nombre y fue. Pero este Bernardo Clariana, al que conocía mucho, va a Nueva York, después de Middlebury va a Nueva York y se le ocurre ir a visitar a don Américo a Princeton. Yo había conocido a don Américo en el Centro de Estudios Históricos, porque cuando yo andaba buscando trabajo, una de las cosas que hice fue ir al Centro de Estudios Históricos; pero me ofrecían cien pesetas al mes por hacer fichas. «Con esto no voy a ninguna parte». Entonces don Américo se alteró un poco conmigo…, yo hablé con don Américo… entonces, lo conocí allí. Pero Bernardo Clariana le habla a don Américo de mí, y le habla de que yo di unas conferencias sobre cultura arábigo-española, que yo era arabista, que había empezado a estar interesado en el mundo árabe. Entonces recibí una carta de don Américo diciéndome que si me interesaría ir a Princeton, a la Universidad de Princeton, como lector, y que ya veríamos qué daba el futuro y tal. Bueno, pues yo me dije: me voy a los Estados Unidos. Era un contrato de meses para empezar. Y allá me fui. Pedí tal en la embajada, en la embajada cubana había un español que había sido general en nuestra guerra, y que era un agente secreto de Inglaterra, y después de los Estados Unidos, se llamaba Durán; y este español me llevó a un cónsul que estaba borracho; me dijo que sabía español, y lo que sabía eran las palabras: coño, carajo, tal… Por fin, me dan un visado para entrar en los Estados Unidos. Entonces tomo un avión, me despido de todos, me hacen un homenaje en Cuba, de salida, una fiesta los intelectuales cubanos. Me hice íntimo amigo de Raúl Roa; Raúl Roa le puso un prólogo a mi auto sacramental, hombre extraordinario, inteligente y tal... Y desembarco en Miami. No hago más que desembarcar del avión.., entro en el aeropuerto y una voz: «Mister Barcia, mister Barcia». ¿Quien me llama a mí? ¿Quien me conoce aquí?: el servicio de inteligencia; y me están interrogando durante cuatro días. Lo más probable…, me hacen preguntas estúpidas a mí, ya me cabreo con la cosa y digo: «Yo no contesto ninguna pregunta más». Y sin permiso de nadie…, me habían dicho que me quedara en el hotel esperando decisiones, me fui a la playa, ¡que demonios! Primer contacto con las dificultades americanas. Entonces llamo por teléfono a don Américo y le digo: «Mire usted, pasa esto; me están deteniendo aquí, interrogando aquí, al parecer soy un hombre muy peligroso y tengo muchas dificultades para entrar, de modo que...». «No se mueva usted de ahí, tal y tal.., pues voy hacer aquí…, porque eso es injusto, bueno…». Entonces se movió, había un coronel…; había entonces una cosa que se llamaba, un programa que se llamaba ASTP, abreviaturas de Servicio de Preparación de Oficiales del Ejército en lenguas extranjeras. Estabamos en plena guerra, y este coronel…, habló con don Américo…, fue a Washington…, entonces me dejaron entrar bajo fianza, no libremente, bajo fianza; provisionalmente me dejaron entrar, y así entré en los Estados Unidos.

José Manuel González Herrán.- ¿A qué pudo ser debida esa retención?

José Rubia Barcia.- Pues a que…, yo no sé exactamente a qué fue debido; pero, por el tipo de preguntas…; allí no hay, no había entonces, distinción entre socialismo y comunismo. Para los agentes de… todos los refugiados españoles éramos rojos, éramos comunistas. Y los empleados de Inmigración habían recibido información secreta de La Habana, los comunistas estaban un poco contra mí, pero yo no sé quién les dio la información, si el agente español de la embajada, o el otro. El caso es que alguien dijo que yo era peligroso y bastó eso para complicarme la vida. Entro vía Princeton, tengo mucho éxito en Princeton, con don Américo… conversaciones interminables sobre el mundo arábigo-español... Él no había publicado aún…, pero estaba trabajando sobre ello. Estaba trabajando sobre esa cosa… Entonces, todavía estaba de acuerdo con Claudio Sánchez Albornoz, porque le escribió…; él escribió diciendo que yo decía tal cosa sobre la batalla tal… y que tal... Entonces Sánchez Albornoz contestó…, una cosa entre él y Sánchez Albornoz… y que yo estaba en medio, porque yo buscaba las fuentes y le ayudaba en su investigación y tal. Y me estoy en Princeton un año casi, pero me llaman de la Oficina de Información de Guerra, porque se enteran de que yo soy hombre que había hecho radio en Cuba, hombre de publicidad, teatro, todas esas cosas, y, entonces, me ofrecen ser «la Voz de América para España». Y me bautizan de nuevo, y me nombran, y me dan el nombre de Andrés Aragón. No soy, soy Andrés Aragón. Y hablo todas las semanas una cosa mía, directa, para España, que me censuran o no me censuran…, la censura militar. Y preparo ocho programas diarios de noticias en español para España. De modo que en el On the road español se suponía que había gente aquí que escuchaba estas cosas y, yo, era el encargado de todo esto.

José Manuel González Herrán.- ¿Lo leías tú mismo?

José Rubia Barcia.- No, las noticias no. Tenía cuatro o cinco mecanógrafas y taquígrafas y tal...

José Manuel González Herrán.- Lo decía por si no tienes noticias de que nadie reconociera tu voz.

José Rubia Barcia.- Los comentarios los leía yo. Tuve éxito aquí, pero nunca me reconoció nadie. Andrés Aragón era un español que hablaba desde Estados Unidos, y hablaba para España, y naturalmente, con autorización para combatir la cosa de España. Puse la condición: «Yo acepto, siempre que se me permita hacer propaganda pro democrática, antidictatorial». «Sí, claro, naturalmente, no faltaría más. Estamos luchando contra Hitler». Muy bien; y yo encantado, me pagaban muy bien, encantado con eso. Pero un buen día el teletipo (yo tenía un teletipo a mi derecha) de las secretarias…, yo tenía un despacho inmenso allí...; el teletipo me trae un discurso de Churchill que no me acaba de convencer, en el que daba las gracias a Franco. Decía: «Franco, un caballero español respetuoso de la neutralidad, no sólo no nos ha perjudicado, sino que hemos contado con su ayuda por negarse a que Alemania invadiera…, que Alemania pasara por España y se apoderara…»: un elogio tremendo. Y me llega eso en el teletipo; por llegar en el teletipo yo tenía que incorporarlo a las noticias. Y, problema de conciencia: ¿qué puñetas hago yo con esto? Les dije a todos mis empleados: «Paralizamos el trabajo, aquí no trabaja nadie». Me voy a ver al jefe de Europa, que tendría treinta y cinco o treinta y seis años; tenemos un careo de mil demonios, porque le dije: «Mire usted, yo no estoy aquí para elogiar al hombre que me ha empujado a estas circunstancias, yo me niego a traducir esto y a mandarlo a España y a comentarlo. Yo me niego terminantemente: ahora, ¿qué alternativa hay?». Se enfureció conmigo, me dijo que yo estaba con un esplendoroso sueldo, que me pagaban muy bien, que debía estar agradecido por no estar en el frente muriendo. «Y usted debe estar avergonzado de estar aquí sentado, que es americano; yo en mi país hice lo que me mandaron». Un altercado y tal, me despachó de la cosa... Solución –no admitieron mi dimisión–: ser expulsado por incompetente. Me despacharon por incompetente. Así salí de la Oficina de Información de Guerra. Tengo cartas de felicitación de Davies, el director; el asunto llegó a Roosevelt, se discutió el asunto con Roosevelt, lo que había pasado conmigo; toda la cosa fue un escándalo; pero, a la calle. Entonces, y ya en la calle en Nueva York, y sin saber qué hacer ahora: yo tenía un proceso para la entrada legal en el país, con todo mi expediente en el Canadá. Vinieron a España agentes de los Estados Unidos, buscando mis antecedentes en España, para el proceso mío de entrada legal, por sugerencia de la Oficina de Información de Guerra para la que yo trabajaba. Y ya todo esto se paraliza, y entonces a Buñuel, que estaba en Nueva York entonces, acaban de expulsarlo también; lo expulsan también; y entonces me llama Buñuel…: yo no lo conocía…

José Manuel González Herrán.- No lo conocías.

José Rubia Barcia.- No lo conocía de nada. Le hablan de mí, le dicen que era director de teatro, que había hecho tal, que había trabajado en radio, que sabía de esto y que me habían expulsado de esta cosa... Entonces me llama y voy a su casa. Estaba acostado con un ataque de ciática, comiendo hierba del campo, porque era lo que le había recetado un brujo, y él era muy aficionado a esas cosas. Hablamos, parece que le caigo bien… y me ofreció trabajo en Hollywood. «A mí me ofrecen ahora…, la Warner me ofrece ser productor de doblajes en español y tú te vienes de director». Y me ofrece un contrato; pero me ofrece tan poco sueldo, y yo digo que no. Y entonces se enfureció conmigo: «Entiéndete tú». Yo había ganado mucho más de lo que me ofrecía...

José Manuel González Herrán.- Aunque en aquel momento no tenías nada.

José Rubia Barcia.- Nada, no tenía nada... Entonces me dice que me entienda con el gerente de la compañía directamente. Y fui, y me ofreció el contrato en muchos mejores términos que él; me contrataron como actor, director y escritor en Warner Brothers. Con los tres títulos fui a Warner Brothers con excelente sueldo, me compraron un billete en coche-cama, con cama, y bar, y todas las cosas en el tren de lujo… y allá me voy a Hollywood a trabajar con Buñuel. Bueno, esto sigue y sigue y sigue.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 06
Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada

Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 06 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Pero no abandonaste la creación y eso nos conecta con otra cosa que me interesaba comentar y es la labor no sólo de profesor o de investigador, sino de creador y la labor de la traducción. Aparte del primer libro que habías hablado antes, del auto sacramental o de Umbral de sueños, y otros, me gustaría que comentásemos qué es la labor de la traducción, la traducción de los poemas de Vallejo…

José Rubia Barcia.- Te diré que el Umbral… lo empecé en Cuba; la idea de Umbral… se me ocurrió en Cuba: la idea fue hacer un libro que no se pareciera a ningún otro libro, cosa casi imposible. Entonces, ¿qué iba a hacer yo? Toda la Guerra Civil me había trastornado por dentro, España la llevaba dentro, trastornado todo, confuso todo; pero tenía un tremendo amor a las cosas de España, y a España, y estaba fuera. Ese estar fuera es como estar en los barandales de la luna, contemplando España desde fuera. Contemplando España desde fuera, con mi actitud de heterodoxo en relación con la historia de España, con lo que yo veía de España, y mi experiencia de la guerra… Lo que hice en Umbral de sueños fue poetizar mi experiencia de la guerra; es todo lo que hice, pero poetizarlo de una manera que no se ha hecho, supongo; yo no conozco ningún libro como Umbral de sueños. Es decir, me propuse hacer una cosa que fuera totalmente original, a ser posible, donde yo diera toda mi sensibilidad puesta al rojo vivo. Escribí ese libro…; cuando empecé a escribirlo me pidió Raúl Roa una colaboración; él pasó a ser Director de Cultura en el Ministerio de Instrucción Pública en La Habana. Estaba yo en Nueva York, y entonces me pidió si podía colaborar con una revista que se llamaba Mensuario, revista de poesía, de ensayos y de cosas... Entonces escribí el primer capítulo, y escribí el segundo capítulo, y escribí el tercer capítulo, que aparecieron en esa revista. Y Raúl Roa se entusiasmó: «Debes continuar»; porque la idea era… El libro empieza subiendo a un avión, y toda la cosa era la visión desde la altura; pero la altura interior…, interior y exterior; es decir, pensando en toda mi experiencia de víctima de una guerra que yo no provoqué, ni hice nada…; pero víctima de esa guerra. Está destilada, estilizada, mezclada, simbolizada toda la experiencia de la guerra en ese libro. Eso termina con mi llegada a Nueva York, y… –no sé si tú te acuerdas– al final, la entrada en un túnel y la salida del túnel, un vuelo; entrada en un túnel y salida de un túnel… Y encontrarme ahora… El personaje, evidentemente, soy yo; pero no soy yo, porque hay otros personajes en el relato. Un crítico… (se ha escrito mucho sobre el Umbral, en América), un crítico dijo que es el libro más importante que se ha producido como consecuencia de la Guerra Civil. Hay dos, dice: uno el libro-relato del primer comentarista…, este inglés que escribe su libro sobre la Guerra Civil española…

José Manuel González Herrán.- ¿Orwell?

José Rubia Barcia.- No, no: anterior a Gabriel Jackson…, otro que escribe un libro sobre la Guerra Civil española…, ya lo mencionaré luego.

José Manuel González Herrán.- ¿Thomas?

José Rubia Barcia.- Sí, Hugh Thomas; Hugh Thomas habla de la superficie de la Guerra Civil, y el mío habla de la esencia, de la esencia de la Guerra Civil. Hay dos libros fundamentales de ese periodo, como consecuencia de todo aquello, que son estos dos libros. El libro tuvo una acogida extraordinaria y creo que logré lo que pretendía. Yo no me arrepiento del libro. Fue un libro que…; luego, cuando se habían publicado los tres capítulos, lo dejé, no había vuelto a escribir nada, pero siempre estaba dentro el libro, siempre estaba dentro el libro. Los primeros capítulos son del año…, probablemente, deben ser del cuarenta y cinco…, estaba yo ya en Estados Unidos, cuarenta y cinco o cuarenta y seis; los últimos capítulos son del cincuenta seis o del cincuenta y siete.

José Manuel González Herrán.- Se publica en el sesenta y uno, ¿no?

José Rubia Barcia.- Sí: sesenta y uno. Pero esos últimos capítulos, los otros siete capítulos restantes los escribí de una sentada en un verano, salieron como un torrente. Lo acabé; y, entonces empezó: ¿quien publica esto y cómo se publica esto? Le mandé a don Américo un ejemplar a máquina; le mandé a Jorge Guillén; a todos los amigos…; le mandé a Manolo Altolaguirre otro ejemplar a máquina, para comprobar si aquello llegaba o no, tomando anotaciones de las contestaciones.

José Manuel González Herrán.- Sí, sí se publican en el libro.

José Rubia Barcia.- Don Américo, inmediatamente –era un hombre muy tacaño– me mandó un cheque de quinientos dólares y me dijo: «Yo no sé cómo va usted a publicar este libro, pero si le sirve esto para empezar, ahí van quinientos dólares». Yo se los devolví, naturalmente: «No pienso aceptarlo». Pero se entusiasmó con él. Guillén…, tengo la carta, preciosa, de cuatro páginas de Jorge Guillén sobre el libro, pero no quiero usarlo. «Sería un insulto usar esto como prólogo», me dice, y me manda el primer soneto alejandrino que escribe. Altolaguirre se entusiasma, y así… Buñuel se entusiasma con el libro. De modo que es un libro que no tenía secuela; es decir, si tenía que hacer otra cosa, no podía hacerlo ya, no. Eso me agota las posibilidades que tengo de expresar lo que quería decir en relación con la guerra. Es un poco la versión poética de mi violencia; experiencia y violencia que expreso en Prosas de Razón y Hiel. Eso completa toda una cosa interior. Es, quizá, la obra que yo más valoro y más quiero, Umbral… Hay grandes dificultades para publicarla aquí; al parecer, no…, todavía no se han decidido.

José Manuel González Herrán.- ¿Y el libro de poemas en gallego que publicaste en el ochenta y uno?

José Rubia Barcia.- Eso es otra historia. Ocasionalmente, y a lo largo de los años…, ya en España yo había escrito poesía gallega, de muchacho; cuando estaba de estudiante en Granada, ya había escrito poemas en gallego. Eso está inédito, no lo he publicado nunca, nunca se publicó aquí una cosa mía en gallego. Se publicaron artículos míos en gallego en la prensa durante la guerra, en Barcelona y en Madrid, y cosas sobre Galicia. Pero yo no quería ser poeta, en el sentido de la palabra, «que escribe versos»; rechacé siempre la idea de hacer poesía versificada. Pero la nostalgia de Galicia y la cosa de Galicia la he llevado siempre dentro y, entonces, llegó un momento en que me decidí a darle algunos de los poemas a Machado, Machado de Asís. «Pero hombre de Dios –me dice en portugués–, hombre, eso está bien; tienes que publicar esto, tienes que publicar una selección de tus poemas, publícalos y tal…». Todavía yo no me decidía, y entonces…; allí vive cerca un pintor vasco, amigo mío, Miguel Marina, a quien le di otro ejemplar, y me dice: «Yo esto te lo ilustro, y tal…». Y entre unos y otros me convencieron de que mandara esto y que se publicara esto; y ésa es la razón de que se haya publicado: lo mandé ahí, a Cervo, y es el primer libro que aceptó inmediatamente. No iba a aceptarlo, me dijo Eugenio Granell…, que es el mejor pintor surrealista, un poco ya de fuera del surrealismo, porque está pasando toda esta cosa; pero si hay un pintor surrealista vivo que sea un genio es Eugenio Granell, otro gallego que está ahora en Nueva York retirado, vivió muchos años en Nueva York y fue profesor del Brooklyn College durante muchos años, magnífico escritor y poeta. Entonces Eugenio Granell y Tobío, Luís Tobío, pero sobre todo Tobío, cuando conoció el texto me dice (yo no tenía nadie que lo publicara): «Esto lo publica seguro Sargadelos, lo mandas allí». Yo estaba ya un poco escéptico, porque no tengo contactos con España; lo mandé a Sargadelos, e inmediatamente, lo publican encantados. Y se publicó así; pero fue una cosa así de tanteo. Yo no pretendía publicar nada de poesía; tengo muchas cosas inéditas de poesía, escritas en castellano; pero tenía un cierto pudor para la poesía, no me gustaba meterme a ser poeta. J. M. G.- H.- ¿Y la labor de traducción…? Aparte de en las revistas, el doblaje también es una labor de traducción…

José Rubia Barcia.- Traduje muchas cosas: traduje mucho teatro, y adaptaciones teatrales del extranjero. Mi carrera teatral en Cuba empezó por Manolo Altolaguirre, porque estaba allí Casona, que no sabía dirigir teatro, ni hacer teatro, y le comentó a Manolo Altolaguierre que si podía hacer esa cosa que escribió Casona, Sancho Panza en la Ínsula Barataria; y, entonces, Manolo Altolaguirre, que sabía que yo había hecho teatro, y que había trabajado… Porque yo dirigí en Granada, también, una obra de Valle Inclán, un experimento teatral que causó sensación en Granada, siendo profesor del Instituto Ganivet. Gallego Burín me dejó a mí todos los materiales de «La Carreta». Yo era el heredero de «La Carreta», cuando Lorca era el de «La Barraca». «La Barraca» se crea como una cosa paralela a la experiencia de «La Carreta». Pero Gallego Burín me da a mí todos los materiales que tenía para el montaje y tal y me pone en contacto con Hermenegildo Lanz. Entonces yo monto Cuento de Abril, en Granada, cuando era profesor del Instituto Ganivet, el año ese último, y tuve un gran éxito como director entonces, ya allí, en Granada… De modo que mi experiencia como director empieza ahí, pero mi experiencia como traductor… Una vez que llego a Cuba, yo tengo un programa de teatro radial en la cadena cubana, en la que todas las semanas doy una obra adaptada por mí. Allí, casi todas las obras que he presentado son adaptaciones de obras extranjeras. Entonces, estoy traduciendo del francés, estoy traduciendo del inglés, traduzco del alemán, traduzco del italiano, y monto obras de teatro propias para radio, que yo adapto a la radio. De hecho, tenía un gran proyecto de hacer una serie de novelas de Galdós, por radio también. Ese proyecto lo tuve allí, pero no tenía ayuda financiera… Me pagaban bien, con mis actores preparados hacíamos estos programas. Luego, en los Estados Unidos, ya hice traducciones de toda índole; ya te dije: del alemán traduje esa película; hice una traducción de Edwin Rolfe, ese poeta americano que fue de las Brigadas Internacionales, que publicó un libro, Permit Me Refuge [Permítame refugio], donde aparece una elegía a mi hija, a Elena, la mayor. Habla de la trinidad del exilio: Eva, mi hija y yo éramos la trinidad que encarnaba el exilio y tal... Bueno, me da un poema manuscrito sobre Madrid, «Elegía a Madrid», en inglés. Yo traduzco el poema al castellano; él sabía español, pero cuando coge mi traducción dice: «Ahora hago yo una retraducción al inglés de tu poema» [risas]. Y retraduce del castellano su poema al inglés. Yo le envío este poema –es un poema largo–, traducido por mí al español, a Manolo Altolaguirre. Manolo Altolaguirre lo coge en México y, sin decirme nada, publica un folleto; entonces Buñuel me manda para acá quinientos ejemplares; me regala quinientos ejemplares del folleto Elegía a Madrid de Edwin Rolfe, uno de los poemas más eficaces de la lucha contra Franco. En todos los mítines antifranquistas había quien recitaba ese poema, esa traducción del inglés. De modo que empecé a traducir poesía, a traducir prosa y teatro…; tengo mucha traducción hecha. Pero viene ahora el problema de Vallejo…

José Manuel González Herrán.- ¿Por qué?

José Rubia Barcia.- Por muchas razones. Ésta es una cosa muy curiosa, otra vez. Vallejo estaba muy ligado a Larrea. Larrea le dedicó su vida a Vallejo; hay una relación como la de Antonio Vieira y Pessoa: Larrea y Vallejo. Hay un momento en que un americano, un chico americano, publica los Poemas humanos; había publicado poesía francesa traducida al inglés, es muy conocido; es el director de la mejor revista de poesía que hay en los Estados Unidos. Entonces me pide una cita, en la Universidad; viene a verme porque el jefe del Departamento de Francés le dice que yo puedo ayudarle a traducir España, aparta de mí este cáliz. Él no sabe suficiente español, aunque había traducido totalmente los Poemas humanos. Entonces yo veo lo que él ha hecho como poesía…: «Bueno, vamos a ayudarle en esta cosa de España…, vamos a hacerlo»; y nos ponemos a trabajar en la cosa; trabajamos, trabajamos, trabajamos, y se edita un libro con «España, aparta de mí este cáliz», poema separado y traducido al inglés por Clayton.

José Manuel González Herrán.- Es el mismo con el que...

José Rubia Barcia.- Exacto. Pero entonces me dice Clayton Eshleman: «Después de hablar con usted, veo que acaso le voy a dejar los Poemas humanos, mi traducción de Poemas humanos, a ver qué le parece a usted». Yo cogí la traducción y le hice –esto no es exageración– cinco mil notas a su traducción de Poemas humanos: «Esto no está logrado, esto no es Vallejo, esto está mal…». Entonces me dice: «Mire, yo estoy dispuesto a renunciar a esa traducción, negarla, si hacemos toda la obra póstuma, si usted colabora conmigo». Y todo esto es gratis; entonces yo le digo: «Es una pérdida de tiempo para mí el meterme en esa cosa, no tengo muchas ganas…». Pero, por otra parte, me atrae la cosa de poner en inglés a Vallejo. Y le escribo a Larrea, le digo que tengo esa oportunidad... «Por favor, hombre, hágalo usted; el poeta se merece aparecer en inglés bien traducido». Larrea me anima a que lo haga. Bueno, yo pensé: en un año despachado… Cinco o seis años trabajando en eso. Preparamos el manuscrito y, naturalmente, si se compara la edición nuestra con la edición del anterior hay un abismo.

José Manuel González Herrán.- Es otra cosa distinta.

José Rubia Barcia.- Es otra cosa completamente distinta; la traducción de él se salvaba para quien no supiera español, pero para el que supiera español, aquello no era una traducción de Vallejo. Se plantean problemas de traducción: cómo se vierte un mundo a otro mundo, cuando los continentes de esos dos mundos son distintos...

José Manuel González Herrán.- Imagino que tenía que ser una tarea dificilísima, pero de lo más atractiva.

José Rubia Barcia.- Hemos pasado, a veces, una tarde entera con un verso; hemos tardado seis años en hacer esa traducción; la interpretación de cuál sería la mejor manera de trasladar eso a la otra lengua…

José Manuel González Herrán.- Además, lo que encuentro difícil es…: me imagino a mí mismo traduciendo un poema del italiano al castellano o del francés al castellano; bueno, lo encuentro difícil, pero me parece asumible. Lo que ya me resulta… el viaje inverso; es decir, intervenir yo en la traducción de poemas del castellano al francés; independientemente de que uno tenga que conocer esa lengua, hay algo que me parece dificilísimo…

José Rubia Barcia.- Tienes que tener el sentimiento de las dos lenguas. Yo no creo que se pueda traducir; nadie puede traducir a una lengua extranjera si no conoce muy bien la suya y alguien le ayuda con la otra. Y esto fue la combinación de… dos temperamentos poéticos al unísono, que conozcan muy bien su lengua; yo que conozco muy bien la mía, pero que tengo familiaridad con la otra lengua. Entonces en la combinación se llega a un compromiso, no se llega a una solución ideal; es decir, yo podría corregir todavía todo ese texto con otras versiones.

José Manuel González Herrán.- Y probablemente vuelvas a encontrarte versos que propusiste de una manera y que tiempo después propondrías de otra.

José Rubia Barcia.- Exacto, exacto. Ahora, el toque final va a ser…, el compromiso se establece cuando el texto se convierte ya en poesía, cuando el texto sientes tú que no es una traducción, que expresa exactamente algo paralelo –no idéntico–, paralelo en la otra lengua; entonces lo aceptas. Pero tienes que tener la sensación de que lo que estás haciendo es poesía original, no traducción, pues si haces traducción no sale la poesía; imposible, no sale, porque no se puede traducir poéticamente una lengua a otra, es imposible; puedes recrear la poesía de otra lengua en la tuya. En esto han sido maestros los franceses, lo hacen con todas las traducciones. Cuando uno piensa en el Don Juan, traducido al francés; lo que hace Molière, no se parece al Don Juan español, está afrancesado. El Cid, Las mocedades del Cid, de Corneille y de Guillén; eso no es una traducción, es adaptación al otro mundo, no existiría sin el original, pero…

José Manuel González Herrán.- Es autónomo, cobra su propia…

José Rubia Barcia.- Lo mismo pasa con el Vallejo que hemos hecho. Pero impresionó tanto que por unanimidad nos dan el Gran Premio de Poesía.


TERMOS CLAVE DO FONDO Persoas: Avilés de Taramancos, AntónLombao, CristinaGonzález Herrán, José ManuelRubia Barcia, JoséAller, Ramón M.Otero Pedrayo, RamónCastelao, Díaz, AvelinoCabanillas, RamónSalvat i Ferré, RicardPorteiro García, María XoséXoana I “a Tola”, García Lorca, FedericoPiñeiro, RamónPrada, RodolfoFernández Osorio-Tafall, BibianoLago Pita, PabloPuente, ManuelCrestar, AntónGonzález López, EmilioBlanco Amor, EduardoFerreiro, Celso EmilioPrisciliano, Castro, Rosalía deSeoane, LuísPerozo, Xosé AntonioFerrer, San VicenteMeilán Martínez, ManuelAlonso Amat, FernandoAlonso Ríos, AntónUnamuno, Miguel deLugrís, UrbanoGarcía-Sabell, DomingoSeárez, José Antonio deFranco, Francisco Temáticas: entrevistaliteraturapoesíauniversidadeguerradocenciaemigraciónteatroGalegovídeoProxectorSecundarioUniversitariosaudademigraciónsretornointegración socialsociedadeidentidaderadioLingua. Literaturaconferenciaspatrimonio culturallinguafamiliaestudosembaixadasexiliointelectuaislibroshistoriaHistoria. XeografíaArtes plásticas, deseño, música, danza e deportehistoria da arte e estéticafísicaCiencia. Tecnoloxíaastronomía e astrofísicaÁlbum de Galiciamemoriasculturapolíticamorriñacomunicaciónhomenaxeslingua galegaobra literariaObra poética [libro de Seoane]formaciónGuerra Civil española (1936-1939)ideoloxía

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