Temática: universidade

Temática: universidade [6]

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1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 01
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 01 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Entre 1931 y 1936 estudias en Granada y tu vocación inicial es la de arabista o latinista: ¿cuál es tu vocación, lo que te mueve a estudiar Filosofía y Letras y cómo esa vocación se va condicionando en esos años?

José Rubia Barcia.- Parte esto de una premisa, premisa que determina en gran parte mi futuro. Cuando yo termino mi bachillerato, aquí en Ferrol, el director del Instituto era un señor que se llamaba Vicente Losada, hombre de gran sensibilidad; este hombre me abrió los ojos a cosas que yo no tenía ni idea de que existían siquiera; es decir, me abre puertas al pensamiento y me hace leer, ya a los quince años me hace leer a Balmes, por ejemplo, en la filosofía, y me pone en contacto con gente que se plantea problemas relacionados con aspectos fundamentales de la vida. Yo sigo estudiando el bachillerato y lo hago en cuatro años. Por las razones que sean el Claustro de la Universidad [sic, por ‘del Instituto’] me llama un día y me dice que la República había pasado una ley reconociendo en algunos estudiantes cualidades que, según sus maestros, podían ser relevantes; a esos estudiantes se les llamaba alumnos superdotados. Y si el Claustro del Instituto consideraba que encontraba entre los alumnos alguien que podría ser considerado superdotado, podía proponerlo al Ministerio de Instrucción Pública. Entonces el Ministerio de Instrucción Pública decidía si otorgarles una beca permanente para estudiar en la universidad que les diera la gana, sin gasto ninguno de matrículas ni de libros, y siguiendo su vocación, hasta ver dónde iban a parar. El Claustro del Instituto de Ferrol decidió, por las razones que ellos creyeron convenientes, elegirme como estudiante superdotado. Y un día me llama don Vicente Losada y me dice: «Mira el Claustro ha hecho esto, y esto, y ha decidido proponerte; y resulta que el Ministerio de Instrucción Pública ha aceptado nuestra propuesta y puedes elegir ir a estudiar a donde te dé la gana». Yo había hecho los tres primeros años del bachillerato de manera continua y normal, pero cuando llegué al tercer año, mi padre me dice: «Hijo mío ya tienes ahora dieciséis –había empezado a los trece años–, ya tienes dieciséis años, ¿y no sería mejor que aprovechases la cosa de una carrerita corta, para ganarte la vida bastante…?; porque es para nosotros difícil mandarte a una universidad y que puedas estudiar y tal…». Yo entonces le había dicho a mi padre: «Bueno yo lo que haré, para no ser carga para la familia y tal, voy a terminar el bachillerato primero». Y metí todas las asignaturas de cuarto, quinto y sexto de un golpe. Ése fue factor determinante, quizá: un poco de asombro por parte de los profesores, el factor determinante de esa actitud del Claustro, porque me dieron sobresaliente y matrícula de honor en todas las asignaturas. Era una cosa inusitada, para mí extraña; yo no esperaba eso, yo no tenía la menor experiencia que pudieran considerarme de esta manera o de otra. Pero me encuentro con el hecho de que tengo abiertas las puertas ahora para hacer lo que me parezca y estudiar lo que quiera, ¿eh? Naturalmente, yo no podría ayudar a mi familia, pero podría abrirme…, si prescindían de mí como causa de ayuda familiar, podría hacer lo que quisiera. Entonces decidí ir a Granada; podía haberme quedado en Madrid. Fui a Madrid y aquello me asustó: un chico pueblerino en una gran ciudad, solo allí, y me asusté. Y como mi padre era originalmente de Granada, yo dije: «¿Y por qué no voy allí?; tengo familia allí, me voy a ir a Granada». Y fui a Granada. Entonces: ¿qué hago ahora y qué estudio? Primera decisión: no sabía qué hacer. Todavía no tenía la beca, no sabía qué hacer y decidí matricularme en Medicina y, a la vez, me matriculé en el año común de Derecho y Filosofía y Letras. Durante seis o siete meses asistí a las clases de Medicina y a las clases de Filosofía y Letras. La Medicina me horrorizó muy pronto. No podía aguantar aquella cosa, con varias experiencias de amigos que estaban ya en Medicina y no estaba dispuesto, y abandoné la cosa de Medicina y me consagré al año común. Pero todavía no sabía si hacer Filosofía y Letras o hacer Derecho; estaba dudando. Pero me encontré con una Facultad de Filosofía y Letras que era excepcional. Era excepcional y entonces dije: «me meto en esto». Y empecé a estudiar Historia del Arte, y empecé a estudiar Introducción a la Literatura y todas estas cosas, Filosofía y Letras. Me sentía a gusto con los estudios, y empecé a estudiar árabe en el segundo o tercer año, y hebreo. Todo esto era un mundo totalmente ajeno y extraño para mí, pero lo hacía con entusiasmo y con gusto; aquello me asombraba, todo lo que era novedoso e importante, me asombraba y, a la vez, me creaba un cierto complejo de inferioridad. Yo decía: «Bueno, esta gente sabe tanto, estos profesores tan sabios, ¿qué hago aquí, qué voy hacer yo con esto...?». Además yo…, era absurdo, yo no era hijo de familia rica, era absurdo dedicarme a una profesión en la que no había futuro ni porvenir. Pero yo dije: «Adelante con esto». Y me pasé los seis o siete primeros meses dudando: ¿qué hago, qué no hago, a qué me dedico, a qué no me dedico? Desde muchacho fui muy aficionado a la lectura, leía muchísimo, leía novelas, leía cosas que caían en mis manos: mi padre tenía una pequeña biblioteca, y me la leí toda, me la leí toda. De modo que aquello parecía que entraba un poco en mis verdaderas inquietudes, pero no había decidido todavía dedicarme a eso, porque no sabía exactamente si eso era lo que yo debía hacer. Mi beca no me la habían pagado. Entonces, otra vez interviene una especie de hado, o destino, o casualidad. Daba la casualidad que el rector de la Universidad era gallego. Se llamaba don Alejandro Otero, que luego fue un hombre prominente en el socialismo español, hombre ejemplar en muchos sentidos. No hace mucho salió aquí en España una biografía de Alejandro Otero, porque no se le conocía, naturalmente: cuarenta años de silencio, no se le conocía. Y me fui a ver a don Alejandro, y le dije: «Mire usted, don Alejandro…». Me recibió en seguida, como gallego; era el único estudiante gallego que había en la Universidad, no había ningún estudiante gallego más que yo; lo que, por otra parte, fue otra experiencia, los andaluces se reían de mí, y se reían de mi acento; era una especie de ameba en aquel ambiente. Don Alejandro me recibió muy cordialmente, le expliqué la situación y entonces me dijo: «Mira, vete, vete ahora, que ya me ocuparé de esto». Luego me enteré que al día siguiente había cogido su auto y había ido a Madrid al Ministerio y volvió y me mandó una notita a la Facultad diciendo –me la dio el bedel–, una notita diciendo que mi asunto estaba resuelto y que recibiría mi primer sueldo a fines de mes. En efecto. Pero yo voy a ver a don Alejandro a darle las gracias, como es natural. Subo, pido una cita para verle y llego al despacho de él, a la antesala, y uno de los empleados, uno de los bedeles que había allí me dice: «Don Alejandro no quiere verte: que te vayas, porque no tienes nada que agradecerle, que te vayas». Y yo, un poco desconcertado con aquella cosa, no estaba acostumbrado a esto. Me salí de allí: «¿Qué clase de hombre es éste que después de que se molesta, hace todo esto, pues no quiere que le dé las gracias...?». Ésa fue mi primera introducción a un hombre que era socialista, y que era gallego, y que era un hombre ejemplar y admirado en la ciudad, porque era un hombre admirable. Este hombre tenía la mejor clínica de ginecología de España, era el mejor ginecólogo de España, era conocido en el extranjero, escribía en alemán ensayos y en revistas científicas, y al mismo tiempo era un hombre consagrado a la política y al socialismo. Don Fernando de los Ríos (ya estábamos en el primer año de la República), don Fernando de los Ríos, que era el teórico del socialismo y tal, ya se había trasladado a Madrid, porque le habían hecho Ministro de Instrucción Pública. Pero inmediatamente yo conocí (por estas conexiones de don Alejandro, y ya te explicaré por qué), conocí a la familia de Fernando de los Ríos, conocí a la familia de Lorca, en el ambiente granadino, me traté con todos ellos y fue poco a poco abriéndose mi inquietud hacia el terreno político, por simpatía hacia estos hombres, más que por convicciones: yo no tenía ninguna convicción política, excepto que ya de estudiante… Había en Ferrol el Centro Obrero de Cultura, era un caso único en España, probablemente. Eran obreros de la construcción, todos socialistas también, y en la calle Real, frente a lo que era la redacción de El Correo Gallego; en un primer piso tenían una biblioteca, una biblioteca de varios miles de volúmenes, un bibliotecario ejemplar, y cuando yo salía por la tarde de las permanencias en el Instituto –permanencias se llamaba entonces al periodo de estudios, en que los estudiantes se quedaban en un aula grande con un profesor que se encargaba de dilucidar sus dudas o preguntas o tal; se pagaba por eso extra. Y eso terminaba a las cinco de la tarde. Entonces yo me hice socio, tampoco sé por qué, me hice socio del Centro Obrero de Cultura e iba todas las tardes a leer al Centro Obrero de Cultura. Y allí el bibliotecario, que era muy inteligente…, este hombre me facilitaba instrucciones, introducciones. Y allí leí a Kropotkín, primero a los anarquistas, a Bakunín. Pero yo no sabía por qué esto, ni tenía la menor idea de por qué me atraían estas cosas, no lo sabía. Y allí me formé un poco. La conciencia política ya se inició entonces allí, y en Granada se va a cuajar en contacto con Alejandro Otero y con las lecciones de Fernando de los Ríos, cuyo recuerdo era…; y, además, en la Unión General de Trabajadores y todas estas cosas. Sigo estudiando, me matriculo en el segundo año y hasta ahora tengo todos mis estudios… Una de las condiciones de esa beca extraordinaria que me dio el Gobierno –y era extraordinaria en cantidad y en posibilidad, yo no tenía ningún apuro económico…

José Manuel González Herrán.- Había pocos estudiantes en España que disfrutasen de esa beca...

José Rubia Barcia.- Muy pocos. Y, además, todo el que disfrutara de esta beca, si alguien creía que podía desafiarle a un examen comparativo, podría hacerlo y se la llevaba el otro. De modo que yo estaba siempre sujeto a esto. Fuimos alumnos superdotados en Granada, durante mi estancia, yo y un padre que ahora es jesuita, padre Molero, creo que es Francisco Molero, vive todavía. Él se había graduado de médico a los veintiún años y empezó Filosofía y Letras a los veintiún años. Luego él y yo fuimos a Santander juntos; como alumnos especiales nos mandó también la Universidad a Santander. Pues en ese periodo, ya yo metido un poco en la cosa política, y metido en mis estudios…, no hay escuela de estudios árabes en Granada todavía, eso no existe. Pero el decano era un hombre extraordinario, se llamaba Antonio Gallego Burín, padre de Gallego Morell, un hombre extraordinario, de sensibilidad, de buen gusto, era una especie de noble, con actitudes de gentleman; yo no sabía entonces lo que era un noble, parece que era Barón de no sé qué, yo no lo sabía, ni él me dio nunca la impresión de eso. Pero este hombre fue el primer español que intentó crear, y creó, un teatro universitario; no había teatros universitarios, él creó el primero. Esto fue antes de la Primera Guerra Mundial cuando él crea este teatro. En este teatro estuvo de actor García Lorca, y es donde García Lorca se forma como actor y se interesa por el teatro. Él había creado un teatro que llamaba «La Carreta». Ese teatro contaba con la colaboración de un gran escenógrafo llamado Hermenegildo Lanz: este gran escenógrafo montaba los autos sacramentales con un esplendor y con una imaginación extraordinaria, yo tengo documentos gráficos de todas estas cosas del teatro «La Carreta»: El gran teatro del mundo, por ejemplo, con la presencia de Dios y tal, aparecía en un escenario todo, todo como si pasara en el firmamento, es decir, con estrellas, no se veía ni piso ni…, era todo en el firmamento. Era un alarde de imaginación y tenía una habilidad extraordinaria para hacer actores. Yo, de chico, aquí en Mugardos había un oficial del ejército, se llamaba Lisardo; hubo un teatro infantil aquí, y yo fui actor infantil del teatro de Lisardo. Representé, recuerdo, un notario con barbas y bigotes cuando tenía diez años, para Lisardo, aquí. De modo que mi inquietud por el teatro también surge así porque hay un señor aquí que se llama Lisardo, que es oficial del ejército y que se interesa en hacer teatro…

José Manuel González Herrán.- Parece como que en Granada cristalizan un montón de cosas que vienen ya de atrás.

José Rubia Barcia.- Claro, que vienen de atrás. Entonces llego a Granada y va a celebrarse el centenario de Lope de Vega, el año treinta y cuatro. Yo estoy avanzando en la carrera, se produce al mismo tiempo la cosa de Asturias, y yo al mismo tiempo hice una excursión por Extremadura: esto me afectó muchísimo. Una excursión estudiantil por Extremadura, y vi cómo los trabajadores, aun en plena República, los trabajadores campesinos extremeños ganaban entonces 1,50 pesetas al día, los que trabajaban los campos.

José Manuel González Herrán.- Jornaleros.

José Rubia Barcia.- Jornaleros en los latifundios; y todas las bellotas que dejaban las piaras de marranos, al pasar podían recogerlas, ellos podían hacer pan de bellota, lo que quisieran. A mí aquello me impresionó muchísimo, la miseria humana me afectó mucho. Confirmaba ya un poco mis tendencias a pensar en términos de redención de la gente pobre, de dedicarme, si podía, a la política, para salvar a esa gente. El caso es que se produce, casi simultáneamente, el centenario de Lope y lo que llamaron –el régimen llamó– la sublevación de Asturias, Casas Viejas y la creación de la Escuela de Estudios Árabes. Tres hechos casi simultáneos; y desde el treinta y tres al treinta y cuatro empezó después lo que se llamó «el Bienio Negro». Entonces todas estas cosas de alguna manera me afectaron y ya me consideraban…, don Alejandro, yo iba con él a la Casa del Pueblo algunas veces. Cuando el año treinta y cuatro vine aquí a Galicia a pasar el verano, recibí una nota de que pasara por la sede del Partido Socialista en Madrid y que tenían algo para mí. Yo fui allá y entonces había un señor, que era el secretario, que se llamaba Almoneda o Lemoneda..., o cosa así; y allí me dieron una nota para don Alejandro. Don Alejandro sugirió mi nombre como contacto probablemente, o algo. Era una nota…; pero había una huelga anarquista en Madrid, con tiroteos en las calles: el tren en el que yo me subí, paralizado, no podía salir de la estación; por fin arranca el tren entre tiroteos y jaleos, y huelga general de la CNT… Era en simpatía, en parte, con la cosa de Asturias; falló, se había preparado una huelga general en el país, como protesta a la actitud de las derechas. En medio de esta vuelta me meto en el tren y entre tiros y tal, llego a Granada y digo: «Esto es muy peligroso», porque estaba ya todo así…; rompí la nota y al llegar a Granada me entero que don Alejandro está en la cárcel, estaba ya encarcelado. A mí me parecía tan absurdo que un hombre noble, bueno, generoso, abierto, inteligente, fuera a la cárcel; para mí esto era incomprensible, en una mentalidad juvenil y tal, y me detiene la policía (mi primer contacto con la policía), diciéndome que a qué iba yo a Granada, y qué misión tenía yo en Granada: «Yo soy estudiante aquí, vengo a continuar mis clases y tal». De alguna manera a ellos les había llegado algo de información, pero me dejaron. Entonces fui a ver a don Alejandro, que estaba en la cárcel. Había una celda común y en esta celda había cuarenta o cincuenta presos y allí estaba don Alejandro entre los presos. Cuando me vio me dijo: «Hijo mío..., pero hombre, tú ahí..., tú eras el que debía estar aquí, para que aprendieras lo que es esto...». Todo ese tipo de experiencias me afectaba, no entendía por qué las cosas eran así. Pero él sabía lo que decía probablemente, y me dio las gracias por el mensaje que le llevaba; no se podía hacer nada, estaba incomunicado, le habían ofrecido la libertad si accedía a atender a la mujer del gobernador, que iba a dar a luz, y él dijo que no, que todas las mujeres eran para él iguales y que si se le dejaba en libertad era para atender a todas las mujeres y que si no… Muchas de estas cosas son anécdotas...

José Manuel González Herrán.- Pero tienen importancia, van configurando el porqué de una personalidad…

José Rubia Barcia.- El caso es que yo no tenía especial predilección por los estudios de ninguna clase, me encontraba con cosas que no conocía y me entregaba a eso. Quizá sea bueno que diga algo muy curioso en relación con el efecto que me produjo tanta sabiduría acumulada. Estaba en arte Gallego Burín, estaba en latín…, no, ¿en qué era, qué enseñaba?, enseñaba paleografía Marín Ocete, que después fue decano y rector, también; un latinista catalán muy bruto, muy bruto como persona, pero un gran latinista…; se llamaba…, no recuerdo…: a éste procuré olvidarlo por un incidente que pasa en una de las clases con él; y estaba García Gómez como arabista; y de griego un catalán…, se me olvidó el nombre del catalán, muy bueno, helenista también; y en literatura había un pobre hombre que se llamaba Hernández Redondo. No sabría por qué aquel hombre era catedrático, pero para mí fue utilísimo; fue el único catedrático que me creó un complejo de normalidad, porque era tan tonto y tan poca cosa que no era difícil sentir que uno podía ser como él, de modo que fue beneficioso: don Tomás Hernández Redondo. Había (esto no se puede citar), había hecho un resumen del manual de Hurtado…

José Manuel González Herrán.- ¡Ah, el famoso Hurtado...!

José Rubia Barcia.- Y el hombre se sentaba detrás del escritorio, entornaba los ojos, se rascaba la entrepierna veinte veces y hablaba con voz monótona, de memoria, se podía seguir en el texto la lección del día de memoria. Lo sabía todo de memoria, lo recitaba de memoria, terminaba la cosa y se marchaba. Y aquel hombre…, pues me dije: «Pues si éste es catedrático de literatura, y de esta manera, yo jamás podré ser un sabio como García Gómez, ni un latinista como éste, ni un helenista como éste, ni un especialista en paleografía como este otro, este hombre…; pero quizás yo pueda llegar a ser algo en relación con la literatura». Es el primer atisbo que me da cierto optimismo en relación con un posible futuro, pero no tenía la menor idea de que esto podría ser una salida. Pero en esos momentos, año treinta y tres, Fernando de los Ríos decide crear la Escuela de Estudios Árabes. Yo había estudiado ya mi primer año de árabe en la Facultad. No se me había ocurrido hacer estudios orientales. Pero aquello me fascinaba, el mundo oriental me fascinaba, y hablando con Gallego Burín le dije: «¿Y si yo me matriculase en esta cosa de la Escuela de Estudios Árabes?». «No, no te preocupes, te damos una beca extra para que estudies lo que quieras...». Entonces dije: «Bueno, pues me meteré en eso, a ver qué pasa». Estaba fascinado con la sabiduría de García Gómez y, además, era un gran exponente. No sólo era un gran exponente, sino que hablaba con seguridad, sabía lo que decía y tal, era quizás el miembro más destacado. Se crea la Escuela y se crea por iniciativa de Fernando de los Ríos. Pero claro, a mí García Gómez como latinista no me miraba con simpatía, porque para entonces ya yo había ingresado en la FUE, que era la Federación Universitaria Escolar, de izquierdas, y me hacen presidente de la FUE en Granada, al segundo o tercer año de estar yo allí. Entonces ya, con un hermano de Rosales, el que fue poeta; él y yo decidimos hacer una revista, hicimos una revista que se llamaba Estudiante, que era el órgano de la FUE; además me eligen como representante en el Claustro. Violentísimo, figúrate tú: pueblerino, mugardés y tal, y ahora me mandan al Claustro de representante, con todas las reuniones de Claustro, y yo allí encogido e inhibido por la presencia de aquellos hombres que había allí. Pero allá voy, me eligen representante en el Claustro, y al mismo tiempo empiezo a participar en mítines políticos. De modo que mi vida se complica; ya escribo para las revistas, escribo para esto y tal; luego se organiza un viaje por el norte de África, voy con los del colegio de Estudios Árabes al norte de África y empiezo a colaborar en El Defensor de Granada, que es el periódico donde empezó Ganivet. Al director de ese periódico fue uno de los hombres a quien primero se fusila en Granada; no sólo se le fusila, sino que se lo llevaron vivo, atado con una cuerda al cuello hasta el cementerio y se le mata. Yo asistía a la tertulia de El Defensor, y asistía a la tertulia de un señor que se llamaba Soriano Lapesa, que era un hombre extraordinario, rarísimo, rarísimo, gordo como un globo y un hombre tan avanzado…; también había sido maestro de Lorca, tenía una biblioteca mucho mejor que la de la Facultad y la de la Universidad, hombre muy rico, hombre gordo, que en su tertulia a veces decía: «No, vosotros nada, cuando yo me case tendréis mujer todos…» [risas]. Para mí aquello era un mundo muy extraño, muy raro, y en ese mundo fui desenvolviéndome… Ingreso en la Escuela de Estudios Árabes y, al mismo tiempo, voy a la Escuela de Artes y Oficios, con un profesor extraordinario de arte, de Historia del Arte; el arte empezaba a interesarme muchísimo, yo no había visto un cuadro original en mi vida, pero empezaba a interesarme muchísimo. Se llamaba Agrasot, un gran exponente, teórico del arte. Y todo aquel ambiente…; luego venía Lorca, en los veranos venía a Granada, y se reunía con un grupo de amigos en el Café de la Alameda..., y allá me iba yo también a la peña de Lorca, y allí conocí personalmente a Lorca, tuve trato con Lorca. Mientras tanto se organiza el centenario de Lope, era el año treinta y cuatro, y Gallego Burín reinicia «La Carreta»: reinicia «La Carreta» y prepara una obra, La moza de cántaro, de Lope, y un auto sacramental…, sí, era un auto sacramental. En la obra de Lope me da un papel secundario, pero en el auto sacramental me hace representar a San José. Y yo voy a representar a San José, esto en uno de los patios de la Universidad; se pone el tinglado y tal, con música de fondo de Falla, coros del jefe de coros de la catedral de Granada. Se hizo un gran espectáculo en honor a Lope. Es mi primera salida al teatro, ya a un teatro serio y aquí tiene un gran éxito. De hecho, en El Ideal de Granada (se llamaba así el periódico católico que había en Granada) salió mi fotografía en primera plana, ocupando toda la primera plana, como San José, una caracterización imponente de San José. Y se habló de mí como hombre posible de teatro, de actor, de lo que fuera… Pero a mí aquello me interesaba secundariamente. El año treinta y cinco yo termino mis estudios de Filosofía, me dan el Premio Extraordinario. Quizás deba contar como conciencia social, en el desarrollo de conciencia social, una pequeña anécdota. Un buen día el profesor catalán, que tenía pruritos de aristócrata y de hombre refinado (luego me enteré de que no era tal), pero él se creía una gran persona; era un gran latinista, por otra parte. Este hombre…, entramos en el aula y este hombre…: mi primer contacto con la injusticia y la arbitrariedad es este hombre. Entramos en el aula, y el bedel se había dejado su gorra en uno de los pupitres de los estudiantes, allí, y dirigiéndose a mí me dice: «Señor Rubia, coja usted esa gorra; pero no la coja con las manos, coja un periódico, una página o lo que sea y lo tira usted abajo al patio». Y yo le dije: «Mire usted, la tira usted», le dije al latinista, y se armó el escándalo, ¡verdad!, y todo el mundo sobrecogido. Y me dice: «¡Se arrepentirá usted de esto!». Yo no podía hacer eso; espontáneamente rechacé la sugerencia y le dije que lo tirara él. Y entonces me denunció por mal educado, por falta de respeto al profesor; y me iban a hacer consejo de disciplina también. Bueno, pues yo me dije: «Bueno, yo voy a ver al decano, a Gallego Burín, y le voy explicar lo que ha pasado»; fue un impulso, me pareció arbitraria la cosa y reaccioné espontáneamente. Gallego Burín me dijo: «Hombre, pues esto…, pues tal…, él se ha quejado, yo no sé lo que vamos a hacer con usted…, tal…, pero a ver cómo se arregla y tal…, deje la cosa así». Pero entonces yo tuve una pillería, que fue elegir entre mis compañeros al más torpe… A los cuatro o cinco días de ese incidente teníamos clase de traducción; él se paseaba por la clase mientras íbamos traduciendo un párrafo…; él preguntaba: «Lea usted». Usábamos como libro de texto el Zenón [?] no sé si todavía se usa ese texto… Era un texto muy famoso, italiano, y traducíamos y tal. Cuando llegaba a mí, a partir de ese incidente, «pero usted no tiene la menor idea, eso está mal y tal…»; y se metía conmigo evidentemente. Bueno, pues vamos a ver qué hago yo aquí para defenderme de este señor; además corría el riesgo de mi beca.

José Manuel González Herrán.- Claro…

José Rubia Barcia.- Entonces lo que hice fue elegir a un catetito de un pueblo de Granada: el pobre no valía para nada, no tenía inteligencia para ser estudiante siquiera, y yo le preparaba a él todos los temas, y él tenía mis temas, y cuando le tocaba a él el profesor decía: «Muy bien, eso está muy bien…», le animaba y tal. Llegaba a mí y estaba muy mal, muy mal, muy mal. Llegué al final del curso y el señor me suspende. Entonces yo voy a junto el decano de nuevo y le dije: «Mire usted, tengo la autorización de la persona, pero no pienso mencionar el nombre; si usted me cree, me cree, y si no, pues…, pero ha sucedido esto, esto y esto; y en las clases ha pasado esto y esto; y este chico, no me importa si es el chico de un señor rico, no me importa el que yo dé su nombre o no dé su nombre, no voy a darlo a menos que sea necesario, y desde ahora le digo que esto ha pasado y este señor me ha suspendido, y esto me afecta y me afecta gravemente». Entonces reunió el Claustro o lo que fuera, no sé lo que pasó, el caso es que cambiaron la nota de suspenso a notable. Y es el único notable que tengo en mi carrera, todos los demás han sido sobresalientes y matrículas do honor, desde el principio de mi carrera hasta el final de mi carrera. Pero ese incidente me puso en contacto con la arbitrariedad, la injusticia, el que un hombre puede saber mucho y a la vez ser un grosero, un necio. De modo que son anécdotas, cosas que van formándole a uno de cierta manera. Funda don Fernando la Escuela de Estudios Árabes y yo soy el primero que se matricula, por indicación de este hombre que iba enseñar arte musulmán. Y entro en la clase, alterno una cosa con la otra. Año treinta y cinco: termino mis estudios normales, me dan el Premio Extraordinario en la Licenciatura, en los exámenes de Licenciatura, y me ofrecen… La República había creado Institutos de experimentación: eran Institutos, pero se permitía experimentar; entre ellos estaba el Instituto Ganivet de Granada. En el Instituto Ganivet de Granada la cátedra de latín la regentaba un muchacho de origen gallego que se fue luego a Venezuela, y… ¿cómo se llamaba este hombre, Magariños? Fue latinista conocido en Venezuela, y quizás en España también. Pero este hombre se marchó, la cátedra estaba vacante y entonces el director, que se llamaba Aniceto León Garre, que era el presidente de Izquierda Republicana en Granada, era murciano, me llama y me dice: «Me han hablado de ti... ¿Querías encargarte del curso de latín?». Bueno, pues me encargo del curso de latín. Y ese año, del treinta y cinco al treinta y seis fui profesor de latín en el Ganivet. Ya licenciado, yo me había venido ese verano aquí, a Galicia. No sabía qué hacer. Y fue el día más triste de mi vida el día que me licencié, que acabé la carrera. Porque ahora… ¿qué hago yo con esto, que hago con esto? Me vine a Galicia, y estando aquí en Galicia recibo un telegrama de Gallego Burín, me dice: «Tu beca en la Escuela continúa y el Claustro ha decidido encargarte de curso en la Facultad y que enseñes un curso de poesía desde el romanticismo a nuestros días». Pues aquello me solucionó, otra vez, un año más. Ya no tenía la beca para los estudios y entre la cátedra de latín del Instituto, provisional, y del curso y tal, me defendía ese año. Y me fui a Granada. Antes habíamos hecho una excursión por Marruecos; me puse en contacto con un alumno marroquí, y ya tuve problemas con las autoridades también, por la serie de artículos que escribí en El Defensor de Granada: algunos eran ofensivos para las autoridades francesas y para las autoridades españolas. Eso me provocó un pequeño conflicto en Casablanca. Pero de todas maneras terminé la cosa y, ¡ah!, empecé a trabajar en mi tesis doctoral. Por sugerencia de García Gómez yo iba a hacer la edición crítica de El diván, de Isaac ben Jalfón, un poeta del siglo XI, de Córdoba; hice la traducción y estaba trabajando en mi tesis desde el año treinta y cuatro. Cuando el año treinta y seis yo firmo la petición para participar en oposiciones en Madrid, oposiciones a cátedra de literatura. Firmo esta cosa…

José Manuel González Herrán.- ¿De literatura?

José Rubia Barcia.- De literatura. Pero tengo pendiente de lectura para octubre la tesis en Madrid, con García Gómez. García Gómez me había dicho que, a pesar de la discrepancia… No me tenía simpatía por mis ideas políticas: él era muy derechista, era muy católico y yo ya tenía fama de revolucionario, participaba en actividades de este tipo; participé… Un año antes de la sublevación general hubo una pequeña sublevación en Granada, participé en un mitin de masas en la plaza de toros, y se produjo un gran escándalo con todo aquello. Yo estaba muy activo con todo aquello. Alejandro Otero me encargó a mí entonces que yo llamara a los conventos y tal, para que las monjas evacuaran los conventos, porque temían que las masas…, y yo estuve en el teléfono toda una tarde llamando a conventos y tal. De modo que ya había una mezcla de actividad, y todo eso era un batiburrillo, una especie de cóctel, que yo no sabía por dónde iba a ir todavía, si al arabismo (la tesis iba a ser en árabe)… García Gómez me dijo: «Si usted lee la tesis ya, y yo me traslado a Madrid, yo le llevo de ayudante mío». Lo nombran a él en Madrid, en el año treinta y cinco, se va a Madrid y me deja embarcado allí, no se acuerda de mí, y entonces ya lo del arabismo…, esperaba leer mi tesis y quedarme en el aire. Pero estalla la guerra.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 02
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 02 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Hablemos de la experiencia de la Universidad Internacional de Verano de Santander.

José Rubia Barcia.- Todo eso es un conjunto de cosas… El año treinta y tres se funda la Universidad Internacional de Santander, fundada también por Fernando de los Ríos cuando era Ministro de Instrucción Pública. En el año treinta y tres yo estaba metido en mis estudios todavía y esto se suponía que era para estudiantes muy cerca ya del final o al final de su carrera, ya licenciados. Entonces la Facultad propone a Molero y a mí (cada universidad tenía la posibilidad de enviar dos becados).

José Manuel González Herrán.- ¿De toda la Universidad o por Facultad?

José Rubia Barcia.- Por Facultad. Y entonces de mi Facultad vamos este Molero (que luego va a ser jesuita) y yo. Vamos a Santander, pero no vamos en el año treinta y tres, vamos en el treinta y cuatro. en el verano del treinta y cuatro. Es el verano que va a comenzar, al final del verano, el Bienio Negro, la revolución de Asturias, el intento de Huelga General…; me iré al final de ese verano a Galicia…, y a la vuelta llevar el mensaje a Granada, y estas cosas... En la Universidad Internacional empiezan las tareas, y yo soy un estudiante, como los demás de la Universidad Internacional… Fue una experiencia para mí inolvidable, porque era una Universidad integrada por gente de prestigio internacional, estudiantes internacionales y un ambiente extraordinario de conferencias, de discusiones en los pasillos y tal. Fue también el año en el que se le rinde el homenaje a Unamuno, y Unamuno está en la Universidad; va a estar Gaos, va a estar Ortega, va a ir…, va a ir también Zubiri: es decir, que hay tremendas personalidades en la Universidad. Pero ese año treinta y cuatro…, jaleos y tal…; entonces ocurre que hay un gallego que se llamaba Pena, Nieto Pena (a lo mejor vive todavía), que era el cronista de un periódico que se llamaba El Cantábrico… No sé si existe.

José Manuel González Herrán.- No, no existe, no.

José Rubia Barcia.- Pero La Región, que era el órgano socialista, no tenía a nadie en la Universidad. A mí no se me había ocurrido, pero de pronto se me ocurre decir: «Bueno, ¿por qué no hago yo crónicas de esto de la Universidad?; de las cosas que este señor no se ocupa, me ocupo yo en el otro periódico y hago crónicas...». Entonces fui a la redacción y me dicen que Malumbres, que era el director…

José Manuel González Herrán.- Malumbres, sí. Luciano Malumbres.

José Rubia Barcia.- Estaba en la cárcel. Entonces…, si está en la cárcel, saldrá o no saldrá…, y me fui a la cárcel a verlo. Le dije quien era, y que pertenecía a la agrupación socialista de Granada, y que tal…, y que me gustaría hacer crónicas. «Mira: el periódico está ahora muy mal... Hazte tú cargo de él, si quieres…; ve tú y encárgate tú». «Demonios…, yo no sé nada de estas cosas de periódicos...». Pero allá me fui, con la tarea de hacer parte de La Región y de comunicarme con él en la cárcel... Y empiezan a aparecer crónicas mías de la Universidad de Verano, algunas firmadas y otras sin firmar.

José Manuel González Herrán.- Firmadas como Xeruba.

José Rubia Barcia.- Como Xeruba: «Xeruba» era Xepe en gallego, Rubia Barcia. Y algunas, con mi firma: cuando se trataba de cosas llamativas, ponía mi firma, y si no, hacía otras cosas de crónicas de información y tal... Y ya desde la primera o la segunda semana empecé a escribir crónicas, e hice un número de crónicas. Allí llegó Lorca con su teatro, con «La Barraca», ese mismo año también; otra vez estuve en contacto con Lorca allí. Y la experiencia fue para mí asombrosa, de estímulo, de ponerme en contacto…; tuve incluso un estudiante, que era el director de la Casa Sueca en La Sorbona, en la residencia tal... Y este estudiante, el director de la Casa Sueca, pudo haber jugado en mi vida un papel importantísimo, porque al venir la guerra él me había dicho… Estudió español conmigo, y lo perfeccionó, y se estuvo todo el verano con clases particulares conmigo, mientras yo asistía a las otras clases. Este estudiante me dice –era hombre mayor que yo, también– me dice: «Si alguna vez quieres venir a Suecia me lo dices y ya verás que te encontraremos un puesto en Upsala o donde sea». Pasaron los años y toda la cosa… Pero bueno, la experiencia de Santander fue inmensamente favorable para mi experiencia en contacto con el mundo...

José Manuel González Herrán.- ¿Cómo pudiste simultanear ese verano el trabajo en la Universidad Internacional, las clases de español a este sueco, y el trabajo de un periódico como La Región…? Era un periódico pequeño pero que daba mucho trabajo para quien no era profesional...

José Rubia Barcia.- No olvides que yo tenía entonces veinte años, creo. Tenía una tremenda energía, estaba bien de salud y dedicaba todo mi tiempo a ese quehacer, y además a otros que no menciono... [risas]. Problema de juventud y energía, supongo. Y además un impulso casi ciego que me impulsaba a hacer cosas. Hay cosas que uno no puede explicar, es decir, las hace y no sabe el porqué, ya está.

José Manuel González Herrán.- Aunque sea un poco entre paréntesis, pero me interesaría una opinión sobre esta cuestión: has tenido ocasión, el año pasado, de volver a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que se reclama como continuadora de aquélla, aunque tal vez no lo sea. ¿Qué juicio te merece la diferencia o la seme52 53 janza que puede haber entre lo que tú viste en el año treinta y cuatro, y lo que has vuelto a ver en el ochenta y cuatro, cincuenta años después?

José Rubia Barcia.- No puedo ser objetivo en relación con esa comparación. De modo que mi juicio está teñido por una experiencia desagradable, muy desagradable. Mi experiencia en Santander ha sido una de las experiencias más desagradables que yo he experimentado en mi vida.

José Manuel González Herrán.- Independientemente de los sucesos que acompañaron aquel curso, el hecho de reencontrarte con aquella institución...

José Rubia Barcia.- Fue una gran emoción, pero al mismo tiempo… Eso me hace recordar la anécdota de un poeta árabe, cordobés, que está enamorado de una chica de Córdoba, y se pasa la vida, veinte años de su vida, cantándole, soñando con ella y tal…; y de pronto le nombran embajador en Bagdad, y entonces le dicen, al llegar a Bagdad, que su amada, que la mujer que ha cantado tanto está allí… Salió corriendo y no quiso verla. Algo de esto me pasaba en Santander. Llegué a Santander y me quedaban los edificios. Fui al Aula Magna, en donde yo oí hablar a Unamuno, donde estaba rodeado de gente que a mí me interesaba mucho; estaba excitado con tanta ciencia, tanta literatura, tanta filosofía. El tema de aquel año, el tema general, era la crisis del siglo XX, y todo giraba alrededor de la crisis del pensamiento, de la crisis de la filosofía, de la crisis del arte: fue un curso fascinante en todos los aspectos, estimulante a más no poder. Y ahora llegué y me encontré con una factoría de…; yo no sé lo que se hace ahora en Santander, ni lo que se enseña en Santander; no tengo la menor idea de la marcha ordinaria. Lo que si sé es que fui a participar en un homenaje y todo fueron dificultades, inconvenientes, gentecilla, problemitas; allí no había un espíritu como aquél que yo había vivido y que me ha influido para siempre. Es decir, la experiencia de adquirir conciencia de la transformación histórica que se producía en el siglo XX, que para mí fue crisis de crecimiento, no crisis de angustia, ni de pesares, ni de negación. Aquello era…, como era la España de la República: se abrían grandes perspectivas, por primera vez los jóvenes participábamos en la vida política, con un entusiasmo extraordinario, teníamos fe en el futuro, todo se preparaba y parecía que, por fin, España iba a cuajar en un gran país de nuevo. Era la culminación de todo el proceso desde la Restauración hasta ese momento. La República significaba borrón y cuenta nueva, y aprovechamos la experiencia inmediata y ahora el mundo es nuestro... Estábamos llenos de entusiasmo por España, por sus posibilidades…

José Manuel González Herrán.- Y todo eso se interrumpe con la Guerra Civil.

José Rubia Barcia.- Claro.

José Manuel González Herrán.- ¿Cuál es tu actuación, muy en resumen...? Yo tenía aquí en mis notas la idea de que tu actividad durante la guerra está entre las armas y las letras 54 55 (y no sólo jugando con el título de aquella revista), sino que de hecho mezclaba la espada y la pluma.

José Rubia Barcia.- De hecho fue así. Fui miliciano en el frente, fui delegado del Ministerio de la Guerra para problemas urgentes que aparecieron en Extremadura antes de que Franco pasara hacia el norte; estuve en la caída de Toledo, estuve en la conquista de Guadalajara, participé de alguna manera –hasta que me convencí de que era imposible hacerlo– en la organización de las milicias gallegas, y fui corresponsal de guerra de Política, porque… Política era el órgano de Izquierda Republicana, la dirigía entonces, primero Oscar Esplau, un escritor levantino que por razones de salud tuvo que dejarlo, y la dirigió después Ossorio Tafall, que era un catedrático del Instituto de Orense y que luego llegó a ser gobernador del Congo, es una historia fascinante… Ossorio Tafall me llamó cuando ya estábamos…, era el sitio de Madrid casi… No, esto fue antes de que comenzara la guerra: me llamó y me ofreció un puesto de redactor en el periódico, y estuve de redactor de noticias en el periódico cuando me suspendieron las oposiciones; porque, claro, a mí me suspendieron las oposiciones…

José Manuel González Herrán.- ¡Ah, eso no lo habíamos visto!

José Rubia Barcia.- Eso no me lo habías preguntado, pero es el determinante de por qué me coge a mí la guerra en Madrid. 55 56 José Rubia Barcia

José Manuel González Herrán.- Lógicamente tendría que haberte cogido en Galicia...

José Rubia Barcia.- En Galicia, o en Andalucía, pero no en Madrid. Yo fui…, yo firmé…, había dicho de hacer oposiciones…; voy hacer oposiciones en el año treinta y seis; en mayo llegué a Madrid. Y llegué a Madrid, liquidando ya mi periodo de Granada; ya no iba a volver a la Universidad, no iba a volver a la Escuela de Estudios Árabes –había terminado ya mi tesis–, no iba a volver a la Escuela de Estudios Árabes, no iba a volver tampoco al Instituto Ganivet; querían llevarme de nuevo, pero ya lo había decidido: «Voy a hacer oposiciones y saco una cátedra y ya está». No se llamaba eso cátedra, se llamaba encargado… ¿de qué?, no sé cómo se llamaba… Era una especie de cursillo…; se hacían cursillos de oposiciones a cátedras…; pero no sé qué carácter tenía aquello, no era como antes, la cosa permanente, sino que era otra cosa especial…, no me acuerdo…, bueno. El caso es que voy a Madrid y en el caserón de San Bernardo, pues nos reunimos allí trescientos jóvenes de todas las universidades.

José Manuel González Herrán.- En ese caserón de San Bernardo hice yo también mis oposiciones de Agregado de Instituto, en 1975…

José Rubia Barcia.- Bueno, pues ahí voy a hacer las oposiciones… o cursillos…: se llamaban cursillos…; si lo pasaba uno, te hacían catedrático permanente después. No había este sistema todavía, sino que si pasabas los cursillos te encargaban de cátedra. Bueno, el caso es que comparezco en Madrid, voy con cierta seguridad. 56 57 A esos cursillos asiste la hermana de Lorca –que todavía vive– y Laurita de los Ríos, la hija de don Fernando, compañeras mías de Granada… Y yo fui con una gran seguridad a los ejercicios, y tal…, me senté y tal…, y detrás de mí estaban Laurita e Isabel; de pronto en voz bajita me dicen: «Oye Rubia, ¿y esto qué…?». Yo les apuntaba… y tal…, y yo lo sabía. De modo que ellas mismas concedían que yo estaba preparado para pasar esta cosa. Al día siguiente aparece la lista y se me elimina: me habían eliminado en el primer ejercicio y aquello me produjo una impresión terrible; yo, que tenía grandes esperanzas de sacarme y arreglarme mi vida económica ya, empezando por ahí, pues me encuentro que se me elimina en el primer ejercicio. Yo no entiendo eso, mis compañeros no entienden eso. Entonces veo a don Fernando: «Ha pasado esto y no sé a qué se debe...». «Yo me enteraré». Se entera, me llama y me dice: «Hombre, lo que ha pasado es que parece que tienes una letra endemoniada y no han leído los ejercicios; te han eliminado porque no han leído tus ejercicios».

José Manuel González Herrán.- La letra endemoniada, ya...

José Rubia Barcia.- «La letra endemoniada…, y te han dejado en la calle por esto, porque había tantos candidatos, y a éste le han eliminado por la letra. Es injusto, ya ha pasado, ya no se puede rectificar eso. De modo que ahora arréglatelas como puedas». Entonces fue una de las etapas más angustiosas de mi vida: todavía tengo pesadillas recurrentes en relación con eso. Porque empecé a buscar trabajo en Madrid, academias particulares, busqué y busqué, busqué…; nada, no encontraba trabajo, se me estaba acabando el dinero. «Y ahora, qué hago, yo no quiero volver fracasado a Galicia, ni irme a Granada de nuevo; voy a ver si encuentro algo que hacer aquí». Y fue cuando Ossorio Tafall pasó a ser director de Política; entonces alguien me habló a mí de eso…, fui a ver a Ossorio Tafall, y Ossorio Tafall me empleó. De modo que resolví el problema por la vía periodística. A lo mejor hubiera acabado de periodista para toda la vida, escribiera o no escribiera. Empecé como noticiero: noticias de hospital, de casas de socorro, de tal... Pero ya con esta experiencia, además me dieron carnet de periodista, porque había colaborado en La Región, había colaborado en El Defensor, y había tenido una pequeña labor de periodista… y, entonces, me dan el carnet, y todavía tengo el carnet de Miembro de la Agrupación de Periodistas Españoles, sindicato UGT, lo tengo todavía en mi poder, y entro como periodista en Política.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 03
Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada

Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 03 en 00/00/1985

José Rubia Barcia.- Pero ya empieza la guerra y entonces la organización de las milicias gallegas… Luego hay un auxiliar de Largo Caballero en el Ministerio de la Guerra, que me conocía de la FUE, y me dice: «Necesitamos un hombre de confianza; me dijo don Francisco, el camarada Largo, que hay que buscar a alguien…, tú eres el indicado...». «Pues, al demonio, vamos… ¿A dónde me mandan?». Fui a Extremadura, fui a Toledo, fui a Guadalajara, a todas las partes con misiones gubernamentales. Mientras tanto ya me habían reconocido para el servicio militar, y me habían declarado de servicios auxiliares, en el servicio militar antes de la guerra. De modo que no me habían llamado con mi quinta, no me habían llamado, y yo estaba ocupado en estas cosas… Pero entonces yo sigo en Madrid haciendo de corresponsal de guerra de Política ahora, yendo a los frentes con otro camarada del periódico; se va a París el que confecciona el periódico –yo había estado confeccionando parte del periódico con él, ayudándole– y resulta que acabo de confeccionador del periódico en las máquinas. Todo esto abre posibilidades de trabajo para el futuro y me llaman… De pronto tengo una llamada del profesor Aguilar, que era catedrático de Historia de Sevilla y era el delegado del Gobierno –que ya se había trasladado a Valencia– en Madrid; había delegados de Instrucción Pública, delegados de Guerra y tal. Miaja era el jefe de…, el general Miaja… Me llama este Aguilar (yo no conocía a este Aguilar) a su despacho, y voy, y me dice: «Mira, me han informado que tú eres el único arabista que hay en España –en la España leal–, y que sabes de estas cosas. El Gobierno quiere abrir una Universidad que funcione, para dar sensación de normalidad, y el rector va a ser José Gaos y se abrirá en Valencia. De modo que, por orden del Gobierno, te he buscado, te he encontrado y ahora te vas a Valencia y te incorporas a la Universidad de Valencia, que se va abrir, y tú vas hacerte cargo de la cátedra de árabe». Yo dije: «Pero si García Gómez está aquí…». Estaba escondido, claro. Y esto para mí era muy violento, la cosa esta era muy violenta... Pero fui a ver a García Gómez y le dije: «Pasa esto, y tal…, pero yo creo que usted es el encargado para...». «Ah, yo no, no…». Entonces hablé con Alejandro Otero: «Pasa esto y tal, dile que tú le garantizas que no le va a pasar nada…, y que se venga a Valencia». Entonces yo le dije: «Mire: dice don Alejandro (él le conocía como Rector de la Universidad), que venga usted a Valencia conmigo y que él le garantiza...». Pues muy bien; entonces me dice que sí, pero me dice: «Yo enseño la lengua, y tú enseñas la literatura». Yo nunca había enseñado literatura árabe; había estudiado los cursos de literatura árabe, pero no había enseñado la literatura árabe. «Yo la lengua y tú la literatura…». Bueno, pues, muy bien. Vamos allá y hay una reunión preliminar del Claustro en la Universidad que se va a poner a funcionar la cosa y tal... Mientras tanto, me llaman de la Caja de Reclutamiento, me llaman para…, oh, no, no, no…; me llama Otero (que estaba en Valencia, ya subsecretario de armamento). Fue un encuentro dramático mi encuentro con Otero en Valencia. Él creía que me habían fusilado en Granada...

José Manuel González Herrán.- Ah, porque creía que estabas en Granada. De haber estado en Granada te hubieran...

José Rubia Barcia.- Me fusilan, claro. Y si llego aquí, también. De modo que en los dos lados, ¿no? Él creía que me habían fusilado en Granada y cuando me vio el hombre, como si fuera mi padre, se abrazó a mí conmovido y tal… Y entonces Otero me dice: «Yo te necesito a mi lado, no tengo hombres…, estoy rodeado de traidores, te necesito a mi lado». «Pero, don Alejandro, yo estoy ahora con esta cosa de la Universidad, no sé lo que va a pasar y tal...». Entonces dice: «Mira, un compás de espera mientras se resuelve eso…; el Ministerio de Instrucción Pública ha decidido publicar un órgano de milicias de la cultura y esta cosa está a cargo de un señor que se llama Domingo Amo y no tienen director. Como está en manos de los comunistas, yo necesito un joven socialista allí y tú eres el más indicado». Porque yo había hecho El Estudiante, en Granada, y me conocía ya como redactor de El Estudiante. «¿Y por qué no te proponemos al Ministerio de la Guerra que te hagan Miliciano de Cultura de División, y pasas a ser el director?». En efecto, el decreto está en la Gaceta de la República, nombrándome Miliciano de Cultura de División; debía ser asignado a una División como Miliciano de Cultura…; en vez de eso me ponen de director del periódico, órgano de todos los milicianos de todo el país. Entonces empiezo a trabajar en la cosa de la organización de eso. Lo bautizo yo como Armas y Letras…; empiezo a trabajar en eso y hago siete, ocho o nueve números. Pero el Gobierno va a trasladarse a Barcelona y don Alejandro dice que me necesita…; mientras tanto hay una crisis del Gobierno, el Ministerio de Instrucción Pública pasa a manos de la Montseny, anarquista, y los comunistas son rechazados, los socialistas son rechazados, y se apoderan de la revista los anarquistas. De modo que me quedaba el campo libre para ir a Barcelona.

José Manuel González Herrán.- Perdona un momento: en Armas y Letras, ¿escribiste algo o simplemente dirigiste?

José Rubia Barcia.- No; escribí, dirigí, monté la revista en colaboración con un muchacho dibujante valenciano que se llamaba Ponsat. No había imprenta en Valencia, íbamos a Madrid a hacerla a una imprenta a Madrid; casi atravesando los frentes de guerra, volvíamos de Madrid. Cuando iba a Madrid parábamos en la Alianza de Escritores, que dirigían Alberti y María Teresa [León]; allí pasábamos la noche, a veces, un par de días, con el Madrid bombardeado y toda la cosa…, recogíamos las cosas del periódico, nos las llevábamos a Valencia y se distribuía desde Valencia por todos los frentes. Yo escribí las editoriales de Armas y Letras sin firma; pero una cosa muy curiosa ocurrió. Yo por casualidad encontré…, es una cosa muy curiosa esto… Yo no tenía tendencias pro comunistas de ninguna clase; de hecho me opuse un poco al Carrillo este, que era el que había unificado a las Juventudes [Socialistas y Comunistas]; hubo una reunión de intelectuales internacionales en Madrid y otra en Valencia, a la que yo asistí. Y la conexión con el Partido Comunista era un poco…; no era muy fácil, entonces… (Pero no sé a que venía esto último…).

José Manuel González Herrán.- Lo de Armas y Letras, donde, aparte de escribir editoriales…

José Rubia Barcia.- Editoriales… Cayó en mis manos un poema en inglés (yo había estudiado inglés aquí, en Ferrol, tres años con miss Lidia, cuando yo era estudiante de bachillerato, aparte también); cayó en mis manos un poema que se titulaba en ingles «Nanking Road», de un señor llamado Mao Tse-Tung. Me impresionó tanto aquel poema (que era de la carretera de Nanking…, pero que era mi experiencia en la carretera Valencia-Madrid, Madrid-Valencia, ¿no?), que lo traduje al español, y está publicado en Armas y Letras; es la primera traducción que se ha hecho al español de Mao Tse-Tung, antes de que fuera célebre o conocido.

José Manuel González Herrán.- Ni como poeta ni como político.

José Rubia Barcia.- Nada, nada, de modo que esto es una cosa muy curiosa, esta coincidencia de que yo fuera el primer traductor de Mao Tse-Tung. El caso es que salió el periódico, que funcionaba muy bien, las cosas marchaban muy bien, y me traslado a Barcelona por indicación de Alejandro Otero. Me asignan a la Secretaría Técnica y ponen en mis manos todo el archivo de correspondencia con Rusia. De modo que durante ese periodo, la operación de Teruel…: fue una experiencia vivísima para mí, porque yo no esperaba las cosas que iban a suceder, era totalmente inesperado. Por ejemplo, él se desesperaba con esto…; Alejandro Otero era un ser extraordinario, y una de las anécdotas de él es que los comunistas le acusaron de haber hecho perder un barco con cargamento de guerra que venía de Suecia para la España leal, y él dice: «El único dinero que tengo (tenía unos cuatro o cinco millones de pesetas en Suiza), lo pongo a disposición del Gobierno para reemplazar ese barco»; y se quedó sin un céntimo. Todo el dinero lo invirtió en reemplazar el barco perdido y cortó la cosa esa de los comunistas de una manera tajante. Tuve grandes experiencias con este hombre, extraordinarias: de valentía, de arrojo, de decisión, de decencia, de honradez. Fue para mí un ejemplo humano decisivo en mi vida. Yo no he conocido a nadie con una integridad humana, personal, intelectual y científica como la de este hombre. Fue una especie de modelo que yo encontré en la vida. Entonces estuve al servicio de la Subsecretaría de Armamento unos ocho meses antes de que se acabara la guerra, encargado de la correspondencia esta, con claves…: escribíamos a Rusia en clave, pasábamos a la embajada española. El señor Pascual era el embajador en Moscú, y pasábamos la información en clave, pedíamos las armas y tal; pero pedíamos… a lo mejor pedíamos tantos tanques, y tal y tal…: «Oficio de acuerdo con su petición de tal y tal… llegará al puerto de Barcelona el barco tal y tal… que llevará trescientos camiones…». No habíamos pedido los camiones, pero nos mandaban camiones, porque sobraban camiones. Es decir, que todo era un rejuego, no era juego limpio aquel, no. De modo que aquello me hizo asociar comunistas y católicos: el dogmatismo, la cerrazón mental, y afirmó mi decisión de no caer en esa línea, porque podía haber caído fácilmente, no.

José Manuel González Herrán.- Porque en ese momento…

José Rubia Barcia.- Las Juventudes Unificadas…, ellos eran eficaces en los frentes. De modo que… eso me afirmó… esa experiencia me afirmó y me acercó a lo que Fernando de los Ríos –a quien se le consideraba entonces importante– expresa en su libro Socialismo humanista, que es una versión española del socialismo, que luego se internacionalizó. Fernando de los Ríos fue el primer socialista humanista en Europa; y, esto, que es una versión española, se correspondía con Pablo Iglesias y con la tradición indígena española del socialismo. De modo que eso me abrió, ya me fijó el horizonte político en esa línea. Bueno, el caso es que un mes antes de que se acabe la guerra, en un bombardeo de Barcelona me hieren. Resulto herido y no le doy mucha importancia…: estaba en el suelo cuando caen las bombas, algo me dio y me lastimó en un brazo; sí, estoy herido en el brazo; en este brazo se nota ahí una especie de cicatriz, ¿ves? Tenía un pedazo de metralla incrustado en ese brazo y el brazo a los seis días estaba hecho una monstruosidad, y no había éter, no había nada; la alternativa a esto, si no hay resultado, era amputar el brazo y por poco me quedo manco como consecuencia de esto. Me operaron en Barcelona: Alejandro Otero hizo que trajeran por avión éter de Valencia para operarme; me operaron en Barcelona, y ya vino la catástrofe final… Entonces la Subsecretaría me encargó a mí que pasara a Francia los archivos de la Subsecretaría y fui a Besalú, que era el centro donde estaban, en la provincia de Gerona, de Besalú a los Pirineos, con los archivos de la Subsecretaría… y con orden de que, si tenía que pasar la frontera, que ya los quemara…, cartulinas y cosas de ésas a montones. En efecto, a la gente que yo me llevé para ayudarme en esta tarea, los mandé a la frontera; me quedé yo solo con todo esto y le puse fuego una noche; pongo fuego y empiezan a caerme los bombazos todos alrededor de la hoguera, en plena montaña…; desde abajo disparaban las fuerzas de Franco ya. Y con una mula, y solo, y el brazo en cabestrillo, pasé la frontera. Y llevaba conmigo, encargado también por el Gobierno, que me habían dicho que vendrían unos pastores navarros, que iban con un rebaño de tres mil ovejas…, que tenían que llevar a la frontera, y que yo me hiciese responsable de la cosa… Todo esto parece esperpéntico y extraño. Pasé la frontera y allí estaba García Gómez conmigo; pasó la frontera conmigo: de hecho, me ayudó a pasar la frontera, porque estábamos en una cabaña de pastores una noche, ya desesperados; no nos dejaba la policía francesa pasar, y él se acercó a la frontera, y vino a propósito para decirme que la frontera estaba abierta y que ya se podía pasar. Había unos cinco o seis mil hombres esperando allí. Y pasamos León Garre, su cuñado y yo. Esto está poetizado en mi libro Umbral de sueños, donde hay una versión poética de esta trinidad que pasa la frontera… Pasamos la frontera, e inmediatamente, al campo de concentración. Campo de concentración: yo débil, muy débil, con el brazo así…, perdí una de mis maletas con la mula que se cayó, y ya no podía cargar con la otra maleta…, y llevo una pequeña maleta conmigo al campo de concentración. Y, esa noche, primera noche en el campo de concentración…, yo me muero en el campo de concentración.

José Manuel González Herrán.- ¿Cómo que te mueres?

José Rubia Barcia.- Sí. Sí, sí, me muero en el campo de concentración. El campo de concentración era en plenos Pirineos, mes de febrero, todo nevado, con una alambrada alrededor y unos cuatro mil hombres metidos ahí, encerrados ahí como ganado. Y llega la noche…; antes de llegar la noche, unos senegaleses negros con ametralladoras que cuidaban el campo tiraban por encima de la alambrada puñados de carne de caballo cocida, y la gente, como los perros, apoderándose de un pedazo de carne…, todo el mundo estaba hambriento. Y esa noche, pues..., las maletas…, el suelo estaba nevado, las cuatro maletas, la de Garre, su cuñado y la mía, en el suelo; sobre las maletas nos encaramamos allí para no estar en la nieve, y surgió una manta del cuñado o de quien fuere sobre las cabezas y allí, a temblar de frío. Yo perdí el conocimiento…, a una hora o dos horas de eso perdí el conocimiento. Esto se lo contaba León Garre (que acaba de morir en Barcelona, fue director del Instituto Balmes de Barcelona), se lo contaba a Eva. Porque yo se lo había dicho. Es tan increíble todo esto que parece una novela. Entonces ellos, el cuñado y él, cuando me vieron que perdía el conocimiento, me desnudaron y me friccionaron con nieve, y volvieron a tal… Entonces yo resucito; a las dos o tres o cuatro horas resucito, temblando de frío y tal. Pero si me dejan, ya nada... Esa noche, esa primera noche, por la mañana, sacaron más de cuatrocientos cadáveres del campo: se habían muerto de frío…

José Manuel González Herrán.- En esa noche.

José Rubia Barcia.- En esa sola noche. Todo esto es pintoresco y tal, no tiene nada que ver con...

José Manuel González Herrán.- Sí tiene, porque es mucho más interesante de lo que podría parecer…

José Rubia Barcia.- Bueno pues, ahora viene todo el episodio de ser derrotado en Francia y lo que ocurre. Casi pasamos un millón de españoles la frontera; Francia no está preparada para recibirnos…, hay un gobierno muy débil, el de Léon Blum; hay crisis económica y, entonces, le digo a León y a su cuñado: «Yo no me quedo otra noche aquí, porque significa que me muero, me voy… yo me escapo como sea, me voy a donde sea». «Pues vamos contigo, pues vamos, pues vamos los tres». En la segunda noche encontramos…; alguien…, esas cosas que pasan…, encontró unos alicates, nos los prestó y esa noche, a la noche siguiente, como a eso de las diez de la noche, con los alicates cortamos parte de la alambrada y deslizándonos, ya de noche, fuimos arrastrando las maletas, fuimos arrastrándonos nosotros, nos alejamos como unos cien o doscientos metros del campo; y, ya lejos del campo lo suficiente para ponernos de pie, nos pusimos de pie, empezamos a marchar, fuimos dando la vuelta al pueblo. El pueblo se llamaba Saint Laurent-de-Cerdans, está en plenos Pirineos, y había una especie de hotel…, pensión…, al otro lado del pueblo…, nos acercamos allí: y a una señora que estaba allí le dijimos que éramos…, que nos habíamos escapado de este sitio, pero que podríamos tener la posibilidad, quizá, de tener… dinero…, de que nos irían a buscar…, que si quería escondernos…, que le pagaríamos. Yo tenía una pluma de oro que me habían regalado mis estudiantes del instituto, y tenía también una Leika, una cámara alemana, y tenía [risas] un corte de traje que pensaba hacerme, que estaba en la maleta. Eso se lo di a la señora, y Garre le dio otros objetos, el otro, otras cosas… y la señora permitió que nos quedáramos… Entonces, salíamos todos los días. Yo escribía a Alejandro Otero, que estaba en Perpiñán, si podía sacarnos de allí. Y todos los días salía uno de nosotros a ver si había correspondencia, o si venía alguien o lo que fuera. Por turno, nos poníamos por turno. Uno de los turnos me tocó a mí…, me cogió la policía y me llevó otra vez al campo de concentración. Entonces, yo me escapé de los policías; y además me había enterado por la señora de que el alcalde era socialista. Entonces, me escapé, me fui al Hôtel de Ville gritando: «¿Dónde está le maire, le maire, le maire…?». Por fin salió el maire y le dije: «Estoy desesperado…, esto no puede ser, y tal…, a mí me condenan a muerte de esta manera…»; le enseñé mi carnet del partido y todas las cosas, y al hombre lo convencí para que me dieran un laissez-passer, que es una autorización para no estar en un campo de concentración, porque en circunstancias especiales se podía hacer eso, en caso de que hubiera ayuda de fuera. Me dio un laissez-passer, le pedí otro para Garre, y otro para el cuñado, y con tres laissez-passer ya podíamos esperar un mes. Otero nos mandó desde Perpiñán un automóvil con una bandera de la embajada belga y un chofer, para que viniera a recogernos, y entonces nos fuimos a Perpiñán. Sigue toda una historia larguísima de incidentes. El caso es que…, fui…, incluso renté en un castillo, un château en Francia; me llevé allí siete u ocho de los más desgraciados... Le escribí a un tío de América (tú lo conociste…, Antonio); y Antonio me abrió una cuenta corriente con fondos ilimitados en la Société Générale. Y entonces yo dije: «Pues ya, con esto me defiendo». Y alquilé un castillo, un château abandonado en Saint Silmont, al noroeste de París. Estábamos en la «Maison des Elephants», en Saint Germain, en las cercanías de París; todos los empleados de la Subsecretaría esperando ser conducidos por avión a Madrid…, íbamos a volver a Madrid. Porque la guerra no se había acabado; el frente se había dividido, pero seguía una parte en nuestras manos. Y estábamos concentrados esperando a que Alejandro Otero nos diera a todos órdenes de tomar los aviones e irnos. Pero mientras tanto, yo no quería ser carga; tenía dinero para vivir allí, pues alquilé ese château y me llevé a algunos conmigo. El jefe del château era un jefe de policía; el jefe de policía me engañó…, quiso cobrarme más después…, y yo le dije unas cuantas cosas… El caso es que dio orden de detenerme y tuve que marcharme corriendo del château. Y nada... Con muchos incidentes, con seguir muchas peripecias, no había manera, busqué salida de Francia, no había manera... Lo primero que hice fue buscar al estudiante sueco. Fui a buscarlo a la residencia, a ver si estaba, porque dije: «Éste probablemente me da una solución pero ya no está, habían pasado dos años y ya no...». Fallaban todas las posibilidades; y, entonces, entre la gente que estaba en París…: éste no había luchado en España…, era un muchacho de La Redonda, de aquí, que me encontré por casualidad y me dijo: «Tú eres de Mugardos, y tal…». En un café, en París, nos identificamos. Yo le dije mi problema; «Mira, lo vamos a resolver, porque yo soy muy amigo del portero de la embajada cubana, que es también gallego. (Esas cosas…: otra vez el destino, esas cosas...). Y yo le voy a hablar». Bueno; entonces le habló, y me dijo que fuera a verle. Fui a verle y me dijo el portero de la embajada cubana… Porque pasaron otras muchas cosas, fui a parar primero a Toulouse, después a Burdeos, después a Limoges.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 04
Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada

Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 04 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- ¿Cuánto tiempo estuviste en Francia?

José Rubia Barcia.- Casi tres meses: dos o tres meses… Luego a Limoges, y de Limoges fue cuando me informaron de que recibía el dinero; mi tío me coloca el dinero, en Limoges, cuando ya me iban a echar del pequeño hotel donde estaba escondido. Y entonces me detuvieron, fuimos al hotel y había un telegrama de Antonio diciendo: «Fondos ilimitados. Société Générale». Volví con el policía a la jefatura y le dije: «Yo puedo irme ya, no soy carga para tal, tal...». Y me dejó que me marchara, con la excepción de ir a París: no podía ir a París. Pero en vez de hacerle caso me fui a París…, buscaba otra cosa. Pero llegué allí a la embajada española, ya en poder de los franquistas: estaba todo cerrado, no me dejaron entrar; ahora…, cómo…, aquí no puedo quedar. Un lío de mil demonios... Por fin resolví la situación, y de las dificultades que tuve después con el château y tal…, me marché a París, dejé pagado un mes; me marché a París, y en París ya empecé las gestiones para salir de Francia, porque me perseguía la policía francesa, por culpa de aquello que había tenido con el policía de Saint Silmont. Y con este contacto de este chico de La Redonda y el portero…, el portero me dice: «Yo no puedo hacer nada más que ponerte en el pasillo de la embajada, dentro, y cuando pase…» (Cuando yo iba en el tren de Limoges a París, en el periódico francés leí que no había embajador de Cuba, la encargada de negocios era una escritora francesa, muy mona, mayor que yo, naturalmente, que se llamaba Flora Díaz Parrado; hacía teatro, literatura y tal… Yo dije: «Hombre, a lo mejor le entro a esta chica de alguna manera...»).

José Manuel González Herrán.- Claro: teatro, literatura...

José Rubia Barcia.- «Cuando ocurra la posibilidad de entrar, te pongo en el pasillo y tú le hablas…». La pobre mujer se llevó un susto padre, porque estaba en medio de la oscuridad esperando a que llegara ella y me acerco, creyó que la iba a matar o algo así. Flora Díaz Parrado: una mujer encantadora, muy conocida después…; murió en París no hace mucho. Flora Díaz Parrado me dice: «Mira, yo no tengo autorización para darte visado». (Yo no tenía pasaporte, conseguí el pasaporte internacional de la Sociedad de Naciones, para los apátridas). Y me dice: «Yo no puedo darte autorización, mi Gobierno no me autoriza. Lo que puedo hacer es darte un permiso mío de entrada en Cuba, y si consigues que la gente de allá lo reconozca, pues te dejan entrar, y si no, pues yo no sé, te las arreglas como puedas». «Déme lo que sea», le dije. Como estaba ya perseguido, me recomendaron un fotógrafo en Meaux, que era comunista y que hacía pasaportes falsos, y cosas de ésas... Fui a ver a este, a este fotógrafo, y me dijo: «Yo te doy documentación para que puedas llegar a La Rochelle sin dificultad». Y este comunista, sabiendo primero que yo no era comunista, un fotógrafo francés, me dio un pasaporte falso para llegar a La Rochelle…; si la policía me…, me… Yo no era español, era húngaro, o no sé lo que era. Bueno, entonces me voy hacia La Rochelle a embarcarme… (Eso también está idealizado en Umbral de sueños). Voy a La Rochelle y el barco está alejado, no está ya en el puerto, salía al día siguiente, yo tengo ya el billete –lo había comprado en París– y me monto en el barco…, una chalupa que me lleva al barco y voy al barco en chalupa. Llego al barco, huyendo de las autoridades de emigración; voy en chalupa de noche al barco. Entro en el barco, y en el barco estaban ya el resto de la Brigada Internacional, la parte cubana de la Brigada que regresaba a Cuba. Iba un especialista en niños, un médico español…, iban algunos emigrantes…, iba gente rica en primera y tal…, y allí nos metemos en ese barco. Era un barco del que Francia se había apoderado en la Primera Guerra Mundial, un barco muy viejo, mitad de mercancía y mitad de pasajeros. Y con eso me dirijo a Cuba; me enfermo por el camino, me cuida el médico este español, de vez en cuando; reponiéndome, me voy a primera y juego al póker con algunos de estos emigrantes ricos que volvían…; tengo ya una pequeña relación social…, vuelta a la normalidad…, la brigada cubana cantaba canciones cubanas hasta mitad del Atlántico; a partir de mitad del Atlántico para allá cantan canciones españolas. Todo un mundo muy curioso. Y llega al puerto, llega el barco a puerto y sube Inmigración y me dice: «Usted no puede desembarcar, de modo que tendrá que seguir en el barco (el barco iba a Chile), tendrá que seguir en el barco hasta Chile: este documento no sirve».

José Manuel González Herrán.- El documento de la Flora, ¿no?

José Rubia Barcia.- No sirve, no lo quieren reconocer. Pero otra vez las casualidades..., el destino…, la casualidad…, el hado…, lo que determina lo que vamos a hacer en la vida… En mi caso, y en mi generación, en toda mi generación, somos lo que somos porque no había otra solución. Algunos tenemos suerte si coincide con los de uno, otros no tenemos suerte, pero…

José Manuel González Herrán.- Pero no habíais hecho vuestro destino.

José Rubia Barcia.- No, lo de Ortega, «la vida, proyecto vital», eso se nos niega. No hay tal cosa.

José Manuel González Herrán.- La generación que más siguió a Ortega…

José Rubia Barcia.- Seguramente… Pero no hay tal cosa: somos víctimas de algo en lo que no tenemos gran responsabilidad…, las circunstancias... Bueno; yo estoy en La Habana, y llamo a mis tíos, que vengan a visitarme…, los dos…: tenía dos tíos. Da la casualidad que mi tío mayor –ya muerto–, José, no estaba muy bien económicamente. Era maestro masón en una logia cubana, en la que era aprendiz Batista. Y el otro, Antonio, había sobornado ya…, había dado no sé cuantos cientos de dólares a las autoridades de Inmigración para que permitieran a un abogado y a ellos subir y bajar al barco. Mientras tanto, los periódicos cubanos, a voces, diciendo: «Intelectual español tal…, detenido en La Habana…, tal…». Ya estaban los periódicos anunciando que yo tenía problemas en La Habana. Pero en ese momento se me ofrecen tres posibilidades. Primera posibilidad, venía un Herr Cartafund, que era profesor en la Universidad de Quito: era alemán, antinazi, y me dice: «En Quito hay posibilidad de utilizarte en la Universidad. Cuando lleguemos a las costas de tal, y yo desembarque en Guayaquil, pues nada, tú te vienes conmigo y yo te meto…; estoy seguro que te meto en la Universidad. No te preocupes: si esto no se resuelve, a Guayaquil». Otro, un catalán que tenía negocios en Lima, me dice: «Mira, yo tengo un gran problema…: tengo tres hijas, todas en edad casadera; tengo mucho dinero, tú eres español y yo te caso con una de mis hijas y eres director de mis fábricas». Y dos muchachos que iban a crear una editorial teosófica en Santiago de Chile: «Tú te vienes con nosotros, hombre, a la teosofía; nada, te vienes a Chile a nuestra editorial…, tendremos seis…, nada no te preocupes…». Pero, mientras tanto, mis dos tíos están trabajando; y, por fin, ni voy a Chile, ni me caso con la peruana, ni… Entonces me dejan desembarcar, pero me llevan en un bote al campo de concentración, provisional, mientras el barco no vuelve para recogerme; no me dejan desembarcar en la ciudad. Entonces me llevan a una cosa que se llama Triscornia, que está lleno de chinos, todos chinos; el único blanco que había allí era yo; y ya el primer día nos hacen desfilar desnudos, en pelotas, para las duchas. Era como un presidio, pero todos amarillos menos yo. Ya te digo, todas estas cosas, no sé si algún día (risas)

José Manuel González Herrán.- Aquí hay muchas novelas. Material para...

José Rubia Barcia.- Claro, por eso te digo que depende de lo que te interese más, porque tanto material, tanta cosa… Entonces ya, cuando llegué a Cuba, yo tenía una carta para un muchacho, también gallego; se llamaba Vázquez, cuentista, que escribió…, se ha publicado aquí en España un libro de cuentos suyos…; se fue refugiado a Venezuela, con la revolución de Castro; pero era gallego y era el que estaba encargado de la página española del periódico El Pueblo, en La Habana. Y era la única persona…: el de La Redonda me había dado las señas de ese…; y cuando ya me soltaron, a los cinco días, me dejaron salir del campo este, y ya me fui con mi tío el joven, y ya me disfrazó de cubano, porque yo llegaba con un traje francés absurdo para un clima tropical y tal…, y él me vistió, me desnudó y me vistió: me hizo adaptarme a la cosa…, me dio un lugar donde yo podía vivir y empezar a respirar, y me fui a ver a este chico. Este chico en seguida me dio una carta para un profesor joven de la Universidad de La Habana, y a los quince o veinte días de estar allí daba un ciclo de conferencias en la Universidad de La Habana.

José Manuel González Herrán.- ¿Sobre qué eran?

José Rubia Barcia.- La cultura arábigo-española. Hice un ciclo de conferencias sobre cultura arábigo-española en la Universidad, que tuvo mucho éxito; y, ya entonces, el grupo de refugiados allí era pequeño, pero allí estaba Ruiz Funes, catedrático de Derecho, de Murcia…; estaba cuando yo llegué; estaba Mira López, que era un psicólogo importante, catalán…; estaba Manolo Altolaguirre, Bernardo Clariana…; había uno que murió aquí, un gallego, Ángel Lázaro, que escribió…

José Manuel González Herrán.- Sí, sí…

José Rubia Barcia.- Bueno, de modo que había allí un grupo…; estaba Ferrater Mora, el filósofo. Y entonces se nos ocurrió organizar una Universidad Libre. No teníamos dinero para hacer eso, pero Altolaguirre conocía a una multimillonaria cubana, con la que se casó después, después de divorciarse de Concha; multimillonaria, trescientos o cuatrocientos millones de dólares, y esta mujer decidió financiar la creación de la Escuela Libre de La Habana. Y fundamos la Escuela Libre de La Habana. Uno de los segmentos de la Escuela era la Escuela de Artes Dramáticas. Había varios refugiados europeos también, de fama internacional, que eran directores de teatro, estaba un tal Sajovich, que había sido discípulo de Reinhardt; un argentino que había estudiado en Rusia, y otro muchacho asturiano que también había hecho teatro… Un grupo de gente…: fundamos eso, y acabé siendo yo el director de la Escuela Libre de La Habana; fundador de la Academia de Artes Dramáticas, con temporadas teatrales en Cuba, con permanente en la Escuela de Verano de la Universidad, conferencias ocasionales aquí y allá… Hice radio, con unas adaptaciones mías de novelas radiales y montones de cosas. Y estuve metido en faena ya en Cuba cuatro años. Enseñé Gramática Histórica en la Universidad de La Habana…, muchas cosas…, una multiplicidad de actividades. Y me conocían ya, en toda La Habana me conocían; llegué a ser muy conocido en Cuba. Casi no pasaba semana en que yo no apareciera en el noticiario cinematográfico, dando conferencias o haciendo lo que fuera, y mis obras de teatro, mis montajes eran excepcionales; la Asociación de la Prensa Cubana me dio el Premio Nacional de Montaje, porque monté la Fiesta de los Villancicos en la Plaza de la Catedral, usando toda la fachada de la Catedral…; una cosa impresionante: me dieron el premio de montaje de dirección a una obra de teatro allí.

José Manuel González Herrán.- ¿Qué motivó este redescubrimiento de la vocación teatral? Porque de hecho…, claro…, tú habías tenido alguna experiencia, pero no era, no había sido muy importante, ni muy intensa...

José Rubia Barcia.- Exacto. Lo motiva el hecho de que a mí me interesaba el teatro, que yo había escrito ya mi Tres en uno: no sé si tú lo has leído.

José Manuel González Herrán.- No; me has hablado de él, incluso me has hablado de que es tu primer libro.

José Rubia Barcia.- Sí, claro, claro… Yo lo había escrito, lo había terminado en Barcelona antes de salir…

José Manuel González Herrán.- Durante la guerra.

José Rubia Barcia.- Durante la guerra y ese libro…

José Manuel González Herrán.- ¿Con intención de publicarlo solamente, o de que lo representasen?

José Rubia Barcia.- Sin intención…, para escribirlo… Lo escribí porque me parecía una cosa fundamental –y me sigue siendo pareciendo fundamental– para un cambio total en la manera de estar España en el mundo. Entonces escribí ese auto sacramental, un «auto sacramental al revés». Llegué a La Habana y, entonces… Manolo Altolaguirre, con la ayuda de esta millonaria, había montado su imprentita, y yo le enseñé a Manolo Altolaguirre el auto sacramental: «Esto lo publico yo». Inmediatamente lo publicó él en la colección «La Verónica» en La Habana. Tuvo un gran éxito. Es un auto sacramental que provocó sensación, no sólo en Cuba, sino en toda Hispanoamérica; y tanto trascendió la cosa, que quisieron montarlo los nazis, como un testimonio anticristiano. El auto no es anticristiano, es otra cosa; pero los nazis querían utilizarlo como un testimonio anticristiano. Y Altolaguirre me preguntó, y yo le dije: «No, no; ya esto no».

José Manuel González Herrán.- Hasta aquí no.

José Rubia Barcia.- Y no lo montaron. Pero se mandó la edición a México, la distribuyó allí Edhasa, que era la distribuidora más importante de los españoles, y se agotó, tuvo un gran éxito. Ya me di a conocer, colaboraba en la prensa también: en Carteles colaboré…, en Bohemia, en el periódico El Pueblo, de mi amigo el gallego. Era periodista, director de teatro, catedrático de Universidad, un montón de cosas… Y me sentía muy a gusto allí. Pero cuando fracasó la Escuela Libre de La Habana…, fracasó…, la Escuela Libre de La Habana fracasó…, fracasó por cosas que son… Hay cosas que se pueden decir y cosas que no se pueden decir. Fracasó porque no accedí a un soborno al que quería someterme el Ministerio de Instrucción Pública: querían ofrecerme una subvención de varios miles, de ciento cincuenta mil dólares al año, pero yo tenía que firmar que…, firmar por los ciento cincuenta mil, pero recibiría sólo cincuenta mil. Y yo dije: «Esto lo llevo al Claustro; explicaré la cosa, y si alguien quiere aceptar…».

José Manuel González Herrán.- ¿Cómo se financiaba eso (aparte de la subvención de la millonaria)?

José Rubia Barcia.- Los estudiantes, claro… Allí empezó a funcionar la Academia de Artes Dramáticas, porque era la única cosa que nos daba dinero, y yo era el director de la Academia de Artes Dramáticas. No era exactamente una especie de teatro, no exactamente profesional, pero profesionalizado en la medida en que se financiaba... Claro, y entonces eso tuvo éxito, mucho éxito. Es la primera Academia de Arte Dramático que hubo en el mundo hispanoamericano y aquello tuvo una gran repercusión en toda Hispanoamérica, y algunos de los actores y directores que han salido de mi academia son famosos. La mejor actriz de arte dramático que tiene ahora México es la Carmen Montejo, que empezó conmigo a los quince años, es la mejor actriz de arte dramático.

José Manuel González Herrán.- Y ya en aquella academia, aparte de montar determinados textos teatrales, teníais actividades de clase, etc. Aparte de dirigir, les dabas clases.

José Rubia Barcia.- Claro, naturalmente: clases de interpretación, clases de dicción, clase de montaje, de modo que había incluso clases de escenografía, voz, impostación de voz, todo, era una completísima academia. Y eso fue lo que nos salvaba.

José Manuel González Herrán.- En La Habana no habría otra cosa…

José Rubia Barcia.- Nada, no había nada, nunca había habido nada, ni en Hispanoamérica, nada similar. De modo que… han hecho una tesis doctoral sobre mi actividad teatral en La Habana. Llegué a ser muy conocido como director de teatro. Esto fue en gran parte…, esto tiene una continuidad…, pero se interrumpe…; porque llega un momento en que con todos los esfuerzos que yo hacía allí, el trabajo que desempeñaba y las responsabilidades que tenía, no ganaba lo suficiente para vivir. Entonces me invitaron de Middlebury, en los Estados Unidos, a que fuera a dar un curso de verano a los Estados Unidos. Pero la Universidad no me dejó ir, porque yo tenía un contrato para enseñar el verano aquel y no podía ir a los Estados Unidos. Entonces fue en mi lugar un poeta valenciano, Bernardo Clariana, muy amigo mío: «Mira vete tú, si quieres»; di su nombre y fue. Pero este Bernardo Clariana, al que conocía mucho, va a Nueva York, después de Middlebury va a Nueva York y se le ocurre ir a visitar a don Américo a Princeton. Yo había conocido a don Américo en el Centro de Estudios Históricos, porque cuando yo andaba buscando trabajo, una de las cosas que hice fue ir al Centro de Estudios Históricos; pero me ofrecían cien pesetas al mes por hacer fichas. «Con esto no voy a ninguna parte». Entonces don Américo se alteró un poco conmigo…, yo hablé con don Américo… entonces, lo conocí allí. Pero Bernardo Clariana le habla a don Américo de mí, y le habla de que yo di unas conferencias sobre cultura arábigo-española, que yo era arabista, que había empezado a estar interesado en el mundo árabe. Entonces recibí una carta de don Américo diciéndome que si me interesaría ir a Princeton, a la Universidad de Princeton, como lector, y que ya veríamos qué daba el futuro y tal. Bueno, pues yo me dije: me voy a los Estados Unidos. Era un contrato de meses para empezar. Y allá me fui. Pedí tal en la embajada, en la embajada cubana había un español que había sido general en nuestra guerra, y que era un agente secreto de Inglaterra, y después de los Estados Unidos, se llamaba Durán; y este español me llevó a un cónsul que estaba borracho; me dijo que sabía español, y lo que sabía eran las palabras: coño, carajo, tal… Por fin, me dan un visado para entrar en los Estados Unidos. Entonces tomo un avión, me despido de todos, me hacen un homenaje en Cuba, de salida, una fiesta los intelectuales cubanos. Me hice íntimo amigo de Raúl Roa; Raúl Roa le puso un prólogo a mi auto sacramental, hombre extraordinario, inteligente y tal... Y desembarco en Miami. No hago más que desembarcar del avión.., entro en el aeropuerto y una voz: «Mister Barcia, mister Barcia». ¿Quien me llama a mí? ¿Quien me conoce aquí?: el servicio de inteligencia; y me están interrogando durante cuatro días. Lo más probable…, me hacen preguntas estúpidas a mí, ya me cabreo con la cosa y digo: «Yo no contesto ninguna pregunta más». Y sin permiso de nadie…, me habían dicho que me quedara en el hotel esperando decisiones, me fui a la playa, ¡que demonios! Primer contacto con las dificultades americanas. Entonces llamo por teléfono a don Américo y le digo: «Mire usted, pasa esto; me están deteniendo aquí, interrogando aquí, al parecer soy un hombre muy peligroso y tengo muchas dificultades para entrar, de modo que...». «No se mueva usted de ahí, tal y tal.., pues voy hacer aquí…, porque eso es injusto, bueno…». Entonces se movió, había un coronel…; había entonces una cosa que se llamaba, un programa que se llamaba ASTP, abreviaturas de Servicio de Preparación de Oficiales del Ejército en lenguas extranjeras. Estabamos en plena guerra, y este coronel…, habló con don Américo…, fue a Washington…, entonces me dejaron entrar bajo fianza, no libremente, bajo fianza; provisionalmente me dejaron entrar, y así entré en los Estados Unidos.

José Manuel González Herrán.- ¿A qué pudo ser debida esa retención?

José Rubia Barcia.- Pues a que…, yo no sé exactamente a qué fue debido; pero, por el tipo de preguntas…; allí no hay, no había entonces, distinción entre socialismo y comunismo. Para los agentes de… todos los refugiados españoles éramos rojos, éramos comunistas. Y los empleados de Inmigración habían recibido información secreta de La Habana, los comunistas estaban un poco contra mí, pero yo no sé quién les dio la información, si el agente español de la embajada, o el otro. El caso es que alguien dijo que yo era peligroso y bastó eso para complicarme la vida. Entro vía Princeton, tengo mucho éxito en Princeton, con don Américo… conversaciones interminables sobre el mundo arábigo-español... Él no había publicado aún…, pero estaba trabajando sobre ello. Estaba trabajando sobre esa cosa… Entonces, todavía estaba de acuerdo con Claudio Sánchez Albornoz, porque le escribió…; él escribió diciendo que yo decía tal cosa sobre la batalla tal… y que tal... Entonces Sánchez Albornoz contestó…, una cosa entre él y Sánchez Albornoz… y que yo estaba en medio, porque yo buscaba las fuentes y le ayudaba en su investigación y tal. Y me estoy en Princeton un año casi, pero me llaman de la Oficina de Información de Guerra, porque se enteran de que yo soy hombre que había hecho radio en Cuba, hombre de publicidad, teatro, todas esas cosas, y, entonces, me ofrecen ser «la Voz de América para España». Y me bautizan de nuevo, y me nombran, y me dan el nombre de Andrés Aragón. No soy, soy Andrés Aragón. Y hablo todas las semanas una cosa mía, directa, para España, que me censuran o no me censuran…, la censura militar. Y preparo ocho programas diarios de noticias en español para España. De modo que en el On the road español se suponía que había gente aquí que escuchaba estas cosas y, yo, era el encargado de todo esto.

José Manuel González Herrán.- ¿Lo leías tú mismo?

José Rubia Barcia.- No, las noticias no. Tenía cuatro o cinco mecanógrafas y taquígrafas y tal...

José Manuel González Herrán.- Lo decía por si no tienes noticias de que nadie reconociera tu voz.

José Rubia Barcia.- Los comentarios los leía yo. Tuve éxito aquí, pero nunca me reconoció nadie. Andrés Aragón era un español que hablaba desde Estados Unidos, y hablaba para España, y naturalmente, con autorización para combatir la cosa de España. Puse la condición: «Yo acepto, siempre que se me permita hacer propaganda pro democrática, antidictatorial». «Sí, claro, naturalmente, no faltaría más. Estamos luchando contra Hitler». Muy bien; y yo encantado, me pagaban muy bien, encantado con eso. Pero un buen día el teletipo (yo tenía un teletipo a mi derecha) de las secretarias…, yo tenía un despacho inmenso allí...; el teletipo me trae un discurso de Churchill que no me acaba de convencer, en el que daba las gracias a Franco. Decía: «Franco, un caballero español respetuoso de la neutralidad, no sólo no nos ha perjudicado, sino que hemos contado con su ayuda por negarse a que Alemania invadiera…, que Alemania pasara por España y se apoderara…»: un elogio tremendo. Y me llega eso en el teletipo; por llegar en el teletipo yo tenía que incorporarlo a las noticias. Y, problema de conciencia: ¿qué puñetas hago yo con esto? Les dije a todos mis empleados: «Paralizamos el trabajo, aquí no trabaja nadie». Me voy a ver al jefe de Europa, que tendría treinta y cinco o treinta y seis años; tenemos un careo de mil demonios, porque le dije: «Mire usted, yo no estoy aquí para elogiar al hombre que me ha empujado a estas circunstancias, yo me niego a traducir esto y a mandarlo a España y a comentarlo. Yo me niego terminantemente: ahora, ¿qué alternativa hay?». Se enfureció conmigo, me dijo que yo estaba con un esplendoroso sueldo, que me pagaban muy bien, que debía estar agradecido por no estar en el frente muriendo. «Y usted debe estar avergonzado de estar aquí sentado, que es americano; yo en mi país hice lo que me mandaron». Un altercado y tal, me despachó de la cosa... Solución –no admitieron mi dimisión–: ser expulsado por incompetente. Me despacharon por incompetente. Así salí de la Oficina de Información de Guerra. Tengo cartas de felicitación de Davies, el director; el asunto llegó a Roosevelt, se discutió el asunto con Roosevelt, lo que había pasado conmigo; toda la cosa fue un escándalo; pero, a la calle. Entonces, y ya en la calle en Nueva York, y sin saber qué hacer ahora: yo tenía un proceso para la entrada legal en el país, con todo mi expediente en el Canadá. Vinieron a España agentes de los Estados Unidos, buscando mis antecedentes en España, para el proceso mío de entrada legal, por sugerencia de la Oficina de Información de Guerra para la que yo trabajaba. Y ya todo esto se paraliza, y entonces a Buñuel, que estaba en Nueva York entonces, acaban de expulsarlo también; lo expulsan también; y entonces me llama Buñuel…: yo no lo conocía…

José Manuel González Herrán.- No lo conocías.

José Rubia Barcia.- No lo conocía de nada. Le hablan de mí, le dicen que era director de teatro, que había hecho tal, que había trabajado en radio, que sabía de esto y que me habían expulsado de esta cosa... Entonces me llama y voy a su casa. Estaba acostado con un ataque de ciática, comiendo hierba del campo, porque era lo que le había recetado un brujo, y él era muy aficionado a esas cosas. Hablamos, parece que le caigo bien… y me ofreció trabajo en Hollywood. «A mí me ofrecen ahora…, la Warner me ofrece ser productor de doblajes en español y tú te vienes de director». Y me ofrece un contrato; pero me ofrece tan poco sueldo, y yo digo que no. Y entonces se enfureció conmigo: «Entiéndete tú». Yo había ganado mucho más de lo que me ofrecía...

José Manuel González Herrán.- Aunque en aquel momento no tenías nada.

José Rubia Barcia.- Nada, no tenía nada... Entonces me dice que me entienda con el gerente de la compañía directamente. Y fui, y me ofreció el contrato en muchos mejores términos que él; me contrataron como actor, director y escritor en Warner Brothers. Con los tres títulos fui a Warner Brothers con excelente sueldo, me compraron un billete en coche-cama, con cama, y bar, y todas las cosas en el tren de lujo… y allá me voy a Hollywood a trabajar con Buñuel. Bueno, esto sigue y sigue y sigue.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 05
Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada

Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 05 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- ¿Cuanto tiempo estuviste en Hollywood?

José Rubia Barcia.- Estuve desde fines del cuarenta y tres hasta…, bueno hasta hoy, porque Hollywood es parte de Los Ángeles. J. M. G.- H.- Me refiero a la industria del cine...

José Rubia Barcia.- Estuve dos años, hasta el año cuarenta y seis, quizás enero del cuarenta y siete.

José Manuel González Herrán.- Y en ese tiempo ¿que hiciste para el cine?

José Rubia Barcia.- ¡Uy!, hice al menos veinte doblajes, hice de Gary Cooper en unos doblajes, como actor; dirigí unas veinte películas; hice también radio; monté también una Academia de Artes Dramáticas en Hollywood, para gente de habla española…, para preparar actores y estaba muy bien.

José Manuel González Herrán.- Esas películas que se doblaban al castellano en Hollywood, ¿iban para Sudamérica?

José Rubia Barcia.- Para Hispanoamérica. Irónicamente, yo podía haber sido marido en Perú y casarme con la de Lima…; podía haber sido actor en Hollywood…; podía haber sido director de radio... Las posibilidades: yo dependía de lo que hiciera, de que me echaran, me dejaran o lo que fuera, pero yo no tenía dominio sobre lo que iba a hacer. Pero, irónicamente, me quedo sin trabajo en Hollywood, y Buñuel conmigo, porque teníamos demasiado éxito. El secreto de haber perdido el trabajo fue el éxito que teníamos. Porque estaban tan bien dobladas nuestras películas que estaban arruinando a la industria cinematográfica de México y de la Argentina. Entonces los gobiernos de México y de la Argentina pidieron a Roosevelt que, como un gesto de buena voluntad, terminara con el doblaje en Hollywood, para permitir la industria aquella desarrollarse. Porque pequeños pueblos y ciudades que no podían aceptar películas americanas en inglés aceptaban las películas dobladas y tenían un gran éxito y gustaban más que las nacionales; entonces, accediendo a la petición de los productores mexicanos, el gobierno americano, como gesto de buena voluntad, acabó con el doblaje y nos dejó a la calle. Pero mientras tanto yo había sido ya arrestado, detenido por las autoridades de Inmigración, por entrada ilegal en el país y con un proceso de expulsión del país, de expulsión a España. Nombré un abogado que me defendiera y entablé un pleito contra el Gobierno: que había entrado legalmente, que no había entrado ilegalmente, que había solicitado tal, me habían pasado unas cosas, pero yo no era responsable de lo que me había pasado y entablé el proceso… Pero se acaba lo del doblaje, me quedo sin trabajo y con un proceso encima. Buñuel me dice: «Vente conmigo, trabajas conmigo como escritor en México». Voy a Inmigración y digo: «Quiero irme a México». Me dice: «Si se va, es como fugado de la justicia americana, usted verá». Me había casado ya, de modo que estaba por un lado casado, por otro fugado; si me voy, fugado. Dije: «Nada, a luchar contra el Gobierno americano». Tardé diez años en ganar el pleito, pero lo gané. Pero todos esos diez años pagándoles a abogados para que me defendieran, con entrevistas en Washington, Inmigración otra vez… Una vez me mandaron al Canadá para recoger el visado, y a la vuelta, encarcelado otra vez; en Seattle me metieron en la cárcel, para expulsarme otra vez. Me dieron quince días para salir del país, pero ya casado y toda la cosa... Entonces me volví a Los Ángeles; pero ya estaba en la Universidad. Yo entré en la Universidad en el año 1947. Dije: «Bueno, ya que no puede ser…».

José Manuel González Herrán.- Al terminar el asunto del cine.

José Rubia Barcia.- Y mi academia fracasó también…; y ¿que hago ahora? Tenía una carta en el bolsillo de don Américo para César Barja, que enseñaba en la Universidad de California. Entonces yo no la había entregado; entre otras cosas, porque llegué allí y me enteré de que César Barja era reaccionario y franquista. Entonces dije: «No voy a ver a este señor», porque a un exiliado español muy conocido, Ramón Iglesias (historiador, no sé si lo conoces…: ha escrito trabajos fundamentales sobre la colonización española en América); pues a este hombre se negó a recibirlo. Entonces yo dije: «No voy a ver a este hombre». Pero ya con la presión de las circunstancias, ¿por qué no? Cogí la carta y a ver qué pasa… Primer intento que hice de volver a una universidad. Para entonces yo había escrito en periódicos y revistas, había publicado pequeñas cosas. Entonces ya lo llamé por teléfono: «Mire usted, soy español, tengo una carta de don Américo, la tengo en mi poder desde hace dos años…, estuve trabajando en estas cosas del cine… ¿no habrá alguna posibilidad en su universidad, de que me utilicen en su universidad?». Entonces me dijo: «Bueno, vamos a vernos, y tal...». Y le dije: «Dónde quiere usted que le vea». «Pues en la esquina de…»: en plena calle, en una esquina. Bueno, yo fui allá y le di la carta. «Bueno ya veré yo lo que hago con esto». Se marchó. Me cayó mal…; gallego…, era de Guitiriz, y me cayó mal. La recepción aquel día no me gustó. Y entonces: «Bueno, olvida esto, a ver qué más puedo hacer…». Mientras tanto, no podía salir de Los Ángeles tampoco; estaba detenido en la ciudad: en libertad, pero no podía dar una conferencia, ni ir a otra universidad, no podía hacer nada. Entonces pasaron como dos semanas y me llama por teléfono y me dice: «El jefe del Departamento de Portugués se ha interesado en su caso; yo le entregué la carta, pero necesita más datos y quiero verle. ¿Dónde puedo verle?». Le dije que «En el mismo sitio que usted me citó a mí». Y vino. Entonces hablamos otra vez, le di más datos y más cosas. Y yo había publicado ya artículos en Cuba, en México, ensayos... Entonces al cabo de un mes o mes y medio me llamó el jefe del Departamento: en una recepción de colegas de toda la Universidad, han decidido aceptar mi solicitud y me nombraron Instructor de Universidad. Y ése fue el comienzo de mi carrera académica. Ya a los diez años yo era Profesor Asociado, ya tenía clases graduadas, y empieza mi carrera académica; en literatura, claro, no había otra solución. Pero pasaron ocho años…, siete años…: a los siete años ya tenía el puesto permanente; ya no me podían echar, de modo que a seguir trazando, en cierta medida… César Barja fue mi mejor amigo después.

José Manuel González Herrán.- Es lo que iba a decirte, quería preguntarte por esa información que tenías…

José Rubia Barcia.- No, no. La información que tuve sobre él me la explicó él mismo, dijo: «Estaba lastimado con la República porque llevo años de esfuerzo de hispanismo, y no me han hecho el menor caso. Porque en Francia, por ejemplo, a los mejores profesores los condecoran con el collar de tal…, otra cosa…, los reconoce Inglaterra…; todos los países. España no hace el menor caso de uno».

José Manuel González Herrán.- Él llevaba mucho tiempo ya en Estados Unidos.

José Rubia Barcia.- Claro: él se había ido con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios en la Primera Guerra Mundial. Con motivo de la guerra no pudo ir a Alemania y en vista de eso se fue a los Estados Unidos, en vez de ir a Alemania, y ya entonces se quedó en los Estados Unidos, por casualidad. Él era abogado, no era hombre de letras; se quedó, primero enseñó en el Smith College y luego se fue a California, y fue de los primeros profesores de la Universidad de California que establece el programa graduado. Un hombre inteligentísimo, de gran sensibilidad y bellísima persona. Llegué a ser su mejor amigo y su hombre de confianza. De hecho entre las experiencias desagradables que tengo en mi vida, pues… [aquí se corta un pequeño fragmento, acaso al dar vuelta a la cinta…] (...) gravemente enfermo… Entonces me dijo que quizás no volvería a la cátedra, que se sentía muy mal…, y que quería que yo le sucediera en la cátedra. Allí hay la posibilidad de que un profesor ilustre elija a su sucesor, lo proponga. Pero entonces me dijo: «Yo quiero… (le habían hecho una operación…) yo quiero que tú des mis seminarios; pero, si no te importa, como yo soy todavía el jefe de la Cátedra…, lo vas a dar en mi biblioteca, en casa». Dije: «Pues muy bien». Y me encargo de sus seminarios. Pero lo que yo no sabía era que él iba a ser testigo de mis seminarios, que iba a estar presente en su biblioteca, en su sillón, como si fuera un estudiante, escuchándome a mí. Aquello era una prueba de abrigo… ¿no?, con los estudiantes, candidatos doctorales. Me tuvo así como casi un año, hasta que se murió. Me había dicho que me dejaba toda su biblioteca, que yo sería su…; en efecto, pasé a ocupar su lugar: una vez que se murió, pasé yo a ocupar su lugar en la Universidad. Su mujer era muy rara, muy extraña…, una mujer increíble de rara, hablaba con acento francés. Cuando se muere Barja, yo fui a verlo al hospital; yo arreglé las cosas de funerales, no tenía hijos; y, cuando se muere Barja, la mujer me llama por teléfono y me dice: «Oye, mira (con acento francés), ha pasado una cosa terrible, terrible, pero por fin voy a poder dormir esta noche, se me ha muerto César». Bueno, el caso es que se muere César Barja, y yo fundé, también en el Departamento, la «Biblioteca César Barja», con sus libros. Pero los libros que no pudo vender ella, pues los regaló a la Universidad, y entonces yo fundé en mi Departamento la «Biblioteca César Barja», con los libros de Barja. Fuimos muy buenos amigos y yo le estimaba mucho, después de aquel encuentro tan tormentoso y tan… Había sido porque estaba lastimado por la indiferencia que en España se había mostrado hacia él. Pero da la casualidad de que yo había leído sus libros en Granada: de alguna manera llegaron a la Facultad en Granada y yo, de estudiante, me había leído sus tres libros…Y me había leído el trabajo sobre Rosalía…, pero los tres los tengo. Luego me regaló toda su obra; me la regaló y tengo, el único, un libro de poemas escrito por él, que no se ha publicado; lo tengo yo allá y muchos papeles de él, que me dejó. Yo escribí la nota necrológica que salió aquí en la Revista de Filología Española, cuando se murió. Me la pidieron y la mandé… De modo que fue una amistad. Y ya seguí…

José Manuel González Herrán.- Lo que te iba a decir es que, comparando tu biografía de exilio con las usuales, es bastante poco convencional; porque es muy corriente el intelectual, profesor, investigador, que termina la guerra, sale y, digamos, pasa del sillón que ocupaba en Madrid a otro en otro sitio y continúa esa vida…

José Rubia Barcia.- Pero no olvides que yo era muy joven, que yo no era conocido. Es lo que me pasa ahora en España, exactamente igual, que no soy conocido.

José Manuel González Herrán.- Así y todo hay un carácter distinto, porque el curriculum de actividades…; cuando a ti te preguntan: «¿profesión?», ¿pones la que ejerces o las que has ejercido? Cuántas profesiones puedes poner en tu ficha, ¿no?

José Rubia Barcia.- Eso es verdad; pero otra vez digo: no hemos sido dueños de nuestra vocación ni de nuestro destino. Yo he dado todo lo que he podido en aquello que la vida me obligó hacer. Y es por casualidad que terminé de profesor de universidad en los Estados Unidos; podía haber terminado de otras muchas cosas. Es por casualidad; podía haber terminado… yo qué sé de qué, porque mi tío en Cuba quiso meterme en su negocio: «Mire yo no sirvo para eso de exportaciones, importaciones…, yo no sirvo para eso». Pero, desesperado, podía haberme metido ahí y ahora, a lo mejor ahora sería rico, si me dedicase a importaciones / exportaciones, que era lo que hacía él en Cuba. De modo que hay una serie de aperturas en mi vida…, esta puerta…, ésta…, ésta…, aquélla…, a veces simultáneas, qué es lo que voy a hacer…

José Manuel González Herrán.- ¿Y eres consciente de que has abierto tú esas puertas o muchas veces te las han abierto?

José Rubia Barcia.- No, no: me las han abierto. Yo no las he abierto.

José Manuel González Herrán.- Probablemente quedes con la duda de que a lo mejor hubiera sido preferible ir por aquí, ahora…

José Rubia Barcia.- Hubo un momento en que pude…, porque tuve mucho éxito después con doblajes de películas en Hollywood, ya sin Buñuel: doblé películas del alemán al inglés. Y con un poeta amigo mío, Edwin Rolfe, gran poeta, que es el autor de una elegía que escribió al comisario político de la Brigada Lincoln en España; lo había conocido aquí; un chico encantador que fue víctima del macarthismo; el mismo macarthismo que me persiguió a mí lo persiguió a él; pero a él le costó la vida, le dio un ataque al corazón el día en que tenía que comparecer.

José Manuel González Herrán.- A ti también te persiguió...

José Rubia Barcia.- Ése es el periodo del macarthismo.

José Manuel González Herrán.- Es el momento de precaución ante la infección comunista que podía llegar en cualquier momento.

José Rubia Barcia.- Esto es, esto es... Bueno, yo intenté todas esas cosas, y llegué a tener mucho éxito, y además pude…, si hubiera querido, si me lo hubiera propuesto… Ingresé en la Asociación de Escritores de Hollywood. Escribí unos cinco o seis guiones de películas, una con Buñuel. Para salir del apuro él y yo nos fuimos a las montañas y juntos escribimos un guión que íbamos a intentar colocar en el cine. Si hubiéramos colocado ese guión, probablemente hubiera sido guionista de cine, por lo menos para empezar. Luego tuve la ocasión de ser técnico…; por ejemplo: Elia Kazan, el director de la película Viva Zapata, me llamó para que yo fuera técnico en la película Viva Zapata; y, luego yo traduje doce o trece versiones de Viva Zapata, con añadidos míos para mejorar el argumento de Steinbeck; porque era mucho mejor la primera versión de Steinbeck que lo que resultó después. Pero estuve metido en los estudios: me quiso contratar la Fox, trabajé para la Fox, trabajé para la Warner, trabajé para distintos estudios; y podía…, de habérmelo propuesto, podía haber optado por ser actor, porque también estuve en el sindicato de actores, en el sindicato de escritores, y en el sindicato de directores: entré en los tres sindicatos. Podía cuajar en cualquiera. Esa posibilidad fue muy real, pero entonces yo pensé (todavía no me había casado): «Bueno, esta vida en Hollywood totalmente amoral, en fiestas totalmente aburridas, con acceso a bellezas todos los días; esto me lleva a una vida que no me acaba de atraer…». Y entonces decidí que no. Mi mujer, Eva, fue actriz, actriz de niña ya…, iba camino de hacer carrera como actriz en Hollywood; yo la contraté a ella como actriz para el doblaje, pero trabajaba ya en películas en directo, y ya había hecho pequeños papeles. Cuando yo decidí que aquello no podía ser, ya la conocía, le dije: «Mira, yo me caso contigo y tú te casas conmigo; tú renuncias a tu profesión de actriz y yo renuncio al cine». Pensé en volver a la universidad, porque yo sé que no podría estar casado con una mujer y tener hijos, metido en el ambiente cinematográfico. Eso fue un determinante, eso fue consciente: renunciar al cine y a las posibilidades que el cine me ofrecía y dejarlo para tener una vida normal.

José Manuel González Herrán.- Probablemente habrías tenido un porvenir mucho más…, económicamente, por supuesto…

José Rubia Barcia.- Lo mismo que si hubiera decidido irme a México huyendo de la cosa…, «al demonio con las cosas, me voy a México a trabajar con Buñuel». Porque el que me sustituyó a mí fue Alcoriza; Alcoriza fue el escritor que contrató Buñuel al llegar a México, pero Buñuel decía que no sabía escribir y que tal…

José Manuel González Herrán.- Fue guionista de sus películas.

José Rubia Barcia.- Claro. Yo era el que iba a ser su guionista; pero lo mismo que Alcoriza terminó de director, yo hubiera terminado de director también, y yo hubiese sido mucho más importante que Alcoriza, sin duda alguna, porque yo tenía mucho más sentido del cine y del teatro y de todas esas cosas…

José Manuel González Herrán.- Y de los guiones que escribiste o del trabajo que hiciste con Buñuel, ¿no has intentado nunca por lo menos publicarlos o recuperarlos?

José Rubia Barcia.- Yo los tengo, los tengo yo en mi poder. Algunos hechos por los dos, otros que he hecho yo solo, para el cine argentino. Tengo una adaptación de Don Álvaro, o la fuerza del sino para el cine; tengo muchas cosas, muchas cosas que hice pensando en el cine y que quise colocar. Afortunadamente no coloqué ninguna.

José Manuel González Herrán.- ¿Por qué «afortunadamente»?

José Rubia Barcia.- Porque hubiera seguido esa línea. Si me entrego a eso, ya me dedico a eso y se acabó. Entonces, no. De alguna manera decidí volver a la enseñanza.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 07
Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada

Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 07 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Hablemos, pues, del exilio.

José Rubia Barcia.- Ése es otro tema, y complicado, porque sólo el que ha vivido el exilio puede darse cuenta de lo que es el exilio. El razonar sobre el exilio, el pensar sobre el exilio, ya transforma el sentimiento del exilio. Es quizás una de las experiencias más dolorosas y más angustiantes por las que puede pasar el hombre… Eso lo heredaron los gallegos, ese sentimiento… Sobre todo, si has luchado seriamente con el intento de hacer algo positivo en relación con tu país, y sientes el fracaso de tu esfuerzo. Y si el exilio se prolonga, la desesperanza ya de que tus ideas y tus cosas tengan un reflejo en la vida colectiva que te interesaba…; es decir, te sientes doblemente fracasado: primero, has abandonado tu país y después ya has abandonado toda posibilidad de influir sobre tu país. Queda el recurso de sobrevivir en la palabra escrita, pero la experiencia naturalmente es lamentable. En este sentido, las emigraciones españolas del siglo pasado…, la emigración a Inglaterra ha tardado cincuenta, ochenta, noventa años en que alguna gente sea redescubierta en España. De modo que no hay esperanza ninguna de eso. Y tampoco hay lo que es posible, si vives con todo el tiempo dentro de España, en lo que… (erróneamente, creo yo: yo no creo en el exilio interior).

José Manuel González Herrán.- A mí no me gusta tampoco la expresión; estoy de acuerdo.

José Rubia Barcia.- Se la inventó Paul Illie, pero no expresa una realidad. Hay discrepantes interiores, o coincidentes interiores, o indiferentes interiores, pero no es exilio. El exilio es un exilio que afecta a tu sensación, no como ser racional, sino como alguien a quien privan de su habitáculo, de su…, de su sitio, de donde puede pensar, razonar y sentir de acuerdo con otros semejantes; y te privan de eso y te quedas en el aire, colgado en el aire sin asideros. No importa que resuelvas o no resuelvas económicamente tu vida; el problema es que si eres hombre de espíritu, te sientes sin metas, sin objeto, sin nada; todo lo que haces lo haces para ti mismo. El exilio es…, te obliga a pensar dentro de ti, olvidando al resto de la humanidad. Si estás en un país de otra lengua, mucho peor; si estás en un país de lengua afín hay unas conexiones que se establecen con esa gente. Pero si es un país de otra cultura y de otra lengua estás completamente solo; es decir, todo es accidental excepto tu soledad, tu soledad es lo...

José Manuel González Herrán.- Bien; eso vale para el exilio en general, para cualquier exilio en cualquier cultura, en cualquier época. ¿Y con respecto a vuestro exilio, al exilio de los españoles?

José Rubia Barcia.- Lo peor de todo que hemos experimentado en el exilio…; yo no sé cómo lo han sentido en Hispanoamérica, o como lo han sentido en Inglaterra, o en Francia. Donde yo me he exiliado, a donde yo me marché, lo más doloroso, para mí, fue encontrarme con algo que yo no esperaba: la falta de aprecio o de interés por una España que era mi patria y que era mi país. El darme cuenta de que no significaba nada en el mundo. Que yo creía… (como español, estaba orgulloso de mi hispanidad) que esa hispanidad no era apreciada, y no sólo no era apreciada sino que era menospreciada. Pasamos a ser un país sin importancia y miembros de una cultura que no contaba. El ver en los mercados montones de productos de todas partes y no ver casi nunca nada español. La ausencia de la presencia física de España era total; y, por otra parte, el contacto con las gentes que podían venir de España era decepcionante. De modo que la soledad interior se hacía ahora una soledad mucho mayor, porque no contaba ni siquiera con unos asideros abstractos que te mantuvieran con cierto orgullo. Te contaré una anécdota: en los Estados Unidos se llamaba español, spanish, a todo el que habla español; la lengua definía la persona y era español todo el que hablaba español. Excepto –en todo esto siempre hay una excepción– una minoría, pero la minoría no refleja el espíritu colectivo; es decir, hay minorías que aprecian la cultura española y tal, pero no llega al nivel de la gente corriente y moliente con quien tienes que convivir. Si le dices al tendero «soy español», el tendero te asocia inmediatamente con un bracero mexicano, con un campesino peruano, con un analfabeto que llegó de Haití. Es decir, que lo español está tan rebajado, tan empobrecido, que pasas a ser una casta inferior. Ahora, esto en contraste con nuestro imperio, nuestro sentido imperial, la importancia que nos damos a nosotros mismos, es de un efecto dramático increíble. Como anécdota te contaré esto: cuando yo acepto el contrato para ir a trabajar a la Universidad –yo vivía en Hollywood–, decido ir más cerca de la Universidad y buscar un piso, un apartamento en las cercanías de la Universidad; busco y busco y, por fin, encuentro que hay un apartamento disponible, a un kilómetro o a un kilómetro y medio de la Universidad. Me acerco y sí, está vacante, y tal y tal… «¿Usted qué es?». «Yo soy español». «Ah, español –dice la señora que me recibió–, español. Pues mire usted yo no sé si…, ya veremos…, pero quizá…: pues venga usted a verme la semana que viene». Bueno; la semana que viene voy a verle y le aseguro que soy español. Me pregunta de qué país; le digo que de España. Por fin me admite en el apartamento y alquilo el apartamento. No pasa un mes o así, cuando un vecino me dice: «Sabe usted que se le ha aceptado»; porque la dueña del apartamento primero pidió permiso a todos los vecinos para aceptar a un español. El mismo tratamiento que recibe un negro. Es decir, que nuestro prestigio ha llegado tan abajo, tan abajo, que te sientes incómodo siendo español. Cuando llegué a Nueva York me dijeron: «Si quiere usted un piso en Nueva York tiene que empezar diciendo: No soy puertorriqueño, no soy tal; diga usted: soy peninsular, diga usted que es “España” [con silbido]; no diga usted que es spanish». Y aun así con reservas… De modo que esta sensación de inferioridad, de que no se nos considera, te hace la vida cuesta arriba en casi todos los aspectos a los que te vas a dedicar. Te sabes menospreciado, no apreciado. Eso es un contraste con el súper aprecio que tenemos dentro, que yo tenía dentro de la Península, en relación con mi cultura, mi ambiente y mi…

José Manuel González Herrán.- ¿Cual es tu valoración de la labor de los exiliados españoles en América?

José Rubia Barcia.- Eso naturalmente hay que clarificarlo antes de entrar en el tema. Yo tengo la experiencia viva de mi estancia en Cuba durante cuatro años, los primeros cuatro años; de eso ya hemos hablado: la gente que estuvo allí, lo que hicimos allí, y creo que quedó una huella bastante honda de nuestra aportación a la cultura cubana y la revitalización de lazos cordiales, en relación con lo que España significó en América. Yo recuerdo haber participado en La Habana, por ejemplo, al margen de las actividades académicas y teatrales, en un mitin, un mitin político en que un intelectual cubano atacó a España violentamente, en relación con algo parecido a lo que acaba de ocurrir con Castro; y después de este cubano –que era conocido, era un escritor cubano conocido– me tocó hablar a mí. Y recuerdo haber comenzado diciendo: «Yo no puedo ofenderme, realmente: es para lamentar lo que acabo de oír, en relación con los juicios de este intelectual –mencioné su nombre–; pero debo decir que no puedo ofenderme tanto, porque al fin y al cabo estamos hablando de mis tíos y él está hablando de sus padres». Naturalmente la reacción fue inmediata frente a esto; y ya entonces, como tío, justifiqué algunas de las cosas que habían hecho mis tíos. Algo de eso puede aplicarse al Castro ahora también. Porque el ataque a lo español, que nosotros hicimos y nosotros iniciamos –Bartolomé de las Casas es quizá el primer responsable–, es un fenómeno único en la cultura europea. Ningún pueblo europeo se ha atacado a sí mismo con la misma ferocidad y con la misma injusticia y exageración. El trabajo de Menéndez Pidal sobre Bartolomé de las Casas es definitivo en este sentido: el señor era un esquizofrénico y se inventó un montón de cosas, etc., al servicio de lo que él creía un punto de vista cristiano, pero con notables exageraciones. No era objetivo, era subjetivo a la manera hispánica. De hecho, la leyenda negra se funda sobre argumentos suministrados por los españoles, y los extranjeros los utilizan, y son los extranjeros, no los españoles, los que van a intentar rectificar la leyenda negra, a pesar del libro de nuestro amigo tan conocido sobre la leyenda negra. De modo que esa presencia nuestra significó… En Cuba empezamos –era mi experiencia– a establecer un lazo de cordialidad entre los intelectuales pensantes, y no tan apasionados, y nosotros, representando nosotros ya no una España partidista, sino lo que considerábamos lo que era España desde la lejanía. Luego ya me marché a Norteamérica, y en Norteamérica, naturalmente, mi primer contacto fue con quien me invitó a ir allí; fue con don Américo, y a don Américo me lo encontré… Yo ya había conocido a don Américo, como te dije, ya antes en Madrid, en el Centro de Estudios Históricos, y la ocasión no fue muy acogedora por su parte: yo joven, él hombre ya maduro, y hecho, y con una obra importante; yo un incipiente investigador dedicado a estas cosas. Me encontré a un Américo Castro sin barbas; esto parece que sin las barbas…: eran las barbas que usaban los grandes eruditos, de Menéndez Pidal a Américo Castro, en la vida española, y eran, entonces, intimidantes para un joven sin barba. Lo encontré sin barbas, y estaba esperándome en el apeadero –no había estación–, en el apeadero de Princeton. Yo llegué a Nueva York…; mi inglés –que era de libros, no lo había usado en la vida–, pues se me mostró bastante deficiente al llegar, y tuve ciertas dificultades para orientarme, pero en el apeadero Américo Castro, que me había recibido en su estudio de Madrid, hacía años, en un estado imponente para mí, pues me recibió con una cordialidad y un cariño que me sorprendió. Y ya después, naturalmente, se encargó de arreglar la cosa de mi estancia; él y doña Carmen, su mujer, me recibieron con una gran cordialidad. Y empecé a dar clases allí a americanos, y a convivir con él; todos los días nos veíamos, todos los días hablábamos, y muchas veces nos encontrábamos en la biblioteca o me encargaba una cosa que yo hiciera al servicio de su investigación; yo la hacía y me dio ya una impresión…: «Este hombre no es el mismo hombre, este hombre es un hombre que en España era distinto y ahora ya no es el mismo hombre, sino que es otra clase de hombre».

José Manuel González Herrán.- Y eso por consecuencia del exilio también.

José Rubia Barcia.- Naturalmente; es decir, cuando Américo Castro es invitado a ir a los Estados Unidos… Él estaba de gira por Hispanoamérica cuando la Guerra Civil, y había recobrado, cuando se acaba la guerra…, recobró su nacionalidad brasileña (él había nacido en Brasil, por accidente), y recobra su nacionalidad brasileña para poder viajar; no podía viajar sin documentación. Y, al mismo tiempo, va a renunciar después a su nacionalidad brasileña y va a adquirir la nacionalidad americana. Anecdóticamente te diré que su mujer renunció a la ciudadanía americana, no quería hacerse americana, porque cuando pasa… (esas cosas estúpidas de mentalización de una legislación arcaica)… Una de las preguntas que la Inmigración hace es «Si está usted dispuesto a renunciar sus lazos de unión con su país de origen y a defender a este país en caso de peligro, etc. etc.». Don Américo estuvo estudiando para los exámenes de una manera…, como si se tratara de un proyecto de investigación; no hacía falta tanto, pero preocupadísimo con la cosa; y, hombre, dijo que sí a esto... Pero le tocó a su mujer hacerse ciudadana y la mujer dijo: «Eso es absurdo, tengo sesenta años y ahora me preguntan si voy a defender a este país; yo no puedo decir ni que sí ni que no; ni voy a renunciar, ni por qué voy a renunciar». Entonces no le hicieron a ella ciudadana y a él sí… Pero, por otra parte, la anécdota denota unas decisiones que te acercan no a ser ciudadano de un país, una vez que renuncias al tuyo, sino a que la ciudadanía significa un medio de comunicación con el mundo y que se hace necesaria para comunicarse; y entonces empiezas a sentirte que ya no eres ciudadano de tu país, sino ciudadano del mundo, perteneces al mundo. Ese sentimiento de no ser ciudadano uno de un país, aunque acepte la ciudadanía del otro, te hace funcionar y, dentro, lo que uno siente es eso. Bueno, pues esto es una cosa que hay que hacer en la vida; pero yo ya perdí mi país, éste es adoptivo, el mundo es lo que me interesa en realidad, la humanidad es lo que me interesa en realidad y, quizá, el fenómeno de los españoles en América es la adquisición…, lo que yo diría la adquisición de una conciencia universal, en vez de una conciencia nacional, sin poder desligarse naturalmente de sus raíces. Te coloca ya en un punto de vista en que vas ahora a juzgar…, a intentar juzgar…, que juzgas lo tuyo subrayando los aspectos más positivos de tu experiencia vital y quitándole tanta importancia a los aspectos negativos que en todos los países existen. Eso nos dio a todos una visión de España distinta a la que hubiéramos tenido de permanecer en el país: la adhesión apasionada de ideas, en relación con la problemática del país, eso no podía ser; no podía afectarnos de la misma manera, ya que no podíamos hacer nada en relación con eso. Pero sí podíamos revalidar, subrayar la importancia de las aportaciones españolas. En este sentido nos habían precedido en los Estados Unidos tres personas de gran categoría: en Columbia University, Federico de Onís; en California, César Barja y Buceta, dos gallegos; en Chicago, Solalinde. De modo que había tres grandes personalidades de la intelectualidad del exilio que estaban ya trabajando cuando nosotros llegamos allí. El Gobierno norteamericano nos facilitó nuestra entrada, la de ellos fue posible porque habían llegado antes, ya contratados por universidades americanas y estaban muy por encima de la cosa política. Lo nuestro fue más difícil, porque con la propaganda franquista y con el criterio predominante en los países imperiales, nosotros éramos enemigos; no éramos enemigos, pero no se nos trataba con la misma cordialidad. De todas maneras, esa actitud oficial, como pasa en un país grande, no es una actitud universal. El pueblo americano acoge a quien sea, proceda de donde proceda, y si sirve para algo lo utiliza. De modo que el Gobierno es una cosa, la Universidad es otra cosa –como un islote, un oasis–, la masa general es otra cosa. La unificación del sentimiento, eso no existe. Hay posibilidades para todo, aun para posibilidades discrepantes; si no se hacen mayoritarias, pues permanecen luchando; y, si se hacen mayoritarias, predominan y estabilizan la política. De modo que llegamos y, una vez que llegamos y nos integramos en aquella vida, ya entonces actuamos de manera como si hubiéramos nacido allí. Llegamos a la enseñanza y nuestros puntos de vista podían ser expuestos. Entonces…: González López (que está aquí ahora), en Nueva York, en el Hunter College; años enteros siendo jefe de estudios graduados; Eugenio Granell, otro gallego, también en Nueva York, dedicado en Brooklyn College a enseñar; hombre al que le interesan los problemas del mundo contemporáneo, gran pintor, escritor de gran humor e incisivo, etc. En Nueva York estaban además de estos dos… ¿cómo se llamaban?, Amor y Vázquez, en Brown University, Ernesto Guerra da Cal, otro gallego, en la Universidad de Nueva York. De modo que en la ciudad de Nueva York había ya un grupo de exiliados, que se habían colado de alguna manera…, algunos con dificultades y otros sin dificultades. Estando yo en Cuba, recuerdo que vino a verme Ernesto Guerra da Cal, a quien yo conocía aquí, de la guerra; tenía que salir del país para volver a ingresar ya como residente legal en los Estados Unidos. Salió a Cuba, y entonces estuvimos juntos un par de semanas, antes de poder regresar a los Estados Unidos. Se me olvidarán algunos nombres, pero en Nueva York hay cuatro o cinco; en el resto del país hay un Santamarina, que ahora no me acuerdo bien a dónde fue a parar; por California pasó Ramón Iglesias, el historiador, que se suicidó después… Hubo tres o cuatro suicidios de intelectuales españoles en los Estados Unidos.

José Manuel González Herrán.- ¿En el primer momento?

José Rubia Barcia.- Sí, en los primeros años. De esos se hace eco literariamente Sender, en una de las últimas novelas, una de las mejores que ha escrito, se titula –no sé si tú la has leído– La mirada inmóvil. La mirada inmóvil es la historia de siete u ocho suicidas, suicidas en el siglo XX, todos ellos por razones de incompatibilidad entre su interioridad y la exterioridad que les toca vivir, política, económica o lo que sea. Y ahí está incluido entre esos, entre ellos está… ¿cómo se llamaba el que se suicidó en La Florida, muy famoso él (ahora no me acuerdo)? No está citado por el nombre, pero el suicidio de Iglesias está ahí. Por cierto que… (bueno, esto es incidental no hay que mentar ahora la cosa), me encontré después con una hija de Iglesias, aquí en España, y me preguntó cómo había muerto su padre. Iglesias vino a verme a mí cuando yo lo conocía…, vino a verme a mí…; el suicidio de Iglesias –ya en España tenía reacciones un tanto raras–, la familia no lo sabía, acaban de enterarse por mí de cuál fue la causa del suicidio, porque no sabían que se le había hecho una autopsia y lo que tenía era un tumor cerebral. No fue el mismo tipo de suicidio de otra gente. Pero, de todas maneras, una docena de personas llegamos allí y entramos en las universidades americanas e influimos decisivamente en la apreciación que podía tenerse de España desde lejos, con desprecio hacia el franquismo; pero al despreciar el franquismo no había más remedio que subrayar los aspectos anteriores predominantes. Creo que hemos influido. En mi caso, yo tengo dirigido dieciocho o veinte tesis doctorales, y esos dieciocho o veinte están trabajando de profesores en la Universidad y, naturalmente, están influidos por mis ideas y por mi visión. Y lo mismo le ocurre a González López, y lo mismo le ocurre al otro, y al otro. De modo que hay un centenar de profesores americanos que enseñan cultura española y que están influidos por nosotros.


TERMOS CLAVE DO FONDO Persoas: Avilés de Taramancos, AntónLombao, CristinaGonzález Herrán, José ManuelRubia Barcia, JoséDíaz, AvelinoAller, Ramón M.Otero Pedrayo, RamónCastelao, Alonso Amat, FernandoAlonso Ríos, AntónUnamuno, Miguel deLugrís, UrbanoGarcía-Sabell, DomingoSeárez, José Antonio deFranco, FranciscoCabanillas, RamónSalvat i Ferré, RicardPorteiro García, María XoséXoana I “a Tola”, García Lorca, FedericoPiñeiro, RamónPrada, RodolfoFernández Osorio-Tafall, BibianoLago Pita, PabloPuente, ManuelCrestar, AntónGonzález López, EmilioBlanco Amor, EduardoFerreiro, Celso EmilioPrisciliano, Castro, Rosalía deSeoane, LuísPerozo, Xosé AntonioFerrer, San VicenteMeilán Martínez, Manuel Temáticas: entrevistaliteraturapoesíauniversidadeguerradocenciaemigraciónteatroGalegovídeoProxectorSecundarioUniversitariosaudademigraciónsretornointegración socialsociedadeidentidaderadioLingua. Literaturaconferenciaspatrimonio culturallinguafamiliaestudosembaixadasexiliointelectuaislibroshistoriaHistoria. XeografíaArtes plásticas, deseño, música, danza e deportehistoria da arte e estéticafísicaCiencia. Tecnoloxíaastronomía e astrofísicaÁlbum de Galiciamemoriasculturapolíticamorriñacomunicaciónhomenaxeslingua galegaobra literariaObra poética [libro de Seoane]formaciónGuerra Civil española (1936-1939)ideoloxía

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