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Ver [Carta mecanografada]
Transcripción da Carta de Luís Seoane a Ricard Salvat en 04/11/1976
Buenos Aires, 4 de noviembre de 1976
Sr. Ricard Salvat
Barcelona
Querido Salvat:
Recibí tu carta del 21 de mes pasado que te agradezco mucho. Incluí los figurines de la obra de Castelao porque, entre las cosas que pienso hacer en La Coruña, está la de hacer un folleto con tu intento de poner Os vellos non deben de namorarse y Castelao e a súa época en la Universidad de Coimbra con las fotos que tú tengas y las reproducciones de figurines y bocetos de decorados, carte, etc. Para eso te pediré algunos datos cuanto te visite en Barcelona.
Volveremos a Galicia en los primeros días del año próximo, pero esperamos estar algunos días en Madrid y en Barcelona, seguramente a fines de diciembre. Desde luego deseo hacer una exposición en tu ciudad y me gustaría que la Sala Gaudí me reservase una fecha en octubre o noviembre, si puede ser, del año próximo, ya que tengo que volver a Buenos Aires a principios de diciembre del 77. Naturalmente, por las dificultades de traslado de obras de arte no puede ser retrospectiva o antológica, pero será una exposición que supongo no desprestigiará la galería. Quizás para esa fecha pueda presentar una nueva monografía que está pensando hacer Domingo García Sabell. La exposición en Barcelona me interesa mucho, pues quiero a Barcelona lo mismo que todos los gallegos que conozco, e igual que los argentinos, que es la ciudad que prefieren de la Península. Nos gusta la universalidad intelectual y popular de Barcelona, así como nos fastidia el provincionalismo de Madrid que no logra superar a pesar de su crecimiento. Hablaremos de todo esto.
Maruja y yo os enviamos a Nuria y a ti felicitaciones por el nacimiento de vuestra tercera hija, Aia en gallego.
Nosotros estamos bien, trabajando los que podemos y con muchos proyectos para el año próximo a cumplir en gran parte en La Coruña. En Barcelona, hablaremos de ellos, desde luego estás complicado en uno, el del intento tuyo de representar da Castelao en Coimbra para lo que me tendrás que suministrar, como te escribo antes, bastantes datos.
Esto es todo. Te agradecería que si accede la sala Gaudí a hacer una exposición mía, me lo escribas.
Un gran abrazo para Nuria y para ti de Maruja y mío y besos a las pequeñas.
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Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada
Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 01 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Entre 1931 y 1936 estudias en Granada y tu vocación inicial es la de arabista o latinista: ¿cuál es tu vocación, lo que te mueve a estudiar Filosofía y Letras y cómo esa vocación se va condicionando en esos años?
José Rubia Barcia.- Parte esto de una premisa, premisa que determina en gran parte mi futuro. Cuando yo termino mi bachillerato, aquí en Ferrol, el director del Instituto era un señor que se llamaba Vicente Losada, hombre de gran sensibilidad; este hombre me abrió los ojos a cosas que yo no tenía ni idea de que existían siquiera; es decir, me abre puertas al pensamiento y me hace leer, ya a los quince años me hace leer a Balmes, por ejemplo, en la filosofía, y me pone en contacto con gente que se plantea problemas relacionados con aspectos fundamentales de la vida. Yo sigo estudiando el bachillerato y lo hago en cuatro años. Por las razones que sean el Claustro de la Universidad [sic, por ‘del Instituto’] me llama un día y me dice que la República había pasado una ley reconociendo en algunos estudiantes cualidades que, según sus maestros, podían ser relevantes; a esos estudiantes se les llamaba alumnos superdotados. Y si el Claustro del Instituto consideraba que encontraba entre los alumnos alguien que podría ser considerado superdotado, podía proponerlo al Ministerio de Instrucción Pública. Entonces el Ministerio de Instrucción Pública decidía si otorgarles una beca permanente para estudiar en la universidad que les diera la gana, sin gasto ninguno de matrículas ni de libros, y siguiendo su vocación, hasta ver dónde iban a parar. El Claustro del Instituto de Ferrol decidió, por las razones que ellos creyeron convenientes, elegirme como estudiante superdotado. Y un día me llama don Vicente Losada y me dice: «Mira el Claustro ha hecho esto, y esto, y ha decidido proponerte; y resulta que el Ministerio de Instrucción Pública ha aceptado nuestra propuesta y puedes elegir ir a estudiar a donde te dé la gana». Yo había hecho los tres primeros años del bachillerato de manera continua y normal, pero cuando llegué al tercer año, mi padre me dice: «Hijo mío ya tienes ahora dieciséis –había empezado a los trece años–, ya tienes dieciséis años, ¿y no sería mejor que aprovechases la cosa de una carrerita corta, para ganarte la vida bastante…?; porque es para nosotros difícil mandarte a una universidad y que puedas estudiar y tal…». Yo entonces le había dicho a mi padre: «Bueno yo lo que haré, para no ser carga para la familia y tal, voy a terminar el bachillerato primero». Y metí todas las asignaturas de cuarto, quinto y sexto de un golpe. Ése fue factor determinante, quizá: un poco de asombro por parte de los profesores, el factor determinante de esa actitud del Claustro, porque me dieron sobresaliente y matrícula de honor en todas las asignaturas. Era una cosa inusitada, para mí extraña; yo no esperaba eso, yo no tenía la menor experiencia que pudieran considerarme de esta manera o de otra. Pero me encuentro con el hecho de que tengo abiertas las puertas ahora para hacer lo que me parezca y estudiar lo que quiera, ¿eh? Naturalmente, yo no podría ayudar a mi familia, pero podría abrirme…, si prescindían de mí como causa de ayuda familiar, podría hacer lo que quisiera. Entonces decidí ir a Granada; podía haberme quedado en Madrid. Fui a Madrid y aquello me asustó: un chico pueblerino en una gran ciudad, solo allí, y me asusté. Y como mi padre era originalmente de Granada, yo dije: «¿Y por qué no voy allí?; tengo familia allí, me voy a ir a Granada». Y fui a Granada. Entonces: ¿qué hago ahora y qué estudio? Primera decisión: no sabía qué hacer. Todavía no tenía la beca, no sabía qué hacer y decidí matricularme en Medicina y, a la vez, me matriculé en el año común de Derecho y Filosofía y Letras. Durante seis o siete meses asistí a las clases de Medicina y a las clases de Filosofía y Letras. La Medicina me horrorizó muy pronto. No podía aguantar aquella cosa, con varias experiencias de amigos que estaban ya en Medicina y no estaba dispuesto, y abandoné la cosa de Medicina y me consagré al año común. Pero todavía no sabía si hacer Filosofía y Letras o hacer Derecho; estaba dudando. Pero me encontré con una Facultad de Filosofía y Letras que era excepcional. Era excepcional y entonces dije: «me meto en esto». Y empecé a estudiar Historia del Arte, y empecé a estudiar Introducción a la Literatura y todas estas cosas, Filosofía y Letras. Me sentía a gusto con los estudios, y empecé a estudiar árabe en el segundo o tercer año, y hebreo. Todo esto era un mundo totalmente ajeno y extraño para mí, pero lo hacía con entusiasmo y con gusto; aquello me asombraba, todo lo que era novedoso e importante, me asombraba y, a la vez, me creaba un cierto complejo de inferioridad. Yo decía: «Bueno, esta gente sabe tanto, estos profesores tan sabios, ¿qué hago aquí, qué voy hacer yo con esto...?». Además yo…, era absurdo, yo no era hijo de familia rica, era absurdo dedicarme a una profesión en la que no había futuro ni porvenir. Pero yo dije: «Adelante con esto». Y me pasé los seis o siete primeros meses dudando: ¿qué hago, qué no hago, a qué me dedico, a qué no me dedico? Desde muchacho fui muy aficionado a la lectura, leía muchísimo, leía novelas, leía cosas que caían en mis manos: mi padre tenía una pequeña biblioteca, y me la leí toda, me la leí toda. De modo que aquello parecía que entraba un poco en mis verdaderas inquietudes, pero no había decidido todavía dedicarme a eso, porque no sabía exactamente si eso era lo que yo debía hacer. Mi beca no me la habían pagado. Entonces, otra vez interviene una especie de hado, o destino, o casualidad. Daba la casualidad que el rector de la Universidad era gallego. Se llamaba don Alejandro Otero, que luego fue un hombre prominente en el socialismo español, hombre ejemplar en muchos sentidos. No hace mucho salió aquí en España una biografía de Alejandro Otero, porque no se le conocía, naturalmente: cuarenta años de silencio, no se le conocía. Y me fui a ver a don Alejandro, y le dije: «Mire usted, don Alejandro…». Me recibió en seguida, como gallego; era el único estudiante gallego que había en la Universidad, no había ningún estudiante gallego más que yo; lo que, por otra parte, fue otra experiencia, los andaluces se reían de mí, y se reían de mi acento; era una especie de ameba en aquel ambiente. Don Alejandro me recibió muy cordialmente, le expliqué la situación y entonces me dijo: «Mira, vete, vete ahora, que ya me ocuparé de esto». Luego me enteré que al día siguiente había cogido su auto y había ido a Madrid al Ministerio y volvió y me mandó una notita a la Facultad diciendo –me la dio el bedel–, una notita diciendo que mi asunto estaba resuelto y que recibiría mi primer sueldo a fines de mes. En efecto. Pero yo voy a ver a don Alejandro a darle las gracias, como es natural. Subo, pido una cita para verle y llego al despacho de él, a la antesala, y uno de los empleados, uno de los bedeles que había allí me dice: «Don Alejandro no quiere verte: que te vayas, porque no tienes nada que agradecerle, que te vayas». Y yo, un poco desconcertado con aquella cosa, no estaba acostumbrado a esto. Me salí de allí: «¿Qué clase de hombre es éste que después de que se molesta, hace todo esto, pues no quiere que le dé las gracias...?». Ésa fue mi primera introducción a un hombre que era socialista, y que era gallego, y que era un hombre ejemplar y admirado en la ciudad, porque era un hombre admirable. Este hombre tenía la mejor clínica de ginecología de España, era el mejor ginecólogo de España, era conocido en el extranjero, escribía en alemán ensayos y en revistas científicas, y al mismo tiempo era un hombre consagrado a la política y al socialismo. Don Fernando de los Ríos (ya estábamos en el primer año de la República), don Fernando de los Ríos, que era el teórico del socialismo y tal, ya se había trasladado a Madrid, porque le habían hecho Ministro de Instrucción Pública. Pero inmediatamente yo conocí (por estas conexiones de don Alejandro, y ya te explicaré por qué), conocí a la familia de Fernando de los Ríos, conocí a la familia de Lorca, en el ambiente granadino, me traté con todos ellos y fue poco a poco abriéndose mi inquietud hacia el terreno político, por simpatía hacia estos hombres, más que por convicciones: yo no tenía ninguna convicción política, excepto que ya de estudiante… Había en Ferrol el Centro Obrero de Cultura, era un caso único en España, probablemente. Eran obreros de la construcción, todos socialistas también, y en la calle Real, frente a lo que era la redacción de El Correo Gallego; en un primer piso tenían una biblioteca, una biblioteca de varios miles de volúmenes, un bibliotecario ejemplar, y cuando yo salía por la tarde de las permanencias en el Instituto –permanencias se llamaba entonces al periodo de estudios, en que los estudiantes se quedaban en un aula grande con un profesor que se encargaba de dilucidar sus dudas o preguntas o tal; se pagaba por eso extra. Y eso terminaba a las cinco de la tarde. Entonces yo me hice socio, tampoco sé por qué, me hice socio del Centro Obrero de Cultura e iba todas las tardes a leer al Centro Obrero de Cultura. Y allí el bibliotecario, que era muy inteligente…, este hombre me facilitaba instrucciones, introducciones. Y allí leí a Kropotkín, primero a los anarquistas, a Bakunín. Pero yo no sabía por qué esto, ni tenía la menor idea de por qué me atraían estas cosas, no lo sabía. Y allí me formé un poco. La conciencia política ya se inició entonces allí, y en Granada se va a cuajar en contacto con Alejandro Otero y con las lecciones de Fernando de los Ríos, cuyo recuerdo era…; y, además, en la Unión General de Trabajadores y todas estas cosas. Sigo estudiando, me matriculo en el segundo año y hasta ahora tengo todos mis estudios… Una de las condiciones de esa beca extraordinaria que me dio el Gobierno –y era extraordinaria en cantidad y en posibilidad, yo no tenía ningún apuro económico…
José Manuel González Herrán.- Había pocos estudiantes en España que disfrutasen de esa beca...
José Rubia Barcia.- Muy pocos. Y, además, todo el que disfrutara de esta beca, si alguien creía que podía desafiarle a un examen comparativo, podría hacerlo y se la llevaba el otro. De modo que yo estaba siempre sujeto a esto. Fuimos alumnos superdotados en Granada, durante mi estancia, yo y un padre que ahora es jesuita, padre Molero, creo que es Francisco Molero, vive todavía. Él se había graduado de médico a los veintiún años y empezó Filosofía y Letras a los veintiún años. Luego él y yo fuimos a Santander juntos; como alumnos especiales nos mandó también la Universidad a Santander. Pues en ese periodo, ya yo metido un poco en la cosa política, y metido en mis estudios…, no hay escuela de estudios árabes en Granada todavía, eso no existe. Pero el decano era un hombre extraordinario, se llamaba Antonio Gallego Burín, padre de Gallego Morell, un hombre extraordinario, de sensibilidad, de buen gusto, era una especie de noble, con actitudes de gentleman; yo no sabía entonces lo que era un noble, parece que era Barón de no sé qué, yo no lo sabía, ni él me dio nunca la impresión de eso. Pero este hombre fue el primer español que intentó crear, y creó, un teatro universitario; no había teatros universitarios, él creó el primero. Esto fue antes de la Primera Guerra Mundial cuando él crea este teatro. En este teatro estuvo de actor García Lorca, y es donde García Lorca se forma como actor y se interesa por el teatro. Él había creado un teatro que llamaba «La Carreta». Ese teatro contaba con la colaboración de un gran escenógrafo llamado Hermenegildo Lanz: este gran escenógrafo montaba los autos sacramentales con un esplendor y con una imaginación extraordinaria, yo tengo documentos gráficos de todas estas cosas del teatro «La Carreta»: El gran teatro del mundo, por ejemplo, con la presencia de Dios y tal, aparecía en un escenario todo, todo como si pasara en el firmamento, es decir, con estrellas, no se veía ni piso ni…, era todo en el firmamento. Era un alarde de imaginación y tenía una habilidad extraordinaria para hacer actores. Yo, de chico, aquí en Mugardos había un oficial del ejército, se llamaba Lisardo; hubo un teatro infantil aquí, y yo fui actor infantil del teatro de Lisardo. Representé, recuerdo, un notario con barbas y bigotes cuando tenía diez años, para Lisardo, aquí. De modo que mi inquietud por el teatro también surge así porque hay un señor aquí que se llama Lisardo, que es oficial del ejército y que se interesa en hacer teatro…
José Manuel González Herrán.- Parece como que en Granada cristalizan un montón de cosas que vienen ya de atrás.
José Rubia Barcia.- Claro, que vienen de atrás. Entonces llego a Granada y va a celebrarse el centenario de Lope de Vega, el año treinta y cuatro. Yo estoy avanzando en la carrera, se produce al mismo tiempo la cosa de Asturias, y yo al mismo tiempo hice una excursión por Extremadura: esto me afectó muchísimo. Una excursión estudiantil por Extremadura, y vi cómo los trabajadores, aun en plena República, los trabajadores campesinos extremeños ganaban entonces 1,50 pesetas al día, los que trabajaban los campos.
José Manuel González Herrán.- Jornaleros.
José Rubia Barcia.- Jornaleros en los latifundios; y todas las bellotas que dejaban las piaras de marranos, al pasar podían recogerlas, ellos podían hacer pan de bellota, lo que quisieran. A mí aquello me impresionó muchísimo, la miseria humana me afectó mucho. Confirmaba ya un poco mis tendencias a pensar en términos de redención de la gente pobre, de dedicarme, si podía, a la política, para salvar a esa gente. El caso es que se produce, casi simultáneamente, el centenario de Lope y lo que llamaron –el régimen llamó– la sublevación de Asturias, Casas Viejas y la creación de la Escuela de Estudios Árabes. Tres hechos casi simultáneos; y desde el treinta y tres al treinta y cuatro empezó después lo que se llamó «el Bienio Negro». Entonces todas estas cosas de alguna manera me afectaron y ya me consideraban…, don Alejandro, yo iba con él a la Casa del Pueblo algunas veces. Cuando el año treinta y cuatro vine aquí a Galicia a pasar el verano, recibí una nota de que pasara por la sede del Partido Socialista en Madrid y que tenían algo para mí. Yo fui allá y entonces había un señor, que era el secretario, que se llamaba Almoneda o Lemoneda..., o cosa así; y allí me dieron una nota para don Alejandro. Don Alejandro sugirió mi nombre como contacto probablemente, o algo. Era una nota…; pero había una huelga anarquista en Madrid, con tiroteos en las calles: el tren en el que yo me subí, paralizado, no podía salir de la estación; por fin arranca el tren entre tiroteos y jaleos, y huelga general de la CNT… Era en simpatía, en parte, con la cosa de Asturias; falló, se había preparado una huelga general en el país, como protesta a la actitud de las derechas. En medio de esta vuelta me meto en el tren y entre tiros y tal, llego a Granada y digo: «Esto es muy peligroso», porque estaba ya todo así…; rompí la nota y al llegar a Granada me entero que don Alejandro está en la cárcel, estaba ya encarcelado. A mí me parecía tan absurdo que un hombre noble, bueno, generoso, abierto, inteligente, fuera a la cárcel; para mí esto era incomprensible, en una mentalidad juvenil y tal, y me detiene la policía (mi primer contacto con la policía), diciéndome que a qué iba yo a Granada, y qué misión tenía yo en Granada: «Yo soy estudiante aquí, vengo a continuar mis clases y tal». De alguna manera a ellos les había llegado algo de información, pero me dejaron. Entonces fui a ver a don Alejandro, que estaba en la cárcel. Había una celda común y en esta celda había cuarenta o cincuenta presos y allí estaba don Alejandro entre los presos. Cuando me vio me dijo: «Hijo mío..., pero hombre, tú ahí..., tú eras el que debía estar aquí, para que aprendieras lo que es esto...». Todo ese tipo de experiencias me afectaba, no entendía por qué las cosas eran así. Pero él sabía lo que decía probablemente, y me dio las gracias por el mensaje que le llevaba; no se podía hacer nada, estaba incomunicado, le habían ofrecido la libertad si accedía a atender a la mujer del gobernador, que iba a dar a luz, y él dijo que no, que todas las mujeres eran para él iguales y que si se le dejaba en libertad era para atender a todas las mujeres y que si no… Muchas de estas cosas son anécdotas...
José Manuel González Herrán.- Pero tienen importancia, van configurando el porqué de una personalidad…
José Rubia Barcia.- El caso es que yo no tenía especial predilección por los estudios de ninguna clase, me encontraba con cosas que no conocía y me entregaba a eso. Quizá sea bueno que diga algo muy curioso en relación con el efecto que me produjo tanta sabiduría acumulada. Estaba en arte Gallego Burín, estaba en latín…, no, ¿en qué era, qué enseñaba?, enseñaba paleografía Marín Ocete, que después fue decano y rector, también; un latinista catalán muy bruto, muy bruto como persona, pero un gran latinista…; se llamaba…, no recuerdo…: a éste procuré olvidarlo por un incidente que pasa en una de las clases con él; y estaba García Gómez como arabista; y de griego un catalán…, se me olvidó el nombre del catalán, muy bueno, helenista también; y en literatura había un pobre hombre que se llamaba Hernández Redondo. No sabría por qué aquel hombre era catedrático, pero para mí fue utilísimo; fue el único catedrático que me creó un complejo de normalidad, porque era tan tonto y tan poca cosa que no era difícil sentir que uno podía ser como él, de modo que fue beneficioso: don Tomás Hernández Redondo. Había (esto no se puede citar), había hecho un resumen del manual de Hurtado…
José Manuel González Herrán.- ¡Ah, el famoso Hurtado...!
José Rubia Barcia.- Y el hombre se sentaba detrás del escritorio, entornaba los ojos, se rascaba la entrepierna veinte veces y hablaba con voz monótona, de memoria, se podía seguir en el texto la lección del día de memoria. Lo sabía todo de memoria, lo recitaba de memoria, terminaba la cosa y se marchaba. Y aquel hombre…, pues me dije: «Pues si éste es catedrático de literatura, y de esta manera, yo jamás podré ser un sabio como García Gómez, ni un latinista como éste, ni un helenista como éste, ni un especialista en paleografía como este otro, este hombre…; pero quizás yo pueda llegar a ser algo en relación con la literatura». Es el primer atisbo que me da cierto optimismo en relación con un posible futuro, pero no tenía la menor idea de que esto podría ser una salida. Pero en esos momentos, año treinta y tres, Fernando de los Ríos decide crear la Escuela de Estudios Árabes. Yo había estudiado ya mi primer año de árabe en la Facultad. No se me había ocurrido hacer estudios orientales. Pero aquello me fascinaba, el mundo oriental me fascinaba, y hablando con Gallego Burín le dije: «¿Y si yo me matriculase en esta cosa de la Escuela de Estudios Árabes?». «No, no te preocupes, te damos una beca extra para que estudies lo que quieras...». Entonces dije: «Bueno, pues me meteré en eso, a ver qué pasa». Estaba fascinado con la sabiduría de García Gómez y, además, era un gran exponente. No sólo era un gran exponente, sino que hablaba con seguridad, sabía lo que decía y tal, era quizás el miembro más destacado. Se crea la Escuela y se crea por iniciativa de Fernando de los Ríos. Pero claro, a mí García Gómez como latinista no me miraba con simpatía, porque para entonces ya yo había ingresado en la FUE, que era la Federación Universitaria Escolar, de izquierdas, y me hacen presidente de la FUE en Granada, al segundo o tercer año de estar yo allí. Entonces ya, con un hermano de Rosales, el que fue poeta; él y yo decidimos hacer una revista, hicimos una revista que se llamaba Estudiante, que era el órgano de la FUE; además me eligen como representante en el Claustro. Violentísimo, figúrate tú: pueblerino, mugardés y tal, y ahora me mandan al Claustro de representante, con todas las reuniones de Claustro, y yo allí encogido e inhibido por la presencia de aquellos hombres que había allí. Pero allá voy, me eligen representante en el Claustro, y al mismo tiempo empiezo a participar en mítines políticos. De modo que mi vida se complica; ya escribo para las revistas, escribo para esto y tal; luego se organiza un viaje por el norte de África, voy con los del colegio de Estudios Árabes al norte de África y empiezo a colaborar en El Defensor de Granada, que es el periódico donde empezó Ganivet. Al director de ese periódico fue uno de los hombres a quien primero se fusila en Granada; no sólo se le fusila, sino que se lo llevaron vivo, atado con una cuerda al cuello hasta el cementerio y se le mata. Yo asistía a la tertulia de El Defensor, y asistía a la tertulia de un señor que se llamaba Soriano Lapesa, que era un hombre extraordinario, rarísimo, rarísimo, gordo como un globo y un hombre tan avanzado…; también había sido maestro de Lorca, tenía una biblioteca mucho mejor que la de la Facultad y la de la Universidad, hombre muy rico, hombre gordo, que en su tertulia a veces decía: «No, vosotros nada, cuando yo me case tendréis mujer todos…» [risas]. Para mí aquello era un mundo muy extraño, muy raro, y en ese mundo fui desenvolviéndome… Ingreso en la Escuela de Estudios Árabes y, al mismo tiempo, voy a la Escuela de Artes y Oficios, con un profesor extraordinario de arte, de Historia del Arte; el arte empezaba a interesarme muchísimo, yo no había visto un cuadro original en mi vida, pero empezaba a interesarme muchísimo. Se llamaba Agrasot, un gran exponente, teórico del arte. Y todo aquel ambiente…; luego venía Lorca, en los veranos venía a Granada, y se reunía con un grupo de amigos en el Café de la Alameda..., y allá me iba yo también a la peña de Lorca, y allí conocí personalmente a Lorca, tuve trato con Lorca. Mientras tanto se organiza el centenario de Lope, era el año treinta y cuatro, y Gallego Burín reinicia «La Carreta»: reinicia «La Carreta» y prepara una obra, La moza de cántaro, de Lope, y un auto sacramental…, sí, era un auto sacramental. En la obra de Lope me da un papel secundario, pero en el auto sacramental me hace representar a San José. Y yo voy a representar a San José, esto en uno de los patios de la Universidad; se pone el tinglado y tal, con música de fondo de Falla, coros del jefe de coros de la catedral de Granada. Se hizo un gran espectáculo en honor a Lope. Es mi primera salida al teatro, ya a un teatro serio y aquí tiene un gran éxito. De hecho, en El Ideal de Granada (se llamaba así el periódico católico que había en Granada) salió mi fotografía en primera plana, ocupando toda la primera plana, como San José, una caracterización imponente de San José. Y se habló de mí como hombre posible de teatro, de actor, de lo que fuera… Pero a mí aquello me interesaba secundariamente. El año treinta y cinco yo termino mis estudios de Filosofía, me dan el Premio Extraordinario. Quizás deba contar como conciencia social, en el desarrollo de conciencia social, una pequeña anécdota. Un buen día el profesor catalán, que tenía pruritos de aristócrata y de hombre refinado (luego me enteré de que no era tal), pero él se creía una gran persona; era un gran latinista, por otra parte. Este hombre…, entramos en el aula y este hombre…: mi primer contacto con la injusticia y la arbitrariedad es este hombre. Entramos en el aula, y el bedel se había dejado su gorra en uno de los pupitres de los estudiantes, allí, y dirigiéndose a mí me dice: «Señor Rubia, coja usted esa gorra; pero no la coja con las manos, coja un periódico, una página o lo que sea y lo tira usted abajo al patio». Y yo le dije: «Mire usted, la tira usted», le dije al latinista, y se armó el escándalo, ¡verdad!, y todo el mundo sobrecogido. Y me dice: «¡Se arrepentirá usted de esto!». Yo no podía hacer eso; espontáneamente rechacé la sugerencia y le dije que lo tirara él. Y entonces me denunció por mal educado, por falta de respeto al profesor; y me iban a hacer consejo de disciplina también. Bueno, pues yo me dije: «Bueno, yo voy a ver al decano, a Gallego Burín, y le voy explicar lo que ha pasado»; fue un impulso, me pareció arbitraria la cosa y reaccioné espontáneamente. Gallego Burín me dijo: «Hombre, pues esto…, pues tal…, él se ha quejado, yo no sé lo que vamos a hacer con usted…, tal…, pero a ver cómo se arregla y tal…, deje la cosa así». Pero entonces yo tuve una pillería, que fue elegir entre mis compañeros al más torpe… A los cuatro o cinco días de ese incidente teníamos clase de traducción; él se paseaba por la clase mientras íbamos traduciendo un párrafo…; él preguntaba: «Lea usted». Usábamos como libro de texto el Zenón [?] no sé si todavía se usa ese texto… Era un texto muy famoso, italiano, y traducíamos y tal. Cuando llegaba a mí, a partir de ese incidente, «pero usted no tiene la menor idea, eso está mal y tal…»; y se metía conmigo evidentemente. Bueno, pues vamos a ver qué hago yo aquí para defenderme de este señor; además corría el riesgo de mi beca.
José Manuel González Herrán.- Claro…
José Rubia Barcia.- Entonces lo que hice fue elegir a un catetito de un pueblo de Granada: el pobre no valía para nada, no tenía inteligencia para ser estudiante siquiera, y yo le preparaba a él todos los temas, y él tenía mis temas, y cuando le tocaba a él el profesor decía: «Muy bien, eso está muy bien…», le animaba y tal. Llegaba a mí y estaba muy mal, muy mal, muy mal. Llegué al final del curso y el señor me suspende. Entonces yo voy a junto el decano de nuevo y le dije: «Mire usted, tengo la autorización de la persona, pero no pienso mencionar el nombre; si usted me cree, me cree, y si no, pues…, pero ha sucedido esto, esto y esto; y en las clases ha pasado esto y esto; y este chico, no me importa si es el chico de un señor rico, no me importa el que yo dé su nombre o no dé su nombre, no voy a darlo a menos que sea necesario, y desde ahora le digo que esto ha pasado y este señor me ha suspendido, y esto me afecta y me afecta gravemente». Entonces reunió el Claustro o lo que fuera, no sé lo que pasó, el caso es que cambiaron la nota de suspenso a notable. Y es el único notable que tengo en mi carrera, todos los demás han sido sobresalientes y matrículas do honor, desde el principio de mi carrera hasta el final de mi carrera. Pero ese incidente me puso en contacto con la arbitrariedad, la injusticia, el que un hombre puede saber mucho y a la vez ser un grosero, un necio. De modo que son anécdotas, cosas que van formándole a uno de cierta manera. Funda don Fernando la Escuela de Estudios Árabes y yo soy el primero que se matricula, por indicación de este hombre que iba enseñar arte musulmán. Y entro en la clase, alterno una cosa con la otra. Año treinta y cinco: termino mis estudios normales, me dan el Premio Extraordinario en la Licenciatura, en los exámenes de Licenciatura, y me ofrecen… La República había creado Institutos de experimentación: eran Institutos, pero se permitía experimentar; entre ellos estaba el Instituto Ganivet de Granada. En el Instituto Ganivet de Granada la cátedra de latín la regentaba un muchacho de origen gallego que se fue luego a Venezuela, y… ¿cómo se llamaba este hombre, Magariños? Fue latinista conocido en Venezuela, y quizás en España también. Pero este hombre se marchó, la cátedra estaba vacante y entonces el director, que se llamaba Aniceto León Garre, que era el presidente de Izquierda Republicana en Granada, era murciano, me llama y me dice: «Me han hablado de ti... ¿Querías encargarte del curso de latín?». Bueno, pues me encargo del curso de latín. Y ese año, del treinta y cinco al treinta y seis fui profesor de latín en el Ganivet. Ya licenciado, yo me había venido ese verano aquí, a Galicia. No sabía qué hacer. Y fue el día más triste de mi vida el día que me licencié, que acabé la carrera. Porque ahora… ¿qué hago yo con esto, que hago con esto? Me vine a Galicia, y estando aquí en Galicia recibo un telegrama de Gallego Burín, me dice: «Tu beca en la Escuela continúa y el Claustro ha decidido encargarte de curso en la Facultad y que enseñes un curso de poesía desde el romanticismo a nuestros días». Pues aquello me solucionó, otra vez, un año más. Ya no tenía la beca para los estudios y entre la cátedra de latín del Instituto, provisional, y del curso y tal, me defendía ese año. Y me fui a Granada. Antes habíamos hecho una excursión por Marruecos; me puse en contacto con un alumno marroquí, y ya tuve problemas con las autoridades también, por la serie de artículos que escribí en El Defensor de Granada: algunos eran ofensivos para las autoridades francesas y para las autoridades españolas. Eso me provocó un pequeño conflicto en Casablanca. Pero de todas maneras terminé la cosa y, ¡ah!, empecé a trabajar en mi tesis doctoral. Por sugerencia de García Gómez yo iba a hacer la edición crítica de El diván, de Isaac ben Jalfón, un poeta del siglo XI, de Córdoba; hice la traducción y estaba trabajando en mi tesis desde el año treinta y cuatro. Cuando el año treinta y seis yo firmo la petición para participar en oposiciones en Madrid, oposiciones a cátedra de literatura. Firmo esta cosa…
José Manuel González Herrán.- ¿De literatura?
José Rubia Barcia.- De literatura. Pero tengo pendiente de lectura para octubre la tesis en Madrid, con García Gómez. García Gómez me había dicho que, a pesar de la discrepancia… No me tenía simpatía por mis ideas políticas: él era muy derechista, era muy católico y yo ya tenía fama de revolucionario, participaba en actividades de este tipo; participé… Un año antes de la sublevación general hubo una pequeña sublevación en Granada, participé en un mitin de masas en la plaza de toros, y se produjo un gran escándalo con todo aquello. Yo estaba muy activo con todo aquello. Alejandro Otero me encargó a mí entonces que yo llamara a los conventos y tal, para que las monjas evacuaran los conventos, porque temían que las masas…, y yo estuve en el teléfono toda una tarde llamando a conventos y tal. De modo que ya había una mezcla de actividad, y todo eso era un batiburrillo, una especie de cóctel, que yo no sabía por dónde iba a ir todavía, si al arabismo (la tesis iba a ser en árabe)… García Gómez me dijo: «Si usted lee la tesis ya, y yo me traslado a Madrid, yo le llevo de ayudante mío». Lo nombran a él en Madrid, en el año treinta y cinco, se va a Madrid y me deja embarcado allí, no se acuerda de mí, y entonces ya lo del arabismo…, esperaba leer mi tesis y quedarme en el aire. Pero estalla la guerra.
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Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada
Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 02 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Hablemos de la experiencia de la Universidad Internacional de Verano de Santander.
José Rubia Barcia.- Todo eso es un conjunto de cosas… El año treinta y tres se funda la Universidad Internacional de Santander, fundada también por Fernando de los Ríos cuando era Ministro de Instrucción Pública. En el año treinta y tres yo estaba metido en mis estudios todavía y esto se suponía que era para estudiantes muy cerca ya del final o al final de su carrera, ya licenciados. Entonces la Facultad propone a Molero y a mí (cada universidad tenía la posibilidad de enviar dos becados).
José Manuel González Herrán.- ¿De toda la Universidad o por Facultad?
José Rubia Barcia.- Por Facultad. Y entonces de mi Facultad vamos este Molero (que luego va a ser jesuita) y yo. Vamos a Santander, pero no vamos en el año treinta y tres, vamos en el treinta y cuatro. en el verano del treinta y cuatro. Es el verano que va a comenzar, al final del verano, el Bienio Negro, la revolución de Asturias, el intento de Huelga General…; me iré al final de ese verano a Galicia…, y a la vuelta llevar el mensaje a Granada, y estas cosas... En la Universidad Internacional empiezan las tareas, y yo soy un estudiante, como los demás de la Universidad Internacional… Fue una experiencia para mí inolvidable, porque era una Universidad integrada por gente de prestigio internacional, estudiantes internacionales y un ambiente extraordinario de conferencias, de discusiones en los pasillos y tal. Fue también el año en el que se le rinde el homenaje a Unamuno, y Unamuno está en la Universidad; va a estar Gaos, va a estar Ortega, va a ir…, va a ir también Zubiri: es decir, que hay tremendas personalidades en la Universidad. Pero ese año treinta y cuatro…, jaleos y tal…; entonces ocurre que hay un gallego que se llamaba Pena, Nieto Pena (a lo mejor vive todavía), que era el cronista de un periódico que se llamaba El Cantábrico… No sé si existe.
José Manuel González Herrán.- No, no existe, no.
José Rubia Barcia.- Pero La Región, que era el órgano socialista, no tenía a nadie en la Universidad. A mí no se me había ocurrido, pero de pronto se me ocurre decir: «Bueno, ¿por qué no hago yo crónicas de esto de la Universidad?; de las cosas que este señor no se ocupa, me ocupo yo en el otro periódico y hago crónicas...». Entonces fui a la redacción y me dicen que Malumbres, que era el director…
José Manuel González Herrán.- Malumbres, sí. Luciano Malumbres.
José Rubia Barcia.- Estaba en la cárcel. Entonces…, si está en la cárcel, saldrá o no saldrá…, y me fui a la cárcel a verlo. Le dije quien era, y que pertenecía a la agrupación socialista de Granada, y que tal…, y que me gustaría hacer crónicas. «Mira: el periódico está ahora muy mal... Hazte tú cargo de él, si quieres…; ve tú y encárgate tú». «Demonios…, yo no sé nada de estas cosas de periódicos...». Pero allá me fui, con la tarea de hacer parte de La Región y de comunicarme con él en la cárcel... Y empiezan a aparecer crónicas mías de la Universidad de Verano, algunas firmadas y otras sin firmar.
José Manuel González Herrán.- Firmadas como Xeruba.
José Rubia Barcia.- Como Xeruba: «Xeruba» era Xepe en gallego, Rubia Barcia. Y algunas, con mi firma: cuando se trataba de cosas llamativas, ponía mi firma, y si no, hacía otras cosas de crónicas de información y tal... Y ya desde la primera o la segunda semana empecé a escribir crónicas, e hice un número de crónicas. Allí llegó Lorca con su teatro, con «La Barraca», ese mismo año también; otra vez estuve en contacto con Lorca allí. Y la experiencia fue para mí asombrosa, de estímulo, de ponerme en contacto…; tuve incluso un estudiante, que era el director de la Casa Sueca en La Sorbona, en la residencia tal... Y este estudiante, el director de la Casa Sueca, pudo haber jugado en mi vida un papel importantísimo, porque al venir la guerra él me había dicho… Estudió español conmigo, y lo perfeccionó, y se estuvo todo el verano con clases particulares conmigo, mientras yo asistía a las otras clases. Este estudiante me dice –era hombre mayor que yo, también– me dice: «Si alguna vez quieres venir a Suecia me lo dices y ya verás que te encontraremos un puesto en Upsala o donde sea». Pasaron los años y toda la cosa… Pero bueno, la experiencia de Santander fue inmensamente favorable para mi experiencia en contacto con el mundo...
José Manuel González Herrán.- ¿Cómo pudiste simultanear ese verano el trabajo en la Universidad Internacional, las clases de español a este sueco, y el trabajo de un periódico como La Región…? Era un periódico pequeño pero que daba mucho trabajo para quien no era profesional...
José Rubia Barcia.- No olvides que yo tenía entonces veinte años, creo. Tenía una tremenda energía, estaba bien de salud y dedicaba todo mi tiempo a ese quehacer, y además a otros que no menciono... [risas]. Problema de juventud y energía, supongo. Y además un impulso casi ciego que me impulsaba a hacer cosas. Hay cosas que uno no puede explicar, es decir, las hace y no sabe el porqué, ya está.
José Manuel González Herrán.- Aunque sea un poco entre paréntesis, pero me interesaría una opinión sobre esta cuestión: has tenido ocasión, el año pasado, de volver a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que se reclama como continuadora de aquélla, aunque tal vez no lo sea. ¿Qué juicio te merece la diferencia o la seme52 53 janza que puede haber entre lo que tú viste en el año treinta y cuatro, y lo que has vuelto a ver en el ochenta y cuatro, cincuenta años después?
José Rubia Barcia.- No puedo ser objetivo en relación con esa comparación. De modo que mi juicio está teñido por una experiencia desagradable, muy desagradable. Mi experiencia en Santander ha sido una de las experiencias más desagradables que yo he experimentado en mi vida.
José Manuel González Herrán.- Independientemente de los sucesos que acompañaron aquel curso, el hecho de reencontrarte con aquella institución...
José Rubia Barcia.- Fue una gran emoción, pero al mismo tiempo… Eso me hace recordar la anécdota de un poeta árabe, cordobés, que está enamorado de una chica de Córdoba, y se pasa la vida, veinte años de su vida, cantándole, soñando con ella y tal…; y de pronto le nombran embajador en Bagdad, y entonces le dicen, al llegar a Bagdad, que su amada, que la mujer que ha cantado tanto está allí… Salió corriendo y no quiso verla. Algo de esto me pasaba en Santander. Llegué a Santander y me quedaban los edificios. Fui al Aula Magna, en donde yo oí hablar a Unamuno, donde estaba rodeado de gente que a mí me interesaba mucho; estaba excitado con tanta ciencia, tanta literatura, tanta filosofía. El tema de aquel año, el tema general, era la crisis del siglo XX, y todo giraba alrededor de la crisis del pensamiento, de la crisis de la filosofía, de la crisis del arte: fue un curso fascinante en todos los aspectos, estimulante a más no poder. Y ahora llegué y me encontré con una factoría de…; yo no sé lo que se hace ahora en Santander, ni lo que se enseña en Santander; no tengo la menor idea de la marcha ordinaria. Lo que si sé es que fui a participar en un homenaje y todo fueron dificultades, inconvenientes, gentecilla, problemitas; allí no había un espíritu como aquél que yo había vivido y que me ha influido para siempre. Es decir, la experiencia de adquirir conciencia de la transformación histórica que se producía en el siglo XX, que para mí fue crisis de crecimiento, no crisis de angustia, ni de pesares, ni de negación. Aquello era…, como era la España de la República: se abrían grandes perspectivas, por primera vez los jóvenes participábamos en la vida política, con un entusiasmo extraordinario, teníamos fe en el futuro, todo se preparaba y parecía que, por fin, España iba a cuajar en un gran país de nuevo. Era la culminación de todo el proceso desde la Restauración hasta ese momento. La República significaba borrón y cuenta nueva, y aprovechamos la experiencia inmediata y ahora el mundo es nuestro... Estábamos llenos de entusiasmo por España, por sus posibilidades…
José Manuel González Herrán.- Y todo eso se interrumpe con la Guerra Civil.
José Rubia Barcia.- Claro.
José Manuel González Herrán.- ¿Cuál es tu actuación, muy en resumen...? Yo tenía aquí en mis notas la idea de que tu actividad durante la guerra está entre las armas y las letras 54 55 (y no sólo jugando con el título de aquella revista), sino que de hecho mezclaba la espada y la pluma.
José Rubia Barcia.- De hecho fue así. Fui miliciano en el frente, fui delegado del Ministerio de la Guerra para problemas urgentes que aparecieron en Extremadura antes de que Franco pasara hacia el norte; estuve en la caída de Toledo, estuve en la conquista de Guadalajara, participé de alguna manera –hasta que me convencí de que era imposible hacerlo– en la organización de las milicias gallegas, y fui corresponsal de guerra de Política, porque… Política era el órgano de Izquierda Republicana, la dirigía entonces, primero Oscar Esplau, un escritor levantino que por razones de salud tuvo que dejarlo, y la dirigió después Ossorio Tafall, que era un catedrático del Instituto de Orense y que luego llegó a ser gobernador del Congo, es una historia fascinante… Ossorio Tafall me llamó cuando ya estábamos…, era el sitio de Madrid casi… No, esto fue antes de que comenzara la guerra: me llamó y me ofreció un puesto de redactor en el periódico, y estuve de redactor de noticias en el periódico cuando me suspendieron las oposiciones; porque, claro, a mí me suspendieron las oposiciones…
José Manuel González Herrán.- ¡Ah, eso no lo habíamos visto!
José Rubia Barcia.- Eso no me lo habías preguntado, pero es el determinante de por qué me coge a mí la guerra en Madrid. 55 56 José Rubia Barcia
José Manuel González Herrán.- Lógicamente tendría que haberte cogido en Galicia...
José Rubia Barcia.- En Galicia, o en Andalucía, pero no en Madrid. Yo fui…, yo firmé…, había dicho de hacer oposiciones…; voy hacer oposiciones en el año treinta y seis; en mayo llegué a Madrid. Y llegué a Madrid, liquidando ya mi periodo de Granada; ya no iba a volver a la Universidad, no iba a volver a la Escuela de Estudios Árabes –había terminado ya mi tesis–, no iba a volver a la Escuela de Estudios Árabes, no iba a volver tampoco al Instituto Ganivet; querían llevarme de nuevo, pero ya lo había decidido: «Voy a hacer oposiciones y saco una cátedra y ya está». No se llamaba eso cátedra, se llamaba encargado… ¿de qué?, no sé cómo se llamaba… Era una especie de cursillo…; se hacían cursillos de oposiciones a cátedras…; pero no sé qué carácter tenía aquello, no era como antes, la cosa permanente, sino que era otra cosa especial…, no me acuerdo…, bueno. El caso es que voy a Madrid y en el caserón de San Bernardo, pues nos reunimos allí trescientos jóvenes de todas las universidades.
José Manuel González Herrán.- En ese caserón de San Bernardo hice yo también mis oposiciones de Agregado de Instituto, en 1975…
José Rubia Barcia.- Bueno, pues ahí voy a hacer las oposiciones… o cursillos…: se llamaban cursillos…; si lo pasaba uno, te hacían catedrático permanente después. No había este sistema todavía, sino que si pasabas los cursillos te encargaban de cátedra. Bueno, el caso es que comparezco en Madrid, voy con cierta seguridad. 56 57 A esos cursillos asiste la hermana de Lorca –que todavía vive– y Laurita de los Ríos, la hija de don Fernando, compañeras mías de Granada… Y yo fui con una gran seguridad a los ejercicios, y tal…, me senté y tal…, y detrás de mí estaban Laurita e Isabel; de pronto en voz bajita me dicen: «Oye Rubia, ¿y esto qué…?». Yo les apuntaba… y tal…, y yo lo sabía. De modo que ellas mismas concedían que yo estaba preparado para pasar esta cosa. Al día siguiente aparece la lista y se me elimina: me habían eliminado en el primer ejercicio y aquello me produjo una impresión terrible; yo, que tenía grandes esperanzas de sacarme y arreglarme mi vida económica ya, empezando por ahí, pues me encuentro que se me elimina en el primer ejercicio. Yo no entiendo eso, mis compañeros no entienden eso. Entonces veo a don Fernando: «Ha pasado esto y no sé a qué se debe...». «Yo me enteraré». Se entera, me llama y me dice: «Hombre, lo que ha pasado es que parece que tienes una letra endemoniada y no han leído los ejercicios; te han eliminado porque no han leído tus ejercicios».
José Manuel González Herrán.- La letra endemoniada, ya...
José Rubia Barcia.- «La letra endemoniada…, y te han dejado en la calle por esto, porque había tantos candidatos, y a éste le han eliminado por la letra. Es injusto, ya ha pasado, ya no se puede rectificar eso. De modo que ahora arréglatelas como puedas». Entonces fue una de las etapas más angustiosas de mi vida: todavía tengo pesadillas recurrentes en relación con eso. Porque empecé a buscar trabajo en Madrid, academias particulares, busqué y busqué, busqué…; nada, no encontraba trabajo, se me estaba acabando el dinero. «Y ahora, qué hago, yo no quiero volver fracasado a Galicia, ni irme a Granada de nuevo; voy a ver si encuentro algo que hacer aquí». Y fue cuando Ossorio Tafall pasó a ser director de Política; entonces alguien me habló a mí de eso…, fui a ver a Ossorio Tafall, y Ossorio Tafall me empleó. De modo que resolví el problema por la vía periodística. A lo mejor hubiera acabado de periodista para toda la vida, escribiera o no escribiera. Empecé como noticiero: noticias de hospital, de casas de socorro, de tal... Pero ya con esta experiencia, además me dieron carnet de periodista, porque había colaborado en La Región, había colaborado en El Defensor, y había tenido una pequeña labor de periodista… y, entonces, me dan el carnet, y todavía tengo el carnet de Miembro de la Agrupación de Periodistas Españoles, sindicato UGT, lo tengo todavía en mi poder, y entro como periodista en Política.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 03 en 00/00/1985
José Rubia Barcia.- Pero ya empieza la guerra y entonces la organización de las milicias gallegas… Luego hay un auxiliar de Largo Caballero en el Ministerio de la Guerra, que me conocía de la FUE, y me dice: «Necesitamos un hombre de confianza; me dijo don Francisco, el camarada Largo, que hay que buscar a alguien…, tú eres el indicado...». «Pues, al demonio, vamos… ¿A dónde me mandan?». Fui a Extremadura, fui a Toledo, fui a Guadalajara, a todas las partes con misiones gubernamentales. Mientras tanto ya me habían reconocido para el servicio militar, y me habían declarado de servicios auxiliares, en el servicio militar antes de la guerra. De modo que no me habían llamado con mi quinta, no me habían llamado, y yo estaba ocupado en estas cosas… Pero entonces yo sigo en Madrid haciendo de corresponsal de guerra de Política ahora, yendo a los frentes con otro camarada del periódico; se va a París el que confecciona el periódico –yo había estado confeccionando parte del periódico con él, ayudándole– y resulta que acabo de confeccionador del periódico en las máquinas. Todo esto abre posibilidades de trabajo para el futuro y me llaman… De pronto tengo una llamada del profesor Aguilar, que era catedrático de Historia de Sevilla y era el delegado del Gobierno –que ya se había trasladado a Valencia– en Madrid; había delegados de Instrucción Pública, delegados de Guerra y tal. Miaja era el jefe de…, el general Miaja… Me llama este Aguilar (yo no conocía a este Aguilar) a su despacho, y voy, y me dice: «Mira, me han informado que tú eres el único arabista que hay en España –en la España leal–, y que sabes de estas cosas. El Gobierno quiere abrir una Universidad que funcione, para dar sensación de normalidad, y el rector va a ser José Gaos y se abrirá en Valencia. De modo que, por orden del Gobierno, te he buscado, te he encontrado y ahora te vas a Valencia y te incorporas a la Universidad de Valencia, que se va abrir, y tú vas hacerte cargo de la cátedra de árabe». Yo dije: «Pero si García Gómez está aquí…». Estaba escondido, claro. Y esto para mí era muy violento, la cosa esta era muy violenta... Pero fui a ver a García Gómez y le dije: «Pasa esto, y tal…, pero yo creo que usted es el encargado para...». «Ah, yo no, no…». Entonces hablé con Alejandro Otero: «Pasa esto y tal, dile que tú le garantizas que no le va a pasar nada…, y que se venga a Valencia». Entonces yo le dije: «Mire: dice don Alejandro (él le conocía como Rector de la Universidad), que venga usted a Valencia conmigo y que él le garantiza...». Pues muy bien; entonces me dice que sí, pero me dice: «Yo enseño la lengua, y tú enseñas la literatura». Yo nunca había enseñado literatura árabe; había estudiado los cursos de literatura árabe, pero no había enseñado la literatura árabe. «Yo la lengua y tú la literatura…». Bueno, pues, muy bien. Vamos allá y hay una reunión preliminar del Claustro en la Universidad que se va a poner a funcionar la cosa y tal... Mientras tanto, me llaman de la Caja de Reclutamiento, me llaman para…, oh, no, no, no…; me llama Otero (que estaba en Valencia, ya subsecretario de armamento). Fue un encuentro dramático mi encuentro con Otero en Valencia. Él creía que me habían fusilado en Granada...
José Manuel González Herrán.- Ah, porque creía que estabas en Granada. De haber estado en Granada te hubieran...
José Rubia Barcia.- Me fusilan, claro. Y si llego aquí, también. De modo que en los dos lados, ¿no? Él creía que me habían fusilado en Granada y cuando me vio el hombre, como si fuera mi padre, se abrazó a mí conmovido y tal… Y entonces Otero me dice: «Yo te necesito a mi lado, no tengo hombres…, estoy rodeado de traidores, te necesito a mi lado». «Pero, don Alejandro, yo estoy ahora con esta cosa de la Universidad, no sé lo que va a pasar y tal...». Entonces dice: «Mira, un compás de espera mientras se resuelve eso…; el Ministerio de Instrucción Pública ha decidido publicar un órgano de milicias de la cultura y esta cosa está a cargo de un señor que se llama Domingo Amo y no tienen director. Como está en manos de los comunistas, yo necesito un joven socialista allí y tú eres el más indicado». Porque yo había hecho El Estudiante, en Granada, y me conocía ya como redactor de El Estudiante. «¿Y por qué no te proponemos al Ministerio de la Guerra que te hagan Miliciano de Cultura de División, y pasas a ser el director?». En efecto, el decreto está en la Gaceta de la República, nombrándome Miliciano de Cultura de División; debía ser asignado a una División como Miliciano de Cultura…; en vez de eso me ponen de director del periódico, órgano de todos los milicianos de todo el país. Entonces empiezo a trabajar en la cosa de la organización de eso. Lo bautizo yo como Armas y Letras…; empiezo a trabajar en eso y hago siete, ocho o nueve números. Pero el Gobierno va a trasladarse a Barcelona y don Alejandro dice que me necesita…; mientras tanto hay una crisis del Gobierno, el Ministerio de Instrucción Pública pasa a manos de la Montseny, anarquista, y los comunistas son rechazados, los socialistas son rechazados, y se apoderan de la revista los anarquistas. De modo que me quedaba el campo libre para ir a Barcelona.
José Manuel González Herrán.- Perdona un momento: en Armas y Letras, ¿escribiste algo o simplemente dirigiste?
José Rubia Barcia.- No; escribí, dirigí, monté la revista en colaboración con un muchacho dibujante valenciano que se llamaba Ponsat. No había imprenta en Valencia, íbamos a Madrid a hacerla a una imprenta a Madrid; casi atravesando los frentes de guerra, volvíamos de Madrid. Cuando iba a Madrid parábamos en la Alianza de Escritores, que dirigían Alberti y María Teresa [León]; allí pasábamos la noche, a veces, un par de días, con el Madrid bombardeado y toda la cosa…, recogíamos las cosas del periódico, nos las llevábamos a Valencia y se distribuía desde Valencia por todos los frentes. Yo escribí las editoriales de Armas y Letras sin firma; pero una cosa muy curiosa ocurrió. Yo por casualidad encontré…, es una cosa muy curiosa esto… Yo no tenía tendencias pro comunistas de ninguna clase; de hecho me opuse un poco al Carrillo este, que era el que había unificado a las Juventudes [Socialistas y Comunistas]; hubo una reunión de intelectuales internacionales en Madrid y otra en Valencia, a la que yo asistí. Y la conexión con el Partido Comunista era un poco…; no era muy fácil, entonces… (Pero no sé a que venía esto último…).
José Manuel González Herrán.- Lo de Armas y Letras, donde, aparte de escribir editoriales…
José Rubia Barcia.- Editoriales… Cayó en mis manos un poema en inglés (yo había estudiado inglés aquí, en Ferrol, tres años con miss Lidia, cuando yo era estudiante de bachillerato, aparte también); cayó en mis manos un poema que se titulaba en ingles «Nanking Road», de un señor llamado Mao Tse-Tung. Me impresionó tanto aquel poema (que era de la carretera de Nanking…, pero que era mi experiencia en la carretera Valencia-Madrid, Madrid-Valencia, ¿no?), que lo traduje al español, y está publicado en Armas y Letras; es la primera traducción que se ha hecho al español de Mao Tse-Tung, antes de que fuera célebre o conocido.
José Manuel González Herrán.- Ni como poeta ni como político.
José Rubia Barcia.- Nada, nada, de modo que esto es una cosa muy curiosa, esta coincidencia de que yo fuera el primer traductor de Mao Tse-Tung. El caso es que salió el periódico, que funcionaba muy bien, las cosas marchaban muy bien, y me traslado a Barcelona por indicación de Alejandro Otero. Me asignan a la Secretaría Técnica y ponen en mis manos todo el archivo de correspondencia con Rusia. De modo que durante ese periodo, la operación de Teruel…: fue una experiencia vivísima para mí, porque yo no esperaba las cosas que iban a suceder, era totalmente inesperado. Por ejemplo, él se desesperaba con esto…; Alejandro Otero era un ser extraordinario, y una de las anécdotas de él es que los comunistas le acusaron de haber hecho perder un barco con cargamento de guerra que venía de Suecia para la España leal, y él dice: «El único dinero que tengo (tenía unos cuatro o cinco millones de pesetas en Suiza), lo pongo a disposición del Gobierno para reemplazar ese barco»; y se quedó sin un céntimo. Todo el dinero lo invirtió en reemplazar el barco perdido y cortó la cosa esa de los comunistas de una manera tajante. Tuve grandes experiencias con este hombre, extraordinarias: de valentía, de arrojo, de decisión, de decencia, de honradez. Fue para mí un ejemplo humano decisivo en mi vida. Yo no he conocido a nadie con una integridad humana, personal, intelectual y científica como la de este hombre. Fue una especie de modelo que yo encontré en la vida. Entonces estuve al servicio de la Subsecretaría de Armamento unos ocho meses antes de que se acabara la guerra, encargado de la correspondencia esta, con claves…: escribíamos a Rusia en clave, pasábamos a la embajada española. El señor Pascual era el embajador en Moscú, y pasábamos la información en clave, pedíamos las armas y tal; pero pedíamos… a lo mejor pedíamos tantos tanques, y tal y tal…: «Oficio de acuerdo con su petición de tal y tal… llegará al puerto de Barcelona el barco tal y tal… que llevará trescientos camiones…». No habíamos pedido los camiones, pero nos mandaban camiones, porque sobraban camiones. Es decir, que todo era un rejuego, no era juego limpio aquel, no. De modo que aquello me hizo asociar comunistas y católicos: el dogmatismo, la cerrazón mental, y afirmó mi decisión de no caer en esa línea, porque podía haber caído fácilmente, no.
José Manuel González Herrán.- Porque en ese momento…
José Rubia Barcia.- Las Juventudes Unificadas…, ellos eran eficaces en los frentes. De modo que… eso me afirmó… esa experiencia me afirmó y me acercó a lo que Fernando de los Ríos –a quien se le consideraba entonces importante– expresa en su libro Socialismo humanista, que es una versión española del socialismo, que luego se internacionalizó. Fernando de los Ríos fue el primer socialista humanista en Europa; y, esto, que es una versión española, se correspondía con Pablo Iglesias y con la tradición indígena española del socialismo. De modo que eso me abrió, ya me fijó el horizonte político en esa línea. Bueno, el caso es que un mes antes de que se acabe la guerra, en un bombardeo de Barcelona me hieren. Resulto herido y no le doy mucha importancia…: estaba en el suelo cuando caen las bombas, algo me dio y me lastimó en un brazo; sí, estoy herido en el brazo; en este brazo se nota ahí una especie de cicatriz, ¿ves? Tenía un pedazo de metralla incrustado en ese brazo y el brazo a los seis días estaba hecho una monstruosidad, y no había éter, no había nada; la alternativa a esto, si no hay resultado, era amputar el brazo y por poco me quedo manco como consecuencia de esto. Me operaron en Barcelona: Alejandro Otero hizo que trajeran por avión éter de Valencia para operarme; me operaron en Barcelona, y ya vino la catástrofe final… Entonces la Subsecretaría me encargó a mí que pasara a Francia los archivos de la Subsecretaría y fui a Besalú, que era el centro donde estaban, en la provincia de Gerona, de Besalú a los Pirineos, con los archivos de la Subsecretaría… y con orden de que, si tenía que pasar la frontera, que ya los quemara…, cartulinas y cosas de ésas a montones. En efecto, a la gente que yo me llevé para ayudarme en esta tarea, los mandé a la frontera; me quedé yo solo con todo esto y le puse fuego una noche; pongo fuego y empiezan a caerme los bombazos todos alrededor de la hoguera, en plena montaña…; desde abajo disparaban las fuerzas de Franco ya. Y con una mula, y solo, y el brazo en cabestrillo, pasé la frontera. Y llevaba conmigo, encargado también por el Gobierno, que me habían dicho que vendrían unos pastores navarros, que iban con un rebaño de tres mil ovejas…, que tenían que llevar a la frontera, y que yo me hiciese responsable de la cosa… Todo esto parece esperpéntico y extraño. Pasé la frontera y allí estaba García Gómez conmigo; pasó la frontera conmigo: de hecho, me ayudó a pasar la frontera, porque estábamos en una cabaña de pastores una noche, ya desesperados; no nos dejaba la policía francesa pasar, y él se acercó a la frontera, y vino a propósito para decirme que la frontera estaba abierta y que ya se podía pasar. Había unos cinco o seis mil hombres esperando allí. Y pasamos León Garre, su cuñado y yo. Esto está poetizado en mi libro Umbral de sueños, donde hay una versión poética de esta trinidad que pasa la frontera… Pasamos la frontera, e inmediatamente, al campo de concentración. Campo de concentración: yo débil, muy débil, con el brazo así…, perdí una de mis maletas con la mula que se cayó, y ya no podía cargar con la otra maleta…, y llevo una pequeña maleta conmigo al campo de concentración. Y, esa noche, primera noche en el campo de concentración…, yo me muero en el campo de concentración.
José Manuel González Herrán.- ¿Cómo que te mueres?
José Rubia Barcia.- Sí. Sí, sí, me muero en el campo de concentración. El campo de concentración era en plenos Pirineos, mes de febrero, todo nevado, con una alambrada alrededor y unos cuatro mil hombres metidos ahí, encerrados ahí como ganado. Y llega la noche…; antes de llegar la noche, unos senegaleses negros con ametralladoras que cuidaban el campo tiraban por encima de la alambrada puñados de carne de caballo cocida, y la gente, como los perros, apoderándose de un pedazo de carne…, todo el mundo estaba hambriento. Y esa noche, pues..., las maletas…, el suelo estaba nevado, las cuatro maletas, la de Garre, su cuñado y la mía, en el suelo; sobre las maletas nos encaramamos allí para no estar en la nieve, y surgió una manta del cuñado o de quien fuere sobre las cabezas y allí, a temblar de frío. Yo perdí el conocimiento…, a una hora o dos horas de eso perdí el conocimiento. Esto se lo contaba León Garre (que acaba de morir en Barcelona, fue director del Instituto Balmes de Barcelona), se lo contaba a Eva. Porque yo se lo había dicho. Es tan increíble todo esto que parece una novela. Entonces ellos, el cuñado y él, cuando me vieron que perdía el conocimiento, me desnudaron y me friccionaron con nieve, y volvieron a tal… Entonces yo resucito; a las dos o tres o cuatro horas resucito, temblando de frío y tal. Pero si me dejan, ya nada... Esa noche, esa primera noche, por la mañana, sacaron más de cuatrocientos cadáveres del campo: se habían muerto de frío…
José Manuel González Herrán.- En esa noche.
José Rubia Barcia.- En esa sola noche. Todo esto es pintoresco y tal, no tiene nada que ver con...
José Manuel González Herrán.- Sí tiene, porque es mucho más interesante de lo que podría parecer…
José Rubia Barcia.- Bueno pues, ahora viene todo el episodio de ser derrotado en Francia y lo que ocurre. Casi pasamos un millón de españoles la frontera; Francia no está preparada para recibirnos…, hay un gobierno muy débil, el de Léon Blum; hay crisis económica y, entonces, le digo a León y a su cuñado: «Yo no me quedo otra noche aquí, porque significa que me muero, me voy… yo me escapo como sea, me voy a donde sea». «Pues vamos contigo, pues vamos, pues vamos los tres». En la segunda noche encontramos…; alguien…, esas cosas que pasan…, encontró unos alicates, nos los prestó y esa noche, a la noche siguiente, como a eso de las diez de la noche, con los alicates cortamos parte de la alambrada y deslizándonos, ya de noche, fuimos arrastrando las maletas, fuimos arrastrándonos nosotros, nos alejamos como unos cien o doscientos metros del campo; y, ya lejos del campo lo suficiente para ponernos de pie, nos pusimos de pie, empezamos a marchar, fuimos dando la vuelta al pueblo. El pueblo se llamaba Saint Laurent-de-Cerdans, está en plenos Pirineos, y había una especie de hotel…, pensión…, al otro lado del pueblo…, nos acercamos allí: y a una señora que estaba allí le dijimos que éramos…, que nos habíamos escapado de este sitio, pero que podríamos tener la posibilidad, quizá, de tener… dinero…, de que nos irían a buscar…, que si quería escondernos…, que le pagaríamos. Yo tenía una pluma de oro que me habían regalado mis estudiantes del instituto, y tenía también una Leika, una cámara alemana, y tenía [risas] un corte de traje que pensaba hacerme, que estaba en la maleta. Eso se lo di a la señora, y Garre le dio otros objetos, el otro, otras cosas… y la señora permitió que nos quedáramos… Entonces, salíamos todos los días. Yo escribía a Alejandro Otero, que estaba en Perpiñán, si podía sacarnos de allí. Y todos los días salía uno de nosotros a ver si había correspondencia, o si venía alguien o lo que fuera. Por turno, nos poníamos por turno. Uno de los turnos me tocó a mí…, me cogió la policía y me llevó otra vez al campo de concentración. Entonces, yo me escapé de los policías; y además me había enterado por la señora de que el alcalde era socialista. Entonces, me escapé, me fui al Hôtel de Ville gritando: «¿Dónde está le maire, le maire, le maire…?». Por fin salió el maire y le dije: «Estoy desesperado…, esto no puede ser, y tal…, a mí me condenan a muerte de esta manera…»; le enseñé mi carnet del partido y todas las cosas, y al hombre lo convencí para que me dieran un laissez-passer, que es una autorización para no estar en un campo de concentración, porque en circunstancias especiales se podía hacer eso, en caso de que hubiera ayuda de fuera. Me dio un laissez-passer, le pedí otro para Garre, y otro para el cuñado, y con tres laissez-passer ya podíamos esperar un mes. Otero nos mandó desde Perpiñán un automóvil con una bandera de la embajada belga y un chofer, para que viniera a recogernos, y entonces nos fuimos a Perpiñán. Sigue toda una historia larguísima de incidentes. El caso es que…, fui…, incluso renté en un castillo, un château en Francia; me llevé allí siete u ocho de los más desgraciados... Le escribí a un tío de América (tú lo conociste…, Antonio); y Antonio me abrió una cuenta corriente con fondos ilimitados en la Société Générale. Y entonces yo dije: «Pues ya, con esto me defiendo». Y alquilé un castillo, un château abandonado en Saint Silmont, al noroeste de París. Estábamos en la «Maison des Elephants», en Saint Germain, en las cercanías de París; todos los empleados de la Subsecretaría esperando ser conducidos por avión a Madrid…, íbamos a volver a Madrid. Porque la guerra no se había acabado; el frente se había dividido, pero seguía una parte en nuestras manos. Y estábamos concentrados esperando a que Alejandro Otero nos diera a todos órdenes de tomar los aviones e irnos. Pero mientras tanto, yo no quería ser carga; tenía dinero para vivir allí, pues alquilé ese château y me llevé a algunos conmigo. El jefe del château era un jefe de policía; el jefe de policía me engañó…, quiso cobrarme más después…, y yo le dije unas cuantas cosas… El caso es que dio orden de detenerme y tuve que marcharme corriendo del château. Y nada... Con muchos incidentes, con seguir muchas peripecias, no había manera, busqué salida de Francia, no había manera... Lo primero que hice fue buscar al estudiante sueco. Fui a buscarlo a la residencia, a ver si estaba, porque dije: «Éste probablemente me da una solución pero ya no está, habían pasado dos años y ya no...». Fallaban todas las posibilidades; y, entonces, entre la gente que estaba en París…: éste no había luchado en España…, era un muchacho de La Redonda, de aquí, que me encontré por casualidad y me dijo: «Tú eres de Mugardos, y tal…». En un café, en París, nos identificamos. Yo le dije mi problema; «Mira, lo vamos a resolver, porque yo soy muy amigo del portero de la embajada cubana, que es también gallego. (Esas cosas…: otra vez el destino, esas cosas...). Y yo le voy a hablar». Bueno; entonces le habló, y me dijo que fuera a verle. Fui a verle y me dijo el portero de la embajada cubana… Porque pasaron otras muchas cosas, fui a parar primero a Toulouse, después a Burdeos, después a Limoges.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 04 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- ¿Cuánto tiempo estuviste en Francia?
José Rubia Barcia.- Casi tres meses: dos o tres meses… Luego a Limoges, y de Limoges fue cuando me informaron de que recibía el dinero; mi tío me coloca el dinero, en Limoges, cuando ya me iban a echar del pequeño hotel donde estaba escondido. Y entonces me detuvieron, fuimos al hotel y había un telegrama de Antonio diciendo: «Fondos ilimitados. Société Générale». Volví con el policía a la jefatura y le dije: «Yo puedo irme ya, no soy carga para tal, tal...». Y me dejó que me marchara, con la excepción de ir a París: no podía ir a París. Pero en vez de hacerle caso me fui a París…, buscaba otra cosa. Pero llegué allí a la embajada española, ya en poder de los franquistas: estaba todo cerrado, no me dejaron entrar; ahora…, cómo…, aquí no puedo quedar. Un lío de mil demonios... Por fin resolví la situación, y de las dificultades que tuve después con el château y tal…, me marché a París, dejé pagado un mes; me marché a París, y en París ya empecé las gestiones para salir de Francia, porque me perseguía la policía francesa, por culpa de aquello que había tenido con el policía de Saint Silmont. Y con este contacto de este chico de La Redonda y el portero…, el portero me dice: «Yo no puedo hacer nada más que ponerte en el pasillo de la embajada, dentro, y cuando pase…» (Cuando yo iba en el tren de Limoges a París, en el periódico francés leí que no había embajador de Cuba, la encargada de negocios era una escritora francesa, muy mona, mayor que yo, naturalmente, que se llamaba Flora Díaz Parrado; hacía teatro, literatura y tal… Yo dije: «Hombre, a lo mejor le entro a esta chica de alguna manera...»).
José Manuel González Herrán.- Claro: teatro, literatura...
José Rubia Barcia.- «Cuando ocurra la posibilidad de entrar, te pongo en el pasillo y tú le hablas…». La pobre mujer se llevó un susto padre, porque estaba en medio de la oscuridad esperando a que llegara ella y me acerco, creyó que la iba a matar o algo así. Flora Díaz Parrado: una mujer encantadora, muy conocida después…; murió en París no hace mucho. Flora Díaz Parrado me dice: «Mira, yo no tengo autorización para darte visado». (Yo no tenía pasaporte, conseguí el pasaporte internacional de la Sociedad de Naciones, para los apátridas). Y me dice: «Yo no puedo darte autorización, mi Gobierno no me autoriza. Lo que puedo hacer es darte un permiso mío de entrada en Cuba, y si consigues que la gente de allá lo reconozca, pues te dejan entrar, y si no, pues yo no sé, te las arreglas como puedas». «Déme lo que sea», le dije. Como estaba ya perseguido, me recomendaron un fotógrafo en Meaux, que era comunista y que hacía pasaportes falsos, y cosas de ésas... Fui a ver a este, a este fotógrafo, y me dijo: «Yo te doy documentación para que puedas llegar a La Rochelle sin dificultad». Y este comunista, sabiendo primero que yo no era comunista, un fotógrafo francés, me dio un pasaporte falso para llegar a La Rochelle…; si la policía me…, me… Yo no era español, era húngaro, o no sé lo que era. Bueno, entonces me voy hacia La Rochelle a embarcarme… (Eso también está idealizado en Umbral de sueños). Voy a La Rochelle y el barco está alejado, no está ya en el puerto, salía al día siguiente, yo tengo ya el billete –lo había comprado en París– y me monto en el barco…, una chalupa que me lleva al barco y voy al barco en chalupa. Llego al barco, huyendo de las autoridades de emigración; voy en chalupa de noche al barco. Entro en el barco, y en el barco estaban ya el resto de la Brigada Internacional, la parte cubana de la Brigada que regresaba a Cuba. Iba un especialista en niños, un médico español…, iban algunos emigrantes…, iba gente rica en primera y tal…, y allí nos metemos en ese barco. Era un barco del que Francia se había apoderado en la Primera Guerra Mundial, un barco muy viejo, mitad de mercancía y mitad de pasajeros. Y con eso me dirijo a Cuba; me enfermo por el camino, me cuida el médico este español, de vez en cuando; reponiéndome, me voy a primera y juego al póker con algunos de estos emigrantes ricos que volvían…; tengo ya una pequeña relación social…, vuelta a la normalidad…, la brigada cubana cantaba canciones cubanas hasta mitad del Atlántico; a partir de mitad del Atlántico para allá cantan canciones españolas. Todo un mundo muy curioso. Y llega al puerto, llega el barco a puerto y sube Inmigración y me dice: «Usted no puede desembarcar, de modo que tendrá que seguir en el barco (el barco iba a Chile), tendrá que seguir en el barco hasta Chile: este documento no sirve».
José Manuel González Herrán.- El documento de la Flora, ¿no?
José Rubia Barcia.- No sirve, no lo quieren reconocer. Pero otra vez las casualidades..., el destino…, la casualidad…, el hado…, lo que determina lo que vamos a hacer en la vida… En mi caso, y en mi generación, en toda mi generación, somos lo que somos porque no había otra solución. Algunos tenemos suerte si coincide con los de uno, otros no tenemos suerte, pero…
José Manuel González Herrán.- Pero no habíais hecho vuestro destino.
José Rubia Barcia.- No, lo de Ortega, «la vida, proyecto vital», eso se nos niega. No hay tal cosa.
José Manuel González Herrán.- La generación que más siguió a Ortega…
José Rubia Barcia.- Seguramente… Pero no hay tal cosa: somos víctimas de algo en lo que no tenemos gran responsabilidad…, las circunstancias... Bueno; yo estoy en La Habana, y llamo a mis tíos, que vengan a visitarme…, los dos…: tenía dos tíos. Da la casualidad que mi tío mayor –ya muerto–, José, no estaba muy bien económicamente. Era maestro masón en una logia cubana, en la que era aprendiz Batista. Y el otro, Antonio, había sobornado ya…, había dado no sé cuantos cientos de dólares a las autoridades de Inmigración para que permitieran a un abogado y a ellos subir y bajar al barco. Mientras tanto, los periódicos cubanos, a voces, diciendo: «Intelectual español tal…, detenido en La Habana…, tal…». Ya estaban los periódicos anunciando que yo tenía problemas en La Habana. Pero en ese momento se me ofrecen tres posibilidades. Primera posibilidad, venía un Herr Cartafund, que era profesor en la Universidad de Quito: era alemán, antinazi, y me dice: «En Quito hay posibilidad de utilizarte en la Universidad. Cuando lleguemos a las costas de tal, y yo desembarque en Guayaquil, pues nada, tú te vienes conmigo y yo te meto…; estoy seguro que te meto en la Universidad. No te preocupes: si esto no se resuelve, a Guayaquil». Otro, un catalán que tenía negocios en Lima, me dice: «Mira, yo tengo un gran problema…: tengo tres hijas, todas en edad casadera; tengo mucho dinero, tú eres español y yo te caso con una de mis hijas y eres director de mis fábricas». Y dos muchachos que iban a crear una editorial teosófica en Santiago de Chile: «Tú te vienes con nosotros, hombre, a la teosofía; nada, te vienes a Chile a nuestra editorial…, tendremos seis…, nada no te preocupes…». Pero, mientras tanto, mis dos tíos están trabajando; y, por fin, ni voy a Chile, ni me caso con la peruana, ni… Entonces me dejan desembarcar, pero me llevan en un bote al campo de concentración, provisional, mientras el barco no vuelve para recogerme; no me dejan desembarcar en la ciudad. Entonces me llevan a una cosa que se llama Triscornia, que está lleno de chinos, todos chinos; el único blanco que había allí era yo; y ya el primer día nos hacen desfilar desnudos, en pelotas, para las duchas. Era como un presidio, pero todos amarillos menos yo. Ya te digo, todas estas cosas, no sé si algún día (risas)
José Manuel González Herrán.- Aquí hay muchas novelas. Material para...
José Rubia Barcia.- Claro, por eso te digo que depende de lo que te interese más, porque tanto material, tanta cosa… Entonces ya, cuando llegué a Cuba, yo tenía una carta para un muchacho, también gallego; se llamaba Vázquez, cuentista, que escribió…, se ha publicado aquí en España un libro de cuentos suyos…; se fue refugiado a Venezuela, con la revolución de Castro; pero era gallego y era el que estaba encargado de la página española del periódico El Pueblo, en La Habana. Y era la única persona…: el de La Redonda me había dado las señas de ese…; y cuando ya me soltaron, a los cinco días, me dejaron salir del campo este, y ya me fui con mi tío el joven, y ya me disfrazó de cubano, porque yo llegaba con un traje francés absurdo para un clima tropical y tal…, y él me vistió, me desnudó y me vistió: me hizo adaptarme a la cosa…, me dio un lugar donde yo podía vivir y empezar a respirar, y me fui a ver a este chico. Este chico en seguida me dio una carta para un profesor joven de la Universidad de La Habana, y a los quince o veinte días de estar allí daba un ciclo de conferencias en la Universidad de La Habana.
José Manuel González Herrán.- ¿Sobre qué eran?
José Rubia Barcia.- La cultura arábigo-española. Hice un ciclo de conferencias sobre cultura arábigo-española en la Universidad, que tuvo mucho éxito; y, ya entonces, el grupo de refugiados allí era pequeño, pero allí estaba Ruiz Funes, catedrático de Derecho, de Murcia…; estaba cuando yo llegué; estaba Mira López, que era un psicólogo importante, catalán…; estaba Manolo Altolaguirre, Bernardo Clariana…; había uno que murió aquí, un gallego, Ángel Lázaro, que escribió…
José Manuel González Herrán.- Sí, sí…
José Rubia Barcia.- Bueno, de modo que había allí un grupo…; estaba Ferrater Mora, el filósofo. Y entonces se nos ocurrió organizar una Universidad Libre. No teníamos dinero para hacer eso, pero Altolaguirre conocía a una multimillonaria cubana, con la que se casó después, después de divorciarse de Concha; multimillonaria, trescientos o cuatrocientos millones de dólares, y esta mujer decidió financiar la creación de la Escuela Libre de La Habana. Y fundamos la Escuela Libre de La Habana. Uno de los segmentos de la Escuela era la Escuela de Artes Dramáticas. Había varios refugiados europeos también, de fama internacional, que eran directores de teatro, estaba un tal Sajovich, que había sido discípulo de Reinhardt; un argentino que había estudiado en Rusia, y otro muchacho asturiano que también había hecho teatro… Un grupo de gente…: fundamos eso, y acabé siendo yo el director de la Escuela Libre de La Habana; fundador de la Academia de Artes Dramáticas, con temporadas teatrales en Cuba, con permanente en la Escuela de Verano de la Universidad, conferencias ocasionales aquí y allá… Hice radio, con unas adaptaciones mías de novelas radiales y montones de cosas. Y estuve metido en faena ya en Cuba cuatro años. Enseñé Gramática Histórica en la Universidad de La Habana…, muchas cosas…, una multiplicidad de actividades. Y me conocían ya, en toda La Habana me conocían; llegué a ser muy conocido en Cuba. Casi no pasaba semana en que yo no apareciera en el noticiario cinematográfico, dando conferencias o haciendo lo que fuera, y mis obras de teatro, mis montajes eran excepcionales; la Asociación de la Prensa Cubana me dio el Premio Nacional de Montaje, porque monté la Fiesta de los Villancicos en la Plaza de la Catedral, usando toda la fachada de la Catedral…; una cosa impresionante: me dieron el premio de montaje de dirección a una obra de teatro allí.
José Manuel González Herrán.- ¿Qué motivó este redescubrimiento de la vocación teatral? Porque de hecho…, claro…, tú habías tenido alguna experiencia, pero no era, no había sido muy importante, ni muy intensa...
José Rubia Barcia.- Exacto. Lo motiva el hecho de que a mí me interesaba el teatro, que yo había escrito ya mi Tres en uno: no sé si tú lo has leído.
José Manuel González Herrán.- No; me has hablado de él, incluso me has hablado de que es tu primer libro.
José Rubia Barcia.- Sí, claro, claro… Yo lo había escrito, lo había terminado en Barcelona antes de salir…
José Manuel González Herrán.- Durante la guerra.
José Rubia Barcia.- Durante la guerra y ese libro…
José Manuel González Herrán.- ¿Con intención de publicarlo solamente, o de que lo representasen?
José Rubia Barcia.- Sin intención…, para escribirlo… Lo escribí porque me parecía una cosa fundamental –y me sigue siendo pareciendo fundamental– para un cambio total en la manera de estar España en el mundo. Entonces escribí ese auto sacramental, un «auto sacramental al revés». Llegué a La Habana y, entonces… Manolo Altolaguirre, con la ayuda de esta millonaria, había montado su imprentita, y yo le enseñé a Manolo Altolaguirre el auto sacramental: «Esto lo publico yo». Inmediatamente lo publicó él en la colección «La Verónica» en La Habana. Tuvo un gran éxito. Es un auto sacramental que provocó sensación, no sólo en Cuba, sino en toda Hispanoamérica; y tanto trascendió la cosa, que quisieron montarlo los nazis, como un testimonio anticristiano. El auto no es anticristiano, es otra cosa; pero los nazis querían utilizarlo como un testimonio anticristiano. Y Altolaguirre me preguntó, y yo le dije: «No, no; ya esto no».
José Manuel González Herrán.- Hasta aquí no.
José Rubia Barcia.- Y no lo montaron. Pero se mandó la edición a México, la distribuyó allí Edhasa, que era la distribuidora más importante de los españoles, y se agotó, tuvo un gran éxito. Ya me di a conocer, colaboraba en la prensa también: en Carteles colaboré…, en Bohemia, en el periódico El Pueblo, de mi amigo el gallego. Era periodista, director de teatro, catedrático de Universidad, un montón de cosas… Y me sentía muy a gusto allí. Pero cuando fracasó la Escuela Libre de La Habana…, fracasó…, la Escuela Libre de La Habana fracasó…, fracasó por cosas que son… Hay cosas que se pueden decir y cosas que no se pueden decir. Fracasó porque no accedí a un soborno al que quería someterme el Ministerio de Instrucción Pública: querían ofrecerme una subvención de varios miles, de ciento cincuenta mil dólares al año, pero yo tenía que firmar que…, firmar por los ciento cincuenta mil, pero recibiría sólo cincuenta mil. Y yo dije: «Esto lo llevo al Claustro; explicaré la cosa, y si alguien quiere aceptar…».
José Manuel González Herrán.- ¿Cómo se financiaba eso (aparte de la subvención de la millonaria)?
José Rubia Barcia.- Los estudiantes, claro… Allí empezó a funcionar la Academia de Artes Dramáticas, porque era la única cosa que nos daba dinero, y yo era el director de la Academia de Artes Dramáticas. No era exactamente una especie de teatro, no exactamente profesional, pero profesionalizado en la medida en que se financiaba... Claro, y entonces eso tuvo éxito, mucho éxito. Es la primera Academia de Arte Dramático que hubo en el mundo hispanoamericano y aquello tuvo una gran repercusión en toda Hispanoamérica, y algunos de los actores y directores que han salido de mi academia son famosos. La mejor actriz de arte dramático que tiene ahora México es la Carmen Montejo, que empezó conmigo a los quince años, es la mejor actriz de arte dramático.
José Manuel González Herrán.- Y ya en aquella academia, aparte de montar determinados textos teatrales, teníais actividades de clase, etc. Aparte de dirigir, les dabas clases.
José Rubia Barcia.- Claro, naturalmente: clases de interpretación, clases de dicción, clase de montaje, de modo que había incluso clases de escenografía, voz, impostación de voz, todo, era una completísima academia. Y eso fue lo que nos salvaba.
José Manuel González Herrán.- En La Habana no habría otra cosa…
José Rubia Barcia.- Nada, no había nada, nunca había habido nada, ni en Hispanoamérica, nada similar. De modo que… han hecho una tesis doctoral sobre mi actividad teatral en La Habana. Llegué a ser muy conocido como director de teatro. Esto fue en gran parte…, esto tiene una continuidad…, pero se interrumpe…; porque llega un momento en que con todos los esfuerzos que yo hacía allí, el trabajo que desempeñaba y las responsabilidades que tenía, no ganaba lo suficiente para vivir. Entonces me invitaron de Middlebury, en los Estados Unidos, a que fuera a dar un curso de verano a los Estados Unidos. Pero la Universidad no me dejó ir, porque yo tenía un contrato para enseñar el verano aquel y no podía ir a los Estados Unidos. Entonces fue en mi lugar un poeta valenciano, Bernardo Clariana, muy amigo mío: «Mira vete tú, si quieres»; di su nombre y fue. Pero este Bernardo Clariana, al que conocía mucho, va a Nueva York, después de Middlebury va a Nueva York y se le ocurre ir a visitar a don Américo a Princeton. Yo había conocido a don Américo en el Centro de Estudios Históricos, porque cuando yo andaba buscando trabajo, una de las cosas que hice fue ir al Centro de Estudios Históricos; pero me ofrecían cien pesetas al mes por hacer fichas. «Con esto no voy a ninguna parte». Entonces don Américo se alteró un poco conmigo…, yo hablé con don Américo… entonces, lo conocí allí. Pero Bernardo Clariana le habla a don Américo de mí, y le habla de que yo di unas conferencias sobre cultura arábigo-española, que yo era arabista, que había empezado a estar interesado en el mundo árabe. Entonces recibí una carta de don Américo diciéndome que si me interesaría ir a Princeton, a la Universidad de Princeton, como lector, y que ya veríamos qué daba el futuro y tal. Bueno, pues yo me dije: me voy a los Estados Unidos. Era un contrato de meses para empezar. Y allá me fui. Pedí tal en la embajada, en la embajada cubana había un español que había sido general en nuestra guerra, y que era un agente secreto de Inglaterra, y después de los Estados Unidos, se llamaba Durán; y este español me llevó a un cónsul que estaba borracho; me dijo que sabía español, y lo que sabía eran las palabras: coño, carajo, tal… Por fin, me dan un visado para entrar en los Estados Unidos. Entonces tomo un avión, me despido de todos, me hacen un homenaje en Cuba, de salida, una fiesta los intelectuales cubanos. Me hice íntimo amigo de Raúl Roa; Raúl Roa le puso un prólogo a mi auto sacramental, hombre extraordinario, inteligente y tal... Y desembarco en Miami. No hago más que desembarcar del avión.., entro en el aeropuerto y una voz: «Mister Barcia, mister Barcia». ¿Quien me llama a mí? ¿Quien me conoce aquí?: el servicio de inteligencia; y me están interrogando durante cuatro días. Lo más probable…, me hacen preguntas estúpidas a mí, ya me cabreo con la cosa y digo: «Yo no contesto ninguna pregunta más». Y sin permiso de nadie…, me habían dicho que me quedara en el hotel esperando decisiones, me fui a la playa, ¡que demonios! Primer contacto con las dificultades americanas. Entonces llamo por teléfono a don Américo y le digo: «Mire usted, pasa esto; me están deteniendo aquí, interrogando aquí, al parecer soy un hombre muy peligroso y tengo muchas dificultades para entrar, de modo que...». «No se mueva usted de ahí, tal y tal.., pues voy hacer aquí…, porque eso es injusto, bueno…». Entonces se movió, había un coronel…; había entonces una cosa que se llamaba, un programa que se llamaba ASTP, abreviaturas de Servicio de Preparación de Oficiales del Ejército en lenguas extranjeras. Estabamos en plena guerra, y este coronel…, habló con don Américo…, fue a Washington…, entonces me dejaron entrar bajo fianza, no libremente, bajo fianza; provisionalmente me dejaron entrar, y así entré en los Estados Unidos.
José Manuel González Herrán.- ¿A qué pudo ser debida esa retención?
José Rubia Barcia.- Pues a que…, yo no sé exactamente a qué fue debido; pero, por el tipo de preguntas…; allí no hay, no había entonces, distinción entre socialismo y comunismo. Para los agentes de… todos los refugiados españoles éramos rojos, éramos comunistas. Y los empleados de Inmigración habían recibido información secreta de La Habana, los comunistas estaban un poco contra mí, pero yo no sé quién les dio la información, si el agente español de la embajada, o el otro. El caso es que alguien dijo que yo era peligroso y bastó eso para complicarme la vida. Entro vía Princeton, tengo mucho éxito en Princeton, con don Américo… conversaciones interminables sobre el mundo arábigo-español... Él no había publicado aún…, pero estaba trabajando sobre ello. Estaba trabajando sobre esa cosa… Entonces, todavía estaba de acuerdo con Claudio Sánchez Albornoz, porque le escribió…; él escribió diciendo que yo decía tal cosa sobre la batalla tal… y que tal... Entonces Sánchez Albornoz contestó…, una cosa entre él y Sánchez Albornoz… y que yo estaba en medio, porque yo buscaba las fuentes y le ayudaba en su investigación y tal. Y me estoy en Princeton un año casi, pero me llaman de la Oficina de Información de Guerra, porque se enteran de que yo soy hombre que había hecho radio en Cuba, hombre de publicidad, teatro, todas esas cosas, y, entonces, me ofrecen ser «la Voz de América para España». Y me bautizan de nuevo, y me nombran, y me dan el nombre de Andrés Aragón. No soy, soy Andrés Aragón. Y hablo todas las semanas una cosa mía, directa, para España, que me censuran o no me censuran…, la censura militar. Y preparo ocho programas diarios de noticias en español para España. De modo que en el On the road español se suponía que había gente aquí que escuchaba estas cosas y, yo, era el encargado de todo esto.
José Manuel González Herrán.- ¿Lo leías tú mismo?
José Rubia Barcia.- No, las noticias no. Tenía cuatro o cinco mecanógrafas y taquígrafas y tal...
José Manuel González Herrán.- Lo decía por si no tienes noticias de que nadie reconociera tu voz.
José Rubia Barcia.- Los comentarios los leía yo. Tuve éxito aquí, pero nunca me reconoció nadie. Andrés Aragón era un español que hablaba desde Estados Unidos, y hablaba para España, y naturalmente, con autorización para combatir la cosa de España. Puse la condición: «Yo acepto, siempre que se me permita hacer propaganda pro democrática, antidictatorial». «Sí, claro, naturalmente, no faltaría más. Estamos luchando contra Hitler». Muy bien; y yo encantado, me pagaban muy bien, encantado con eso. Pero un buen día el teletipo (yo tenía un teletipo a mi derecha) de las secretarias…, yo tenía un despacho inmenso allí...; el teletipo me trae un discurso de Churchill que no me acaba de convencer, en el que daba las gracias a Franco. Decía: «Franco, un caballero español respetuoso de la neutralidad, no sólo no nos ha perjudicado, sino que hemos contado con su ayuda por negarse a que Alemania invadiera…, que Alemania pasara por España y se apoderara…»: un elogio tremendo. Y me llega eso en el teletipo; por llegar en el teletipo yo tenía que incorporarlo a las noticias. Y, problema de conciencia: ¿qué puñetas hago yo con esto? Les dije a todos mis empleados: «Paralizamos el trabajo, aquí no trabaja nadie». Me voy a ver al jefe de Europa, que tendría treinta y cinco o treinta y seis años; tenemos un careo de mil demonios, porque le dije: «Mire usted, yo no estoy aquí para elogiar al hombre que me ha empujado a estas circunstancias, yo me niego a traducir esto y a mandarlo a España y a comentarlo. Yo me niego terminantemente: ahora, ¿qué alternativa hay?». Se enfureció conmigo, me dijo que yo estaba con un esplendoroso sueldo, que me pagaban muy bien, que debía estar agradecido por no estar en el frente muriendo. «Y usted debe estar avergonzado de estar aquí sentado, que es americano; yo en mi país hice lo que me mandaron». Un altercado y tal, me despachó de la cosa... Solución –no admitieron mi dimisión–: ser expulsado por incompetente. Me despacharon por incompetente. Así salí de la Oficina de Información de Guerra. Tengo cartas de felicitación de Davies, el director; el asunto llegó a Roosevelt, se discutió el asunto con Roosevelt, lo que había pasado conmigo; toda la cosa fue un escándalo; pero, a la calle. Entonces, y ya en la calle en Nueva York, y sin saber qué hacer ahora: yo tenía un proceso para la entrada legal en el país, con todo mi expediente en el Canadá. Vinieron a España agentes de los Estados Unidos, buscando mis antecedentes en España, para el proceso mío de entrada legal, por sugerencia de la Oficina de Información de Guerra para la que yo trabajaba. Y ya todo esto se paraliza, y entonces a Buñuel, que estaba en Nueva York entonces, acaban de expulsarlo también; lo expulsan también; y entonces me llama Buñuel…: yo no lo conocía…
José Manuel González Herrán.- No lo conocías.
José Rubia Barcia.- No lo conocía de nada. Le hablan de mí, le dicen que era director de teatro, que había hecho tal, que había trabajado en radio, que sabía de esto y que me habían expulsado de esta cosa... Entonces me llama y voy a su casa. Estaba acostado con un ataque de ciática, comiendo hierba del campo, porque era lo que le había recetado un brujo, y él era muy aficionado a esas cosas. Hablamos, parece que le caigo bien… y me ofreció trabajo en Hollywood. «A mí me ofrecen ahora…, la Warner me ofrece ser productor de doblajes en español y tú te vienes de director». Y me ofrece un contrato; pero me ofrece tan poco sueldo, y yo digo que no. Y entonces se enfureció conmigo: «Entiéndete tú». Yo había ganado mucho más de lo que me ofrecía...
José Manuel González Herrán.- Aunque en aquel momento no tenías nada.
José Rubia Barcia.- Nada, no tenía nada... Entonces me dice que me entienda con el gerente de la compañía directamente. Y fui, y me ofreció el contrato en muchos mejores términos que él; me contrataron como actor, director y escritor en Warner Brothers. Con los tres títulos fui a Warner Brothers con excelente sueldo, me compraron un billete en coche-cama, con cama, y bar, y todas las cosas en el tren de lujo… y allá me voy a Hollywood a trabajar con Buñuel. Bueno, esto sigue y sigue y sigue.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 05 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- ¿Cuanto tiempo estuviste en Hollywood?
José Rubia Barcia.- Estuve desde fines del cuarenta y tres hasta…, bueno hasta hoy, porque Hollywood es parte de Los Ángeles. J. M. G.- H.- Me refiero a la industria del cine...
José Rubia Barcia.- Estuve dos años, hasta el año cuarenta y seis, quizás enero del cuarenta y siete.
José Manuel González Herrán.- Y en ese tiempo ¿que hiciste para el cine?
José Rubia Barcia.- ¡Uy!, hice al menos veinte doblajes, hice de Gary Cooper en unos doblajes, como actor; dirigí unas veinte películas; hice también radio; monté también una Academia de Artes Dramáticas en Hollywood, para gente de habla española…, para preparar actores y estaba muy bien.
José Manuel González Herrán.- Esas películas que se doblaban al castellano en Hollywood, ¿iban para Sudamérica?
José Rubia Barcia.- Para Hispanoamérica. Irónicamente, yo podía haber sido marido en Perú y casarme con la de Lima…; podía haber sido actor en Hollywood…; podía haber sido director de radio... Las posibilidades: yo dependía de lo que hiciera, de que me echaran, me dejaran o lo que fuera, pero yo no tenía dominio sobre lo que iba a hacer. Pero, irónicamente, me quedo sin trabajo en Hollywood, y Buñuel conmigo, porque teníamos demasiado éxito. El secreto de haber perdido el trabajo fue el éxito que teníamos. Porque estaban tan bien dobladas nuestras películas que estaban arruinando a la industria cinematográfica de México y de la Argentina. Entonces los gobiernos de México y de la Argentina pidieron a Roosevelt que, como un gesto de buena voluntad, terminara con el doblaje en Hollywood, para permitir la industria aquella desarrollarse. Porque pequeños pueblos y ciudades que no podían aceptar películas americanas en inglés aceptaban las películas dobladas y tenían un gran éxito y gustaban más que las nacionales; entonces, accediendo a la petición de los productores mexicanos, el gobierno americano, como gesto de buena voluntad, acabó con el doblaje y nos dejó a la calle. Pero mientras tanto yo había sido ya arrestado, detenido por las autoridades de Inmigración, por entrada ilegal en el país y con un proceso de expulsión del país, de expulsión a España. Nombré un abogado que me defendiera y entablé un pleito contra el Gobierno: que había entrado legalmente, que no había entrado ilegalmente, que había solicitado tal, me habían pasado unas cosas, pero yo no era responsable de lo que me había pasado y entablé el proceso… Pero se acaba lo del doblaje, me quedo sin trabajo y con un proceso encima. Buñuel me dice: «Vente conmigo, trabajas conmigo como escritor en México». Voy a Inmigración y digo: «Quiero irme a México». Me dice: «Si se va, es como fugado de la justicia americana, usted verá». Me había casado ya, de modo que estaba por un lado casado, por otro fugado; si me voy, fugado. Dije: «Nada, a luchar contra el Gobierno americano». Tardé diez años en ganar el pleito, pero lo gané. Pero todos esos diez años pagándoles a abogados para que me defendieran, con entrevistas en Washington, Inmigración otra vez… Una vez me mandaron al Canadá para recoger el visado, y a la vuelta, encarcelado otra vez; en Seattle me metieron en la cárcel, para expulsarme otra vez. Me dieron quince días para salir del país, pero ya casado y toda la cosa... Entonces me volví a Los Ángeles; pero ya estaba en la Universidad. Yo entré en la Universidad en el año 1947. Dije: «Bueno, ya que no puede ser…».
José Manuel González Herrán.- Al terminar el asunto del cine.
José Rubia Barcia.- Y mi academia fracasó también…; y ¿que hago ahora? Tenía una carta en el bolsillo de don Américo para César Barja, que enseñaba en la Universidad de California. Entonces yo no la había entregado; entre otras cosas, porque llegué allí y me enteré de que César Barja era reaccionario y franquista. Entonces dije: «No voy a ver a este señor», porque a un exiliado español muy conocido, Ramón Iglesias (historiador, no sé si lo conoces…: ha escrito trabajos fundamentales sobre la colonización española en América); pues a este hombre se negó a recibirlo. Entonces yo dije: «No voy a ver a este hombre». Pero ya con la presión de las circunstancias, ¿por qué no? Cogí la carta y a ver qué pasa… Primer intento que hice de volver a una universidad. Para entonces yo había escrito en periódicos y revistas, había publicado pequeñas cosas. Entonces ya lo llamé por teléfono: «Mire usted, soy español, tengo una carta de don Américo, la tengo en mi poder desde hace dos años…, estuve trabajando en estas cosas del cine… ¿no habrá alguna posibilidad en su universidad, de que me utilicen en su universidad?». Entonces me dijo: «Bueno, vamos a vernos, y tal...». Y le dije: «Dónde quiere usted que le vea». «Pues en la esquina de…»: en plena calle, en una esquina. Bueno, yo fui allá y le di la carta. «Bueno ya veré yo lo que hago con esto». Se marchó. Me cayó mal…; gallego…, era de Guitiriz, y me cayó mal. La recepción aquel día no me gustó. Y entonces: «Bueno, olvida esto, a ver qué más puedo hacer…». Mientras tanto, no podía salir de Los Ángeles tampoco; estaba detenido en la ciudad: en libertad, pero no podía dar una conferencia, ni ir a otra universidad, no podía hacer nada. Entonces pasaron como dos semanas y me llama por teléfono y me dice: «El jefe del Departamento de Portugués se ha interesado en su caso; yo le entregué la carta, pero necesita más datos y quiero verle. ¿Dónde puedo verle?». Le dije que «En el mismo sitio que usted me citó a mí». Y vino. Entonces hablamos otra vez, le di más datos y más cosas. Y yo había publicado ya artículos en Cuba, en México, ensayos... Entonces al cabo de un mes o mes y medio me llamó el jefe del Departamento: en una recepción de colegas de toda la Universidad, han decidido aceptar mi solicitud y me nombraron Instructor de Universidad. Y ése fue el comienzo de mi carrera académica. Ya a los diez años yo era Profesor Asociado, ya tenía clases graduadas, y empieza mi carrera académica; en literatura, claro, no había otra solución. Pero pasaron ocho años…, siete años…: a los siete años ya tenía el puesto permanente; ya no me podían echar, de modo que a seguir trazando, en cierta medida… César Barja fue mi mejor amigo después.
José Manuel González Herrán.- Es lo que iba a decirte, quería preguntarte por esa información que tenías…
José Rubia Barcia.- No, no. La información que tuve sobre él me la explicó él mismo, dijo: «Estaba lastimado con la República porque llevo años de esfuerzo de hispanismo, y no me han hecho el menor caso. Porque en Francia, por ejemplo, a los mejores profesores los condecoran con el collar de tal…, otra cosa…, los reconoce Inglaterra…; todos los países. España no hace el menor caso de uno».
José Manuel González Herrán.- Él llevaba mucho tiempo ya en Estados Unidos.
José Rubia Barcia.- Claro: él se había ido con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios en la Primera Guerra Mundial. Con motivo de la guerra no pudo ir a Alemania y en vista de eso se fue a los Estados Unidos, en vez de ir a Alemania, y ya entonces se quedó en los Estados Unidos, por casualidad. Él era abogado, no era hombre de letras; se quedó, primero enseñó en el Smith College y luego se fue a California, y fue de los primeros profesores de la Universidad de California que establece el programa graduado. Un hombre inteligentísimo, de gran sensibilidad y bellísima persona. Llegué a ser su mejor amigo y su hombre de confianza. De hecho entre las experiencias desagradables que tengo en mi vida, pues… [aquí se corta un pequeño fragmento, acaso al dar vuelta a la cinta…] (...) gravemente enfermo… Entonces me dijo que quizás no volvería a la cátedra, que se sentía muy mal…, y que quería que yo le sucediera en la cátedra. Allí hay la posibilidad de que un profesor ilustre elija a su sucesor, lo proponga. Pero entonces me dijo: «Yo quiero… (le habían hecho una operación…) yo quiero que tú des mis seminarios; pero, si no te importa, como yo soy todavía el jefe de la Cátedra…, lo vas a dar en mi biblioteca, en casa». Dije: «Pues muy bien». Y me encargo de sus seminarios. Pero lo que yo no sabía era que él iba a ser testigo de mis seminarios, que iba a estar presente en su biblioteca, en su sillón, como si fuera un estudiante, escuchándome a mí. Aquello era una prueba de abrigo… ¿no?, con los estudiantes, candidatos doctorales. Me tuvo así como casi un año, hasta que se murió. Me había dicho que me dejaba toda su biblioteca, que yo sería su…; en efecto, pasé a ocupar su lugar: una vez que se murió, pasé yo a ocupar su lugar en la Universidad. Su mujer era muy rara, muy extraña…, una mujer increíble de rara, hablaba con acento francés. Cuando se muere Barja, yo fui a verlo al hospital; yo arreglé las cosas de funerales, no tenía hijos; y, cuando se muere Barja, la mujer me llama por teléfono y me dice: «Oye, mira (con acento francés), ha pasado una cosa terrible, terrible, pero por fin voy a poder dormir esta noche, se me ha muerto César». Bueno, el caso es que se muere César Barja, y yo fundé, también en el Departamento, la «Biblioteca César Barja», con sus libros. Pero los libros que no pudo vender ella, pues los regaló a la Universidad, y entonces yo fundé en mi Departamento la «Biblioteca César Barja», con los libros de Barja. Fuimos muy buenos amigos y yo le estimaba mucho, después de aquel encuentro tan tormentoso y tan… Había sido porque estaba lastimado por la indiferencia que en España se había mostrado hacia él. Pero da la casualidad de que yo había leído sus libros en Granada: de alguna manera llegaron a la Facultad en Granada y yo, de estudiante, me había leído sus tres libros…Y me había leído el trabajo sobre Rosalía…, pero los tres los tengo. Luego me regaló toda su obra; me la regaló y tengo, el único, un libro de poemas escrito por él, que no se ha publicado; lo tengo yo allá y muchos papeles de él, que me dejó. Yo escribí la nota necrológica que salió aquí en la Revista de Filología Española, cuando se murió. Me la pidieron y la mandé… De modo que fue una amistad. Y ya seguí…
José Manuel González Herrán.- Lo que te iba a decir es que, comparando tu biografía de exilio con las usuales, es bastante poco convencional; porque es muy corriente el intelectual, profesor, investigador, que termina la guerra, sale y, digamos, pasa del sillón que ocupaba en Madrid a otro en otro sitio y continúa esa vida…
José Rubia Barcia.- Pero no olvides que yo era muy joven, que yo no era conocido. Es lo que me pasa ahora en España, exactamente igual, que no soy conocido.
José Manuel González Herrán.- Así y todo hay un carácter distinto, porque el curriculum de actividades…; cuando a ti te preguntan: «¿profesión?», ¿pones la que ejerces o las que has ejercido? Cuántas profesiones puedes poner en tu ficha, ¿no?
José Rubia Barcia.- Eso es verdad; pero otra vez digo: no hemos sido dueños de nuestra vocación ni de nuestro destino. Yo he dado todo lo que he podido en aquello que la vida me obligó hacer. Y es por casualidad que terminé de profesor de universidad en los Estados Unidos; podía haber terminado de otras muchas cosas. Es por casualidad; podía haber terminado… yo qué sé de qué, porque mi tío en Cuba quiso meterme en su negocio: «Mire yo no sirvo para eso de exportaciones, importaciones…, yo no sirvo para eso». Pero, desesperado, podía haberme metido ahí y ahora, a lo mejor ahora sería rico, si me dedicase a importaciones / exportaciones, que era lo que hacía él en Cuba. De modo que hay una serie de aperturas en mi vida…, esta puerta…, ésta…, ésta…, aquélla…, a veces simultáneas, qué es lo que voy a hacer…
José Manuel González Herrán.- ¿Y eres consciente de que has abierto tú esas puertas o muchas veces te las han abierto?
José Rubia Barcia.- No, no: me las han abierto. Yo no las he abierto.
José Manuel González Herrán.- Probablemente quedes con la duda de que a lo mejor hubiera sido preferible ir por aquí, ahora…
José Rubia Barcia.- Hubo un momento en que pude…, porque tuve mucho éxito después con doblajes de películas en Hollywood, ya sin Buñuel: doblé películas del alemán al inglés. Y con un poeta amigo mío, Edwin Rolfe, gran poeta, que es el autor de una elegía que escribió al comisario político de la Brigada Lincoln en España; lo había conocido aquí; un chico encantador que fue víctima del macarthismo; el mismo macarthismo que me persiguió a mí lo persiguió a él; pero a él le costó la vida, le dio un ataque al corazón el día en que tenía que comparecer.
José Manuel González Herrán.- A ti también te persiguió...
José Rubia Barcia.- Ése es el periodo del macarthismo.
José Manuel González Herrán.- Es el momento de precaución ante la infección comunista que podía llegar en cualquier momento.
José Rubia Barcia.- Esto es, esto es... Bueno, yo intenté todas esas cosas, y llegué a tener mucho éxito, y además pude…, si hubiera querido, si me lo hubiera propuesto… Ingresé en la Asociación de Escritores de Hollywood. Escribí unos cinco o seis guiones de películas, una con Buñuel. Para salir del apuro él y yo nos fuimos a las montañas y juntos escribimos un guión que íbamos a intentar colocar en el cine. Si hubiéramos colocado ese guión, probablemente hubiera sido guionista de cine, por lo menos para empezar. Luego tuve la ocasión de ser técnico…; por ejemplo: Elia Kazan, el director de la película Viva Zapata, me llamó para que yo fuera técnico en la película Viva Zapata; y, luego yo traduje doce o trece versiones de Viva Zapata, con añadidos míos para mejorar el argumento de Steinbeck; porque era mucho mejor la primera versión de Steinbeck que lo que resultó después. Pero estuve metido en los estudios: me quiso contratar la Fox, trabajé para la Fox, trabajé para la Warner, trabajé para distintos estudios; y podía…, de habérmelo propuesto, podía haber optado por ser actor, porque también estuve en el sindicato de actores, en el sindicato de escritores, y en el sindicato de directores: entré en los tres sindicatos. Podía cuajar en cualquiera. Esa posibilidad fue muy real, pero entonces yo pensé (todavía no me había casado): «Bueno, esta vida en Hollywood totalmente amoral, en fiestas totalmente aburridas, con acceso a bellezas todos los días; esto me lleva a una vida que no me acaba de atraer…». Y entonces decidí que no. Mi mujer, Eva, fue actriz, actriz de niña ya…, iba camino de hacer carrera como actriz en Hollywood; yo la contraté a ella como actriz para el doblaje, pero trabajaba ya en películas en directo, y ya había hecho pequeños papeles. Cuando yo decidí que aquello no podía ser, ya la conocía, le dije: «Mira, yo me caso contigo y tú te casas conmigo; tú renuncias a tu profesión de actriz y yo renuncio al cine». Pensé en volver a la universidad, porque yo sé que no podría estar casado con una mujer y tener hijos, metido en el ambiente cinematográfico. Eso fue un determinante, eso fue consciente: renunciar al cine y a las posibilidades que el cine me ofrecía y dejarlo para tener una vida normal.
José Manuel González Herrán.- Probablemente habrías tenido un porvenir mucho más…, económicamente, por supuesto…
José Rubia Barcia.- Lo mismo que si hubiera decidido irme a México huyendo de la cosa…, «al demonio con las cosas, me voy a México a trabajar con Buñuel». Porque el que me sustituyó a mí fue Alcoriza; Alcoriza fue el escritor que contrató Buñuel al llegar a México, pero Buñuel decía que no sabía escribir y que tal…
José Manuel González Herrán.- Fue guionista de sus películas.
José Rubia Barcia.- Claro. Yo era el que iba a ser su guionista; pero lo mismo que Alcoriza terminó de director, yo hubiera terminado de director también, y yo hubiese sido mucho más importante que Alcoriza, sin duda alguna, porque yo tenía mucho más sentido del cine y del teatro y de todas esas cosas…
José Manuel González Herrán.- Y de los guiones que escribiste o del trabajo que hiciste con Buñuel, ¿no has intentado nunca por lo menos publicarlos o recuperarlos?
José Rubia Barcia.- Yo los tengo, los tengo yo en mi poder. Algunos hechos por los dos, otros que he hecho yo solo, para el cine argentino. Tengo una adaptación de Don Álvaro, o la fuerza del sino para el cine; tengo muchas cosas, muchas cosas que hice pensando en el cine y que quise colocar. Afortunadamente no coloqué ninguna.
José Manuel González Herrán.- ¿Por qué «afortunadamente»?
José Rubia Barcia.- Porque hubiera seguido esa línea. Si me entrego a eso, ya me dedico a eso y se acabó. Entonces, no. De alguna manera decidí volver a la enseñanza.
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| 1985-00-00 |
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 06 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Pero no abandonaste la creación y eso nos conecta con otra cosa que me interesaba comentar y es la labor no sólo de profesor o de investigador, sino de creador y la labor de la traducción. Aparte del primer libro que habías hablado antes, del auto sacramental o de Umbral de sueños, y otros, me gustaría que comentásemos qué es la labor de la traducción, la traducción de los poemas de Vallejo…
José Rubia Barcia.- Te diré que el Umbral… lo empecé en Cuba; la idea de Umbral… se me ocurrió en Cuba: la idea fue hacer un libro que no se pareciera a ningún otro libro, cosa casi imposible. Entonces, ¿qué iba a hacer yo? Toda la Guerra Civil me había trastornado por dentro, España la llevaba dentro, trastornado todo, confuso todo; pero tenía un tremendo amor a las cosas de España, y a España, y estaba fuera. Ese estar fuera es como estar en los barandales de la luna, contemplando España desde fuera. Contemplando España desde fuera, con mi actitud de heterodoxo en relación con la historia de España, con lo que yo veía de España, y mi experiencia de la guerra… Lo que hice en Umbral de sueños fue poetizar mi experiencia de la guerra; es todo lo que hice, pero poetizarlo de una manera que no se ha hecho, supongo; yo no conozco ningún libro como Umbral de sueños. Es decir, me propuse hacer una cosa que fuera totalmente original, a ser posible, donde yo diera toda mi sensibilidad puesta al rojo vivo. Escribí ese libro…; cuando empecé a escribirlo me pidió Raúl Roa una colaboración; él pasó a ser Director de Cultura en el Ministerio de Instrucción Pública en La Habana. Estaba yo en Nueva York, y entonces me pidió si podía colaborar con una revista que se llamaba Mensuario, revista de poesía, de ensayos y de cosas... Entonces escribí el primer capítulo, y escribí el segundo capítulo, y escribí el tercer capítulo, que aparecieron en esa revista. Y Raúl Roa se entusiasmó: «Debes continuar»; porque la idea era… El libro empieza subiendo a un avión, y toda la cosa era la visión desde la altura; pero la altura interior…, interior y exterior; es decir, pensando en toda mi experiencia de víctima de una guerra que yo no provoqué, ni hice nada…; pero víctima de esa guerra. Está destilada, estilizada, mezclada, simbolizada toda la experiencia de la guerra en ese libro. Eso termina con mi llegada a Nueva York, y… –no sé si tú te acuerdas– al final, la entrada en un túnel y la salida del túnel, un vuelo; entrada en un túnel y salida de un túnel… Y encontrarme ahora… El personaje, evidentemente, soy yo; pero no soy yo, porque hay otros personajes en el relato. Un crítico… (se ha escrito mucho sobre el Umbral, en América), un crítico dijo que es el libro más importante que se ha producido como consecuencia de la Guerra Civil. Hay dos, dice: uno el libro-relato del primer comentarista…, este inglés que escribe su libro sobre la Guerra Civil española…
José Manuel González Herrán.- ¿Orwell?
José Rubia Barcia.- No, no: anterior a Gabriel Jackson…, otro que escribe un libro sobre la Guerra Civil española…, ya lo mencionaré luego.
José Manuel González Herrán.- ¿Thomas?
José Rubia Barcia.- Sí, Hugh Thomas; Hugh Thomas habla de la superficie de la Guerra Civil, y el mío habla de la esencia, de la esencia de la Guerra Civil. Hay dos libros fundamentales de ese periodo, como consecuencia de todo aquello, que son estos dos libros. El libro tuvo una acogida extraordinaria y creo que logré lo que pretendía. Yo no me arrepiento del libro. Fue un libro que…; luego, cuando se habían publicado los tres capítulos, lo dejé, no había vuelto a escribir nada, pero siempre estaba dentro el libro, siempre estaba dentro el libro. Los primeros capítulos son del año…, probablemente, deben ser del cuarenta y cinco…, estaba yo ya en Estados Unidos, cuarenta y cinco o cuarenta y seis; los últimos capítulos son del cincuenta seis o del cincuenta y siete.
José Manuel González Herrán.- Se publica en el sesenta y uno, ¿no?
José Rubia Barcia.- Sí: sesenta y uno. Pero esos últimos capítulos, los otros siete capítulos restantes los escribí de una sentada en un verano, salieron como un torrente. Lo acabé; y, entonces empezó: ¿quien publica esto y cómo se publica esto? Le mandé a don Américo un ejemplar a máquina; le mandé a Jorge Guillén; a todos los amigos…; le mandé a Manolo Altolaguirre otro ejemplar a máquina, para comprobar si aquello llegaba o no, tomando anotaciones de las contestaciones.
José Manuel González Herrán.- Sí, sí se publican en el libro.
José Rubia Barcia.- Don Américo, inmediatamente –era un hombre muy tacaño– me mandó un cheque de quinientos dólares y me dijo: «Yo no sé cómo va usted a publicar este libro, pero si le sirve esto para empezar, ahí van quinientos dólares». Yo se los devolví, naturalmente: «No pienso aceptarlo». Pero se entusiasmó con él. Guillén…, tengo la carta, preciosa, de cuatro páginas de Jorge Guillén sobre el libro, pero no quiero usarlo. «Sería un insulto usar esto como prólogo», me dice, y me manda el primer soneto alejandrino que escribe. Altolaguirre se entusiasma, y así… Buñuel se entusiasma con el libro. De modo que es un libro que no tenía secuela; es decir, si tenía que hacer otra cosa, no podía hacerlo ya, no. Eso me agota las posibilidades que tengo de expresar lo que quería decir en relación con la guerra. Es un poco la versión poética de mi violencia; experiencia y violencia que expreso en Prosas de Razón y Hiel. Eso completa toda una cosa interior. Es, quizá, la obra que yo más valoro y más quiero, Umbral… Hay grandes dificultades para publicarla aquí; al parecer, no…, todavía no se han decidido.
José Manuel González Herrán.- ¿Y el libro de poemas en gallego que publicaste en el ochenta y uno?
José Rubia Barcia.- Eso es otra historia. Ocasionalmente, y a lo largo de los años…, ya en España yo había escrito poesía gallega, de muchacho; cuando estaba de estudiante en Granada, ya había escrito poemas en gallego. Eso está inédito, no lo he publicado nunca, nunca se publicó aquí una cosa mía en gallego. Se publicaron artículos míos en gallego en la prensa durante la guerra, en Barcelona y en Madrid, y cosas sobre Galicia. Pero yo no quería ser poeta, en el sentido de la palabra, «que escribe versos»; rechacé siempre la idea de hacer poesía versificada. Pero la nostalgia de Galicia y la cosa de Galicia la he llevado siempre dentro y, entonces, llegó un momento en que me decidí a darle algunos de los poemas a Machado, Machado de Asís. «Pero hombre de Dios –me dice en portugués–, hombre, eso está bien; tienes que publicar esto, tienes que publicar una selección de tus poemas, publícalos y tal…». Todavía yo no me decidía, y entonces…; allí vive cerca un pintor vasco, amigo mío, Miguel Marina, a quien le di otro ejemplar, y me dice: «Yo esto te lo ilustro, y tal…». Y entre unos y otros me convencieron de que mandara esto y que se publicara esto; y ésa es la razón de que se haya publicado: lo mandé ahí, a Cervo, y es el primer libro que aceptó inmediatamente. No iba a aceptarlo, me dijo Eugenio Granell…, que es el mejor pintor surrealista, un poco ya de fuera del surrealismo, porque está pasando toda esta cosa; pero si hay un pintor surrealista vivo que sea un genio es Eugenio Granell, otro gallego que está ahora en Nueva York retirado, vivió muchos años en Nueva York y fue profesor del Brooklyn College durante muchos años, magnífico escritor y poeta. Entonces Eugenio Granell y Tobío, Luís Tobío, pero sobre todo Tobío, cuando conoció el texto me dice (yo no tenía nadie que lo publicara): «Esto lo publica seguro Sargadelos, lo mandas allí». Yo estaba ya un poco escéptico, porque no tengo contactos con España; lo mandé a Sargadelos, e inmediatamente, lo publican encantados. Y se publicó así; pero fue una cosa así de tanteo. Yo no pretendía publicar nada de poesía; tengo muchas cosas inéditas de poesía, escritas en castellano; pero tenía un cierto pudor para la poesía, no me gustaba meterme a ser poeta. J. M. G.- H.- ¿Y la labor de traducción…? Aparte de en las revistas, el doblaje también es una labor de traducción…
José Rubia Barcia.- Traduje muchas cosas: traduje mucho teatro, y adaptaciones teatrales del extranjero. Mi carrera teatral en Cuba empezó por Manolo Altolaguirre, porque estaba allí Casona, que no sabía dirigir teatro, ni hacer teatro, y le comentó a Manolo Altolaguierre que si podía hacer esa cosa que escribió Casona, Sancho Panza en la Ínsula Barataria; y, entonces, Manolo Altolaguirre, que sabía que yo había hecho teatro, y que había trabajado… Porque yo dirigí en Granada, también, una obra de Valle Inclán, un experimento teatral que causó sensación en Granada, siendo profesor del Instituto Ganivet. Gallego Burín me dejó a mí todos los materiales de «La Carreta». Yo era el heredero de «La Carreta», cuando Lorca era el de «La Barraca». «La Barraca» se crea como una cosa paralela a la experiencia de «La Carreta». Pero Gallego Burín me da a mí todos los materiales que tenía para el montaje y tal y me pone en contacto con Hermenegildo Lanz. Entonces yo monto Cuento de Abril, en Granada, cuando era profesor del Instituto Ganivet, el año ese último, y tuve un gran éxito como director entonces, ya allí, en Granada… De modo que mi experiencia como director empieza ahí, pero mi experiencia como traductor… Una vez que llego a Cuba, yo tengo un programa de teatro radial en la cadena cubana, en la que todas las semanas doy una obra adaptada por mí. Allí, casi todas las obras que he presentado son adaptaciones de obras extranjeras. Entonces, estoy traduciendo del francés, estoy traduciendo del inglés, traduzco del alemán, traduzco del italiano, y monto obras de teatro propias para radio, que yo adapto a la radio. De hecho, tenía un gran proyecto de hacer una serie de novelas de Galdós, por radio también. Ese proyecto lo tuve allí, pero no tenía ayuda financiera… Me pagaban bien, con mis actores preparados hacíamos estos programas. Luego, en los Estados Unidos, ya hice traducciones de toda índole; ya te dije: del alemán traduje esa película; hice una traducción de Edwin Rolfe, ese poeta americano que fue de las Brigadas Internacionales, que publicó un libro, Permit Me Refuge [Permítame refugio], donde aparece una elegía a mi hija, a Elena, la mayor. Habla de la trinidad del exilio: Eva, mi hija y yo éramos la trinidad que encarnaba el exilio y tal... Bueno, me da un poema manuscrito sobre Madrid, «Elegía a Madrid», en inglés. Yo traduzco el poema al castellano; él sabía español, pero cuando coge mi traducción dice: «Ahora hago yo una retraducción al inglés de tu poema» [risas]. Y retraduce del castellano su poema al inglés. Yo le envío este poema –es un poema largo–, traducido por mí al español, a Manolo Altolaguirre. Manolo Altolaguirre lo coge en México y, sin decirme nada, publica un folleto; entonces Buñuel me manda para acá quinientos ejemplares; me regala quinientos ejemplares del folleto Elegía a Madrid de Edwin Rolfe, uno de los poemas más eficaces de la lucha contra Franco. En todos los mítines antifranquistas había quien recitaba ese poema, esa traducción del inglés. De modo que empecé a traducir poesía, a traducir prosa y teatro…; tengo mucha traducción hecha. Pero viene ahora el problema de Vallejo…
José Manuel González Herrán.- ¿Por qué?
José Rubia Barcia.- Por muchas razones. Ésta es una cosa muy curiosa, otra vez. Vallejo estaba muy ligado a Larrea. Larrea le dedicó su vida a Vallejo; hay una relación como la de Antonio Vieira y Pessoa: Larrea y Vallejo. Hay un momento en que un americano, un chico americano, publica los Poemas humanos; había publicado poesía francesa traducida al inglés, es muy conocido; es el director de la mejor revista de poesía que hay en los Estados Unidos. Entonces me pide una cita, en la Universidad; viene a verme porque el jefe del Departamento de Francés le dice que yo puedo ayudarle a traducir España, aparta de mí este cáliz. Él no sabe suficiente español, aunque había traducido totalmente los Poemas humanos. Entonces yo veo lo que él ha hecho como poesía…: «Bueno, vamos a ayudarle en esta cosa de España…, vamos a hacerlo»; y nos ponemos a trabajar en la cosa; trabajamos, trabajamos, trabajamos, y se edita un libro con «España, aparta de mí este cáliz», poema separado y traducido al inglés por Clayton.
José Manuel González Herrán.- Es el mismo con el que...
José Rubia Barcia.- Exacto. Pero entonces me dice Clayton Eshleman: «Después de hablar con usted, veo que acaso le voy a dejar los Poemas humanos, mi traducción de Poemas humanos, a ver qué le parece a usted». Yo cogí la traducción y le hice –esto no es exageración– cinco mil notas a su traducción de Poemas humanos: «Esto no está logrado, esto no es Vallejo, esto está mal…». Entonces me dice: «Mire, yo estoy dispuesto a renunciar a esa traducción, negarla, si hacemos toda la obra póstuma, si usted colabora conmigo». Y todo esto es gratis; entonces yo le digo: «Es una pérdida de tiempo para mí el meterme en esa cosa, no tengo muchas ganas…». Pero, por otra parte, me atrae la cosa de poner en inglés a Vallejo. Y le escribo a Larrea, le digo que tengo esa oportunidad... «Por favor, hombre, hágalo usted; el poeta se merece aparecer en inglés bien traducido». Larrea me anima a que lo haga. Bueno, yo pensé: en un año despachado… Cinco o seis años trabajando en eso. Preparamos el manuscrito y, naturalmente, si se compara la edición nuestra con la edición del anterior hay un abismo.
José Manuel González Herrán.- Es otra cosa distinta.
José Rubia Barcia.- Es otra cosa completamente distinta; la traducción de él se salvaba para quien no supiera español, pero para el que supiera español, aquello no era una traducción de Vallejo. Se plantean problemas de traducción: cómo se vierte un mundo a otro mundo, cuando los continentes de esos dos mundos son distintos...
José Manuel González Herrán.- Imagino que tenía que ser una tarea dificilísima, pero de lo más atractiva.
José Rubia Barcia.- Hemos pasado, a veces, una tarde entera con un verso; hemos tardado seis años en hacer esa traducción; la interpretación de cuál sería la mejor manera de trasladar eso a la otra lengua…
José Manuel González Herrán.- Además, lo que encuentro difícil es…: me imagino a mí mismo traduciendo un poema del italiano al castellano o del francés al castellano; bueno, lo encuentro difícil, pero me parece asumible. Lo que ya me resulta… el viaje inverso; es decir, intervenir yo en la traducción de poemas del castellano al francés; independientemente de que uno tenga que conocer esa lengua, hay algo que me parece dificilísimo…
José Rubia Barcia.- Tienes que tener el sentimiento de las dos lenguas. Yo no creo que se pueda traducir; nadie puede traducir a una lengua extranjera si no conoce muy bien la suya y alguien le ayuda con la otra. Y esto fue la combinación de… dos temperamentos poéticos al unísono, que conozcan muy bien su lengua; yo que conozco muy bien la mía, pero que tengo familiaridad con la otra lengua. Entonces en la combinación se llega a un compromiso, no se llega a una solución ideal; es decir, yo podría corregir todavía todo ese texto con otras versiones.
José Manuel González Herrán.- Y probablemente vuelvas a encontrarte versos que propusiste de una manera y que tiempo después propondrías de otra.
José Rubia Barcia.- Exacto, exacto. Ahora, el toque final va a ser…, el compromiso se establece cuando el texto se convierte ya en poesía, cuando el texto sientes tú que no es una traducción, que expresa exactamente algo paralelo –no idéntico–, paralelo en la otra lengua; entonces lo aceptas. Pero tienes que tener la sensación de que lo que estás haciendo es poesía original, no traducción, pues si haces traducción no sale la poesía; imposible, no sale, porque no se puede traducir poéticamente una lengua a otra, es imposible; puedes recrear la poesía de otra lengua en la tuya. En esto han sido maestros los franceses, lo hacen con todas las traducciones. Cuando uno piensa en el Don Juan, traducido al francés; lo que hace Molière, no se parece al Don Juan español, está afrancesado. El Cid, Las mocedades del Cid, de Corneille y de Guillén; eso no es una traducción, es adaptación al otro mundo, no existiría sin el original, pero…
José Manuel González Herrán.- Es autónomo, cobra su propia…
José Rubia Barcia.- Lo mismo pasa con el Vallejo que hemos hecho. Pero impresionó tanto que por unanimidad nos dan el Gran Premio de Poesía.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 07 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Hablemos, pues, del exilio.
José Rubia Barcia.- Ése es otro tema, y complicado, porque sólo el que ha vivido el exilio puede darse cuenta de lo que es el exilio. El razonar sobre el exilio, el pensar sobre el exilio, ya transforma el sentimiento del exilio. Es quizás una de las experiencias más dolorosas y más angustiantes por las que puede pasar el hombre… Eso lo heredaron los gallegos, ese sentimiento… Sobre todo, si has luchado seriamente con el intento de hacer algo positivo en relación con tu país, y sientes el fracaso de tu esfuerzo. Y si el exilio se prolonga, la desesperanza ya de que tus ideas y tus cosas tengan un reflejo en la vida colectiva que te interesaba…; es decir, te sientes doblemente fracasado: primero, has abandonado tu país y después ya has abandonado toda posibilidad de influir sobre tu país. Queda el recurso de sobrevivir en la palabra escrita, pero la experiencia naturalmente es lamentable. En este sentido, las emigraciones españolas del siglo pasado…, la emigración a Inglaterra ha tardado cincuenta, ochenta, noventa años en que alguna gente sea redescubierta en España. De modo que no hay esperanza ninguna de eso. Y tampoco hay lo que es posible, si vives con todo el tiempo dentro de España, en lo que… (erróneamente, creo yo: yo no creo en el exilio interior).
José Manuel González Herrán.- A mí no me gusta tampoco la expresión; estoy de acuerdo.
José Rubia Barcia.- Se la inventó Paul Illie, pero no expresa una realidad. Hay discrepantes interiores, o coincidentes interiores, o indiferentes interiores, pero no es exilio. El exilio es un exilio que afecta a tu sensación, no como ser racional, sino como alguien a quien privan de su habitáculo, de su…, de su sitio, de donde puede pensar, razonar y sentir de acuerdo con otros semejantes; y te privan de eso y te quedas en el aire, colgado en el aire sin asideros. No importa que resuelvas o no resuelvas económicamente tu vida; el problema es que si eres hombre de espíritu, te sientes sin metas, sin objeto, sin nada; todo lo que haces lo haces para ti mismo. El exilio es…, te obliga a pensar dentro de ti, olvidando al resto de la humanidad. Si estás en un país de otra lengua, mucho peor; si estás en un país de lengua afín hay unas conexiones que se establecen con esa gente. Pero si es un país de otra cultura y de otra lengua estás completamente solo; es decir, todo es accidental excepto tu soledad, tu soledad es lo...
José Manuel González Herrán.- Bien; eso vale para el exilio en general, para cualquier exilio en cualquier cultura, en cualquier época. ¿Y con respecto a vuestro exilio, al exilio de los españoles?
José Rubia Barcia.- Lo peor de todo que hemos experimentado en el exilio…; yo no sé cómo lo han sentido en Hispanoamérica, o como lo han sentido en Inglaterra, o en Francia. Donde yo me he exiliado, a donde yo me marché, lo más doloroso, para mí, fue encontrarme con algo que yo no esperaba: la falta de aprecio o de interés por una España que era mi patria y que era mi país. El darme cuenta de que no significaba nada en el mundo. Que yo creía… (como español, estaba orgulloso de mi hispanidad) que esa hispanidad no era apreciada, y no sólo no era apreciada sino que era menospreciada. Pasamos a ser un país sin importancia y miembros de una cultura que no contaba. El ver en los mercados montones de productos de todas partes y no ver casi nunca nada español. La ausencia de la presencia física de España era total; y, por otra parte, el contacto con las gentes que podían venir de España era decepcionante. De modo que la soledad interior se hacía ahora una soledad mucho mayor, porque no contaba ni siquiera con unos asideros abstractos que te mantuvieran con cierto orgullo. Te contaré una anécdota: en los Estados Unidos se llamaba español, spanish, a todo el que habla español; la lengua definía la persona y era español todo el que hablaba español. Excepto –en todo esto siempre hay una excepción– una minoría, pero la minoría no refleja el espíritu colectivo; es decir, hay minorías que aprecian la cultura española y tal, pero no llega al nivel de la gente corriente y moliente con quien tienes que convivir. Si le dices al tendero «soy español», el tendero te asocia inmediatamente con un bracero mexicano, con un campesino peruano, con un analfabeto que llegó de Haití. Es decir, que lo español está tan rebajado, tan empobrecido, que pasas a ser una casta inferior. Ahora, esto en contraste con nuestro imperio, nuestro sentido imperial, la importancia que nos damos a nosotros mismos, es de un efecto dramático increíble. Como anécdota te contaré esto: cuando yo acepto el contrato para ir a trabajar a la Universidad –yo vivía en Hollywood–, decido ir más cerca de la Universidad y buscar un piso, un apartamento en las cercanías de la Universidad; busco y busco y, por fin, encuentro que hay un apartamento disponible, a un kilómetro o a un kilómetro y medio de la Universidad. Me acerco y sí, está vacante, y tal y tal… «¿Usted qué es?». «Yo soy español». «Ah, español –dice la señora que me recibió–, español. Pues mire usted yo no sé si…, ya veremos…, pero quizá…: pues venga usted a verme la semana que viene». Bueno; la semana que viene voy a verle y le aseguro que soy español. Me pregunta de qué país; le digo que de España. Por fin me admite en el apartamento y alquilo el apartamento. No pasa un mes o así, cuando un vecino me dice: «Sabe usted que se le ha aceptado»; porque la dueña del apartamento primero pidió permiso a todos los vecinos para aceptar a un español. El mismo tratamiento que recibe un negro. Es decir, que nuestro prestigio ha llegado tan abajo, tan abajo, que te sientes incómodo siendo español. Cuando llegué a Nueva York me dijeron: «Si quiere usted un piso en Nueva York tiene que empezar diciendo: No soy puertorriqueño, no soy tal; diga usted: soy peninsular, diga usted que es “España” [con silbido]; no diga usted que es spanish». Y aun así con reservas… De modo que esta sensación de inferioridad, de que no se nos considera, te hace la vida cuesta arriba en casi todos los aspectos a los que te vas a dedicar. Te sabes menospreciado, no apreciado. Eso es un contraste con el súper aprecio que tenemos dentro, que yo tenía dentro de la Península, en relación con mi cultura, mi ambiente y mi…
José Manuel González Herrán.- ¿Cual es tu valoración de la labor de los exiliados españoles en América?
José Rubia Barcia.- Eso naturalmente hay que clarificarlo antes de entrar en el tema. Yo tengo la experiencia viva de mi estancia en Cuba durante cuatro años, los primeros cuatro años; de eso ya hemos hablado: la gente que estuvo allí, lo que hicimos allí, y creo que quedó una huella bastante honda de nuestra aportación a la cultura cubana y la revitalización de lazos cordiales, en relación con lo que España significó en América. Yo recuerdo haber participado en La Habana, por ejemplo, al margen de las actividades académicas y teatrales, en un mitin, un mitin político en que un intelectual cubano atacó a España violentamente, en relación con algo parecido a lo que acaba de ocurrir con Castro; y después de este cubano –que era conocido, era un escritor cubano conocido– me tocó hablar a mí. Y recuerdo haber comenzado diciendo: «Yo no puedo ofenderme, realmente: es para lamentar lo que acabo de oír, en relación con los juicios de este intelectual –mencioné su nombre–; pero debo decir que no puedo ofenderme tanto, porque al fin y al cabo estamos hablando de mis tíos y él está hablando de sus padres». Naturalmente la reacción fue inmediata frente a esto; y ya entonces, como tío, justifiqué algunas de las cosas que habían hecho mis tíos. Algo de eso puede aplicarse al Castro ahora también. Porque el ataque a lo español, que nosotros hicimos y nosotros iniciamos –Bartolomé de las Casas es quizá el primer responsable–, es un fenómeno único en la cultura europea. Ningún pueblo europeo se ha atacado a sí mismo con la misma ferocidad y con la misma injusticia y exageración. El trabajo de Menéndez Pidal sobre Bartolomé de las Casas es definitivo en este sentido: el señor era un esquizofrénico y se inventó un montón de cosas, etc., al servicio de lo que él creía un punto de vista cristiano, pero con notables exageraciones. No era objetivo, era subjetivo a la manera hispánica. De hecho, la leyenda negra se funda sobre argumentos suministrados por los españoles, y los extranjeros los utilizan, y son los extranjeros, no los españoles, los que van a intentar rectificar la leyenda negra, a pesar del libro de nuestro amigo tan conocido sobre la leyenda negra. De modo que esa presencia nuestra significó… En Cuba empezamos –era mi experiencia– a establecer un lazo de cordialidad entre los intelectuales pensantes, y no tan apasionados, y nosotros, representando nosotros ya no una España partidista, sino lo que considerábamos lo que era España desde la lejanía. Luego ya me marché a Norteamérica, y en Norteamérica, naturalmente, mi primer contacto fue con quien me invitó a ir allí; fue con don Américo, y a don Américo me lo encontré… Yo ya había conocido a don Américo, como te dije, ya antes en Madrid, en el Centro de Estudios Históricos, y la ocasión no fue muy acogedora por su parte: yo joven, él hombre ya maduro, y hecho, y con una obra importante; yo un incipiente investigador dedicado a estas cosas. Me encontré a un Américo Castro sin barbas; esto parece que sin las barbas…: eran las barbas que usaban los grandes eruditos, de Menéndez Pidal a Américo Castro, en la vida española, y eran, entonces, intimidantes para un joven sin barba. Lo encontré sin barbas, y estaba esperándome en el apeadero –no había estación–, en el apeadero de Princeton. Yo llegué a Nueva York…; mi inglés –que era de libros, no lo había usado en la vida–, pues se me mostró bastante deficiente al llegar, y tuve ciertas dificultades para orientarme, pero en el apeadero Américo Castro, que me había recibido en su estudio de Madrid, hacía años, en un estado imponente para mí, pues me recibió con una cordialidad y un cariño que me sorprendió. Y ya después, naturalmente, se encargó de arreglar la cosa de mi estancia; él y doña Carmen, su mujer, me recibieron con una gran cordialidad. Y empecé a dar clases allí a americanos, y a convivir con él; todos los días nos veíamos, todos los días hablábamos, y muchas veces nos encontrábamos en la biblioteca o me encargaba una cosa que yo hiciera al servicio de su investigación; yo la hacía y me dio ya una impresión…: «Este hombre no es el mismo hombre, este hombre es un hombre que en España era distinto y ahora ya no es el mismo hombre, sino que es otra clase de hombre».
José Manuel González Herrán.- Y eso por consecuencia del exilio también.
José Rubia Barcia.- Naturalmente; es decir, cuando Américo Castro es invitado a ir a los Estados Unidos… Él estaba de gira por Hispanoamérica cuando la Guerra Civil, y había recobrado, cuando se acaba la guerra…, recobró su nacionalidad brasileña (él había nacido en Brasil, por accidente), y recobra su nacionalidad brasileña para poder viajar; no podía viajar sin documentación. Y, al mismo tiempo, va a renunciar después a su nacionalidad brasileña y va a adquirir la nacionalidad americana. Anecdóticamente te diré que su mujer renunció a la ciudadanía americana, no quería hacerse americana, porque cuando pasa… (esas cosas estúpidas de mentalización de una legislación arcaica)… Una de las preguntas que la Inmigración hace es «Si está usted dispuesto a renunciar sus lazos de unión con su país de origen y a defender a este país en caso de peligro, etc. etc.». Don Américo estuvo estudiando para los exámenes de una manera…, como si se tratara de un proyecto de investigación; no hacía falta tanto, pero preocupadísimo con la cosa; y, hombre, dijo que sí a esto... Pero le tocó a su mujer hacerse ciudadana y la mujer dijo: «Eso es absurdo, tengo sesenta años y ahora me preguntan si voy a defender a este país; yo no puedo decir ni que sí ni que no; ni voy a renunciar, ni por qué voy a renunciar». Entonces no le hicieron a ella ciudadana y a él sí… Pero, por otra parte, la anécdota denota unas decisiones que te acercan no a ser ciudadano de un país, una vez que renuncias al tuyo, sino a que la ciudadanía significa un medio de comunicación con el mundo y que se hace necesaria para comunicarse; y entonces empiezas a sentirte que ya no eres ciudadano de tu país, sino ciudadano del mundo, perteneces al mundo. Ese sentimiento de no ser ciudadano uno de un país, aunque acepte la ciudadanía del otro, te hace funcionar y, dentro, lo que uno siente es eso. Bueno, pues esto es una cosa que hay que hacer en la vida; pero yo ya perdí mi país, éste es adoptivo, el mundo es lo que me interesa en realidad, la humanidad es lo que me interesa en realidad y, quizá, el fenómeno de los españoles en América es la adquisición…, lo que yo diría la adquisición de una conciencia universal, en vez de una conciencia nacional, sin poder desligarse naturalmente de sus raíces. Te coloca ya en un punto de vista en que vas ahora a juzgar…, a intentar juzgar…, que juzgas lo tuyo subrayando los aspectos más positivos de tu experiencia vital y quitándole tanta importancia a los aspectos negativos que en todos los países existen. Eso nos dio a todos una visión de España distinta a la que hubiéramos tenido de permanecer en el país: la adhesión apasionada de ideas, en relación con la problemática del país, eso no podía ser; no podía afectarnos de la misma manera, ya que no podíamos hacer nada en relación con eso. Pero sí podíamos revalidar, subrayar la importancia de las aportaciones españolas. En este sentido nos habían precedido en los Estados Unidos tres personas de gran categoría: en Columbia University, Federico de Onís; en California, César Barja y Buceta, dos gallegos; en Chicago, Solalinde. De modo que había tres grandes personalidades de la intelectualidad del exilio que estaban ya trabajando cuando nosotros llegamos allí. El Gobierno norteamericano nos facilitó nuestra entrada, la de ellos fue posible porque habían llegado antes, ya contratados por universidades americanas y estaban muy por encima de la cosa política. Lo nuestro fue más difícil, porque con la propaganda franquista y con el criterio predominante en los países imperiales, nosotros éramos enemigos; no éramos enemigos, pero no se nos trataba con la misma cordialidad. De todas maneras, esa actitud oficial, como pasa en un país grande, no es una actitud universal. El pueblo americano acoge a quien sea, proceda de donde proceda, y si sirve para algo lo utiliza. De modo que el Gobierno es una cosa, la Universidad es otra cosa –como un islote, un oasis–, la masa general es otra cosa. La unificación del sentimiento, eso no existe. Hay posibilidades para todo, aun para posibilidades discrepantes; si no se hacen mayoritarias, pues permanecen luchando; y, si se hacen mayoritarias, predominan y estabilizan la política. De modo que llegamos y, una vez que llegamos y nos integramos en aquella vida, ya entonces actuamos de manera como si hubiéramos nacido allí. Llegamos a la enseñanza y nuestros puntos de vista podían ser expuestos. Entonces…: González López (que está aquí ahora), en Nueva York, en el Hunter College; años enteros siendo jefe de estudios graduados; Eugenio Granell, otro gallego, también en Nueva York, dedicado en Brooklyn College a enseñar; hombre al que le interesan los problemas del mundo contemporáneo, gran pintor, escritor de gran humor e incisivo, etc. En Nueva York estaban además de estos dos… ¿cómo se llamaban?, Amor y Vázquez, en Brown University, Ernesto Guerra da Cal, otro gallego, en la Universidad de Nueva York. De modo que en la ciudad de Nueva York había ya un grupo de exiliados, que se habían colado de alguna manera…, algunos con dificultades y otros sin dificultades. Estando yo en Cuba, recuerdo que vino a verme Ernesto Guerra da Cal, a quien yo conocía aquí, de la guerra; tenía que salir del país para volver a ingresar ya como residente legal en los Estados Unidos. Salió a Cuba, y entonces estuvimos juntos un par de semanas, antes de poder regresar a los Estados Unidos. Se me olvidarán algunos nombres, pero en Nueva York hay cuatro o cinco; en el resto del país hay un Santamarina, que ahora no me acuerdo bien a dónde fue a parar; por California pasó Ramón Iglesias, el historiador, que se suicidó después… Hubo tres o cuatro suicidios de intelectuales españoles en los Estados Unidos.
José Manuel González Herrán.- ¿En el primer momento?
José Rubia Barcia.- Sí, en los primeros años. De esos se hace eco literariamente Sender, en una de las últimas novelas, una de las mejores que ha escrito, se titula –no sé si tú la has leído– La mirada inmóvil. La mirada inmóvil es la historia de siete u ocho suicidas, suicidas en el siglo XX, todos ellos por razones de incompatibilidad entre su interioridad y la exterioridad que les toca vivir, política, económica o lo que sea. Y ahí está incluido entre esos, entre ellos está… ¿cómo se llamaba el que se suicidó en La Florida, muy famoso él (ahora no me acuerdo)? No está citado por el nombre, pero el suicidio de Iglesias está ahí. Por cierto que… (bueno, esto es incidental no hay que mentar ahora la cosa), me encontré después con una hija de Iglesias, aquí en España, y me preguntó cómo había muerto su padre. Iglesias vino a verme a mí cuando yo lo conocía…, vino a verme a mí…; el suicidio de Iglesias –ya en España tenía reacciones un tanto raras–, la familia no lo sabía, acaban de enterarse por mí de cuál fue la causa del suicidio, porque no sabían que se le había hecho una autopsia y lo que tenía era un tumor cerebral. No fue el mismo tipo de suicidio de otra gente. Pero, de todas maneras, una docena de personas llegamos allí y entramos en las universidades americanas e influimos decisivamente en la apreciación que podía tenerse de España desde lejos, con desprecio hacia el franquismo; pero al despreciar el franquismo no había más remedio que subrayar los aspectos anteriores predominantes. Creo que hemos influido. En mi caso, yo tengo dirigido dieciocho o veinte tesis doctorales, y esos dieciocho o veinte están trabajando de profesores en la Universidad y, naturalmente, están influidos por mis ideas y por mi visión. Y lo mismo le ocurre a González López, y lo mismo le ocurre al otro, y al otro. De modo que hay un centenar de profesores americanos que enseñan cultura española y que están influidos por nosotros.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 08 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- ¿Tú tienes conciencia de haber creado escuela en ese grupo?
José Rubia Barcia.- Sin duda, sin duda, naturalmente. En el libro ese que me han hecho, a pesar de que lo hicieron clandestinamente… Mi libro homenaje…: yo no me enteré, debieron hacerlo clandestinamente, porque yo me opongo en principio a estas cosas…, lo hicieron en colaboración con mi hija mayor, que conspiró contra mí; pero si eso se hace abiertamente el libro hubiera tenido quinientas páginas en vez de las páginas que tiene, porque mucha gente ni se enteró, como yo no me enteré… Me hubieran escrito a mí, o lo que fuera. Pero, de todas maneras, ahí…, algunos de esos son estudiantes míos, la chica que firma, la Jonhson esa, hizo su tesis sobre Miró; la primera tesis que se hace sobre Miró en los Estados Unidos, y ella sigue trabajando sobre Miró con mis métodos, y con mis cosas y mi acercamiento. Y así unos y otros. Además, lo que yo hice fue renunciar a dirigir tesis sobre escritores vivos en la actualidad, con la excepción de los que estaban en el exilio, dirigí tesis sobre León Felipe, sobre Larrea, sobre...
José Manuel González Herrán.- ¿Sobre qué autores, preferentemente, se han ocupado las tesis que has dirigido?
José Rubia Barcia.- Las mías, de la literatura contemporánea, con la excepción de que dirigí una tesis sobre el siglo XVIII, sobre el XVIII-XIX, a una estudiante invitada a venir aquí, que se llama Eva Rudat; una estudiante mía que hizo su tesis sobre Alcalá Galiano. Pero lo demás es siglo XIX y XX: sobre Galdós, sobre autores contemporáneos; sobre Pérez de Ayala, tres nada menos; sobre Valle Inclán, dos; Lorca también… Autores contemporáneos, pero pertenecientes al periodo anterior a la guerra; no me ocupé de ninguno de los que estaban vivos… Jorge Guillén, también: dirigí una tesis sobre Jorge Guillén. De modo que la literatura contemporánea, gracias a nuestro esfuerzo, interesó e interesa fundamentalmente en los Estados Unidos, pero se queda en el periodo del comienzo de la guerra, porque no podíamos ocuparnos de los escritores de aquí que no se ocupaban de nosotros.
José Manuel González Herrán.- Exactamente.
José Rubia Barcia.- No lo hacíamos por eso…
José Manuel González Herrán.- Aquí sí se ocupaban de ellos.
José Rubia Barcia.- Pero no había por qué ocuparse de ellos; ya se ocuparon después otras gentes. De modo que, en ese sentido, hicimos una gran labor, creo, en los Estados Unidos. Ahora, naturalmente, yo he estado en contacto con las instituciones no sólo culturales, sino también políticas; he colaborado con El Socialista, cuando se editaba en Toulouse; he colaborado en la prensa del exilio en México, en la prensa de Nueva York del exilio, también.
José Manuel González Herrán.- Ése es un aspecto que quería que tratásemos; ya que lo apuntas, lo podemos plantear a partir de lo que has recogido en tu libro Prosas de Razón y Hiel, para que eso pueda servir como muestra de la labor, o de la actitud de los exiliados, o de algunos exiliados, con respecto a la situación política española posterior al treinta y nueve. Porque a mí me da la impresión, o a algunos nos da la impresión, que una cierta parte de los exiliados del treinta y nueve se volcaron en la actividad académica, docente o profesional; y, o no nos llegó a nosotros la noticia o no se ocuparon... A mí me da la impresión de que tú constituías una cierta excepción en esa actividad.
José Rubia Barcia.- No. No constituía una excepción.
José Manuel González Herrán.- Pues me alegro.
José Rubia Barcia.- Creo que todos los intelectuales que salieron al exilio agudizaron su sensibilidad política y se opusieron al régimen de Franco de manera sistemática. Yo no soy excepción en ese caso, quizá fui uno de los más violentos…
José Manuel González Herrán.- O de los más activos.
José Rubia Barcia.- O de los más activos…; pero no fui el único, ni mucho menos. Algunas de las cosas que se han hecho en la Argentina, por ejemplo, un libro que publica un profesor español no muy conocido en España y muy oscuro (ahora no me acuerdo de este hombre, me acordaré después si te interesa el dato), que luego me sorprendió…, no lo había visto antes, lo vi después…, que expone la teoría de Castro en la Argentina, con menos datos y erudición. Yo mismo, en La Habana, en mis comentarios anticipo también algunas cosas. De modo que el sentimiento era común, que había que renovar la visión de España, que España no era exclusivamente un imperio que se impone, sino que había otras posibilidades. Y esa visión de España nos hacía asimilar el imperio; asimilarlo: cosa nueva para una generación como la nuestra. La reconsideración del imperio, por nuestra parte, del imperio español, nos llevaba a sentir ya que había una injusticia en el juicio universal sobre la actitud de aquellos españoles fanáticos que iban a establecer un nuevo mundo, y que eso se entendía mal. América nos abre los ojos a nosotros para una visión nueva del imperio. Pues esto, naturalmente, esto políticamente… con las mentecateces que se hacían en la política nacional, de una vuelta a la Hispanidad y la pretensión de dominar América de nuevo, etcétera, eso hacía incompatible la cosa; pero nuestra voz era una voz que abarcaba la adhesión de los hispanoamericanos sensibles y comprensivos. Y se produjo gracias a nuestra actividad, a la actividad de los españoles en México, en Cuba, en Venezuela, en la Argentina…; se produjo de nuevo una aceptación de España. Nosotros fuimos a reivindicar una España que no era ésta, y esa España les sirvió a ellos también, para sentirse mucho mejor en contacto con nosotros. De modo que nosotros conseguimos la unificación espiritual del espíritu hispánico en América, siempre luchando contra el dictador que estaba en España, que no nos representaba, que no podía representarnos; era un producto arcaico, decadente, inactual…; no podía tener influencia en la vida del mundo, era una cosa totalmente arcaica y vergonzante, y compartíamos la vergüenza nuestra con los hispanoamericanos; y eso nos ganó la simpatía de la intelectualidad americana. Pero aquí, naturalmente, se callaba nuestra voz.
José Manuel González Herrán.- O, al menos, se callaba vuestra actividad que no fuera la puramente académica.
José Rubia Barcia.- Naturalmente.
José Manuel González Herrán.- La prueba es eso, que en 1968-70, todo el mundo sabía quién era Rubia Barcia, como especialista en determinados temas de literatura española; pero muy pocos podían saber que, aparte de esos estudios...
José Rubia Barcia.- Creo que es una exageración; pocos sabían que yo siquiera existía.
José Manuel González Herrán.- Cuando digo sabíamos…, los que estudiábamos la obra de Valle-Inclán sabíamos de tus artículos o de tus libros; pero no sabíamos que había una labor, no sólo ideológica, sino también una labor de libros, artículos, de conferencias…
José Rubia Barcia.- De españolización de nuestra actitud. Pero en esto no fui único; me conoces a mí únicamente, pero hay multitud, somos cientos de españoles; si lees el libro de Domingo Amo sobre la actividad intelectual de los españoles en el exilio, es el primero que ha salido; es un libro que se publicó, probablemente –Domingo Amo lo hizo en colaboración con un americano, en Washington–, y se publicó…, debió publicarse hacia el año cuarenta y nueve o cincuenta; es el primer libro que agrupa la actitud nuestra en América y, en ese libro, yo ya aparezco, como profesor en La Habana, como autor de unas cosas; mis actividades están esquemáticas ahí, pero ya están, y lo mismo de todos los que después van a morir, porque eran mayores…, todo lo que se ha producido en la primera etapa del exilio. Nuestro exilio ha sido eminentemente político, no económico; hemos sido gente amenazada de muerte, que tiene que marcharse de su país, pero la conciencia política se aviva y lo que ocurre es que dura tanto, y tanto, y tanto, y la espera para que este hombre se caiga…, y en vez de caerse se reafirma con medidas económicas, con lo que sea, con ayudas extranjeras y, poco a poco, se nos va alejando la perspectiva de la posible vuelta y, ya, llega un momento en que es imposible la vuelta, tenemos que morir en América y la mayor parte ha muerto en América. De los mayores, los que tenían cuarenta y cincuenta años en el exilio, ya han muerto todos; y los jóvenes…, yo soy quizá el más joven de todos los que han escrito en América. Yo todavía persisto y pervivo, pero sin la posibilidad de volver a nada…, ya estoy…, me cogió la tela de araña del tiempo y de la vida, me envolvió y, naturalmente, soy la mosca para la araña; me come, las circunstancias… y no tengo más remedio que permanecer donde están mis hijos, donde están mis nietos, donde está mi vida. Este país es mi país, pero es mi país en esencia y muy adentro, pero no es el país ya en el que puedo vivir.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 09 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Planteas otra cosa que también me interesaba: este país ya no es tu país. Si mis datos no están equivocados, tu regreso, digamos vacacional, a España se empieza a regularizar en torno al setenta y cinco.
José Rubia Barcia.- La primera vez vine a Portugal, y mi familia me visitó en Portugal, y fui objeto de persecución en Portugal. Mi hermano tenía –¿te lo conté?– contacto con la policía de aquí; mi familia, mis padres, mis hermanos y tal fueron a Portugal, a vivir conmigo un año en Portugal. Eso fue tan pronto…, yo no era ciudadano americano todavía, fue en el cincuenta y cinco o cincuenta y seis cuando vine por primera vez a Europa, y, llegué a Lisboa con un visado y un pasaporte que me había conseguido mi suegro. Yo no podía ir al consulado español a solicitar un pasaporte; además era enemigo acérrimo del régimen y no me lo iban a dar, de modo que mi suegro fue al consulado español y le dijo al cónsul: «Usted ya sabe quién es mi yerno, él no va a venir aquí, pero quiere ir a Portugal y no a España, pero no tiene pasaporte». Yo estaba indocumentado, no podía moverme en el mundo, no podía hacer nada. Se había resuelto mi problema inmigratorio, es decir, ya era residente legal en los Estados Unidos, y tenía permiso para viajar y no tenía garantía de poder volver. Pero yo dije: «No puedo esperar más». Habían pasado veinte años, por lo menos, que yo no había visto a mis padres y ya no podía esperar más. Mis padres no conocían a mi mujer, no conocían a mis dos niñas, que eran chiquititas. Es decir, corro el riesgo de no poder entrar en los Estados Unidos, pero ya tenía preparada la cosa para una posible entrada en México o en Cuba; ya los representantes de Cuba y de México me dijeron: «Si hay dificultad, inmediatamente nosotros intervenimos y te vienes para acá». Entonces cogí un barco y me vine con mi familia y mi suegro. Pero para el billete necesitaba un pasaporte, mi suegro fue al consulado, le habló al cónsul español y el cónsul español le dijo: «Mire, yo sin más, sin autorización y sin nada, le voy a dar un pasaporte». Y le dio un pasaporte: con ese pasaporte vine a Portugal, me instalo y alquilamos un piso, viene la familia y tal… Llevaba cinco o seis meses en Portugal, cuando la policía secreta me llama y me dice que no puedo seguir en Portugal, que tengo que salir de Portugal. No sé si la embajada insistió o no en que se me echara de Portugal; gente de España vino a verme y tuve algunas entrevistas con gente de España y, no sé si la policía secreta, que era al parecer bastante ágil, se puso en contacto con la embajada y tal. Estaba de embajador Nicolás Franco. Entonces mi hermano ya había estado allí, pero ya había vuelto para aquí, y le llamé, y vino, le dije lo que pasaba, que se me expulsaba de Portugal, que yo no sabía si con la expulsión necesitaba una autorización de salida de la embajada española, que me autorizaran a salir de Portugal; e incluso la policía portuguesa podía entregarme a las autoridades españolas. De modo que la situación era muy delicada. Entonces mi hermano me dijo: «Yo no dije de volver a entrar en España a nada; pero si se te ha ocurrido que te traigan a España, a mí el jefe de la policía de Ferrol me ha dicho que hay que provocarte un accidente en la carretera». Eso me dice mi hermano: «Ten cuidado, porque hay esta cosa...». Eso indica cómo molestaba yo en el extranjero al régimen. Y, ya en vista de eso, dije: «A ver si me voy a Francia, si me dejan salir voy a Francia. Vete tú que conoces a esta gente en el consulado, a ver influye, tu influencia…». Él fue al consulado, a la embajada española y arregló que me permitieran salir de Portugal. Me permitieron salir de Portugal y, entonces, me fui a París y, al poco tiempo, de París volví a los Estados Unidos. Fue mi primera experiencia en el cincuenta y siete. Pero más adelante, ya tengo la ciudadanía americana, y han pasado ya unos años, cuando me decido a venir a España de visita, pero mi visita a España fue una visita para ver a mi familia y nada más. Me instalé en Madrid e, inmediatamente, un policía todos los días delante del hotel donde yo estaba, y a donde yo iba me seguía por todas partes, de modo que estaba vigilado y tal... Había el peligro de que me detuvieran o me acusaran de lo que fuera, pero decidí correr ese peligro.
José Manuel González Herrán.- Probablemente existiría la sospecha, crees tú, de que conspirabas o tenías contactos con la posible oposición clandestina.
José Manuel González Herrán.- Yo no sé lo que pensarían, pero si sé que asignaban un policía secreto. Hablé con él: «Quiero facilitarle su labor, de modo que si usted quiere yo le digo de antemano a dónde voy, y a quién veo, y así tiene usted la información» (un poco irónicamente). Y el hombre, desconcertado con mi actitud: qué hombre tan raro… Pero no vi a nadie políticamente en España, ni hablé en España con nadie políticamente; vine exclusivamente a ponerme en contacto con mi familia y nada más. Invité a mi familia a que fuera a Madrid a pasar las primeras navidades conmigo; fue toda mi familia y estos chicos eran chiquititos entonces. De modo que siempre, mientras vivió Franco, no sé si vine dos o tres veces, siempre de incógnito, siempre sin… Pero al mismo tiempo, activo en la política de fuera y combatiendo al régimen desde afuera. De modo que salían artículos míos, a veces muy violentos; algunos hay recogidos en el libro, publicados aquí, muy cerca de la muerte de Franco, contra Franco y contra el régimen.
José Manuel González Herrán.- Me acuerdo de uno de ellos, a raíz de los fusilamientos de septiembre del setenta y cinco.
José Rubia Barcia.- Sí, de los muchachos estos del GRAPO. Al mismo tiempo que hacía eso, llegó a California un barco de guerra americano, y unos muchachos se declararon desertores y se salieron del barco; yo fui su defensor en los Estados Unidos, busqué abogados, ayudé…, y conseguí que no se les mandara a España. Y ataqué violentamente a los Estados Unidos, y ataqué violentamente a México, de modo que ya no es la adhesión. A mí no me importaba ser ciudadano americano, y, de hecho, lo aproveché para atacar las cosas que no me gustaban en el país en el que yo vivía, y no me persiguieron por eso; con el macarthismo, sí; después no me persiguió nadie por eso. De modo que mi actitud ya era un poco por encima de la problemática de un país determinado o del otro de más allá, era una lucha contra la injusticia y no contra unas cosas personificadas en unos individuos. De modo que otra vez es un síntoma eso de que estaba sur la mêlée, por encima de la cosa temporal e inmediata, y pensaba más ya en una humanidad más justa y mejor que la humanidad que nos tocaba vivir.
José Manuel González Herrán.- ¿Qué impresión (aunque sé que eso es muy difícil de simplificar) te produjo la sociedad española y la gente española con la que trataste en los diez últimos años, en los que has podido tener ocasión de hablar, no sólo con la familia sino con otras gentes?
José Rubia Barcia.- Mira, algunos de los intelectuales –no voy a mencionar nombres–, algunos de los intelectuales más destacados…, me han ocurrido cosas desagradables con algunos de los grandes nombres españoles, una vez que me puse en contacto con ellos; y algunas cosas en el terreno personal agradables. Pero no podía adherirme… Cuando se me invita para que colabore para los Cuadernos para el Diálogo, por ejemplo; yo renuncio a colaborar en los Cuadernos para el Diálogo: yo no podía creer que podía haber posibilidad de diálogo entre lo que yo sentía, pensaba, etcétera, y lo que ocurría en el interior de estas gentes que proponían la misma cosa. Algunos de los proponentes de eso… (lo recuerdo y aun así somos amigos), hubo una correspondencia mía con Aranguren…, y ahora voy a Madrid y como con Aranguren, porque lo considero una bellísima persona, etcétera; pero no pude estar de acuerdo con su actitud de convivencia y olvido; yo no podía hacer eso, me lo impedían mis entrañas; no mi cabeza, mis entrañas me impedían eso. De modo que mis vueltas a España han sido todas…, diría, más de sufrimiento que de conmiseración por la problemática de la vida española, por muchas razones. Es éste de ahora el primer viaje de los que he hecho a España…, es éste el primer viaje en que me encontré con jóvenes, no con gente mayor, con jóvenes con los que me he entendido perfectamente; es decir, los jóvenes con quien estuve en contacto en San Sebastián, en Bilbao, en Madrid, en Santander y aquí me han devuelto la fe en España. Pero lo anterior, no. Nada: no importa que haya sido gente que ha luchado, que no ha luchado…, gente arrepentida o que ha cambiado…, es gente con la que no he podido entenderme. Puedo tener una conversación cordial, pero no confusión de sentimientos, simpatía profunda, la esperanza en ellos la he perdido ya hace muchos años y no he podido recobrarla.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 10 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- ¿Qué haces ahora en tu investigación, cuáles son tus proyectos?
José Rubia Barcia.- Estoy en un momento decisivo. Decidí jubilarme en marzo, para tener tiempo para dedicarme a cosas que me importaban; cosas que no podía terminar. Durante años he acumulado fichas, y fichas, y fichas; tengo todo el aparato erudito para meterme a escribir, todo lo que necesito para meterme a escribir ya, expresando mi asimilación de esos materiales y mi visión… Este año he aceptado esta cosa de venir al Congreso en homenaje a Rosalía… [se interrumpe la grabación]
José Rubia Barcia.- Estábamos con lo que voy hacer de manera inmediata, lo que pretendo hacer en el futuro…
José Manuel González Herrán.- Lo que estás haciendo desde hace años, también es verdad…
José Rubia Barcia.- Lo inmediato es terminar con mis ensayos y con mi participación en actos públicos, y con participación en homenajes… Es decir: liquido ese periodo; la editorial Pre-Textos, de Valencia, me ha ofrecido editar una colección de ensayos, una selección de mis ensayos, que prepararé en los próximos meses; pondré al día algunas notas, y algunas cosas: prepararé el manuscrito que voy a titular Del beduino al cortesano; esa colección de ensayos que me han ofrecido editar en Valencia la editorial Pre-Textos.
José Manuel González Herrán.- ¿Calculas cuántas páginas podrá llevar...?
José Rubia Barcia.- Serán unas quinientas páginas de ensayos, probablemente. Son muchos ensayos que andan dispersos por revistas y por todas partes, e incluirán mis conferencias sobre la cultura arábigo-española, anteriores a Castro y anteriores a toda esta cosa de la nueva revalorización de la historia de España. Incluirá cosas que son del año treinta y nueve y cuarenta, muy lejanas; e incluirá también los últimos ensayos que me parezcan significativos, o que merecen ser recogidos, para agruparlos, lo mismo que he hecho con los artículos. Hacer una selección de ensayos de mi labor académica y erudita. Y ya, después, tengo proyectado ponerme a trabajar intensamente, hasta donde me llegue el tiempo, y de manera concentrada y sin distracciones de conferencias, ni clases ni nada, con mi archivo delante, y mi casa, y mi ordenador, y todas mis cosas. Tengo en proyecto tres libros. El primero, que ya va mediado e interrumpido, que titulo Galicia: Mater dolorosa. El proyecto de estos tres libros está unificado por un deseo de desmitificación de la vida española, desmitificación de la historia española. Considero que los mitos que hemos heredado de nuestras culturas han dejado de ser funcionales; ya no importa el retenerlos: han sido mitos fructíferos, que su función ha terminado y han sido superados, y se les puede destruir, se les puede destruir impunemente, abriendo paso a otras posibilidades del ingenio, del talento y de la inquietud española. Ese primer mito es el mito de la Reconquista, naturalmente; el que otra gente atacó, pero que nunca se atacó desde la perspectiva galaica y del papel que Galicia juega en los trescientos primeros años de la presencia musulmana en España. Por eso voy a titularlo Galicia: Mater dolorosa; algo de eso anticipé en una convención de portugueses y españoles en Los Ángeles, donde di ya una conferencia sobre «Galicia: Mater dolorosa», anticipando una idea general de estas cosas. Ése será un libro que, probablemente, será mi primer libro nuevo, totalmente nuevo, que probablemente aparecerá…, calculo yo que lo terminaré después de que acabe la cosa de los ensayos. Me pondré a trabajar intensamente: en un año más de trabajo probablemente se terminará ese libro, de modo que en dos años o en dos años y medio es muy posible, si la editorial lo acepta, que se publique. Si no puedo publicarlo en España –y espero dificultades en España–, entonces lo publicaré en América. Tendrá eco o no tendrá eco, pero quedará ahí como un testimonio.
José Manuel González Herrán.- Confiemos que pueda publicarse en España y, más concretamente, en Galicia, porque…
José Rubia Barcia.- Bueno, lo de Galicia es un poco peliagudo, porque… Yo trabajé ya sobre Prisciliano, muy joven; sobre Prisciliano, el heterodoxo español, y me fascinó. Gracias a lo que yo había dicho interesé a otra gente, y entre la gente a quienes interesé en eso interesé a Juan Larrea. Es una vieja manía mía el considerarlo gallego, desde un punto de vista completamente diferente a como se le ha considerado hasta ahora. Para eso aprovecharé mi vieja preparación de arabista, intentando recobrar en parte…, y utilizando fuentes originales, mientras pueda, si puedo; y fuentes traducidas, si puedo y sin son las adecuadas… Tengo ya mucho material para eso, de modo que calculo que ese libro se hará en un plazo máximo de tres años a partir de ahora, y un plazo mínimo quizá de dos y medio; luego quedará el problema de la publicación. Tercer [sic, por ‘Segundo’] libro, ligado también a la desmitificación, será sobre Santiago, Santiago Apóstol. Esto me deja un poco…: ahora veo que está vivísimo aún el culto, y veo de rodillas a mi amigo García-Sabell, con unos curas de pie, frente al Apóstol, rindiendo tributo y toda esta cosa… Yo no sé si eso se entenderá en el sentido en que yo pienso tratarlo. El libro voy a titularlo La tercera tumba de Santiago Apóstol. Naturalmente, utilizaré toda la información adecuada para negar la existencia de Santiago Apóstol en Galicia…; considerarlo un mito, un mito que ha sido fructífero, importante para la vida española. La primera tumba estará en Tierra Santa, donde lo decapitan y lo entierran. Todo lo demás es leyenda: leyenda…, y leyenda creída; la parte racional de esto es su irracionalidad. Es decir, toda creencia crea unas verdades superiores a las verdades creadas por la realidad y, entonces, funciona como una súper verdad. Pero eso es porque el pueblo, la gente necesita eso. Eso no es un mito español, es un mito importado; y demostraré cómo es un mito importado, y no español. De hecho diré que el gran santo de Santiago es San Andrés de Teixido. Los gallegos no han hecho nunca peregrinajes a Santiago de Compostela, han peregrinado a San Andrés. Todo eso estará en un libro que será mezcla de…; ese libro no puedo hacerlo con mera erudición, tengo que usar mi imaginación; entonces, será un libro de ficción histórica y la ficción será la verdad, y lo histórico lo ficticio.
José Manuel González Herrán.- ¿Y cuál es la tercera tumba? La primera, en Tierra Santa; la segunda, aquí…
José Rubia Barcia.- La tercera, en México, naturalmente. Santiago se va con las carabelas, se va al descubrimiento de América (lo menciono en la conferencia), y llega a México. La Reina Loca –esto es interesante–, doña Juana insiste… Hay algo que no está nada claro, cómo eso se llama Nueva España, y cómo se impone el mapa de España sobre el territorio mexicano, y cómo la región del noroeste mexicano va a ser Nueva Galicia y esa Nueva Galicia tendrá como capital Santiago de Compostela, por sugerencia o imposición de la Reina Loca. Y se nombra un obispo para Santiago de Galicia, y Santiago de Galicia es el foco en México, el foco expansivo, el último foco expansivo del imperio español. De allí sale, de Santiago de Compostela sale el padre Serra, salen antes los exploradores del puerto de San Blas –que lo nombran Puerto de Vigo–, salen a poblar nuevas tierras y se van al norte, y toda la California cayó bajo el arzobispado de Santiago de Compostela en el siglo dieciocho. Y Santiago se aparece, como se aparece en Clavijo, se aparece en Santiago de Compostela, salva la iglesia, que está amenazada (y luego participará en cien batallas en toda América) y sirve de impulso en la llamada Guerra de Reconquista, después del siglo XI; no antes del siglo XI. Hasta el siglo XI llegará mi historia primera, pero después del siglo XI, el dogmatismo, la imposición, la creencia ciega, de un lado y del otro, provocan conflictos… Y Santiago va a morir, la muerte de Santiago se produce con la revolución mexicana. En la revolución mexicana se le quita a Santiago de Compostela el santo, y se deja en Compostela: Compostela etimológicamente significa ‘cementerio’. De modo que ahora ya es cementerio, muerte definitiva del mito. El mito muere allí, ya no vuelve a funcionar en la historia, excepto aquí, como una superstición local, para que todos los años se celebre su fiesta y nada más. De modo que esto será el tema de este segundo libro. Y el tercer libro de desmitificación va a ser…, tengo toda la investigación hecha también para ponerme a escribir cuando acabe esto, como ves esto puede durar siete u ocho años…, yo no sé lo que puede durar, pero mi intención es llegar, a ser posible, a esto… El tercero lo llamaré El santo diabólico. El «santo diabólico» va a ser San Vicente Ferrer, y voy hacer una biografía, no de Vicente Ferrer, sino usando a Vicente Ferrer como encarnación del dogmatismo que lleva a la muerte, y a la perdición, y a la catástrofe de miles de criaturas. Pero el que lo hace no tiene conciencia de eso, porque está ciego de pasión divina, si tú quieres, y él ha sido el factor más decisivo en la persecución de los judíos en España, siendo él judío además. De modo que ése va a ser el objeto, otra vez; una especie de novela histórica sobre Vicente Ferrer, y le voy a quitar la santidad; así como le quito el mito de la santidad a Vicente Ferrer y desaparecerá –espero– el mito de la santidad de Santiago Apóstol, desaparecerá –espero– el mito de la Reconquista… y si yo consiguiera eso, entonces dejamos a España privada de tres pilares de su constitución vital.
José Manuel González Herrán.- ¿Por qué, si la mayor parte de tus investigaciones en los últimos años se han ocupado de la literatura más reciente del siglo XIX y del XX, a qué se debe esta vuelta a las raíces?
José Manuel González Herrán.- Bueno, eso está ligado a la experiencia del exilio. Yo no hubiera podido concebir el hacer estos libros si me hubiera quedado en España. Es decir, durante el exilio hay un subconsciente que está ahí, en cierta manera, dándome gritos y diciendo: «¿por qué te ocupas de estas cosas?». Me he ocupado de la literatura por deber profesional, y por afición a la literatura, pero en el fondo me angustian más los problemas vitales y los problemas históricos. Vuelvo a una primera vocación no continuada; de hecho rompo otra vez con la continuidad de mi vida. Yo tengo un proyecto vital, y voy como francotirador; me vuelvo ahora a otro tipo de pieza para cobrar. Creo que puedo hacerlo, creo que voy hacerlo y creo que debo hacerlo.
José Manuel González Herrán.- Esperemos que lo hagas.
José Rubia Barcia.- Pero ya esas cosas no dependen de mí, dependen del más allá, de que la vida me dé energía para hacerlo, de que mis años continúen siendo productivos; pero eso no se sabe nunca. Si la salud me continúa, yo haré esos tres libros, y serán mis tres últimos libros, probablemente. Si me queda tiempo, y sirviera de algo, y si todavía me quedaran años, haría algo de lo que hizo Madariaga; quizá me entretuviera después como juego frívolo escribiendo mis memorias, para ejemplo a no seguir por el resto de los españoles.
José Manuel González Herrán.- ¿Y no tienes intención de dar a conocer tu material de creación que has podido ir acumulando? Y supongo que no acabarás nunca, porque muchas veces se interrumpe la investigación para traducir algo…
José Rubia Barcia.- Sí; algún poema y cosas de ésas… No le doy tanta importancia. Pensé varias veces ya dedicarme exclusivamente a la creación.
José Manuel González Herrán.- Lo que pasa es que esta investigación es creación, también. Este tipo de investigación que proyectas no es erudición fría…
José Rubia Barcia.- Naturalmente, no, no… La erudición es un instrumento nada más para que yo ponga en juego mi imaginación, mi fantasía y mi visión del mundo, y ya está. Ahora creo…
José Manuel González Herrán.- Esos grandes sueños donde hay investigación y donde hay imaginación…
José Rubia Barcia.- Naturalmente. De modo que hacer eso me atrae, y me atrae de manera irresistible, de modo que voy hacerlo. Ya me estoy mecanizando, para que las cosas mecánicas me cuesten menos trabajo; tengo mi ordenador listo: si me ponen el acento sobre la «u», pues nada, ya empezaré a escribir sin dificultad… Pues esto creo que es todo... Creo que esto es ya el final de la...
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| 1987-03-27 |
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| 1988-00-00 |
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 32: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿De que xeito todas as vivencias de Colombia afectan á túa poesía?
—Eu sempre tiven a poesía un pouco á marxe do que é o desenvolvemento natural da vida. A poesía sempre foi para min unha especie de refuxio onde, despois de todos estes avatares que se poden relatar, e que forman parte xa máis ben dun pasado que dun presente, tiña ese recuncho da poesía, espiritual, se se quere, para poder zafarme un pouco do andar aqueloutrado do que era en certo modo sobrevivir. Entón, pois non sei, algo se pode transvasar á poesía porque a vida á fin e ao cabo dalgunha maneira é un espello no que a poesía se reflicte ou viceversa. Pero non é precisamente toda esta cousa que se dixo antes, unha fonte esencial da poesía. A poesía é algo máis fonda, algo máis profunda, é ir desvelando o misterio das cousas. Se ten algo que ver algunha vivencia, algún xesto ou algunha cousa que a un lle queda, no fondo é máis ben ese refuxio que un busca.
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| 1988-00-00 |
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 33: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Despois de pasar tanto tempo por terras colombianas e de integrarte na súa comunidade ¿como viviches o reencontro coa terra, posiblemente idealizada na distancia?
—A terra sempre se idealiza e, sobre todo, hai un problema grave, que se vai dividindo a mente en compartimentos e, cando te vas, levas unha imaxe da terra que queda fixa na memoria, unha especie de postal, que, cando chegas de novo, está destruída dalgún xeito porque
todo avanza, todo vai para diante e todo iso vaise consumindo e destruíndo co tempo. Entón levas, cando chegas, un pouco a desilusión de non atopar as cousas no seu sitio, polo menos certas cousas no seu sitio. Porque un coñece as árbores e as pedras por onde andou e, cando chega, non as atopa realmente no mesmo sitio. Non atopas realmente a xente no mesmo sitio, e ti sempre a estás vendo na memoria máis ou menos
apousentada no sitio en que a deixaches e entón hai unha certa desilusión e un certo enfrontamento contigo mesmo porque sabes que hai algo xa irrecuperable para sempre.
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| 1988-00-00 |
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 34: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Que é máis importante a natureza e o ambiente de Galicia ou a xente?
—Sempre é máis importante a xente, loxicamente. A natureza á fin e ao cabo é un escenario onde se move a xente e nós somos parte da xente. Entón a xente é o que che dá ese espírito de ir entendendo a natureza. Vanse compenetrando. Loxicamente ti sabes que hai unha teoría, que parece que descubriu don Ramón Otero Pedrayo: que a xente e a paisaxe, dalgunha maneira, se van entendendo e vanse compenetrando de tal xeito que chegan a ser a mesma cousa. Pero indubidablemente sempre é a xente, o espírito da xente, que incluso hai a teoría de que non morre senón que vai facendo sedimento da patria, que dalgunha maneira vai facendo ese fluír eterno que nos fai os xestos e que nos fai a palabra e que nos fai a maneira de ser. Entón a xente sempre é máis importante indubidablemente cá natureza.
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| 1988-00-00 |
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 35: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿En que medida os Cantos caucanos son o tributo ou a débeda que tiñas contraída con Colombia?
—Non é ningunha débeda, porque eu formo parte de Colombia como formo parte de Galicia. Iso parece unha cousa rara pero é así. Eu pasei vinte anos en Colombia, vinte anos que foron quizais a mellor parte da miña vida porque pasei dos vintecinco aos corenta e cinco anos e entón a vivencia é forte. Máis ca unha débeda é unha especie de psicanálise para ir entrando outra vez na miña terra e botando fóra a presencia sempre viva e quente do que son aquelas terras e aquelas xentes. Entón, dalgún xeito, para ir penetrando outra vez, ir achegándome á miña propia terra un pouco limpo de todo o que puidera haber detrás. Ese libro é iso.
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| 1988-00-00 |
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 36: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Como atopas a terra hoxe?
—A terra sempre a atopo ben. Pode haber certos problemas, certos encontros ás veces non axeitados, e certa loita cun mesmo para estar no momento actual porque, cando estás tanto tempo fóra, queres integrarte moi pronto e non é fácil porque loxicamente estás un pouco desfasado. Agora xa pasou tempo desque eu cheguei e xa estou máis ou menos ao tanto de todo, pero ao principio foi moi duro.
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| 1988-00-00 |
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 37: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Como ves a situación politica e cultural?
—Eu vexo, se son sincero, moito egoísmo, moito individualismo e moita desunión, moito problema de ferirse uns aos outros. É difícil pero supoño que é transitorio. Chega un momento en que despois dunha loita permanente, agre, difícil, hai un desgaste e calquera cousa nos fire. Estamos todos un pouco queimados; entón calquera cousa que se nos di, aínda dun xeito máis ou menos non intencionado, ás veces fírenos demasiado e estamos todos un pouco en carne viva. Entón iso é perigoso pero eu creo que foi necesario, e dalgún xeito vaise superar.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 38: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿E máis facil ser galego fóra de Galicia que dentro?
—Ser galego é unha cousa esencial con un e un ten que ser galego a pesar de todo. Agora ben, ser galego fóra de Galicia é unha especie de cruz que un leva encima porque non te podes liberar nunca nin podes ser feliz nunca. Eu convivía con outras comunidades de todas as partes do mundo –porque vós sabedes que América é unha especie de crisol onde se reúne toda a xente do mundo–, e víaos moitas veces en cantidade de festas e de concursos, todos moi felices; e nós sempre estamos un pouco arrastrando ás costas a nosa terra. Iso é unha chaga permanente, algo que non podemos superar; a min iso entristecíame moito porque ás veces quería liberarme pero non puiden liberarme nunca. Quizais ese sentimento de estar fóra é unha cruz que ningún galego pode salvar e que eu sinto aínda agora –porque un queda coa mente dividida– en que tamén teño saudades daquelas terras. É unha saudade doutro tipo, en que un incluso sente alegría de escoitar a música daquelas terras e ao escoitar ás veces a xente de alá que te vén visitar. Cando estaba alá era todo o contrario, había unha especie de sufrimento. Ese desvencello de estar fóra da terra é terrible.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 39: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Case como un sentimento da emigración continuo?
—E sen embargo eu loitei moitísimo en contra do que era a saudade, a morriña e todas esas historias. Tampouco aínda que teñas esa dor e esteas prendido nela dalgún xeito tes que estar loitando permanentemente contra ela e, entón, eu procurei sempre non ser nin saudoso, nin morriñento nin nada diso. Pero si hai un chamamento atávico da terra que non podes superar nunca.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 40: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—Ti definícheste como home do pobo. Nun momento en que é tan difícil non integrarse nas institucions ¿como fas para ser coherente con esa afirmación?
—Eu son un home do pobo, entón case non teño que facer nada; ou sexa, que non me custa moito traballo. Primeiro, non teño ningunha disciplina académica, non teño ningunha disciplina de ningunha clase. Son un indisciplinado. E entón tamén sempre por iso teño oficios que non teñen moito que ver con nada institucional, polo tanto síntome fóra sempre.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 41: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Como ves a poesía galega hoxe?
—Estamos vivindo un momento especial da poesía con todo o que se diga –e vós sabedes que se din moitas cousas de séculos de ouro e cousas desas, que todo, en certo modo, son palabras feitas–. Pero o certo é que se está vivindo un momento intenso da poesía en Galicia, porque hai unha verdadeira…, pois non sei cómo dicir, pero si hai un interese grande pola poesía, polo menos nalgúns círculos, e hai cantidade de xente preocupada por iso. Vese, por exemplo, en que a min cóntame Basilio Losada, nunha carta que me escribe agora, que en Barcelona están un pouco sorprendidos de que unha colección de poesía teña vinte libros publicados en dous anos ou tres e que teña para publicar dous anos máis. Entón os cataláns están un pouco sorprendidos de que se escriba, de que se faga tanto, e ademais libros de calidade. Non é que sexa o século de ouro pero estase facendo unha calidade poética de altura e interesante. Entón o poeta está tamén tendo unha incidencia na vida social da nosa terra como non tivo antes. Primeiro porque os medios de comunicación son outros; está máis presente neles, porque anda no medio da xente, vive no medio da xente e acabouse un pouco a figura do poeta romántico, do poeta soñador, do poeta vestido de negro e de capa e toda esa historia, e o poeta é un traballador máis que traballa nun eido en que as cousas son moi esenciais, e que está mesmo case traballando na raíz do que é o noso ser e a nosa terra.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 42: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿En que medida o poeta e a poesía ten que incidir e modificar o contorno en que vive?
—O noso país haino que facer, haino que construír ou reconstruír, desde moitas bandas, e o poeta ten que participar indubidablemente na reconstrucción do que é a identidade e no que é a reconstrucción do país galego. Entón non se pode ser neste momento un poeta de torre de marfil; ou sexa, subir o poeta á súa torre, agacharse un pouco de todo o que o rodea e escribir a súa obra perfecta e toda esa historia. O poeta ten que integrarse na loita común de todo o pobo galego porque o poeta tamén é unha especie de profeta, e unha especie de loitador que ten moito máis claras as esencias da patria do que as ten a xente común. Polo tanto, nun país que se está a refacer, a reconstruír, ou buscando, como se di agora, a súa propia identidade, o poeta ten que ser unha peza esencial desa loita de reconstrucción. Non pode esquivar esa loita nunca.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 43: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Nestes tempos hai espacio para a bohemia?
—Home, é unha bohemia dun tipo moi diferente ao que era a bohemia do meu tempo. Eu quizais fun o último bohemio, daquela bohemia en que eu participaba con Urbano Lugrís nos anos cincuenta; xa nos dicían daquela que eramos os últimos, os derradeiros bohemios. E entón non sei, o que pasa e que agora é unha bohemia moito más viva e algo máis farturenta, porque a nosa era de verdadeira fame e necesidade. Hoxe hai a bohemia da movida en que moita xente se perde e ao mellor pasa un mes perdido nunha noite case eterna en que a movida o absorbe dalgún xeito; e é un xeito de ser bohemio. Pero supoño que esa época romántica da bohemia, como se concibía, acabouse; non hai tempo. Co tempo agora ti ves que en todas as partes hai unha certa agresividade, hai unha certa competencia, hai que andar correndo e senón píllante os coches. Tes que moverte.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 44: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Nunca se encontrou o home tan de fronte coa súa perennidade, nunca se sentiu o home con tan pouca vida como agora?
—Metéronnos nun barullo de vida que é case invivible. Toda esta que lle chaman a sociedade de consumo e todo isto de que un ten que andar correndo dun lado para outro. É unha vida un pouco desaxeitada e unha vida en que non che dá tempo ás veces nin para pensar.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 45: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Incluso en Noia, de onde ti es?
—Nas vilas vívese un pouco máis tranquilo. De todos os xeitos un está involuído na acción ambiente. Chega un pouco a todas as partes, é un pouco o que che meten polos ollos. Hai que ter en conta que agora hai unha pantalla en todas as casas que, dalgunha maneira, tamén distribúe os teus comportamentos, ou polo menos remárcaos ou diche o que tes que facer case durante o día porque che impón unha serie de condicións e un xeito de vida. O que pasa é que nas vilas, se non andas ao ritmo que che marcan desde fóra, sénteste como un pouco perdido tamén, e entón andas a correr sen saber por qué.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 46: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—O teu libro O Tempo no espello comeza coa cita “Quen vive mais dunha vida mais dunha vez ten que morrer”. ¿É xusto ter que morrer para vivir?
—Hai unha serie de cousas que vas perdendo, que son diferentes mortes a través da vida. Un pouco os paraísos perdidos, vas perdendo certos paraísos. Perdes o paraíso da infancia, perdes o paraíso da terra cando te tes que ir, perdes o paraíso que deixaches alá cando regresas. Todas esas son un pouco mortes de cada quen, algo que vas deixando para sempre. Un pouco a loita contra o tempo, a de non ter a ubicuidade, non poder estar en dúas partes ao mesmo tempo. Entón sempre hai algo que botas de menos, sempre hai algo que está morrendo dentro de ti. Iso é así e non hai… e todas esas mortes lévaas un dentro, loxicamente.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 47: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—Pero parece que ti te resistes a todas esas mortes.
—Si, si, eu resístome sempre, e pelexo –eu estou falando quizais unha linguaxe un pouco poética neste caso–; pero o certo é que eu sempre me repoño a toda esa historia, sigo para diante tan campante e comezo outra vez de novo, non soamente na vida poética senón na vida real. Eu comezo as veces que sexa necesario. Tanto é así que eu pasei da xeración á que pertenzo á xeración Dorna tranquilamente; ou sexa, que non teño problema. Comezo sempre e parto outra vez de onde teña que partir.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 48: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—Concelleiro de Cultura no Concello de Noia. ¿Con que obxectivos?
—Eu metinme a concelleiro de Cultura en Noia –á parte das cousas políticas, que importan menos aquí– máis que nada porque había que facer unha infraestructura cultural que non hai. Non hai unha casa da cultura, non hai un sitio para poder dar un recital ou facer unha exposición; non hai unha infraestructura cultural apropiada para desenvolver a cultura. Porque a cultura non se fai desde ningunha consellería nin desde ningunha concellería. E entón o que hai é que facer as estructuras para que a cultura do pobo teña onde expresarse; non é máis ca iso. E ese foi o meu compromiso e o compromiso que quero levar a cabo, e dalgunha maneira estouno levando porque se vai comezar a facer a casa da cultura en quince días máis ou menos. Xa hai unha subvencións aí. E non soamente a casa da cultura de Noia senón que hai unhas escolas unitarias nas parroquias onde se van facer uns centros de cultura tamén. Ese é o meu compromiso e metinme aí por iso, e non por outra cousa, á parte do meu compromiso moral, loxicamente, con todo o que sexa traballar por Galicia dignamente.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 49: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—¿Cales son os maiores problemas coas que se atopa un escritor nestes tempos e neste país?
—Non teño nunca o sosego necesario para poder escribir. Vós sabedes que eu escribo nunha taberna chea de barullo e con música de rock de fondo, permanente ademais. Nunha taberna en que estou desde as dez da mañá ata as dúas da mañá todos os días, e todo o que eu podo
ir escribindo téñoo que escribir aí. Xa superei pois o problema, porque me illo totalmente cando teño que escribir e entón non hai problema ningún, non escoito nada. Aínda así interrómpenme a cada momento polo meu traballo de taberneiro pero eu creo que precisamente todos estamos a vivir así dese xeito, en que nos interrompen frecuentemente para outras cousas que non nos interesan pero que nos serven para ir sobrevivindo. Son traballos de sobrevivir, mentres que o traballo literario sempre, como eu dicía antes, serve de refuxio para poder chegar e meterse nel tranquilamente e apartarse un pouco do mundanal ruído, que diría o vello poeta castelán.
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| 1988-00-00 |
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 50: Entrevista en RNE en 00/00/1988
—Esta a piques de saír o teu novo libro As torres no ar, ¿que é este libro?
—As torres no ar. Eu quería tamén unha especie de reencontro coa propia terra. Non soamente coa terra aberta do suco senón coa terra telúrica; e ao mesmo tempo é unha loita tamén contra o tempo que pasa, o tempo que nos vai desgastando permanentemente. Entón de aí ese
libro, que comeza cunha frase de miña nai que me dixo algún día e non hai moito; dixo “meu fillo, ti sempre estás a facer torres no ar”. Entón
decidinme a facer Torres no ar e a que quedara reflectida dalgunha maneira. Iso é o libro; está dividido en tres partes, unha parte que son
“Cantos a carón da terra”, que é achegarme á terra, precisamente, á terra de labranza e á terra como patria; despois está “O cántico das naves, elexías do mar”, porque eu sempre estou vendo pasar os veleiros na miña memoria; e hai unha última parte que é “A torre secreta”; todos os castelos teñen unha torre secreta, que son os sonetos amorosos, eróticos. Entón todo ese complexo forma ese libro que se chama As torres no ar, que podía levar cantidade de cousas porque un castelo ten cantidade de compartimentos e incluso sotos.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 12: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Un sábado máis despois do boletín informativo das catro da tarde chega “O son da súa vida”, ese tempo para falar, para escoitar música e para coñecer máis a un invitado. A verdade é que a hora sempre se nos queda curta -é o que dicimos cada sábado- pero hoxe quizais máis. E ademais eu estou moi leda de ter connosco a este invitado, do que todo o mundo di, unanimemente, que é unha boa persoa, e iso xa é algo para celebrar. Imos empezar con algo de música, mantendo así iso de “quén será, quén non será” e imos dar unha pista, porque imos empezar cunhas habaneras, que teñen algo de especial, porque habaneras cantábanse e son algo que vai na tradición da zona de onde é o noso invitado de hoxe. ¿Quen
será? Despois das habaneras.
—Pois quizais estea a xente intrigada intentando localizar esa zona onde se cantan habaneras. Don Antón Avilés de Taramancos vainos explicar agora o por qué de que na súa zona, na zona de Noia, do Porto do Son, se cantan habaneras.
—Case toda a miña infancia está poboada de veleiros e hai, paréceme a min, tres zonas onde se cantan habaneras: en Noia, en Corme e en Ferrol. Eu cando era rapaz vía desde a miña aldea de Taramancos entrar os veleiros na ría en todos os anos corenta e case os primeiros anos 50 –despois xa se acabaron os veleiros– pero a música das habaneras cantábase e cántase aínda en Noia de continuo. É unha música que quedou quizais daquel tempo en que os veleiros ían ao sur, viñan cargados de viño, de sal; había un contacto permanente cos barcos que
ían a América e entón traían do sur todas estas habaneras que aínda hoxe se cantan moito na vila. Polo tanto, cando eu escoito unha habanera lévame de inmediato á infancia e lévame ao mundo dos veleiros que eu tanto amo.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 13: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Pois precisamente era de aí de onde queriamos partir, da infancia, para ir percorrendo a súa vida gracias á música. ¿Que máis cousas recorda da infancia ademais dos veleiros? E, ademais, eu quería preguntarlle, aínda que esta foi unha decisión que tomou cando xa era grande, ¿por que lle rende esa homenaxe constante a Taramancos, a aldea onde naceu, porque Taramancos non é en realidade o seu segundo apelido? ¿Por que lle quixo render esa homenaxe?
—Ese é un proceso un pouco literario. O meu segundo apelido é Vinagre, que é un apelido de Noal, do Porto do Son, onde está asentada a familia Vinagre desde hai moito séculos quizais. Pero Taramancos era así un pouco un nome moi soante, e algunha vez con Uxío Novoneyra e con Manuel María, que eran tan amigos de estar recitando sempre aos trobadores, decidiron que eu debía poñer o nome de Taramancos, porque soaba así moi trobadoresco. Así xurdiu o Avilés de Taramancos e entón o nome literario, realmente, foi Avilés de Taramancos, Antón Avilés de Taramancos. Despois xa quedou como costume e agora, xa, ao longo da vida, dicir Taramancos é coma un apelido, realmente.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 14: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Si, absolutamente. Pero cóntame algún recordo máis da túa aldea.
—A miña é unha aldeíña pequeniña que está así un pouco deitada cara ao mar e que aínda que está fronte ao mar é unha aldea de labregos. Ou sexa, que o mar está como paisaxe de fondo pero no que non se participa case a non ser en faenas de marisqueo ou de mar próximo, pero non de mariñeiros que vaian realmente ao mar. Eu supoño que pasará iso bastante en moitas aldeas de Galicia, que aínda que están moi preto do mar, na bocarribeira, son aldeas de labregos. Entón o mar para min sempre quedou tamén como un fondo na paisaxe. A min gústame o mar, pero velo desde a montaña, ver a paisaxe mariña, pero non estar no mar realmente, aínda que loxicamente eu son tamén un mariñeiro e gústame andar no mar, pero, poeticamente o mar para min significa sempre esa paisaxe de fondo. E de toda a infancia, que foi unha infancia tranquila e repousada, como son as infancias nas aldeas, nuns anos difíciles que eran os anos da posguerra –eu nacín no 35 e polo tanto as primeiras memorias que teño son dos anos 40–. Á parte de que era unha época bastante dificultosa en canto a problemas de mantenza, incluso de trato, porque aínda quedaban moitos resentimentos da contenda que houbera, foi unha infancia moi tranquila, moi feliz, dentro do que pode ser feliz un rapaz da aldea que ten un mundo moi seu, entre as sementeiras, as colleitas, ver nacer as plantas, ver como vai crecendo o centeo ou o millo, coñecendo todos os paxaros, todas as árbores. Todo ese mundo faille a un unha riqueza moi grande despois para o que é o traballo literario e o idioma literario, porque dalgún xeito estás coñecendo a esencia da terra. Ver como se abre a terra ao arar, ver como se bota a semente e despois como vai crecendo, como vai medrando o millo, o centeo, ou como vai medrando o pan. Iso é importantísimo e queda sempre un marcado para toda a vida como labrego; ou sexa, que a ansia final sempre é ser labrego, é volver outra vez a sementar e a colleitar.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 15: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Antón, estaba pensando eu –mentres falabas xa se me ía un pouco a idea– que durante todos eses anos, esa infancia tranquila, ti comentabas antes que escoitabas como unha música de fondo, que non a tiñas moi nidia, moi clara, pero que aí estaba. ¿Que che parece se imos por ela para seguir falando? [“Ai, Carmela”]. Pois imos deixar nós tamén un pouco de fondo esta música para seguir falando, porque hai moitas cousas que contar e senón non nos dá tempo. Comentábasme que despois deses primeiros anos de infancia, da túa aldea, saes a Noia a estudiar bacharelato e despois á Coruña.
—Si. Noia queda moi cerquiña de Taramancos, está a dous quilómetros, e loxicamente era unha viaxe que facía cada día a pé catro veces. Ía pola mañá á escola, volvía ao mediodía á casa, volvía pola tarde e regresaba pola noite; ou sexa, que é vivir en Noia, porque dous quilómetros non significan unha distancia grande. Despois de Noia fun para A Coruña tratando de estudiar Náutica, que era unha idea que tiña meu pai. Como el era mariñeiro, navegante en barcos mercantes, pois soñaba, como me parece xusto que soñe calquera pai, con que o fillo fose capitán dun barco, pero loxicamente as miñas ideas non eran precisamente esas. Eu xa estaba un pouco metido no mundo literario, xa comezara a publicar algún poema na revista Tapal de Noia e estaba por outro camiño. Estudiar Náutica para min era un esforzo que non levaba así de moi bo xeito e que ao fin houbo que deixar. Á parte tiña serios problemas con certificados do SEU, e con cousas desas, que non me daban de moi boa gana pola traxectoria de meu pai no exército republicano. Entón, unha vez na Coruña xa me metín máis ben no mundo literario e no trato con todo aquelo que tiña algo que ver coa plástica, coa pintura, coa literatura, incluso coa radio –fun bastantes veces á radio naquel tempo–, e entón na escola de Náutica fixen a penas os dous anos de Náutica pero xa nunca fun en realidade un mariño mercante. Quedei na literatura.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 16: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Naquel tempo xa empezabas a publicar. ¿Con que xente te encontraches na Coruña, Antón?
—A Coruña daquela era unha cidade moi viva, moi viva literariamente, na que había gran cantidade de tertulias e na que un entraba con certa facilidade. Había as tertulias do café Galicia, onde asistía todo aquel mundo literario e artístico da Coruña, e había outras tertulias máis, na Peña Enrique, ou, incluso en casas particulares, coma a de don Uxío Carré Alvarellos, onde nos reuniamos de vez en cando. Case toda a miña estancia na Coruña está marcada pola miña grande amizade con Urbano Lugrís, que é un pintor extraordinario; moi mal tratado pola vida e pola morte, pero un home cunha cultura tan grande que foi para min, quizais, a iniciación a un mundo literario moito máis aberto e a coñecer realmente case toda a cultura universal. Era unha universidade andante Urbano Lugrís, pero ao mesmo tempo era un home moi tenro, así como era grande, que case medía dous metros, e levábame a min loxicamente 30 e algo de anos. Sen embargo amparoume dunha maneira moi especial, en toda esa época dos 50 –eu cheguei á Coruña no ano 53, a finais do 53– ata os 60, en que me fun para Colombia. A amizade con Urbano Lugrís, e con case todos os pintores coruñeses daquel tempo, marcou unha época determinante na miña vida polos coñecementos, pola maneira de vivir –que era quizais a última bohemia–, polo enriquecemento literario con Urbano Lugrís e con moita outra xente. Sempre recalco un pouco o de Urbano Lugrís porque era o que estaba máis preto de min e o que realmente me abría camiños no coñecemento literario universal, porque era un home que recitaba en alemán ou en inglés ou en portugués ou en francés, que coñecía a todos os grandes poetas do mundo e que ademais dábachos a coñecer dunha maneira tan íntima que entendías de inmediato e realmente deixábache unha marca. Podías despois ir pouco a pouco peneirando toda esa poesía ao longo dos teus libros e dos teus versos. É unha cousa especial, e cando escoito un tango de Gardel sempre me acordo de Urbano Lugrís porque era quizais o único home do mundo que tocaba o piano cos pés, cos dedos dos pés. E facíame esas filigranas curiosísimas que se poden facer. A nai de Urbano Lugrís era unha pianista de moita sona que daba concertos por Europa adiante, en Viena, en París, nos seus tempos. E entón el tiña esa grande afección ao piano, pero a min por facerme sempre aquelas carantoñas –porque o Urbano era un home bastante divertido cando quería– e porque era moi afeccionado, como supoño que moita xente daquela época, aos tangos de Gardel, cantábame sempre algún tango de Gardel e facía unhas notas cos dedos dos pés, para facerme unha demostración, case circense, de como se toca o piano.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 17: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Pois imos con ese tango de Gardel e despois seguiremos falando de Urbano Lugrís e da Coruña. Estabamos na Coruña e estabamos lembrando a Urbano Lugrís, un pintor e moitas máis cousas, porque ata tiña esa habilidade que nos acaba de comentar o señor Avilés de Taramancos.
—Si, pero había moito máis ca Urbano Lugrís, aínda que eu sempre vou a Urbano pola grande amizade que tiñamos e porque viviamos moitísimas cousas xuntos. Había realmente un mundo rico na Coruña, sobre todo no mundo da pintura. Do mundo da literatura chegaban loxicamente todos os escritores daquel tempo, andaba o Novoneyra na Coruña, estaba Manuel María, chegaba Cunqueiro, chegaba o Celso Emilio, estaba Garcés alí, estaba o Manolo Álvarez Torneiro; había unha serie de escritores e xente que chegaba permanentemente, pero había un ambiente artístico na Coruña, sobre todo no mundo da pintura, no que eu participaba moito. Con Xosé Luís, que tiña o seu estudio na Rúa Real, con Alfonso Abelenda, con Alexandre González Pascual, que é un dos grandes pintores de Galicia e, como é un home moi modesto e está sempre retirado, case ninguén o nomea. No estudio de Alexandre González Pascual foi onde me comezou a min o gusto pola música clásica. Sempre había un fondo de música de Paganini, que agora podiamos escoitar un momentiño.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 18: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Mentres estabas falando de toda esa xente que ía e viña da Coruña, todos eses poetas e escritores, non sei se nos faremos ben á idea porque nós non vivimos unha época dura, difícil. E, tal vez, a xente da miña xeración, a xente máis nova, pense que andar pola Coruña, escribir en galego, dicir o que se dicía e contar o que se sentía, era doado, e era coma agora. Por qué non nos debuxas un pouco cómo se facía literatura, qué problemas había. Comentábame alguén que chegaba un momento en que había autocensura, é dicir, “eu xa esto non o vou escribir, porque total non me van publicar”. ¿Como se vivía nesa época?
—Si, dalgunha maneira condicionábante, ¿non? Íaste mentalmente acondicionando a poder escribir o que se podía escribir. Pero había casos, e sobre todo na poesía, en que loxicamente te desviabas un pouco do que era a censura, aínda que eu tiven problemas coa censura, como era natural. Problemas porque A Coruña naquel tempo, aínda que era unha cidade moi alegre, moi íntima, porque case nos coñeciamos todos, era unha cidade pequena, controlada, porque era o sitio de veraneo do caudillo, e entón estaba bastante controlado todo o persoal nese tempo. Había a censura, que levaba Información e Turismo, o señor Serrano Castilla. Eu publiquei un libro por subscrición pública na Coruña, que foi o meu primeiro libro, A frauta i-o garamelo; por subscrición que facían os amigos mesmo polas tabernas, que se publicaría en Editorial Moré, e para publicar ese libro, que eran dezanove poemas feitos aos paxariños –eu quería que cada poema fose a voz dun paxaro, dos
paxaros que eu coñecía da infancia, claro–, presentouse en Información e Turismo para a censura e deixaron unicamente dous; dixeron que os demais non se podían publicar. Esa foi unha das miñas idas ao mosteiro de Samos, onde coñecín e vivín unha temporada co padre Mauro, con Xosé Luís o pintor, que estaba naquel momento pintando o claustro de Samos, e cun escultor catalán, que agora fai queimadas na rúa da Torre,
que se chama Carlos Moya e que facía un pantocrátor inmenso en Samos. O padre Mauro, que era tío político de Serrano Castilla, foi ao
final o que deu a autorización para poder publicar o libro, aínda que o libro realmente non tiña nada que puidese molestar. A única cousa que
dixo era que el non o entendía. Como era granadino, entón era unha especie de aduana, máis ca censura, para calquera cousa que fose en
galego ou que tivese algunha problemática que eles podían dicir que non se axeitaba ao momento, e claro había problemas, loxicamente.
Pero tamén hai unha especie de saber estar dentro do tempo e dos problemas e loxicamente nós estabamos enfrontados a unha situación que era moi difícil pero que sabiamos esquivar.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 19: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—O certo é que Mozart tamén me leva a outro momento moi especial, que é o primeiro concerto de Luís Izquierdo na Coruña. Luís Izquierdo era un músico do noso tempo, que agora está de director da Orquestra de Cámara de Sevilla, co que participabamos en todos os ensaios e en todos os concertos que el quería facer como director de orquestra. E entón o seu primeiro concerto na Coruña foi precisamente coa Pequena serenata nocturna de Mozart, e sempre que a escoito sempre me leva a ese momento, que foi emocionante, realmente, ao ver como un compañeiro e un amigo triunfaba na Coruña naquel tempo.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 20: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Ben está Mozart se nos serve ademais para lembrar amigos, porque a verdade é que o señor Avilés de Taramancos na Coruña viviu con todo o que era arte; non só co que é pintura ou literatura senón tamén coa música. Non lle quedou nada por tocar.
—Ben, porque era un mundo tan íntimo e era unha cidade pequena daquela A Coruña, de 100.000 habitantes ou algo máis, pero na que había todo un mundo artístico que se movía nuns centros moi específicos e que todos nos coñeciamos, todos participabamos de todo e había unha verdadeira amizade entre todos. Eu andei moito con pintores e sempre me quedou como unha ansia, incluso, de pintar, para o que son totalmente incapacitado, pero si vivo moito, aínda hoxe, o mundo da pintura. Quizais a historia da pintura da Coruña daquel tempo estea por facer, porque había pintores realmente importantes que puxeron as bases quizais da pintura moderna en Galicia, como Alexandre González Pascual, Alfonso Abelenda, Mariano García Patiño, Tenreiro, Antón Xesús. Había unha serie de pintores na Coruña que dalgunha maneira romperon coa vella tradición pictórica de Seijo Rubio, Sotomayor, o vello Manuel Abelenda, para entrar no mundo novo do expresionismo e da pintura moderna. Entón eu convivín moitísimo con eles e, sempre que vou á Coruña, vexo aínda que hai un pouco de esquezo do que foi a gran ruptura e a grande importancia que tivo a pintura naquel momento.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 21: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Estaba pensando eu que vostede foi á Coruña en teoría estudiar Náutica pero non estudiou porque non era o seu e, entón, ¿que facía na Coruña? Porque quedou máis deses dous anos.
—Eu creo que fixen un pouco de todo. Á parte da bohemia, vivir naquela pensión de dona Flor, que era unha marabilla, onde vivía con Alexis […], un ruso que chegara perdido pola Coruña, cun holandés que se chamaba Jon […], que era escultor, e que fixo un San Xosé que aínda está alí na Igrexa de San Xosé na Coruña. Era unha vida en que fixen un pouco de todo: estiven traballando en Genosa –as primeiras pedras de Genosa puxémolas nós alí–, estiven traballando de químico en Emesa, facendo fundición de aceiro. Foi o primeiro experimento que se fixo de fundición de aceiro na Coruña e fomos case todos os bohemios participar naquela tarefa, con Pucho Ortiz, con Urbano Lugrís, que tamén ía por alí frecuentemente. Eu estaba encargado do laboratorio e facía as análises no sponge do carbono e do manganeso do aceiro por un libro italiano porque non había libros de texto de análises químicas naquel momento. En fin, eran unhas aventuras de mocidade pero que a min íanme abrindo uns camiños de coñecementos en case todos os campos aos que eu podía chegar, loxicamente. Na Coruña, máis ca vivir sobreviviamos a unha etapa bastante escura, en que todo estaba, como dicía antes, moi controlado, cun capitán xeneral árabe, cun gobernador civil requeté, cunha policía que estaba sempre moi atenta a todo o que pasaba. Pero á fin e ao cabo había, por exemplo, un xefe de policía, o señor Manzano, que escribía novelas do oeste co pseudónimo de Almaz, que, dalgunha maneira, participaba tamén nas tertulias literarias. Tivemos algún problema grave, que os había, sobre todo con Urbano Lugrís, por exemplo naquel discurso cando viu partir o Auriga cargado de emigrantes para Venezuela e
botou un discurso no peirao da Coruña, que foi famoso. Fomos detidos os dous, loxicamente, e o señor Manzano, que era un grande admirador tanto de Urbano Lugrís coma de todos os escritores que andabamos por alí, tívonos unha noite na comisaría pero levounos un polo asado para cear.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 22: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Eran detalles dunha vida en que dentro dese malos momentos tamén tiña os bos, a camaradería, a amizade e a música, que non se pode esquecer.
—A música sempre é o fío dos recordos, e aínda que hoxe estamos con esta música outro día podiamos estar con outra, porque a música é cando soa cando nos leva a ese momento específico do recordo. E eu creo que hai agora unha música, que é de Mustafá, que me leva a outro grupo de xente coruñés co que convivín moito, que nos queriamos moito, que é o mundo de Reimundo Patiño.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 23: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Non é a letra clásica do Mustafá (…) o que nós tiñamos daquela como himno alxerino e que cantaba o Reimundo Patiño cunha voz moi forte. Co Reimundo Patiño uniunos sempre unha amizade moi fonda, porque vivimos desde mozos na Coruña o enfrontamento coa realidade. Con Reimundo Patiño, con Xoán Casal, con Henrique Iglesias, con Pepe Barxa, con Eduardo Martínez. Eramos un grupo de rapaces nacionalistas enfrontados indubidablemente á situación que se vivía na Coruña naquel tempo e este himno –que viña un pouco así como filtrado– nós tiñámolo coma se fose o himno de liberación de Alxeria e entón cantabámolo moi frecuentemente naquel tempo. E cantabámolo na letra normal que tiña naquel tempo, que non é precisamente a versión deste disco. Pero eu ao escoitar esta melodía vexo sempre ao Reimundo Patiño coa súa gran gargallada e a súa forza –que era un mozo moi forte e moi noso– cantando isto e outra canción que non está gravada, que era o himno dos ultreias, que eu levara desde Noia, un himno que Álvaro das Casas impuxera desde Noia; era: “Ei Armórica, Cornubia, Cambria, Gales, Erín, Galiza e a Illa de Man”. Ese era o noso himno de batalla e entón sempre que escoito ao Mustafá acórdome desa época de Reimundo Patiño na Coruña.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 24: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Falaba dunha xeración, dun grupo da Coruña, de xente nacionalista. ¿Sentístesvos nalgún momento como unha xeración de enlace? Hai críticos literarios, xente importante dentro do mundo da literatura, como o señor Méndez Ferrín, que vos considera esa xeración necesaria de enlace entre unha tradición que se perdeu coa guerra, que se rompeu coa guerra, e vós, que fostes os primeiros que volvestes escribir dalgunha maneira en galego, aos que vos chegou de primeira man dalgunha maneira información e cultura. ¿Vós tiñádelo
claro daquela?
—Non, esas son cousas que se din despois ou que se analizan despois. Nós, loxicamente, tiñamos vinte anos e non estabamos para analizar nada. Había unha conciencia profunda de quen eramos. De quen eramos como persoas, de quen eramos e de onde estabamos, que é o que hai que saber sempre, senón un anda perdido. Co Reimundo Patiño e co Xoán Casal, que era un pouco o nó que nos unía a todos,
porque Xoán Casal, aínda que morreu aos vintetrés anos, era un rapaz moi serio, moi coñecedor. Era unha especie de filósofo que, aínda que era moi mozo, tiña unha certa autoridade sobre nós e era o que nos amansaba un pouco, porque nós eramos bastante toleiróns, se se pode dicir a verdade. Loxicamente a tolería dos vinte anos, pero tiñamos consciencia de nacionalistas, sabiamos o que estabamos facendo. O que
non tiñamos era a perspectiva histórica de que nós significasemos algo posteriormente, pero a forza que tiñamos era a esencia mesma da terra.
Eu acórdome, por exemplo, de que con Reimundo Patiño e Xoán Casal foramos algunha vez aos montes de Carballo, por ser a terra de Bergantiños, onde fixeramos unha queimada –cando as queimadas se podían facer sen a transcendencia que teñen hoxe porque hoxe xa están deterioradas– e xuramos non escribir nunca unha palabra en castelán. Eran xuramentos quizais inocentes pero que gardamos sempre, dalgunha maneira comprometeunos iso para toda a vida.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 25: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Pero Avilés, eu véxoo moi difícil sen ter xente detrás que che ensine, que che marque un camiño. Porque, de feito, comentábanos un día don Avelino Pousa que el enterrou os libros que tiña na horta e, de repente, despois de moitos anos desenterrou e apareceu entre eses libros nin máis nin menos que toda a teoría de don Antón Vilar Ponte. Quero dicir, ¿non tiñades ningunha referencia?
—Non había referencias no mundo literario porque todo estaba apagado, loxicamente, pero había persoas, e había persoas que nos amparaban e que dalgunha maneira estaban atentas a marcarnos algunha pauta e algún camiño. Por exemplo na Coruña estaba don Uxío Carré Alvarellos; toda a familia Carré estaba moi atenta a todo este rexurdir da mocidade e dalgunha maneira tennos levado á súa casa, tennos mostrado libros. Chegaba don Ramón Otero Pedrayo á Coruña, que era unha especie de catedral andante; e chegaba Álvaro Cunqueiro, que, aínda que non significaba politicamente moito nese terreo, era un escritor en galego que coñecía o mundo anterior e que, dalgunha maneira, dábanos referencias tamén. Chegaba Aquilino Iglesia Alvariño, o Celso Emilio, aínda novo. É dicir, había un contacto tamén co mundo de atrás e co mundo que estaba apagado e eses eran os que nos alentaban realmente. Un abrazo de don Ramón Otero Pedrayo loxicamente era case un abrazo da patria. Engadiría a dona Gala, a filla de Rosalía, que eu teño ido visitar algunha vez. Estaba Lugrís, que era o fillo de Lugrís Freire. Había un contacto tamén con todo o mundo anterior, da Academia Galega; aínda que a Academia Galega estaba en receso, había aínda algúns personaxes que traían do mundo de antes todo este contacto. Entón, aínda que un tiña vinte anos e non era consciente totalmente do labor que estaba facendo, a terra sempre ten esa forza que dalgunha maneira se comunica.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 26: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Quizais por ese xuramento que comentabas antes que fixeches nos montes de Carballo, e por outras cousas, foi polo que un día, sen pensalo moito, tiveches que marchar a Colombia. Colombia é moitas cousas para o señor Avilés de Taramancos porque alí viviu vinte anos nin máis nin menos, e ademais vinte anos que son moi importantes. Desde os vintecinco. En fin, toda a vida.
—Pois si. Non toda a vida porque aínda hai moito por facer pero si, quizais, a parte máis importante da vida, dos vintecinco aos corenta e cinco anos. E sobre todo porque para min Colombia é tamén a miña terra, loxicamente, porque dalgunha maneira eu non son un emigrante que fose en busca de fortuna, nin moito menos, senón que me fun integrar a un país e a unha xente. De alí é a miña muller e os meus fillos e entón convivín e participei na vida de Colombia; fun un colombiano máis mentres estiven alá e síntome aínda colombiano, loxicamente, na parte que me toca.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 27: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—¿Como era Colombia cando chegaches aló polo ano 60?
—A min o que máis me impresionou ao chegar –fun nunha viaxe de avión de 24 horas daquel tempo, nun DC 6 superconstelation, que eran os grandes avións daquela, e cheguei, como é natural, sen nada; cheguei a Colombia con nove dólares e o primeiro día de estancia xa tiven que gastar cinco, ou sexa, que tiña que andar moi esperto para poder sobrevivir– foron as grandes cordilleiras, os grandes montes. Levando os ollos aos nosos montes de aquí, que son así tan dondos e redondiños, chegar e ver montes de catro mil metros, loxicamente, queda un un pouco
espantado. Esa é a primeira impresión para os ollos dun galego que nunca saíra de Galicia. Pero tamén son as grandes chairas, as grandes extensións; o ver unha grande extensión case ilimitada de terra aberta. Loxicamente a música tamén. Colombia é quizais o país máis musical de toda Hispanoamérica, que xa é dicir. Porque conflúen en Colombia desde o Caribe ata o altiplano, a chaira, o Pacífico, e iso dá unha cantidade de ritmos inmensa que inflúen case en todo o resto da música de América Latina. Países que non teñen música de seu, como Venezuela, por exemplo, onde case todos os ritmos son colombianos. Incluso o que se chama himno case nacional venezolano, que é este joropo que se canta permanentemente ou que soa permanentemente, é música colombiana.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 28: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Antón, en Colombia fixeches de todo. Se o primeiro día gastaches cinco dólares dos nove que tiñas ¿como fixeches para seguir vivindo?
—Pois gastei cinco dólares porque me levou dous dólares o taxista do aeroporto ao hotel e dous dólares a primeira noite de durmida e algo que houbo que comer; xa se foron os cinco primeiros dólares e o susto foi terrible porque non me quedaban máis que catro e loxicamente xa non sabía cómo ía vivir ao outro día. Entón había que buscar traballo de inmediato no que fose, e, ademais, co problema de que eu non tiña a ninguén en Colombia, non coñecía a ninguén. Entón loxicamente ao outro día pola mañá foi tratar de buscar toda a prensa que puidese atopar e a ver qué posto de traballo había onde fose. Pasei aínda así uns catro ou cinco días sen atopar nada ata que atopei un posto de corrector de probas nunha imprenta onde me daban xusto para facer unha comida ao día e para poder durmir. E así pasei tres ou catro meses, pero despois xa fun coñecendo o ambiente e xa me fun máis ou menos colando nel ata que quedei integrado ao país.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 29: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Por aí lin eu, cando buscaba algunha documentación sobre a túa vida, que en Colombia exerceches desde como corrector de probas ata os oficios máis impensables e que nos soan a nós como máis exóticos. Fuches guía polas montañas, fixeches de todo.
—Si porque aos vintecinco anos enxergas a vida dunha maneira moi libre e sen pensar en riscos nin en cousas. Vívela intensamente. Entón, tamén na América conflúen todos os personaxes, e eu coñecín alí ao Miguel de la Quadra Salcedo, que naquel momento estaba vivindo nun edificio en construcción, colgado cunha hamaca por alí e saía todas as tardes pola carreira […]. Entón coñecémonos, fixémonos moi amigos e tivemos unha serie de idas pola selva ao Amazonas, a Leticia, a Iquitos, ao Perú. Tivemos unha serie de contactos con tribos e entón foi un movemento moi intenso daquela. Cando un ten eses anos dalgunha maneira necesita tamén ese momento de aventura.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 30: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Sabes a quén me está recordando, de quén me lembrei non pola música senón por un nome que acabas de pronunciar: por Iquitos. Lémbrome dun home que foi galego e que conquistou –dalgunha maneira non conquistou, senón que se integrou– as selvas amazónicas. O famoso Caramurú. Supoño que ti quizais tes algunha información deste galego tan interesante.
—Non, non teño máis cá información que vén nos libros. Pero alí viviamos… Eu tamén encontrei un galego que era xefe dunha tribo no Amazonas e era de Betanzos, o cacique Pataraíña, que lle chaman alí. Ten como cincuenta e tantos fillos e está alí vivindo para sempre moi cómodo e moi tranquilo, dentro da tranquilidade e da comodidade que pode haber nunha tribo; aínda que as tribos están moi desprestixiadas e moi pisadas, tanto agora coma na conquista, ou sexa, que tampouco é que leven unha vida moi alegre, pero o home está defendendo a súa xente e está no seu sitio. Todo iso foi, por chamarlle dalgún xeito, aventura. Era unha maneira de vivir que o Miguel de la Quadra coñecía máis
ou menos ben naquel tempo e iso foi unha etapa. Pero despois diso fixéronse moitísimas cousas, en vinte anos en Colombia –e ademais iamos ao Perú, a Venezuela, a Panamá, en fin, a todos os países circundantes– desde ter unha churrería para andar polas feiras, ou ter unha librería, ou os mil traballos que pode ter unha persoa. En América sempre se improvisa, ademais, porque é unha terra moi aberta e moi libre para facer mil cousas. Non hai ese asentamento que hai aquí de coller unha cousa para toda a vida. Alí cámbiase permanentemente.
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Transcripción da Homenaxe a Avilés de Taramancos 31: Entrevista na Radio Galega en 00/00/1989
—Pois nós temos que cambiar, porque eu quería chegar a Noia, e ímonos despedir de Colombia con outra música colombiana, un popurrí colombiano, e imos chegar a Noia rapidamente porque queda moi pouquiño tempo.
—Aí está Cresencio Salcedo. Esta música sempre me leva a Medellín, a ver este músico que andaba a pedir descalzo polas rúas de Medellin, coa súa frauta de cana, tocando esas melodías que deron a volta ao mundo e que lle roubou un home que se chamaba Carlos Fuentes, que gravou e que el é o que cobra os dereitos. Ás veces pasa iso porque Cresencio Salcedo era un home do pobo, e iso é case música popular colombiana, de frauta de cana. Entón iso sempre me leva a aquela figura tan entrañable de Cresencio Salcedo co seu sombreiro posto na beirarrúa para pedir, e facendo as melodías que deron a volta ao mundo e que levaron a música colombiana a todas as partes. Esa é quizais a miña despedida de Colombia.
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