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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 01 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Entre 1931 y 1936 estudias en Granada y tu vocación inicial es la de arabista o latinista: ¿cuál es tu vocación, lo que te mueve a estudiar Filosofía y Letras y cómo esa vocación se va condicionando en esos años?
José Rubia Barcia.- Parte esto de una premisa, premisa que determina en gran parte mi futuro. Cuando yo termino mi bachillerato, aquí en Ferrol, el director del Instituto era un señor que se llamaba Vicente Losada, hombre de gran sensibilidad; este hombre me abrió los ojos a cosas que yo no tenía ni idea de que existían siquiera; es decir, me abre puertas al pensamiento y me hace leer, ya a los quince años me hace leer a Balmes, por ejemplo, en la filosofía, y me pone en contacto con gente que se plantea problemas relacionados con aspectos fundamentales de la vida. Yo sigo estudiando el bachillerato y lo hago en cuatro años. Por las razones que sean el Claustro de la Universidad [sic, por ‘del Instituto’] me llama un día y me dice que la República había pasado una ley reconociendo en algunos estudiantes cualidades que, según sus maestros, podían ser relevantes; a esos estudiantes se les llamaba alumnos superdotados. Y si el Claustro del Instituto consideraba que encontraba entre los alumnos alguien que podría ser considerado superdotado, podía proponerlo al Ministerio de Instrucción Pública. Entonces el Ministerio de Instrucción Pública decidía si otorgarles una beca permanente para estudiar en la universidad que les diera la gana, sin gasto ninguno de matrículas ni de libros, y siguiendo su vocación, hasta ver dónde iban a parar. El Claustro del Instituto de Ferrol decidió, por las razones que ellos creyeron convenientes, elegirme como estudiante superdotado. Y un día me llama don Vicente Losada y me dice: «Mira el Claustro ha hecho esto, y esto, y ha decidido proponerte; y resulta que el Ministerio de Instrucción Pública ha aceptado nuestra propuesta y puedes elegir ir a estudiar a donde te dé la gana». Yo había hecho los tres primeros años del bachillerato de manera continua y normal, pero cuando llegué al tercer año, mi padre me dice: «Hijo mío ya tienes ahora dieciséis –había empezado a los trece años–, ya tienes dieciséis años, ¿y no sería mejor que aprovechases la cosa de una carrerita corta, para ganarte la vida bastante…?; porque es para nosotros difícil mandarte a una universidad y que puedas estudiar y tal…». Yo entonces le había dicho a mi padre: «Bueno yo lo que haré, para no ser carga para la familia y tal, voy a terminar el bachillerato primero». Y metí todas las asignaturas de cuarto, quinto y sexto de un golpe. Ése fue factor determinante, quizá: un poco de asombro por parte de los profesores, el factor determinante de esa actitud del Claustro, porque me dieron sobresaliente y matrícula de honor en todas las asignaturas. Era una cosa inusitada, para mí extraña; yo no esperaba eso, yo no tenía la menor experiencia que pudieran considerarme de esta manera o de otra. Pero me encuentro con el hecho de que tengo abiertas las puertas ahora para hacer lo que me parezca y estudiar lo que quiera, ¿eh? Naturalmente, yo no podría ayudar a mi familia, pero podría abrirme…, si prescindían de mí como causa de ayuda familiar, podría hacer lo que quisiera. Entonces decidí ir a Granada; podía haberme quedado en Madrid. Fui a Madrid y aquello me asustó: un chico pueblerino en una gran ciudad, solo allí, y me asusté. Y como mi padre era originalmente de Granada, yo dije: «¿Y por qué no voy allí?; tengo familia allí, me voy a ir a Granada». Y fui a Granada. Entonces: ¿qué hago ahora y qué estudio? Primera decisión: no sabía qué hacer. Todavía no tenía la beca, no sabía qué hacer y decidí matricularme en Medicina y, a la vez, me matriculé en el año común de Derecho y Filosofía y Letras. Durante seis o siete meses asistí a las clases de Medicina y a las clases de Filosofía y Letras. La Medicina me horrorizó muy pronto. No podía aguantar aquella cosa, con varias experiencias de amigos que estaban ya en Medicina y no estaba dispuesto, y abandoné la cosa de Medicina y me consagré al año común. Pero todavía no sabía si hacer Filosofía y Letras o hacer Derecho; estaba dudando. Pero me encontré con una Facultad de Filosofía y Letras que era excepcional. Era excepcional y entonces dije: «me meto en esto». Y empecé a estudiar Historia del Arte, y empecé a estudiar Introducción a la Literatura y todas estas cosas, Filosofía y Letras. Me sentía a gusto con los estudios, y empecé a estudiar árabe en el segundo o tercer año, y hebreo. Todo esto era un mundo totalmente ajeno y extraño para mí, pero lo hacía con entusiasmo y con gusto; aquello me asombraba, todo lo que era novedoso e importante, me asombraba y, a la vez, me creaba un cierto complejo de inferioridad. Yo decía: «Bueno, esta gente sabe tanto, estos profesores tan sabios, ¿qué hago aquí, qué voy hacer yo con esto...?». Además yo…, era absurdo, yo no era hijo de familia rica, era absurdo dedicarme a una profesión en la que no había futuro ni porvenir. Pero yo dije: «Adelante con esto». Y me pasé los seis o siete primeros meses dudando: ¿qué hago, qué no hago, a qué me dedico, a qué no me dedico? Desde muchacho fui muy aficionado a la lectura, leía muchísimo, leía novelas, leía cosas que caían en mis manos: mi padre tenía una pequeña biblioteca, y me la leí toda, me la leí toda. De modo que aquello parecía que entraba un poco en mis verdaderas inquietudes, pero no había decidido todavía dedicarme a eso, porque no sabía exactamente si eso era lo que yo debía hacer. Mi beca no me la habían pagado. Entonces, otra vez interviene una especie de hado, o destino, o casualidad. Daba la casualidad que el rector de la Universidad era gallego. Se llamaba don Alejandro Otero, que luego fue un hombre prominente en el socialismo español, hombre ejemplar en muchos sentidos. No hace mucho salió aquí en España una biografía de Alejandro Otero, porque no se le conocía, naturalmente: cuarenta años de silencio, no se le conocía. Y me fui a ver a don Alejandro, y le dije: «Mire usted, don Alejandro…». Me recibió en seguida, como gallego; era el único estudiante gallego que había en la Universidad, no había ningún estudiante gallego más que yo; lo que, por otra parte, fue otra experiencia, los andaluces se reían de mí, y se reían de mi acento; era una especie de ameba en aquel ambiente. Don Alejandro me recibió muy cordialmente, le expliqué la situación y entonces me dijo: «Mira, vete, vete ahora, que ya me ocuparé de esto». Luego me enteré que al día siguiente había cogido su auto y había ido a Madrid al Ministerio y volvió y me mandó una notita a la Facultad diciendo –me la dio el bedel–, una notita diciendo que mi asunto estaba resuelto y que recibiría mi primer sueldo a fines de mes. En efecto. Pero yo voy a ver a don Alejandro a darle las gracias, como es natural. Subo, pido una cita para verle y llego al despacho de él, a la antesala, y uno de los empleados, uno de los bedeles que había allí me dice: «Don Alejandro no quiere verte: que te vayas, porque no tienes nada que agradecerle, que te vayas». Y yo, un poco desconcertado con aquella cosa, no estaba acostumbrado a esto. Me salí de allí: «¿Qué clase de hombre es éste que después de que se molesta, hace todo esto, pues no quiere que le dé las gracias...?». Ésa fue mi primera introducción a un hombre que era socialista, y que era gallego, y que era un hombre ejemplar y admirado en la ciudad, porque era un hombre admirable. Este hombre tenía la mejor clínica de ginecología de España, era el mejor ginecólogo de España, era conocido en el extranjero, escribía en alemán ensayos y en revistas científicas, y al mismo tiempo era un hombre consagrado a la política y al socialismo. Don Fernando de los Ríos (ya estábamos en el primer año de la República), don Fernando de los Ríos, que era el teórico del socialismo y tal, ya se había trasladado a Madrid, porque le habían hecho Ministro de Instrucción Pública. Pero inmediatamente yo conocí (por estas conexiones de don Alejandro, y ya te explicaré por qué), conocí a la familia de Fernando de los Ríos, conocí a la familia de Lorca, en el ambiente granadino, me traté con todos ellos y fue poco a poco abriéndose mi inquietud hacia el terreno político, por simpatía hacia estos hombres, más que por convicciones: yo no tenía ninguna convicción política, excepto que ya de estudiante… Había en Ferrol el Centro Obrero de Cultura, era un caso único en España, probablemente. Eran obreros de la construcción, todos socialistas también, y en la calle Real, frente a lo que era la redacción de El Correo Gallego; en un primer piso tenían una biblioteca, una biblioteca de varios miles de volúmenes, un bibliotecario ejemplar, y cuando yo salía por la tarde de las permanencias en el Instituto –permanencias se llamaba entonces al periodo de estudios, en que los estudiantes se quedaban en un aula grande con un profesor que se encargaba de dilucidar sus dudas o preguntas o tal; se pagaba por eso extra. Y eso terminaba a las cinco de la tarde. Entonces yo me hice socio, tampoco sé por qué, me hice socio del Centro Obrero de Cultura e iba todas las tardes a leer al Centro Obrero de Cultura. Y allí el bibliotecario, que era muy inteligente…, este hombre me facilitaba instrucciones, introducciones. Y allí leí a Kropotkín, primero a los anarquistas, a Bakunín. Pero yo no sabía por qué esto, ni tenía la menor idea de por qué me atraían estas cosas, no lo sabía. Y allí me formé un poco. La conciencia política ya se inició entonces allí, y en Granada se va a cuajar en contacto con Alejandro Otero y con las lecciones de Fernando de los Ríos, cuyo recuerdo era…; y, además, en la Unión General de Trabajadores y todas estas cosas. Sigo estudiando, me matriculo en el segundo año y hasta ahora tengo todos mis estudios… Una de las condiciones de esa beca extraordinaria que me dio el Gobierno –y era extraordinaria en cantidad y en posibilidad, yo no tenía ningún apuro económico…
José Manuel González Herrán.- Había pocos estudiantes en España que disfrutasen de esa beca...
José Rubia Barcia.- Muy pocos. Y, además, todo el que disfrutara de esta beca, si alguien creía que podía desafiarle a un examen comparativo, podría hacerlo y se la llevaba el otro. De modo que yo estaba siempre sujeto a esto. Fuimos alumnos superdotados en Granada, durante mi estancia, yo y un padre que ahora es jesuita, padre Molero, creo que es Francisco Molero, vive todavía. Él se había graduado de médico a los veintiún años y empezó Filosofía y Letras a los veintiún años. Luego él y yo fuimos a Santander juntos; como alumnos especiales nos mandó también la Universidad a Santander. Pues en ese periodo, ya yo metido un poco en la cosa política, y metido en mis estudios…, no hay escuela de estudios árabes en Granada todavía, eso no existe. Pero el decano era un hombre extraordinario, se llamaba Antonio Gallego Burín, padre de Gallego Morell, un hombre extraordinario, de sensibilidad, de buen gusto, era una especie de noble, con actitudes de gentleman; yo no sabía entonces lo que era un noble, parece que era Barón de no sé qué, yo no lo sabía, ni él me dio nunca la impresión de eso. Pero este hombre fue el primer español que intentó crear, y creó, un teatro universitario; no había teatros universitarios, él creó el primero. Esto fue antes de la Primera Guerra Mundial cuando él crea este teatro. En este teatro estuvo de actor García Lorca, y es donde García Lorca se forma como actor y se interesa por el teatro. Él había creado un teatro que llamaba «La Carreta». Ese teatro contaba con la colaboración de un gran escenógrafo llamado Hermenegildo Lanz: este gran escenógrafo montaba los autos sacramentales con un esplendor y con una imaginación extraordinaria, yo tengo documentos gráficos de todas estas cosas del teatro «La Carreta»: El gran teatro del mundo, por ejemplo, con la presencia de Dios y tal, aparecía en un escenario todo, todo como si pasara en el firmamento, es decir, con estrellas, no se veía ni piso ni…, era todo en el firmamento. Era un alarde de imaginación y tenía una habilidad extraordinaria para hacer actores. Yo, de chico, aquí en Mugardos había un oficial del ejército, se llamaba Lisardo; hubo un teatro infantil aquí, y yo fui actor infantil del teatro de Lisardo. Representé, recuerdo, un notario con barbas y bigotes cuando tenía diez años, para Lisardo, aquí. De modo que mi inquietud por el teatro también surge así porque hay un señor aquí que se llama Lisardo, que es oficial del ejército y que se interesa en hacer teatro…
José Manuel González Herrán.- Parece como que en Granada cristalizan un montón de cosas que vienen ya de atrás.
José Rubia Barcia.- Claro, que vienen de atrás. Entonces llego a Granada y va a celebrarse el centenario de Lope de Vega, el año treinta y cuatro. Yo estoy avanzando en la carrera, se produce al mismo tiempo la cosa de Asturias, y yo al mismo tiempo hice una excursión por Extremadura: esto me afectó muchísimo. Una excursión estudiantil por Extremadura, y vi cómo los trabajadores, aun en plena República, los trabajadores campesinos extremeños ganaban entonces 1,50 pesetas al día, los que trabajaban los campos.
José Manuel González Herrán.- Jornaleros.
José Rubia Barcia.- Jornaleros en los latifundios; y todas las bellotas que dejaban las piaras de marranos, al pasar podían recogerlas, ellos podían hacer pan de bellota, lo que quisieran. A mí aquello me impresionó muchísimo, la miseria humana me afectó mucho. Confirmaba ya un poco mis tendencias a pensar en términos de redención de la gente pobre, de dedicarme, si podía, a la política, para salvar a esa gente. El caso es que se produce, casi simultáneamente, el centenario de Lope y lo que llamaron –el régimen llamó– la sublevación de Asturias, Casas Viejas y la creación de la Escuela de Estudios Árabes. Tres hechos casi simultáneos; y desde el treinta y tres al treinta y cuatro empezó después lo que se llamó «el Bienio Negro». Entonces todas estas cosas de alguna manera me afectaron y ya me consideraban…, don Alejandro, yo iba con él a la Casa del Pueblo algunas veces. Cuando el año treinta y cuatro vine aquí a Galicia a pasar el verano, recibí una nota de que pasara por la sede del Partido Socialista en Madrid y que tenían algo para mí. Yo fui allá y entonces había un señor, que era el secretario, que se llamaba Almoneda o Lemoneda..., o cosa así; y allí me dieron una nota para don Alejandro. Don Alejandro sugirió mi nombre como contacto probablemente, o algo. Era una nota…; pero había una huelga anarquista en Madrid, con tiroteos en las calles: el tren en el que yo me subí, paralizado, no podía salir de la estación; por fin arranca el tren entre tiroteos y jaleos, y huelga general de la CNT… Era en simpatía, en parte, con la cosa de Asturias; falló, se había preparado una huelga general en el país, como protesta a la actitud de las derechas. En medio de esta vuelta me meto en el tren y entre tiros y tal, llego a Granada y digo: «Esto es muy peligroso», porque estaba ya todo así…; rompí la nota y al llegar a Granada me entero que don Alejandro está en la cárcel, estaba ya encarcelado. A mí me parecía tan absurdo que un hombre noble, bueno, generoso, abierto, inteligente, fuera a la cárcel; para mí esto era incomprensible, en una mentalidad juvenil y tal, y me detiene la policía (mi primer contacto con la policía), diciéndome que a qué iba yo a Granada, y qué misión tenía yo en Granada: «Yo soy estudiante aquí, vengo a continuar mis clases y tal». De alguna manera a ellos les había llegado algo de información, pero me dejaron. Entonces fui a ver a don Alejandro, que estaba en la cárcel. Había una celda común y en esta celda había cuarenta o cincuenta presos y allí estaba don Alejandro entre los presos. Cuando me vio me dijo: «Hijo mío..., pero hombre, tú ahí..., tú eras el que debía estar aquí, para que aprendieras lo que es esto...». Todo ese tipo de experiencias me afectaba, no entendía por qué las cosas eran así. Pero él sabía lo que decía probablemente, y me dio las gracias por el mensaje que le llevaba; no se podía hacer nada, estaba incomunicado, le habían ofrecido la libertad si accedía a atender a la mujer del gobernador, que iba a dar a luz, y él dijo que no, que todas las mujeres eran para él iguales y que si se le dejaba en libertad era para atender a todas las mujeres y que si no… Muchas de estas cosas son anécdotas...
José Manuel González Herrán.- Pero tienen importancia, van configurando el porqué de una personalidad…
José Rubia Barcia.- El caso es que yo no tenía especial predilección por los estudios de ninguna clase, me encontraba con cosas que no conocía y me entregaba a eso. Quizá sea bueno que diga algo muy curioso en relación con el efecto que me produjo tanta sabiduría acumulada. Estaba en arte Gallego Burín, estaba en latín…, no, ¿en qué era, qué enseñaba?, enseñaba paleografía Marín Ocete, que después fue decano y rector, también; un latinista catalán muy bruto, muy bruto como persona, pero un gran latinista…; se llamaba…, no recuerdo…: a éste procuré olvidarlo por un incidente que pasa en una de las clases con él; y estaba García Gómez como arabista; y de griego un catalán…, se me olvidó el nombre del catalán, muy bueno, helenista también; y en literatura había un pobre hombre que se llamaba Hernández Redondo. No sabría por qué aquel hombre era catedrático, pero para mí fue utilísimo; fue el único catedrático que me creó un complejo de normalidad, porque era tan tonto y tan poca cosa que no era difícil sentir que uno podía ser como él, de modo que fue beneficioso: don Tomás Hernández Redondo. Había (esto no se puede citar), había hecho un resumen del manual de Hurtado…
José Manuel González Herrán.- ¡Ah, el famoso Hurtado...!
José Rubia Barcia.- Y el hombre se sentaba detrás del escritorio, entornaba los ojos, se rascaba la entrepierna veinte veces y hablaba con voz monótona, de memoria, se podía seguir en el texto la lección del día de memoria. Lo sabía todo de memoria, lo recitaba de memoria, terminaba la cosa y se marchaba. Y aquel hombre…, pues me dije: «Pues si éste es catedrático de literatura, y de esta manera, yo jamás podré ser un sabio como García Gómez, ni un latinista como éste, ni un helenista como éste, ni un especialista en paleografía como este otro, este hombre…; pero quizás yo pueda llegar a ser algo en relación con la literatura». Es el primer atisbo que me da cierto optimismo en relación con un posible futuro, pero no tenía la menor idea de que esto podría ser una salida. Pero en esos momentos, año treinta y tres, Fernando de los Ríos decide crear la Escuela de Estudios Árabes. Yo había estudiado ya mi primer año de árabe en la Facultad. No se me había ocurrido hacer estudios orientales. Pero aquello me fascinaba, el mundo oriental me fascinaba, y hablando con Gallego Burín le dije: «¿Y si yo me matriculase en esta cosa de la Escuela de Estudios Árabes?». «No, no te preocupes, te damos una beca extra para que estudies lo que quieras...». Entonces dije: «Bueno, pues me meteré en eso, a ver qué pasa». Estaba fascinado con la sabiduría de García Gómez y, además, era un gran exponente. No sólo era un gran exponente, sino que hablaba con seguridad, sabía lo que decía y tal, era quizás el miembro más destacado. Se crea la Escuela y se crea por iniciativa de Fernando de los Ríos. Pero claro, a mí García Gómez como latinista no me miraba con simpatía, porque para entonces ya yo había ingresado en la FUE, que era la Federación Universitaria Escolar, de izquierdas, y me hacen presidente de la FUE en Granada, al segundo o tercer año de estar yo allí. Entonces ya, con un hermano de Rosales, el que fue poeta; él y yo decidimos hacer una revista, hicimos una revista que se llamaba Estudiante, que era el órgano de la FUE; además me eligen como representante en el Claustro. Violentísimo, figúrate tú: pueblerino, mugardés y tal, y ahora me mandan al Claustro de representante, con todas las reuniones de Claustro, y yo allí encogido e inhibido por la presencia de aquellos hombres que había allí. Pero allá voy, me eligen representante en el Claustro, y al mismo tiempo empiezo a participar en mítines políticos. De modo que mi vida se complica; ya escribo para las revistas, escribo para esto y tal; luego se organiza un viaje por el norte de África, voy con los del colegio de Estudios Árabes al norte de África y empiezo a colaborar en El Defensor de Granada, que es el periódico donde empezó Ganivet. Al director de ese periódico fue uno de los hombres a quien primero se fusila en Granada; no sólo se le fusila, sino que se lo llevaron vivo, atado con una cuerda al cuello hasta el cementerio y se le mata. Yo asistía a la tertulia de El Defensor, y asistía a la tertulia de un señor que se llamaba Soriano Lapesa, que era un hombre extraordinario, rarísimo, rarísimo, gordo como un globo y un hombre tan avanzado…; también había sido maestro de Lorca, tenía una biblioteca mucho mejor que la de la Facultad y la de la Universidad, hombre muy rico, hombre gordo, que en su tertulia a veces decía: «No, vosotros nada, cuando yo me case tendréis mujer todos…» [risas]. Para mí aquello era un mundo muy extraño, muy raro, y en ese mundo fui desenvolviéndome… Ingreso en la Escuela de Estudios Árabes y, al mismo tiempo, voy a la Escuela de Artes y Oficios, con un profesor extraordinario de arte, de Historia del Arte; el arte empezaba a interesarme muchísimo, yo no había visto un cuadro original en mi vida, pero empezaba a interesarme muchísimo. Se llamaba Agrasot, un gran exponente, teórico del arte. Y todo aquel ambiente…; luego venía Lorca, en los veranos venía a Granada, y se reunía con un grupo de amigos en el Café de la Alameda..., y allá me iba yo también a la peña de Lorca, y allí conocí personalmente a Lorca, tuve trato con Lorca. Mientras tanto se organiza el centenario de Lope, era el año treinta y cuatro, y Gallego Burín reinicia «La Carreta»: reinicia «La Carreta» y prepara una obra, La moza de cántaro, de Lope, y un auto sacramental…, sí, era un auto sacramental. En la obra de Lope me da un papel secundario, pero en el auto sacramental me hace representar a San José. Y yo voy a representar a San José, esto en uno de los patios de la Universidad; se pone el tinglado y tal, con música de fondo de Falla, coros del jefe de coros de la catedral de Granada. Se hizo un gran espectáculo en honor a Lope. Es mi primera salida al teatro, ya a un teatro serio y aquí tiene un gran éxito. De hecho, en El Ideal de Granada (se llamaba así el periódico católico que había en Granada) salió mi fotografía en primera plana, ocupando toda la primera plana, como San José, una caracterización imponente de San José. Y se habló de mí como hombre posible de teatro, de actor, de lo que fuera… Pero a mí aquello me interesaba secundariamente. El año treinta y cinco yo termino mis estudios de Filosofía, me dan el Premio Extraordinario. Quizás deba contar como conciencia social, en el desarrollo de conciencia social, una pequeña anécdota. Un buen día el profesor catalán, que tenía pruritos de aristócrata y de hombre refinado (luego me enteré de que no era tal), pero él se creía una gran persona; era un gran latinista, por otra parte. Este hombre…, entramos en el aula y este hombre…: mi primer contacto con la injusticia y la arbitrariedad es este hombre. Entramos en el aula, y el bedel se había dejado su gorra en uno de los pupitres de los estudiantes, allí, y dirigiéndose a mí me dice: «Señor Rubia, coja usted esa gorra; pero no la coja con las manos, coja un periódico, una página o lo que sea y lo tira usted abajo al patio». Y yo le dije: «Mire usted, la tira usted», le dije al latinista, y se armó el escándalo, ¡verdad!, y todo el mundo sobrecogido. Y me dice: «¡Se arrepentirá usted de esto!». Yo no podía hacer eso; espontáneamente rechacé la sugerencia y le dije que lo tirara él. Y entonces me denunció por mal educado, por falta de respeto al profesor; y me iban a hacer consejo de disciplina también. Bueno, pues yo me dije: «Bueno, yo voy a ver al decano, a Gallego Burín, y le voy explicar lo que ha pasado»; fue un impulso, me pareció arbitraria la cosa y reaccioné espontáneamente. Gallego Burín me dijo: «Hombre, pues esto…, pues tal…, él se ha quejado, yo no sé lo que vamos a hacer con usted…, tal…, pero a ver cómo se arregla y tal…, deje la cosa así». Pero entonces yo tuve una pillería, que fue elegir entre mis compañeros al más torpe… A los cuatro o cinco días de ese incidente teníamos clase de traducción; él se paseaba por la clase mientras íbamos traduciendo un párrafo…; él preguntaba: «Lea usted». Usábamos como libro de texto el Zenón [?] no sé si todavía se usa ese texto… Era un texto muy famoso, italiano, y traducíamos y tal. Cuando llegaba a mí, a partir de ese incidente, «pero usted no tiene la menor idea, eso está mal y tal…»; y se metía conmigo evidentemente. Bueno, pues vamos a ver qué hago yo aquí para defenderme de este señor; además corría el riesgo de mi beca.
José Manuel González Herrán.- Claro…
José Rubia Barcia.- Entonces lo que hice fue elegir a un catetito de un pueblo de Granada: el pobre no valía para nada, no tenía inteligencia para ser estudiante siquiera, y yo le preparaba a él todos los temas, y él tenía mis temas, y cuando le tocaba a él el profesor decía: «Muy bien, eso está muy bien…», le animaba y tal. Llegaba a mí y estaba muy mal, muy mal, muy mal. Llegué al final del curso y el señor me suspende. Entonces yo voy a junto el decano de nuevo y le dije: «Mire usted, tengo la autorización de la persona, pero no pienso mencionar el nombre; si usted me cree, me cree, y si no, pues…, pero ha sucedido esto, esto y esto; y en las clases ha pasado esto y esto; y este chico, no me importa si es el chico de un señor rico, no me importa el que yo dé su nombre o no dé su nombre, no voy a darlo a menos que sea necesario, y desde ahora le digo que esto ha pasado y este señor me ha suspendido, y esto me afecta y me afecta gravemente». Entonces reunió el Claustro o lo que fuera, no sé lo que pasó, el caso es que cambiaron la nota de suspenso a notable. Y es el único notable que tengo en mi carrera, todos los demás han sido sobresalientes y matrículas do honor, desde el principio de mi carrera hasta el final de mi carrera. Pero ese incidente me puso en contacto con la arbitrariedad, la injusticia, el que un hombre puede saber mucho y a la vez ser un grosero, un necio. De modo que son anécdotas, cosas que van formándole a uno de cierta manera. Funda don Fernando la Escuela de Estudios Árabes y yo soy el primero que se matricula, por indicación de este hombre que iba enseñar arte musulmán. Y entro en la clase, alterno una cosa con la otra. Año treinta y cinco: termino mis estudios normales, me dan el Premio Extraordinario en la Licenciatura, en los exámenes de Licenciatura, y me ofrecen… La República había creado Institutos de experimentación: eran Institutos, pero se permitía experimentar; entre ellos estaba el Instituto Ganivet de Granada. En el Instituto Ganivet de Granada la cátedra de latín la regentaba un muchacho de origen gallego que se fue luego a Venezuela, y… ¿cómo se llamaba este hombre, Magariños? Fue latinista conocido en Venezuela, y quizás en España también. Pero este hombre se marchó, la cátedra estaba vacante y entonces el director, que se llamaba Aniceto León Garre, que era el presidente de Izquierda Republicana en Granada, era murciano, me llama y me dice: «Me han hablado de ti... ¿Querías encargarte del curso de latín?». Bueno, pues me encargo del curso de latín. Y ese año, del treinta y cinco al treinta y seis fui profesor de latín en el Ganivet. Ya licenciado, yo me había venido ese verano aquí, a Galicia. No sabía qué hacer. Y fue el día más triste de mi vida el día que me licencié, que acabé la carrera. Porque ahora… ¿qué hago yo con esto, que hago con esto? Me vine a Galicia, y estando aquí en Galicia recibo un telegrama de Gallego Burín, me dice: «Tu beca en la Escuela continúa y el Claustro ha decidido encargarte de curso en la Facultad y que enseñes un curso de poesía desde el romanticismo a nuestros días». Pues aquello me solucionó, otra vez, un año más. Ya no tenía la beca para los estudios y entre la cátedra de latín del Instituto, provisional, y del curso y tal, me defendía ese año. Y me fui a Granada. Antes habíamos hecho una excursión por Marruecos; me puse en contacto con un alumno marroquí, y ya tuve problemas con las autoridades también, por la serie de artículos que escribí en El Defensor de Granada: algunos eran ofensivos para las autoridades francesas y para las autoridades españolas. Eso me provocó un pequeño conflicto en Casablanca. Pero de todas maneras terminé la cosa y, ¡ah!, empecé a trabajar en mi tesis doctoral. Por sugerencia de García Gómez yo iba a hacer la edición crítica de El diván, de Isaac ben Jalfón, un poeta del siglo XI, de Córdoba; hice la traducción y estaba trabajando en mi tesis desde el año treinta y cuatro. Cuando el año treinta y seis yo firmo la petición para participar en oposiciones en Madrid, oposiciones a cátedra de literatura. Firmo esta cosa…
José Manuel González Herrán.- ¿De literatura?
José Rubia Barcia.- De literatura. Pero tengo pendiente de lectura para octubre la tesis en Madrid, con García Gómez. García Gómez me había dicho que, a pesar de la discrepancia… No me tenía simpatía por mis ideas políticas: él era muy derechista, era muy católico y yo ya tenía fama de revolucionario, participaba en actividades de este tipo; participé… Un año antes de la sublevación general hubo una pequeña sublevación en Granada, participé en un mitin de masas en la plaza de toros, y se produjo un gran escándalo con todo aquello. Yo estaba muy activo con todo aquello. Alejandro Otero me encargó a mí entonces que yo llamara a los conventos y tal, para que las monjas evacuaran los conventos, porque temían que las masas…, y yo estuve en el teléfono toda una tarde llamando a conventos y tal. De modo que ya había una mezcla de actividad, y todo eso era un batiburrillo, una especie de cóctel, que yo no sabía por dónde iba a ir todavía, si al arabismo (la tesis iba a ser en árabe)… García Gómez me dijo: «Si usted lee la tesis ya, y yo me traslado a Madrid, yo le llevo de ayudante mío». Lo nombran a él en Madrid, en el año treinta y cinco, se va a Madrid y me deja embarcado allí, no se acuerda de mí, y entonces ya lo del arabismo…, esperaba leer mi tesis y quedarme en el aire. Pero estalla la guerra.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 02 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Hablemos de la experiencia de la Universidad Internacional de Verano de Santander.
José Rubia Barcia.- Todo eso es un conjunto de cosas… El año treinta y tres se funda la Universidad Internacional de Santander, fundada también por Fernando de los Ríos cuando era Ministro de Instrucción Pública. En el año treinta y tres yo estaba metido en mis estudios todavía y esto se suponía que era para estudiantes muy cerca ya del final o al final de su carrera, ya licenciados. Entonces la Facultad propone a Molero y a mí (cada universidad tenía la posibilidad de enviar dos becados).
José Manuel González Herrán.- ¿De toda la Universidad o por Facultad?
José Rubia Barcia.- Por Facultad. Y entonces de mi Facultad vamos este Molero (que luego va a ser jesuita) y yo. Vamos a Santander, pero no vamos en el año treinta y tres, vamos en el treinta y cuatro. en el verano del treinta y cuatro. Es el verano que va a comenzar, al final del verano, el Bienio Negro, la revolución de Asturias, el intento de Huelga General…; me iré al final de ese verano a Galicia…, y a la vuelta llevar el mensaje a Granada, y estas cosas... En la Universidad Internacional empiezan las tareas, y yo soy un estudiante, como los demás de la Universidad Internacional… Fue una experiencia para mí inolvidable, porque era una Universidad integrada por gente de prestigio internacional, estudiantes internacionales y un ambiente extraordinario de conferencias, de discusiones en los pasillos y tal. Fue también el año en el que se le rinde el homenaje a Unamuno, y Unamuno está en la Universidad; va a estar Gaos, va a estar Ortega, va a ir…, va a ir también Zubiri: es decir, que hay tremendas personalidades en la Universidad. Pero ese año treinta y cuatro…, jaleos y tal…; entonces ocurre que hay un gallego que se llamaba Pena, Nieto Pena (a lo mejor vive todavía), que era el cronista de un periódico que se llamaba El Cantábrico… No sé si existe.
José Manuel González Herrán.- No, no existe, no.
José Rubia Barcia.- Pero La Región, que era el órgano socialista, no tenía a nadie en la Universidad. A mí no se me había ocurrido, pero de pronto se me ocurre decir: «Bueno, ¿por qué no hago yo crónicas de esto de la Universidad?; de las cosas que este señor no se ocupa, me ocupo yo en el otro periódico y hago crónicas...». Entonces fui a la redacción y me dicen que Malumbres, que era el director…
José Manuel González Herrán.- Malumbres, sí. Luciano Malumbres.
José Rubia Barcia.- Estaba en la cárcel. Entonces…, si está en la cárcel, saldrá o no saldrá…, y me fui a la cárcel a verlo. Le dije quien era, y que pertenecía a la agrupación socialista de Granada, y que tal…, y que me gustaría hacer crónicas. «Mira: el periódico está ahora muy mal... Hazte tú cargo de él, si quieres…; ve tú y encárgate tú». «Demonios…, yo no sé nada de estas cosas de periódicos...». Pero allá me fui, con la tarea de hacer parte de La Región y de comunicarme con él en la cárcel... Y empiezan a aparecer crónicas mías de la Universidad de Verano, algunas firmadas y otras sin firmar.
José Manuel González Herrán.- Firmadas como Xeruba.
José Rubia Barcia.- Como Xeruba: «Xeruba» era Xepe en gallego, Rubia Barcia. Y algunas, con mi firma: cuando se trataba de cosas llamativas, ponía mi firma, y si no, hacía otras cosas de crónicas de información y tal... Y ya desde la primera o la segunda semana empecé a escribir crónicas, e hice un número de crónicas. Allí llegó Lorca con su teatro, con «La Barraca», ese mismo año también; otra vez estuve en contacto con Lorca allí. Y la experiencia fue para mí asombrosa, de estímulo, de ponerme en contacto…; tuve incluso un estudiante, que era el director de la Casa Sueca en La Sorbona, en la residencia tal... Y este estudiante, el director de la Casa Sueca, pudo haber jugado en mi vida un papel importantísimo, porque al venir la guerra él me había dicho… Estudió español conmigo, y lo perfeccionó, y se estuvo todo el verano con clases particulares conmigo, mientras yo asistía a las otras clases. Este estudiante me dice –era hombre mayor que yo, también– me dice: «Si alguna vez quieres venir a Suecia me lo dices y ya verás que te encontraremos un puesto en Upsala o donde sea». Pasaron los años y toda la cosa… Pero bueno, la experiencia de Santander fue inmensamente favorable para mi experiencia en contacto con el mundo...
José Manuel González Herrán.- ¿Cómo pudiste simultanear ese verano el trabajo en la Universidad Internacional, las clases de español a este sueco, y el trabajo de un periódico como La Región…? Era un periódico pequeño pero que daba mucho trabajo para quien no era profesional...
José Rubia Barcia.- No olvides que yo tenía entonces veinte años, creo. Tenía una tremenda energía, estaba bien de salud y dedicaba todo mi tiempo a ese quehacer, y además a otros que no menciono... [risas]. Problema de juventud y energía, supongo. Y además un impulso casi ciego que me impulsaba a hacer cosas. Hay cosas que uno no puede explicar, es decir, las hace y no sabe el porqué, ya está.
José Manuel González Herrán.- Aunque sea un poco entre paréntesis, pero me interesaría una opinión sobre esta cuestión: has tenido ocasión, el año pasado, de volver a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, que se reclama como continuadora de aquélla, aunque tal vez no lo sea. ¿Qué juicio te merece la diferencia o la seme52 53 janza que puede haber entre lo que tú viste en el año treinta y cuatro, y lo que has vuelto a ver en el ochenta y cuatro, cincuenta años después?
José Rubia Barcia.- No puedo ser objetivo en relación con esa comparación. De modo que mi juicio está teñido por una experiencia desagradable, muy desagradable. Mi experiencia en Santander ha sido una de las experiencias más desagradables que yo he experimentado en mi vida.
José Manuel González Herrán.- Independientemente de los sucesos que acompañaron aquel curso, el hecho de reencontrarte con aquella institución...
José Rubia Barcia.- Fue una gran emoción, pero al mismo tiempo… Eso me hace recordar la anécdota de un poeta árabe, cordobés, que está enamorado de una chica de Córdoba, y se pasa la vida, veinte años de su vida, cantándole, soñando con ella y tal…; y de pronto le nombran embajador en Bagdad, y entonces le dicen, al llegar a Bagdad, que su amada, que la mujer que ha cantado tanto está allí… Salió corriendo y no quiso verla. Algo de esto me pasaba en Santander. Llegué a Santander y me quedaban los edificios. Fui al Aula Magna, en donde yo oí hablar a Unamuno, donde estaba rodeado de gente que a mí me interesaba mucho; estaba excitado con tanta ciencia, tanta literatura, tanta filosofía. El tema de aquel año, el tema general, era la crisis del siglo XX, y todo giraba alrededor de la crisis del pensamiento, de la crisis de la filosofía, de la crisis del arte: fue un curso fascinante en todos los aspectos, estimulante a más no poder. Y ahora llegué y me encontré con una factoría de…; yo no sé lo que se hace ahora en Santander, ni lo que se enseña en Santander; no tengo la menor idea de la marcha ordinaria. Lo que si sé es que fui a participar en un homenaje y todo fueron dificultades, inconvenientes, gentecilla, problemitas; allí no había un espíritu como aquél que yo había vivido y que me ha influido para siempre. Es decir, la experiencia de adquirir conciencia de la transformación histórica que se producía en el siglo XX, que para mí fue crisis de crecimiento, no crisis de angustia, ni de pesares, ni de negación. Aquello era…, como era la España de la República: se abrían grandes perspectivas, por primera vez los jóvenes participábamos en la vida política, con un entusiasmo extraordinario, teníamos fe en el futuro, todo se preparaba y parecía que, por fin, España iba a cuajar en un gran país de nuevo. Era la culminación de todo el proceso desde la Restauración hasta ese momento. La República significaba borrón y cuenta nueva, y aprovechamos la experiencia inmediata y ahora el mundo es nuestro... Estábamos llenos de entusiasmo por España, por sus posibilidades…
José Manuel González Herrán.- Y todo eso se interrumpe con la Guerra Civil.
José Rubia Barcia.- Claro.
José Manuel González Herrán.- ¿Cuál es tu actuación, muy en resumen...? Yo tenía aquí en mis notas la idea de que tu actividad durante la guerra está entre las armas y las letras 54 55 (y no sólo jugando con el título de aquella revista), sino que de hecho mezclaba la espada y la pluma.
José Rubia Barcia.- De hecho fue así. Fui miliciano en el frente, fui delegado del Ministerio de la Guerra para problemas urgentes que aparecieron en Extremadura antes de que Franco pasara hacia el norte; estuve en la caída de Toledo, estuve en la conquista de Guadalajara, participé de alguna manera –hasta que me convencí de que era imposible hacerlo– en la organización de las milicias gallegas, y fui corresponsal de guerra de Política, porque… Política era el órgano de Izquierda Republicana, la dirigía entonces, primero Oscar Esplau, un escritor levantino que por razones de salud tuvo que dejarlo, y la dirigió después Ossorio Tafall, que era un catedrático del Instituto de Orense y que luego llegó a ser gobernador del Congo, es una historia fascinante… Ossorio Tafall me llamó cuando ya estábamos…, era el sitio de Madrid casi… No, esto fue antes de que comenzara la guerra: me llamó y me ofreció un puesto de redactor en el periódico, y estuve de redactor de noticias en el periódico cuando me suspendieron las oposiciones; porque, claro, a mí me suspendieron las oposiciones…
José Manuel González Herrán.- ¡Ah, eso no lo habíamos visto!
José Rubia Barcia.- Eso no me lo habías preguntado, pero es el determinante de por qué me coge a mí la guerra en Madrid. 55 56 José Rubia Barcia
José Manuel González Herrán.- Lógicamente tendría que haberte cogido en Galicia...
José Rubia Barcia.- En Galicia, o en Andalucía, pero no en Madrid. Yo fui…, yo firmé…, había dicho de hacer oposiciones…; voy hacer oposiciones en el año treinta y seis; en mayo llegué a Madrid. Y llegué a Madrid, liquidando ya mi periodo de Granada; ya no iba a volver a la Universidad, no iba a volver a la Escuela de Estudios Árabes –había terminado ya mi tesis–, no iba a volver a la Escuela de Estudios Árabes, no iba a volver tampoco al Instituto Ganivet; querían llevarme de nuevo, pero ya lo había decidido: «Voy a hacer oposiciones y saco una cátedra y ya está». No se llamaba eso cátedra, se llamaba encargado… ¿de qué?, no sé cómo se llamaba… Era una especie de cursillo…; se hacían cursillos de oposiciones a cátedras…; pero no sé qué carácter tenía aquello, no era como antes, la cosa permanente, sino que era otra cosa especial…, no me acuerdo…, bueno. El caso es que voy a Madrid y en el caserón de San Bernardo, pues nos reunimos allí trescientos jóvenes de todas las universidades.
José Manuel González Herrán.- En ese caserón de San Bernardo hice yo también mis oposiciones de Agregado de Instituto, en 1975…
José Rubia Barcia.- Bueno, pues ahí voy a hacer las oposiciones… o cursillos…: se llamaban cursillos…; si lo pasaba uno, te hacían catedrático permanente después. No había este sistema todavía, sino que si pasabas los cursillos te encargaban de cátedra. Bueno, el caso es que comparezco en Madrid, voy con cierta seguridad. 56 57 A esos cursillos asiste la hermana de Lorca –que todavía vive– y Laurita de los Ríos, la hija de don Fernando, compañeras mías de Granada… Y yo fui con una gran seguridad a los ejercicios, y tal…, me senté y tal…, y detrás de mí estaban Laurita e Isabel; de pronto en voz bajita me dicen: «Oye Rubia, ¿y esto qué…?». Yo les apuntaba… y tal…, y yo lo sabía. De modo que ellas mismas concedían que yo estaba preparado para pasar esta cosa. Al día siguiente aparece la lista y se me elimina: me habían eliminado en el primer ejercicio y aquello me produjo una impresión terrible; yo, que tenía grandes esperanzas de sacarme y arreglarme mi vida económica ya, empezando por ahí, pues me encuentro que se me elimina en el primer ejercicio. Yo no entiendo eso, mis compañeros no entienden eso. Entonces veo a don Fernando: «Ha pasado esto y no sé a qué se debe...». «Yo me enteraré». Se entera, me llama y me dice: «Hombre, lo que ha pasado es que parece que tienes una letra endemoniada y no han leído los ejercicios; te han eliminado porque no han leído tus ejercicios».
José Manuel González Herrán.- La letra endemoniada, ya...
José Rubia Barcia.- «La letra endemoniada…, y te han dejado en la calle por esto, porque había tantos candidatos, y a éste le han eliminado por la letra. Es injusto, ya ha pasado, ya no se puede rectificar eso. De modo que ahora arréglatelas como puedas». Entonces fue una de las etapas más angustiosas de mi vida: todavía tengo pesadillas recurrentes en relación con eso. Porque empecé a buscar trabajo en Madrid, academias particulares, busqué y busqué, busqué…; nada, no encontraba trabajo, se me estaba acabando el dinero. «Y ahora, qué hago, yo no quiero volver fracasado a Galicia, ni irme a Granada de nuevo; voy a ver si encuentro algo que hacer aquí». Y fue cuando Ossorio Tafall pasó a ser director de Política; entonces alguien me habló a mí de eso…, fui a ver a Ossorio Tafall, y Ossorio Tafall me empleó. De modo que resolví el problema por la vía periodística. A lo mejor hubiera acabado de periodista para toda la vida, escribiera o no escribiera. Empecé como noticiero: noticias de hospital, de casas de socorro, de tal... Pero ya con esta experiencia, además me dieron carnet de periodista, porque había colaborado en La Región, había colaborado en El Defensor, y había tenido una pequeña labor de periodista… y, entonces, me dan el carnet, y todavía tengo el carnet de Miembro de la Agrupación de Periodistas Españoles, sindicato UGT, lo tengo todavía en mi poder, y entro como periodista en Política.
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 05 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- ¿Cuanto tiempo estuviste en Hollywood?
José Rubia Barcia.- Estuve desde fines del cuarenta y tres hasta…, bueno hasta hoy, porque Hollywood es parte de Los Ángeles. J. M. G.- H.- Me refiero a la industria del cine...
José Rubia Barcia.- Estuve dos años, hasta el año cuarenta y seis, quizás enero del cuarenta y siete.
José Manuel González Herrán.- Y en ese tiempo ¿que hiciste para el cine?
José Rubia Barcia.- ¡Uy!, hice al menos veinte doblajes, hice de Gary Cooper en unos doblajes, como actor; dirigí unas veinte películas; hice también radio; monté también una Academia de Artes Dramáticas en Hollywood, para gente de habla española…, para preparar actores y estaba muy bien.
José Manuel González Herrán.- Esas películas que se doblaban al castellano en Hollywood, ¿iban para Sudamérica?
José Rubia Barcia.- Para Hispanoamérica. Irónicamente, yo podía haber sido marido en Perú y casarme con la de Lima…; podía haber sido actor en Hollywood…; podía haber sido director de radio... Las posibilidades: yo dependía de lo que hiciera, de que me echaran, me dejaran o lo que fuera, pero yo no tenía dominio sobre lo que iba a hacer. Pero, irónicamente, me quedo sin trabajo en Hollywood, y Buñuel conmigo, porque teníamos demasiado éxito. El secreto de haber perdido el trabajo fue el éxito que teníamos. Porque estaban tan bien dobladas nuestras películas que estaban arruinando a la industria cinematográfica de México y de la Argentina. Entonces los gobiernos de México y de la Argentina pidieron a Roosevelt que, como un gesto de buena voluntad, terminara con el doblaje en Hollywood, para permitir la industria aquella desarrollarse. Porque pequeños pueblos y ciudades que no podían aceptar películas americanas en inglés aceptaban las películas dobladas y tenían un gran éxito y gustaban más que las nacionales; entonces, accediendo a la petición de los productores mexicanos, el gobierno americano, como gesto de buena voluntad, acabó con el doblaje y nos dejó a la calle. Pero mientras tanto yo había sido ya arrestado, detenido por las autoridades de Inmigración, por entrada ilegal en el país y con un proceso de expulsión del país, de expulsión a España. Nombré un abogado que me defendiera y entablé un pleito contra el Gobierno: que había entrado legalmente, que no había entrado ilegalmente, que había solicitado tal, me habían pasado unas cosas, pero yo no era responsable de lo que me había pasado y entablé el proceso… Pero se acaba lo del doblaje, me quedo sin trabajo y con un proceso encima. Buñuel me dice: «Vente conmigo, trabajas conmigo como escritor en México». Voy a Inmigración y digo: «Quiero irme a México». Me dice: «Si se va, es como fugado de la justicia americana, usted verá». Me había casado ya, de modo que estaba por un lado casado, por otro fugado; si me voy, fugado. Dije: «Nada, a luchar contra el Gobierno americano». Tardé diez años en ganar el pleito, pero lo gané. Pero todos esos diez años pagándoles a abogados para que me defendieran, con entrevistas en Washington, Inmigración otra vez… Una vez me mandaron al Canadá para recoger el visado, y a la vuelta, encarcelado otra vez; en Seattle me metieron en la cárcel, para expulsarme otra vez. Me dieron quince días para salir del país, pero ya casado y toda la cosa... Entonces me volví a Los Ángeles; pero ya estaba en la Universidad. Yo entré en la Universidad en el año 1947. Dije: «Bueno, ya que no puede ser…».
José Manuel González Herrán.- Al terminar el asunto del cine.
José Rubia Barcia.- Y mi academia fracasó también…; y ¿que hago ahora? Tenía una carta en el bolsillo de don Américo para César Barja, que enseñaba en la Universidad de California. Entonces yo no la había entregado; entre otras cosas, porque llegué allí y me enteré de que César Barja era reaccionario y franquista. Entonces dije: «No voy a ver a este señor», porque a un exiliado español muy conocido, Ramón Iglesias (historiador, no sé si lo conoces…: ha escrito trabajos fundamentales sobre la colonización española en América); pues a este hombre se negó a recibirlo. Entonces yo dije: «No voy a ver a este hombre». Pero ya con la presión de las circunstancias, ¿por qué no? Cogí la carta y a ver qué pasa… Primer intento que hice de volver a una universidad. Para entonces yo había escrito en periódicos y revistas, había publicado pequeñas cosas. Entonces ya lo llamé por teléfono: «Mire usted, soy español, tengo una carta de don Américo, la tengo en mi poder desde hace dos años…, estuve trabajando en estas cosas del cine… ¿no habrá alguna posibilidad en su universidad, de que me utilicen en su universidad?». Entonces me dijo: «Bueno, vamos a vernos, y tal...». Y le dije: «Dónde quiere usted que le vea». «Pues en la esquina de…»: en plena calle, en una esquina. Bueno, yo fui allá y le di la carta. «Bueno ya veré yo lo que hago con esto». Se marchó. Me cayó mal…; gallego…, era de Guitiriz, y me cayó mal. La recepción aquel día no me gustó. Y entonces: «Bueno, olvida esto, a ver qué más puedo hacer…». Mientras tanto, no podía salir de Los Ángeles tampoco; estaba detenido en la ciudad: en libertad, pero no podía dar una conferencia, ni ir a otra universidad, no podía hacer nada. Entonces pasaron como dos semanas y me llama por teléfono y me dice: «El jefe del Departamento de Portugués se ha interesado en su caso; yo le entregué la carta, pero necesita más datos y quiero verle. ¿Dónde puedo verle?». Le dije que «En el mismo sitio que usted me citó a mí». Y vino. Entonces hablamos otra vez, le di más datos y más cosas. Y yo había publicado ya artículos en Cuba, en México, ensayos... Entonces al cabo de un mes o mes y medio me llamó el jefe del Departamento: en una recepción de colegas de toda la Universidad, han decidido aceptar mi solicitud y me nombraron Instructor de Universidad. Y ése fue el comienzo de mi carrera académica. Ya a los diez años yo era Profesor Asociado, ya tenía clases graduadas, y empieza mi carrera académica; en literatura, claro, no había otra solución. Pero pasaron ocho años…, siete años…: a los siete años ya tenía el puesto permanente; ya no me podían echar, de modo que a seguir trazando, en cierta medida… César Barja fue mi mejor amigo después.
José Manuel González Herrán.- Es lo que iba a decirte, quería preguntarte por esa información que tenías…
José Rubia Barcia.- No, no. La información que tuve sobre él me la explicó él mismo, dijo: «Estaba lastimado con la República porque llevo años de esfuerzo de hispanismo, y no me han hecho el menor caso. Porque en Francia, por ejemplo, a los mejores profesores los condecoran con el collar de tal…, otra cosa…, los reconoce Inglaterra…; todos los países. España no hace el menor caso de uno».
José Manuel González Herrán.- Él llevaba mucho tiempo ya en Estados Unidos.
José Rubia Barcia.- Claro: él se había ido con una beca de la Junta de Ampliación de Estudios en la Primera Guerra Mundial. Con motivo de la guerra no pudo ir a Alemania y en vista de eso se fue a los Estados Unidos, en vez de ir a Alemania, y ya entonces se quedó en los Estados Unidos, por casualidad. Él era abogado, no era hombre de letras; se quedó, primero enseñó en el Smith College y luego se fue a California, y fue de los primeros profesores de la Universidad de California que establece el programa graduado. Un hombre inteligentísimo, de gran sensibilidad y bellísima persona. Llegué a ser su mejor amigo y su hombre de confianza. De hecho entre las experiencias desagradables que tengo en mi vida, pues… [aquí se corta un pequeño fragmento, acaso al dar vuelta a la cinta…] (...) gravemente enfermo… Entonces me dijo que quizás no volvería a la cátedra, que se sentía muy mal…, y que quería que yo le sucediera en la cátedra. Allí hay la posibilidad de que un profesor ilustre elija a su sucesor, lo proponga. Pero entonces me dijo: «Yo quiero… (le habían hecho una operación…) yo quiero que tú des mis seminarios; pero, si no te importa, como yo soy todavía el jefe de la Cátedra…, lo vas a dar en mi biblioteca, en casa». Dije: «Pues muy bien». Y me encargo de sus seminarios. Pero lo que yo no sabía era que él iba a ser testigo de mis seminarios, que iba a estar presente en su biblioteca, en su sillón, como si fuera un estudiante, escuchándome a mí. Aquello era una prueba de abrigo… ¿no?, con los estudiantes, candidatos doctorales. Me tuvo así como casi un año, hasta que se murió. Me había dicho que me dejaba toda su biblioteca, que yo sería su…; en efecto, pasé a ocupar su lugar: una vez que se murió, pasé yo a ocupar su lugar en la Universidad. Su mujer era muy rara, muy extraña…, una mujer increíble de rara, hablaba con acento francés. Cuando se muere Barja, yo fui a verlo al hospital; yo arreglé las cosas de funerales, no tenía hijos; y, cuando se muere Barja, la mujer me llama por teléfono y me dice: «Oye, mira (con acento francés), ha pasado una cosa terrible, terrible, pero por fin voy a poder dormir esta noche, se me ha muerto César». Bueno, el caso es que se muere César Barja, y yo fundé, también en el Departamento, la «Biblioteca César Barja», con sus libros. Pero los libros que no pudo vender ella, pues los regaló a la Universidad, y entonces yo fundé en mi Departamento la «Biblioteca César Barja», con los libros de Barja. Fuimos muy buenos amigos y yo le estimaba mucho, después de aquel encuentro tan tormentoso y tan… Había sido porque estaba lastimado por la indiferencia que en España se había mostrado hacia él. Pero da la casualidad de que yo había leído sus libros en Granada: de alguna manera llegaron a la Facultad en Granada y yo, de estudiante, me había leído sus tres libros…Y me había leído el trabajo sobre Rosalía…, pero los tres los tengo. Luego me regaló toda su obra; me la regaló y tengo, el único, un libro de poemas escrito por él, que no se ha publicado; lo tengo yo allá y muchos papeles de él, que me dejó. Yo escribí la nota necrológica que salió aquí en la Revista de Filología Española, cuando se murió. Me la pidieron y la mandé… De modo que fue una amistad. Y ya seguí…
José Manuel González Herrán.- Lo que te iba a decir es que, comparando tu biografía de exilio con las usuales, es bastante poco convencional; porque es muy corriente el intelectual, profesor, investigador, que termina la guerra, sale y, digamos, pasa del sillón que ocupaba en Madrid a otro en otro sitio y continúa esa vida…
José Rubia Barcia.- Pero no olvides que yo era muy joven, que yo no era conocido. Es lo que me pasa ahora en España, exactamente igual, que no soy conocido.
José Manuel González Herrán.- Así y todo hay un carácter distinto, porque el curriculum de actividades…; cuando a ti te preguntan: «¿profesión?», ¿pones la que ejerces o las que has ejercido? Cuántas profesiones puedes poner en tu ficha, ¿no?
José Rubia Barcia.- Eso es verdad; pero otra vez digo: no hemos sido dueños de nuestra vocación ni de nuestro destino. Yo he dado todo lo que he podido en aquello que la vida me obligó hacer. Y es por casualidad que terminé de profesor de universidad en los Estados Unidos; podía haber terminado de otras muchas cosas. Es por casualidad; podía haber terminado… yo qué sé de qué, porque mi tío en Cuba quiso meterme en su negocio: «Mire yo no sirvo para eso de exportaciones, importaciones…, yo no sirvo para eso». Pero, desesperado, podía haberme metido ahí y ahora, a lo mejor ahora sería rico, si me dedicase a importaciones / exportaciones, que era lo que hacía él en Cuba. De modo que hay una serie de aperturas en mi vida…, esta puerta…, ésta…, ésta…, aquélla…, a veces simultáneas, qué es lo que voy a hacer…
José Manuel González Herrán.- ¿Y eres consciente de que has abierto tú esas puertas o muchas veces te las han abierto?
José Rubia Barcia.- No, no: me las han abierto. Yo no las he abierto.
José Manuel González Herrán.- Probablemente quedes con la duda de que a lo mejor hubiera sido preferible ir por aquí, ahora…
José Rubia Barcia.- Hubo un momento en que pude…, porque tuve mucho éxito después con doblajes de películas en Hollywood, ya sin Buñuel: doblé películas del alemán al inglés. Y con un poeta amigo mío, Edwin Rolfe, gran poeta, que es el autor de una elegía que escribió al comisario político de la Brigada Lincoln en España; lo había conocido aquí; un chico encantador que fue víctima del macarthismo; el mismo macarthismo que me persiguió a mí lo persiguió a él; pero a él le costó la vida, le dio un ataque al corazón el día en que tenía que comparecer.
José Manuel González Herrán.- A ti también te persiguió...
José Rubia Barcia.- Ése es el periodo del macarthismo.
José Manuel González Herrán.- Es el momento de precaución ante la infección comunista que podía llegar en cualquier momento.
José Rubia Barcia.- Esto es, esto es... Bueno, yo intenté todas esas cosas, y llegué a tener mucho éxito, y además pude…, si hubiera querido, si me lo hubiera propuesto… Ingresé en la Asociación de Escritores de Hollywood. Escribí unos cinco o seis guiones de películas, una con Buñuel. Para salir del apuro él y yo nos fuimos a las montañas y juntos escribimos un guión que íbamos a intentar colocar en el cine. Si hubiéramos colocado ese guión, probablemente hubiera sido guionista de cine, por lo menos para empezar. Luego tuve la ocasión de ser técnico…; por ejemplo: Elia Kazan, el director de la película Viva Zapata, me llamó para que yo fuera técnico en la película Viva Zapata; y, luego yo traduje doce o trece versiones de Viva Zapata, con añadidos míos para mejorar el argumento de Steinbeck; porque era mucho mejor la primera versión de Steinbeck que lo que resultó después. Pero estuve metido en los estudios: me quiso contratar la Fox, trabajé para la Fox, trabajé para la Warner, trabajé para distintos estudios; y podía…, de habérmelo propuesto, podía haber optado por ser actor, porque también estuve en el sindicato de actores, en el sindicato de escritores, y en el sindicato de directores: entré en los tres sindicatos. Podía cuajar en cualquiera. Esa posibilidad fue muy real, pero entonces yo pensé (todavía no me había casado): «Bueno, esta vida en Hollywood totalmente amoral, en fiestas totalmente aburridas, con acceso a bellezas todos los días; esto me lleva a una vida que no me acaba de atraer…». Y entonces decidí que no. Mi mujer, Eva, fue actriz, actriz de niña ya…, iba camino de hacer carrera como actriz en Hollywood; yo la contraté a ella como actriz para el doblaje, pero trabajaba ya en películas en directo, y ya había hecho pequeños papeles. Cuando yo decidí que aquello no podía ser, ya la conocía, le dije: «Mira, yo me caso contigo y tú te casas conmigo; tú renuncias a tu profesión de actriz y yo renuncio al cine». Pensé en volver a la universidad, porque yo sé que no podría estar casado con una mujer y tener hijos, metido en el ambiente cinematográfico. Eso fue un determinante, eso fue consciente: renunciar al cine y a las posibilidades que el cine me ofrecía y dejarlo para tener una vida normal.
José Manuel González Herrán.- Probablemente habrías tenido un porvenir mucho más…, económicamente, por supuesto…
José Rubia Barcia.- Lo mismo que si hubiera decidido irme a México huyendo de la cosa…, «al demonio con las cosas, me voy a México a trabajar con Buñuel». Porque el que me sustituyó a mí fue Alcoriza; Alcoriza fue el escritor que contrató Buñuel al llegar a México, pero Buñuel decía que no sabía escribir y que tal…
José Manuel González Herrán.- Fue guionista de sus películas.
José Rubia Barcia.- Claro. Yo era el que iba a ser su guionista; pero lo mismo que Alcoriza terminó de director, yo hubiera terminado de director también, y yo hubiese sido mucho más importante que Alcoriza, sin duda alguna, porque yo tenía mucho más sentido del cine y del teatro y de todas esas cosas…
José Manuel González Herrán.- Y de los guiones que escribiste o del trabajo que hiciste con Buñuel, ¿no has intentado nunca por lo menos publicarlos o recuperarlos?
José Rubia Barcia.- Yo los tengo, los tengo yo en mi poder. Algunos hechos por los dos, otros que he hecho yo solo, para el cine argentino. Tengo una adaptación de Don Álvaro, o la fuerza del sino para el cine; tengo muchas cosas, muchas cosas que hice pensando en el cine y que quise colocar. Afortunadamente no coloqué ninguna.
José Manuel González Herrán.- ¿Por qué «afortunadamente»?
José Rubia Barcia.- Porque hubiera seguido esa línea. Si me entrego a eso, ya me dedico a eso y se acabó. Entonces, no. De alguna manera decidí volver a la enseñanza.
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Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada
Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 06 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- Pero no abandonaste la creación y eso nos conecta con otra cosa que me interesaba comentar y es la labor no sólo de profesor o de investigador, sino de creador y la labor de la traducción. Aparte del primer libro que habías hablado antes, del auto sacramental o de Umbral de sueños, y otros, me gustaría que comentásemos qué es la labor de la traducción, la traducción de los poemas de Vallejo…
José Rubia Barcia.- Te diré que el Umbral… lo empecé en Cuba; la idea de Umbral… se me ocurrió en Cuba: la idea fue hacer un libro que no se pareciera a ningún otro libro, cosa casi imposible. Entonces, ¿qué iba a hacer yo? Toda la Guerra Civil me había trastornado por dentro, España la llevaba dentro, trastornado todo, confuso todo; pero tenía un tremendo amor a las cosas de España, y a España, y estaba fuera. Ese estar fuera es como estar en los barandales de la luna, contemplando España desde fuera. Contemplando España desde fuera, con mi actitud de heterodoxo en relación con la historia de España, con lo que yo veía de España, y mi experiencia de la guerra… Lo que hice en Umbral de sueños fue poetizar mi experiencia de la guerra; es todo lo que hice, pero poetizarlo de una manera que no se ha hecho, supongo; yo no conozco ningún libro como Umbral de sueños. Es decir, me propuse hacer una cosa que fuera totalmente original, a ser posible, donde yo diera toda mi sensibilidad puesta al rojo vivo. Escribí ese libro…; cuando empecé a escribirlo me pidió Raúl Roa una colaboración; él pasó a ser Director de Cultura en el Ministerio de Instrucción Pública en La Habana. Estaba yo en Nueva York, y entonces me pidió si podía colaborar con una revista que se llamaba Mensuario, revista de poesía, de ensayos y de cosas... Entonces escribí el primer capítulo, y escribí el segundo capítulo, y escribí el tercer capítulo, que aparecieron en esa revista. Y Raúl Roa se entusiasmó: «Debes continuar»; porque la idea era… El libro empieza subiendo a un avión, y toda la cosa era la visión desde la altura; pero la altura interior…, interior y exterior; es decir, pensando en toda mi experiencia de víctima de una guerra que yo no provoqué, ni hice nada…; pero víctima de esa guerra. Está destilada, estilizada, mezclada, simbolizada toda la experiencia de la guerra en ese libro. Eso termina con mi llegada a Nueva York, y… –no sé si tú te acuerdas– al final, la entrada en un túnel y la salida del túnel, un vuelo; entrada en un túnel y salida de un túnel… Y encontrarme ahora… El personaje, evidentemente, soy yo; pero no soy yo, porque hay otros personajes en el relato. Un crítico… (se ha escrito mucho sobre el Umbral, en América), un crítico dijo que es el libro más importante que se ha producido como consecuencia de la Guerra Civil. Hay dos, dice: uno el libro-relato del primer comentarista…, este inglés que escribe su libro sobre la Guerra Civil española…
José Manuel González Herrán.- ¿Orwell?
José Rubia Barcia.- No, no: anterior a Gabriel Jackson…, otro que escribe un libro sobre la Guerra Civil española…, ya lo mencionaré luego.
José Manuel González Herrán.- ¿Thomas?
José Rubia Barcia.- Sí, Hugh Thomas; Hugh Thomas habla de la superficie de la Guerra Civil, y el mío habla de la esencia, de la esencia de la Guerra Civil. Hay dos libros fundamentales de ese periodo, como consecuencia de todo aquello, que son estos dos libros. El libro tuvo una acogida extraordinaria y creo que logré lo que pretendía. Yo no me arrepiento del libro. Fue un libro que…; luego, cuando se habían publicado los tres capítulos, lo dejé, no había vuelto a escribir nada, pero siempre estaba dentro el libro, siempre estaba dentro el libro. Los primeros capítulos son del año…, probablemente, deben ser del cuarenta y cinco…, estaba yo ya en Estados Unidos, cuarenta y cinco o cuarenta y seis; los últimos capítulos son del cincuenta seis o del cincuenta y siete.
José Manuel González Herrán.- Se publica en el sesenta y uno, ¿no?
José Rubia Barcia.- Sí: sesenta y uno. Pero esos últimos capítulos, los otros siete capítulos restantes los escribí de una sentada en un verano, salieron como un torrente. Lo acabé; y, entonces empezó: ¿quien publica esto y cómo se publica esto? Le mandé a don Américo un ejemplar a máquina; le mandé a Jorge Guillén; a todos los amigos…; le mandé a Manolo Altolaguirre otro ejemplar a máquina, para comprobar si aquello llegaba o no, tomando anotaciones de las contestaciones.
José Manuel González Herrán.- Sí, sí se publican en el libro.
José Rubia Barcia.- Don Américo, inmediatamente –era un hombre muy tacaño– me mandó un cheque de quinientos dólares y me dijo: «Yo no sé cómo va usted a publicar este libro, pero si le sirve esto para empezar, ahí van quinientos dólares». Yo se los devolví, naturalmente: «No pienso aceptarlo». Pero se entusiasmó con él. Guillén…, tengo la carta, preciosa, de cuatro páginas de Jorge Guillén sobre el libro, pero no quiero usarlo. «Sería un insulto usar esto como prólogo», me dice, y me manda el primer soneto alejandrino que escribe. Altolaguirre se entusiasma, y así… Buñuel se entusiasma con el libro. De modo que es un libro que no tenía secuela; es decir, si tenía que hacer otra cosa, no podía hacerlo ya, no. Eso me agota las posibilidades que tengo de expresar lo que quería decir en relación con la guerra. Es un poco la versión poética de mi violencia; experiencia y violencia que expreso en Prosas de Razón y Hiel. Eso completa toda una cosa interior. Es, quizá, la obra que yo más valoro y más quiero, Umbral… Hay grandes dificultades para publicarla aquí; al parecer, no…, todavía no se han decidido.
José Manuel González Herrán.- ¿Y el libro de poemas en gallego que publicaste en el ochenta y uno?
José Rubia Barcia.- Eso es otra historia. Ocasionalmente, y a lo largo de los años…, ya en España yo había escrito poesía gallega, de muchacho; cuando estaba de estudiante en Granada, ya había escrito poemas en gallego. Eso está inédito, no lo he publicado nunca, nunca se publicó aquí una cosa mía en gallego. Se publicaron artículos míos en gallego en la prensa durante la guerra, en Barcelona y en Madrid, y cosas sobre Galicia. Pero yo no quería ser poeta, en el sentido de la palabra, «que escribe versos»; rechacé siempre la idea de hacer poesía versificada. Pero la nostalgia de Galicia y la cosa de Galicia la he llevado siempre dentro y, entonces, llegó un momento en que me decidí a darle algunos de los poemas a Machado, Machado de Asís. «Pero hombre de Dios –me dice en portugués–, hombre, eso está bien; tienes que publicar esto, tienes que publicar una selección de tus poemas, publícalos y tal…». Todavía yo no me decidía, y entonces…; allí vive cerca un pintor vasco, amigo mío, Miguel Marina, a quien le di otro ejemplar, y me dice: «Yo esto te lo ilustro, y tal…». Y entre unos y otros me convencieron de que mandara esto y que se publicara esto; y ésa es la razón de que se haya publicado: lo mandé ahí, a Cervo, y es el primer libro que aceptó inmediatamente. No iba a aceptarlo, me dijo Eugenio Granell…, que es el mejor pintor surrealista, un poco ya de fuera del surrealismo, porque está pasando toda esta cosa; pero si hay un pintor surrealista vivo que sea un genio es Eugenio Granell, otro gallego que está ahora en Nueva York retirado, vivió muchos años en Nueva York y fue profesor del Brooklyn College durante muchos años, magnífico escritor y poeta. Entonces Eugenio Granell y Tobío, Luís Tobío, pero sobre todo Tobío, cuando conoció el texto me dice (yo no tenía nadie que lo publicara): «Esto lo publica seguro Sargadelos, lo mandas allí». Yo estaba ya un poco escéptico, porque no tengo contactos con España; lo mandé a Sargadelos, e inmediatamente, lo publican encantados. Y se publicó así; pero fue una cosa así de tanteo. Yo no pretendía publicar nada de poesía; tengo muchas cosas inéditas de poesía, escritas en castellano; pero tenía un cierto pudor para la poesía, no me gustaba meterme a ser poeta. J. M. G.- H.- ¿Y la labor de traducción…? Aparte de en las revistas, el doblaje también es una labor de traducción…
José Rubia Barcia.- Traduje muchas cosas: traduje mucho teatro, y adaptaciones teatrales del extranjero. Mi carrera teatral en Cuba empezó por Manolo Altolaguirre, porque estaba allí Casona, que no sabía dirigir teatro, ni hacer teatro, y le comentó a Manolo Altolaguierre que si podía hacer esa cosa que escribió Casona, Sancho Panza en la Ínsula Barataria; y, entonces, Manolo Altolaguirre, que sabía que yo había hecho teatro, y que había trabajado… Porque yo dirigí en Granada, también, una obra de Valle Inclán, un experimento teatral que causó sensación en Granada, siendo profesor del Instituto Ganivet. Gallego Burín me dejó a mí todos los materiales de «La Carreta». Yo era el heredero de «La Carreta», cuando Lorca era el de «La Barraca». «La Barraca» se crea como una cosa paralela a la experiencia de «La Carreta». Pero Gallego Burín me da a mí todos los materiales que tenía para el montaje y tal y me pone en contacto con Hermenegildo Lanz. Entonces yo monto Cuento de Abril, en Granada, cuando era profesor del Instituto Ganivet, el año ese último, y tuve un gran éxito como director entonces, ya allí, en Granada… De modo que mi experiencia como director empieza ahí, pero mi experiencia como traductor… Una vez que llego a Cuba, yo tengo un programa de teatro radial en la cadena cubana, en la que todas las semanas doy una obra adaptada por mí. Allí, casi todas las obras que he presentado son adaptaciones de obras extranjeras. Entonces, estoy traduciendo del francés, estoy traduciendo del inglés, traduzco del alemán, traduzco del italiano, y monto obras de teatro propias para radio, que yo adapto a la radio. De hecho, tenía un gran proyecto de hacer una serie de novelas de Galdós, por radio también. Ese proyecto lo tuve allí, pero no tenía ayuda financiera… Me pagaban bien, con mis actores preparados hacíamos estos programas. Luego, en los Estados Unidos, ya hice traducciones de toda índole; ya te dije: del alemán traduje esa película; hice una traducción de Edwin Rolfe, ese poeta americano que fue de las Brigadas Internacionales, que publicó un libro, Permit Me Refuge [Permítame refugio], donde aparece una elegía a mi hija, a Elena, la mayor. Habla de la trinidad del exilio: Eva, mi hija y yo éramos la trinidad que encarnaba el exilio y tal... Bueno, me da un poema manuscrito sobre Madrid, «Elegía a Madrid», en inglés. Yo traduzco el poema al castellano; él sabía español, pero cuando coge mi traducción dice: «Ahora hago yo una retraducción al inglés de tu poema» [risas]. Y retraduce del castellano su poema al inglés. Yo le envío este poema –es un poema largo–, traducido por mí al español, a Manolo Altolaguirre. Manolo Altolaguirre lo coge en México y, sin decirme nada, publica un folleto; entonces Buñuel me manda para acá quinientos ejemplares; me regala quinientos ejemplares del folleto Elegía a Madrid de Edwin Rolfe, uno de los poemas más eficaces de la lucha contra Franco. En todos los mítines antifranquistas había quien recitaba ese poema, esa traducción del inglés. De modo que empecé a traducir poesía, a traducir prosa y teatro…; tengo mucha traducción hecha. Pero viene ahora el problema de Vallejo…
José Manuel González Herrán.- ¿Por qué?
José Rubia Barcia.- Por muchas razones. Ésta es una cosa muy curiosa, otra vez. Vallejo estaba muy ligado a Larrea. Larrea le dedicó su vida a Vallejo; hay una relación como la de Antonio Vieira y Pessoa: Larrea y Vallejo. Hay un momento en que un americano, un chico americano, publica los Poemas humanos; había publicado poesía francesa traducida al inglés, es muy conocido; es el director de la mejor revista de poesía que hay en los Estados Unidos. Entonces me pide una cita, en la Universidad; viene a verme porque el jefe del Departamento de Francés le dice que yo puedo ayudarle a traducir España, aparta de mí este cáliz. Él no sabe suficiente español, aunque había traducido totalmente los Poemas humanos. Entonces yo veo lo que él ha hecho como poesía…: «Bueno, vamos a ayudarle en esta cosa de España…, vamos a hacerlo»; y nos ponemos a trabajar en la cosa; trabajamos, trabajamos, trabajamos, y se edita un libro con «España, aparta de mí este cáliz», poema separado y traducido al inglés por Clayton.
José Manuel González Herrán.- Es el mismo con el que...
José Rubia Barcia.- Exacto. Pero entonces me dice Clayton Eshleman: «Después de hablar con usted, veo que acaso le voy a dejar los Poemas humanos, mi traducción de Poemas humanos, a ver qué le parece a usted». Yo cogí la traducción y le hice –esto no es exageración– cinco mil notas a su traducción de Poemas humanos: «Esto no está logrado, esto no es Vallejo, esto está mal…». Entonces me dice: «Mire, yo estoy dispuesto a renunciar a esa traducción, negarla, si hacemos toda la obra póstuma, si usted colabora conmigo». Y todo esto es gratis; entonces yo le digo: «Es una pérdida de tiempo para mí el meterme en esa cosa, no tengo muchas ganas…». Pero, por otra parte, me atrae la cosa de poner en inglés a Vallejo. Y le escribo a Larrea, le digo que tengo esa oportunidad... «Por favor, hombre, hágalo usted; el poeta se merece aparecer en inglés bien traducido». Larrea me anima a que lo haga. Bueno, yo pensé: en un año despachado… Cinco o seis años trabajando en eso. Preparamos el manuscrito y, naturalmente, si se compara la edición nuestra con la edición del anterior hay un abismo.
José Manuel González Herrán.- Es otra cosa distinta.
José Rubia Barcia.- Es otra cosa completamente distinta; la traducción de él se salvaba para quien no supiera español, pero para el que supiera español, aquello no era una traducción de Vallejo. Se plantean problemas de traducción: cómo se vierte un mundo a otro mundo, cuando los continentes de esos dos mundos son distintos...
José Manuel González Herrán.- Imagino que tenía que ser una tarea dificilísima, pero de lo más atractiva.
José Rubia Barcia.- Hemos pasado, a veces, una tarde entera con un verso; hemos tardado seis años en hacer esa traducción; la interpretación de cuál sería la mejor manera de trasladar eso a la otra lengua…
José Manuel González Herrán.- Además, lo que encuentro difícil es…: me imagino a mí mismo traduciendo un poema del italiano al castellano o del francés al castellano; bueno, lo encuentro difícil, pero me parece asumible. Lo que ya me resulta… el viaje inverso; es decir, intervenir yo en la traducción de poemas del castellano al francés; independientemente de que uno tenga que conocer esa lengua, hay algo que me parece dificilísimo…
José Rubia Barcia.- Tienes que tener el sentimiento de las dos lenguas. Yo no creo que se pueda traducir; nadie puede traducir a una lengua extranjera si no conoce muy bien la suya y alguien le ayuda con la otra. Y esto fue la combinación de… dos temperamentos poéticos al unísono, que conozcan muy bien su lengua; yo que conozco muy bien la mía, pero que tengo familiaridad con la otra lengua. Entonces en la combinación se llega a un compromiso, no se llega a una solución ideal; es decir, yo podría corregir todavía todo ese texto con otras versiones.
José Manuel González Herrán.- Y probablemente vuelvas a encontrarte versos que propusiste de una manera y que tiempo después propondrías de otra.
José Rubia Barcia.- Exacto, exacto. Ahora, el toque final va a ser…, el compromiso se establece cuando el texto se convierte ya en poesía, cuando el texto sientes tú que no es una traducción, que expresa exactamente algo paralelo –no idéntico–, paralelo en la otra lengua; entonces lo aceptas. Pero tienes que tener la sensación de que lo que estás haciendo es poesía original, no traducción, pues si haces traducción no sale la poesía; imposible, no sale, porque no se puede traducir poéticamente una lengua a otra, es imposible; puedes recrear la poesía de otra lengua en la tuya. En esto han sido maestros los franceses, lo hacen con todas las traducciones. Cuando uno piensa en el Don Juan, traducido al francés; lo que hace Molière, no se parece al Don Juan español, está afrancesado. El Cid, Las mocedades del Cid, de Corneille y de Guillén; eso no es una traducción, es adaptación al otro mundo, no existiría sin el original, pero…
José Manuel González Herrán.- Es autónomo, cobra su propia…
José Rubia Barcia.- Lo mismo pasa con el Vallejo que hemos hecho. Pero impresionó tanto que por unanimidad nos dan el Gran Premio de Poesía.
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| 1985-00-00 |
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Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada
Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 08 en 00/00/1985
José Manuel González Herrán.- ¿Tú tienes conciencia de haber creado escuela en ese grupo?
José Rubia Barcia.- Sin duda, sin duda, naturalmente. En el libro ese que me han hecho, a pesar de que lo hicieron clandestinamente… Mi libro homenaje…: yo no me enteré, debieron hacerlo clandestinamente, porque yo me opongo en principio a estas cosas…, lo hicieron en colaboración con mi hija mayor, que conspiró contra mí; pero si eso se hace abiertamente el libro hubiera tenido quinientas páginas en vez de las páginas que tiene, porque mucha gente ni se enteró, como yo no me enteré… Me hubieran escrito a mí, o lo que fuera. Pero, de todas maneras, ahí…, algunos de esos son estudiantes míos, la chica que firma, la Jonhson esa, hizo su tesis sobre Miró; la primera tesis que se hace sobre Miró en los Estados Unidos, y ella sigue trabajando sobre Miró con mis métodos, y con mis cosas y mi acercamiento. Y así unos y otros. Además, lo que yo hice fue renunciar a dirigir tesis sobre escritores vivos en la actualidad, con la excepción de los que estaban en el exilio, dirigí tesis sobre León Felipe, sobre Larrea, sobre...
José Manuel González Herrán.- ¿Sobre qué autores, preferentemente, se han ocupado las tesis que has dirigido?
José Rubia Barcia.- Las mías, de la literatura contemporánea, con la excepción de que dirigí una tesis sobre el siglo XVIII, sobre el XVIII-XIX, a una estudiante invitada a venir aquí, que se llama Eva Rudat; una estudiante mía que hizo su tesis sobre Alcalá Galiano. Pero lo demás es siglo XIX y XX: sobre Galdós, sobre autores contemporáneos; sobre Pérez de Ayala, tres nada menos; sobre Valle Inclán, dos; Lorca también… Autores contemporáneos, pero pertenecientes al periodo anterior a la guerra; no me ocupé de ninguno de los que estaban vivos… Jorge Guillén, también: dirigí una tesis sobre Jorge Guillén. De modo que la literatura contemporánea, gracias a nuestro esfuerzo, interesó e interesa fundamentalmente en los Estados Unidos, pero se queda en el periodo del comienzo de la guerra, porque no podíamos ocuparnos de los escritores de aquí que no se ocupaban de nosotros.
José Manuel González Herrán.- Exactamente.
José Rubia Barcia.- No lo hacíamos por eso…
José Manuel González Herrán.- Aquí sí se ocupaban de ellos.
José Rubia Barcia.- Pero no había por qué ocuparse de ellos; ya se ocuparon después otras gentes. De modo que, en ese sentido, hicimos una gran labor, creo, en los Estados Unidos. Ahora, naturalmente, yo he estado en contacto con las instituciones no sólo culturales, sino también políticas; he colaborado con El Socialista, cuando se editaba en Toulouse; he colaborado en la prensa del exilio en México, en la prensa de Nueva York del exilio, también.
José Manuel González Herrán.- Ése es un aspecto que quería que tratásemos; ya que lo apuntas, lo podemos plantear a partir de lo que has recogido en tu libro Prosas de Razón y Hiel, para que eso pueda servir como muestra de la labor, o de la actitud de los exiliados, o de algunos exiliados, con respecto a la situación política española posterior al treinta y nueve. Porque a mí me da la impresión, o a algunos nos da la impresión, que una cierta parte de los exiliados del treinta y nueve se volcaron en la actividad académica, docente o profesional; y, o no nos llegó a nosotros la noticia o no se ocuparon... A mí me da la impresión de que tú constituías una cierta excepción en esa actividad.
José Rubia Barcia.- No. No constituía una excepción.
José Manuel González Herrán.- Pues me alegro.
José Rubia Barcia.- Creo que todos los intelectuales que salieron al exilio agudizaron su sensibilidad política y se opusieron al régimen de Franco de manera sistemática. Yo no soy excepción en ese caso, quizá fui uno de los más violentos…
José Manuel González Herrán.- O de los más activos.
José Rubia Barcia.- O de los más activos…; pero no fui el único, ni mucho menos. Algunas de las cosas que se han hecho en la Argentina, por ejemplo, un libro que publica un profesor español no muy conocido en España y muy oscuro (ahora no me acuerdo de este hombre, me acordaré después si te interesa el dato), que luego me sorprendió…, no lo había visto antes, lo vi después…, que expone la teoría de Castro en la Argentina, con menos datos y erudición. Yo mismo, en La Habana, en mis comentarios anticipo también algunas cosas. De modo que el sentimiento era común, que había que renovar la visión de España, que España no era exclusivamente un imperio que se impone, sino que había otras posibilidades. Y esa visión de España nos hacía asimilar el imperio; asimilarlo: cosa nueva para una generación como la nuestra. La reconsideración del imperio, por nuestra parte, del imperio español, nos llevaba a sentir ya que había una injusticia en el juicio universal sobre la actitud de aquellos españoles fanáticos que iban a establecer un nuevo mundo, y que eso se entendía mal. América nos abre los ojos a nosotros para una visión nueva del imperio. Pues esto, naturalmente, esto políticamente… con las mentecateces que se hacían en la política nacional, de una vuelta a la Hispanidad y la pretensión de dominar América de nuevo, etcétera, eso hacía incompatible la cosa; pero nuestra voz era una voz que abarcaba la adhesión de los hispanoamericanos sensibles y comprensivos. Y se produjo gracias a nuestra actividad, a la actividad de los españoles en México, en Cuba, en Venezuela, en la Argentina…; se produjo de nuevo una aceptación de España. Nosotros fuimos a reivindicar una España que no era ésta, y esa España les sirvió a ellos también, para sentirse mucho mejor en contacto con nosotros. De modo que nosotros conseguimos la unificación espiritual del espíritu hispánico en América, siempre luchando contra el dictador que estaba en España, que no nos representaba, que no podía representarnos; era un producto arcaico, decadente, inactual…; no podía tener influencia en la vida del mundo, era una cosa totalmente arcaica y vergonzante, y compartíamos la vergüenza nuestra con los hispanoamericanos; y eso nos ganó la simpatía de la intelectualidad americana. Pero aquí, naturalmente, se callaba nuestra voz.
José Manuel González Herrán.- O, al menos, se callaba vuestra actividad que no fuera la puramente académica.
José Rubia Barcia.- Naturalmente.
José Manuel González Herrán.- La prueba es eso, que en 1968-70, todo el mundo sabía quién era Rubia Barcia, como especialista en determinados temas de literatura española; pero muy pocos podían saber que, aparte de esos estudios...
José Rubia Barcia.- Creo que es una exageración; pocos sabían que yo siquiera existía.
José Manuel González Herrán.- Cuando digo sabíamos…, los que estudiábamos la obra de Valle-Inclán sabíamos de tus artículos o de tus libros; pero no sabíamos que había una labor, no sólo ideológica, sino también una labor de libros, artículos, de conferencias…
José Rubia Barcia.- De españolización de nuestra actitud. Pero en esto no fui único; me conoces a mí únicamente, pero hay multitud, somos cientos de españoles; si lees el libro de Domingo Amo sobre la actividad intelectual de los españoles en el exilio, es el primero que ha salido; es un libro que se publicó, probablemente –Domingo Amo lo hizo en colaboración con un americano, en Washington–, y se publicó…, debió publicarse hacia el año cuarenta y nueve o cincuenta; es el primer libro que agrupa la actitud nuestra en América y, en ese libro, yo ya aparezco, como profesor en La Habana, como autor de unas cosas; mis actividades están esquemáticas ahí, pero ya están, y lo mismo de todos los que después van a morir, porque eran mayores…, todo lo que se ha producido en la primera etapa del exilio. Nuestro exilio ha sido eminentemente político, no económico; hemos sido gente amenazada de muerte, que tiene que marcharse de su país, pero la conciencia política se aviva y lo que ocurre es que dura tanto, y tanto, y tanto, y la espera para que este hombre se caiga…, y en vez de caerse se reafirma con medidas económicas, con lo que sea, con ayudas extranjeras y, poco a poco, se nos va alejando la perspectiva de la posible vuelta y, ya, llega un momento en que es imposible la vuelta, tenemos que morir en América y la mayor parte ha muerto en América. De los mayores, los que tenían cuarenta y cincuenta años en el exilio, ya han muerto todos; y los jóvenes…, yo soy quizá el más joven de todos los que han escrito en América. Yo todavía persisto y pervivo, pero sin la posibilidad de volver a nada…, ya estoy…, me cogió la tela de araña del tiempo y de la vida, me envolvió y, naturalmente, soy la mosca para la araña; me come, las circunstancias… y no tengo más remedio que permanecer donde están mis hijos, donde están mis nietos, donde está mi vida. Este país es mi país, pero es mi país en esencia y muy adentro, pero no es el país ya en el que puedo vivir.
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