Temática: literatura

Temática: literatura [11]

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Celso Emilio Ferreiro
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1945-00-00
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1953-00-00
Eduardo Blanco-Amor en América (I)
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Retrato de Avelino Díaz realizado para o 1º Congreso da Emigración Galega. 1956
1976-00-00
Conferencia de Ramón Piñeiro «Otero Pedrayo na cultura galega»
1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 01
Ver Fragmento de entrevista sonora posteriormente dixitalizada

Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 01 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- Entre 1931 y 1936 estudias en Granada y tu vocación inicial es la de arabista o latinista: ¿cuál es tu vocación, lo que te mueve a estudiar Filosofía y Letras y cómo esa vocación se va condicionando en esos años?

José Rubia Barcia.- Parte esto de una premisa, premisa que determina en gran parte mi futuro. Cuando yo termino mi bachillerato, aquí en Ferrol, el director del Instituto era un señor que se llamaba Vicente Losada, hombre de gran sensibilidad; este hombre me abrió los ojos a cosas que yo no tenía ni idea de que existían siquiera; es decir, me abre puertas al pensamiento y me hace leer, ya a los quince años me hace leer a Balmes, por ejemplo, en la filosofía, y me pone en contacto con gente que se plantea problemas relacionados con aspectos fundamentales de la vida. Yo sigo estudiando el bachillerato y lo hago en cuatro años. Por las razones que sean el Claustro de la Universidad [sic, por ‘del Instituto’] me llama un día y me dice que la República había pasado una ley reconociendo en algunos estudiantes cualidades que, según sus maestros, podían ser relevantes; a esos estudiantes se les llamaba alumnos superdotados. Y si el Claustro del Instituto consideraba que encontraba entre los alumnos alguien que podría ser considerado superdotado, podía proponerlo al Ministerio de Instrucción Pública. Entonces el Ministerio de Instrucción Pública decidía si otorgarles una beca permanente para estudiar en la universidad que les diera la gana, sin gasto ninguno de matrículas ni de libros, y siguiendo su vocación, hasta ver dónde iban a parar. El Claustro del Instituto de Ferrol decidió, por las razones que ellos creyeron convenientes, elegirme como estudiante superdotado. Y un día me llama don Vicente Losada y me dice: «Mira el Claustro ha hecho esto, y esto, y ha decidido proponerte; y resulta que el Ministerio de Instrucción Pública ha aceptado nuestra propuesta y puedes elegir ir a estudiar a donde te dé la gana». Yo había hecho los tres primeros años del bachillerato de manera continua y normal, pero cuando llegué al tercer año, mi padre me dice: «Hijo mío ya tienes ahora dieciséis –había empezado a los trece años–, ya tienes dieciséis años, ¿y no sería mejor que aprovechases la cosa de una carrerita corta, para ganarte la vida bastante…?; porque es para nosotros difícil mandarte a una universidad y que puedas estudiar y tal…». Yo entonces le había dicho a mi padre: «Bueno yo lo que haré, para no ser carga para la familia y tal, voy a terminar el bachillerato primero». Y metí todas las asignaturas de cuarto, quinto y sexto de un golpe. Ése fue factor determinante, quizá: un poco de asombro por parte de los profesores, el factor determinante de esa actitud del Claustro, porque me dieron sobresaliente y matrícula de honor en todas las asignaturas. Era una cosa inusitada, para mí extraña; yo no esperaba eso, yo no tenía la menor experiencia que pudieran considerarme de esta manera o de otra. Pero me encuentro con el hecho de que tengo abiertas las puertas ahora para hacer lo que me parezca y estudiar lo que quiera, ¿eh? Naturalmente, yo no podría ayudar a mi familia, pero podría abrirme…, si prescindían de mí como causa de ayuda familiar, podría hacer lo que quisiera. Entonces decidí ir a Granada; podía haberme quedado en Madrid. Fui a Madrid y aquello me asustó: un chico pueblerino en una gran ciudad, solo allí, y me asusté. Y como mi padre era originalmente de Granada, yo dije: «¿Y por qué no voy allí?; tengo familia allí, me voy a ir a Granada». Y fui a Granada. Entonces: ¿qué hago ahora y qué estudio? Primera decisión: no sabía qué hacer. Todavía no tenía la beca, no sabía qué hacer y decidí matricularme en Medicina y, a la vez, me matriculé en el año común de Derecho y Filosofía y Letras. Durante seis o siete meses asistí a las clases de Medicina y a las clases de Filosofía y Letras. La Medicina me horrorizó muy pronto. No podía aguantar aquella cosa, con varias experiencias de amigos que estaban ya en Medicina y no estaba dispuesto, y abandoné la cosa de Medicina y me consagré al año común. Pero todavía no sabía si hacer Filosofía y Letras o hacer Derecho; estaba dudando. Pero me encontré con una Facultad de Filosofía y Letras que era excepcional. Era excepcional y entonces dije: «me meto en esto». Y empecé a estudiar Historia del Arte, y empecé a estudiar Introducción a la Literatura y todas estas cosas, Filosofía y Letras. Me sentía a gusto con los estudios, y empecé a estudiar árabe en el segundo o tercer año, y hebreo. Todo esto era un mundo totalmente ajeno y extraño para mí, pero lo hacía con entusiasmo y con gusto; aquello me asombraba, todo lo que era novedoso e importante, me asombraba y, a la vez, me creaba un cierto complejo de inferioridad. Yo decía: «Bueno, esta gente sabe tanto, estos profesores tan sabios, ¿qué hago aquí, qué voy hacer yo con esto...?». Además yo…, era absurdo, yo no era hijo de familia rica, era absurdo dedicarme a una profesión en la que no había futuro ni porvenir. Pero yo dije: «Adelante con esto». Y me pasé los seis o siete primeros meses dudando: ¿qué hago, qué no hago, a qué me dedico, a qué no me dedico? Desde muchacho fui muy aficionado a la lectura, leía muchísimo, leía novelas, leía cosas que caían en mis manos: mi padre tenía una pequeña biblioteca, y me la leí toda, me la leí toda. De modo que aquello parecía que entraba un poco en mis verdaderas inquietudes, pero no había decidido todavía dedicarme a eso, porque no sabía exactamente si eso era lo que yo debía hacer. Mi beca no me la habían pagado. Entonces, otra vez interviene una especie de hado, o destino, o casualidad. Daba la casualidad que el rector de la Universidad era gallego. Se llamaba don Alejandro Otero, que luego fue un hombre prominente en el socialismo español, hombre ejemplar en muchos sentidos. No hace mucho salió aquí en España una biografía de Alejandro Otero, porque no se le conocía, naturalmente: cuarenta años de silencio, no se le conocía. Y me fui a ver a don Alejandro, y le dije: «Mire usted, don Alejandro…». Me recibió en seguida, como gallego; era el único estudiante gallego que había en la Universidad, no había ningún estudiante gallego más que yo; lo que, por otra parte, fue otra experiencia, los andaluces se reían de mí, y se reían de mi acento; era una especie de ameba en aquel ambiente. Don Alejandro me recibió muy cordialmente, le expliqué la situación y entonces me dijo: «Mira, vete, vete ahora, que ya me ocuparé de esto». Luego me enteré que al día siguiente había cogido su auto y había ido a Madrid al Ministerio y volvió y me mandó una notita a la Facultad diciendo –me la dio el bedel–, una notita diciendo que mi asunto estaba resuelto y que recibiría mi primer sueldo a fines de mes. En efecto. Pero yo voy a ver a don Alejandro a darle las gracias, como es natural. Subo, pido una cita para verle y llego al despacho de él, a la antesala, y uno de los empleados, uno de los bedeles que había allí me dice: «Don Alejandro no quiere verte: que te vayas, porque no tienes nada que agradecerle, que te vayas». Y yo, un poco desconcertado con aquella cosa, no estaba acostumbrado a esto. Me salí de allí: «¿Qué clase de hombre es éste que después de que se molesta, hace todo esto, pues no quiere que le dé las gracias...?». Ésa fue mi primera introducción a un hombre que era socialista, y que era gallego, y que era un hombre ejemplar y admirado en la ciudad, porque era un hombre admirable. Este hombre tenía la mejor clínica de ginecología de España, era el mejor ginecólogo de España, era conocido en el extranjero, escribía en alemán ensayos y en revistas científicas, y al mismo tiempo era un hombre consagrado a la política y al socialismo. Don Fernando de los Ríos (ya estábamos en el primer año de la República), don Fernando de los Ríos, que era el teórico del socialismo y tal, ya se había trasladado a Madrid, porque le habían hecho Ministro de Instrucción Pública. Pero inmediatamente yo conocí (por estas conexiones de don Alejandro, y ya te explicaré por qué), conocí a la familia de Fernando de los Ríos, conocí a la familia de Lorca, en el ambiente granadino, me traté con todos ellos y fue poco a poco abriéndose mi inquietud hacia el terreno político, por simpatía hacia estos hombres, más que por convicciones: yo no tenía ninguna convicción política, excepto que ya de estudiante… Había en Ferrol el Centro Obrero de Cultura, era un caso único en España, probablemente. Eran obreros de la construcción, todos socialistas también, y en la calle Real, frente a lo que era la redacción de El Correo Gallego; en un primer piso tenían una biblioteca, una biblioteca de varios miles de volúmenes, un bibliotecario ejemplar, y cuando yo salía por la tarde de las permanencias en el Instituto –permanencias se llamaba entonces al periodo de estudios, en que los estudiantes se quedaban en un aula grande con un profesor que se encargaba de dilucidar sus dudas o preguntas o tal; se pagaba por eso extra. Y eso terminaba a las cinco de la tarde. Entonces yo me hice socio, tampoco sé por qué, me hice socio del Centro Obrero de Cultura e iba todas las tardes a leer al Centro Obrero de Cultura. Y allí el bibliotecario, que era muy inteligente…, este hombre me facilitaba instrucciones, introducciones. Y allí leí a Kropotkín, primero a los anarquistas, a Bakunín. Pero yo no sabía por qué esto, ni tenía la menor idea de por qué me atraían estas cosas, no lo sabía. Y allí me formé un poco. La conciencia política ya se inició entonces allí, y en Granada se va a cuajar en contacto con Alejandro Otero y con las lecciones de Fernando de los Ríos, cuyo recuerdo era…; y, además, en la Unión General de Trabajadores y todas estas cosas. Sigo estudiando, me matriculo en el segundo año y hasta ahora tengo todos mis estudios… Una de las condiciones de esa beca extraordinaria que me dio el Gobierno –y era extraordinaria en cantidad y en posibilidad, yo no tenía ningún apuro económico…

José Manuel González Herrán.- Había pocos estudiantes en España que disfrutasen de esa beca...

José Rubia Barcia.- Muy pocos. Y, además, todo el que disfrutara de esta beca, si alguien creía que podía desafiarle a un examen comparativo, podría hacerlo y se la llevaba el otro. De modo que yo estaba siempre sujeto a esto. Fuimos alumnos superdotados en Granada, durante mi estancia, yo y un padre que ahora es jesuita, padre Molero, creo que es Francisco Molero, vive todavía. Él se había graduado de médico a los veintiún años y empezó Filosofía y Letras a los veintiún años. Luego él y yo fuimos a Santander juntos; como alumnos especiales nos mandó también la Universidad a Santander. Pues en ese periodo, ya yo metido un poco en la cosa política, y metido en mis estudios…, no hay escuela de estudios árabes en Granada todavía, eso no existe. Pero el decano era un hombre extraordinario, se llamaba Antonio Gallego Burín, padre de Gallego Morell, un hombre extraordinario, de sensibilidad, de buen gusto, era una especie de noble, con actitudes de gentleman; yo no sabía entonces lo que era un noble, parece que era Barón de no sé qué, yo no lo sabía, ni él me dio nunca la impresión de eso. Pero este hombre fue el primer español que intentó crear, y creó, un teatro universitario; no había teatros universitarios, él creó el primero. Esto fue antes de la Primera Guerra Mundial cuando él crea este teatro. En este teatro estuvo de actor García Lorca, y es donde García Lorca se forma como actor y se interesa por el teatro. Él había creado un teatro que llamaba «La Carreta». Ese teatro contaba con la colaboración de un gran escenógrafo llamado Hermenegildo Lanz: este gran escenógrafo montaba los autos sacramentales con un esplendor y con una imaginación extraordinaria, yo tengo documentos gráficos de todas estas cosas del teatro «La Carreta»: El gran teatro del mundo, por ejemplo, con la presencia de Dios y tal, aparecía en un escenario todo, todo como si pasara en el firmamento, es decir, con estrellas, no se veía ni piso ni…, era todo en el firmamento. Era un alarde de imaginación y tenía una habilidad extraordinaria para hacer actores. Yo, de chico, aquí en Mugardos había un oficial del ejército, se llamaba Lisardo; hubo un teatro infantil aquí, y yo fui actor infantil del teatro de Lisardo. Representé, recuerdo, un notario con barbas y bigotes cuando tenía diez años, para Lisardo, aquí. De modo que mi inquietud por el teatro también surge así porque hay un señor aquí que se llama Lisardo, que es oficial del ejército y que se interesa en hacer teatro…

José Manuel González Herrán.- Parece como que en Granada cristalizan un montón de cosas que vienen ya de atrás.

José Rubia Barcia.- Claro, que vienen de atrás. Entonces llego a Granada y va a celebrarse el centenario de Lope de Vega, el año treinta y cuatro. Yo estoy avanzando en la carrera, se produce al mismo tiempo la cosa de Asturias, y yo al mismo tiempo hice una excursión por Extremadura: esto me afectó muchísimo. Una excursión estudiantil por Extremadura, y vi cómo los trabajadores, aun en plena República, los trabajadores campesinos extremeños ganaban entonces 1,50 pesetas al día, los que trabajaban los campos.

José Manuel González Herrán.- Jornaleros.

José Rubia Barcia.- Jornaleros en los latifundios; y todas las bellotas que dejaban las piaras de marranos, al pasar podían recogerlas, ellos podían hacer pan de bellota, lo que quisieran. A mí aquello me impresionó muchísimo, la miseria humana me afectó mucho. Confirmaba ya un poco mis tendencias a pensar en términos de redención de la gente pobre, de dedicarme, si podía, a la política, para salvar a esa gente. El caso es que se produce, casi simultáneamente, el centenario de Lope y lo que llamaron –el régimen llamó– la sublevación de Asturias, Casas Viejas y la creación de la Escuela de Estudios Árabes. Tres hechos casi simultáneos; y desde el treinta y tres al treinta y cuatro empezó después lo que se llamó «el Bienio Negro». Entonces todas estas cosas de alguna manera me afectaron y ya me consideraban…, don Alejandro, yo iba con él a la Casa del Pueblo algunas veces. Cuando el año treinta y cuatro vine aquí a Galicia a pasar el verano, recibí una nota de que pasara por la sede del Partido Socialista en Madrid y que tenían algo para mí. Yo fui allá y entonces había un señor, que era el secretario, que se llamaba Almoneda o Lemoneda..., o cosa así; y allí me dieron una nota para don Alejandro. Don Alejandro sugirió mi nombre como contacto probablemente, o algo. Era una nota…; pero había una huelga anarquista en Madrid, con tiroteos en las calles: el tren en el que yo me subí, paralizado, no podía salir de la estación; por fin arranca el tren entre tiroteos y jaleos, y huelga general de la CNT… Era en simpatía, en parte, con la cosa de Asturias; falló, se había preparado una huelga general en el país, como protesta a la actitud de las derechas. En medio de esta vuelta me meto en el tren y entre tiros y tal, llego a Granada y digo: «Esto es muy peligroso», porque estaba ya todo así…; rompí la nota y al llegar a Granada me entero que don Alejandro está en la cárcel, estaba ya encarcelado. A mí me parecía tan absurdo que un hombre noble, bueno, generoso, abierto, inteligente, fuera a la cárcel; para mí esto era incomprensible, en una mentalidad juvenil y tal, y me detiene la policía (mi primer contacto con la policía), diciéndome que a qué iba yo a Granada, y qué misión tenía yo en Granada: «Yo soy estudiante aquí, vengo a continuar mis clases y tal». De alguna manera a ellos les había llegado algo de información, pero me dejaron. Entonces fui a ver a don Alejandro, que estaba en la cárcel. Había una celda común y en esta celda había cuarenta o cincuenta presos y allí estaba don Alejandro entre los presos. Cuando me vio me dijo: «Hijo mío..., pero hombre, tú ahí..., tú eras el que debía estar aquí, para que aprendieras lo que es esto...». Todo ese tipo de experiencias me afectaba, no entendía por qué las cosas eran así. Pero él sabía lo que decía probablemente, y me dio las gracias por el mensaje que le llevaba; no se podía hacer nada, estaba incomunicado, le habían ofrecido la libertad si accedía a atender a la mujer del gobernador, que iba a dar a luz, y él dijo que no, que todas las mujeres eran para él iguales y que si se le dejaba en libertad era para atender a todas las mujeres y que si no… Muchas de estas cosas son anécdotas...

José Manuel González Herrán.- Pero tienen importancia, van configurando el porqué de una personalidad…

José Rubia Barcia.- El caso es que yo no tenía especial predilección por los estudios de ninguna clase, me encontraba con cosas que no conocía y me entregaba a eso. Quizá sea bueno que diga algo muy curioso en relación con el efecto que me produjo tanta sabiduría acumulada. Estaba en arte Gallego Burín, estaba en latín…, no, ¿en qué era, qué enseñaba?, enseñaba paleografía Marín Ocete, que después fue decano y rector, también; un latinista catalán muy bruto, muy bruto como persona, pero un gran latinista…; se llamaba…, no recuerdo…: a éste procuré olvidarlo por un incidente que pasa en una de las clases con él; y estaba García Gómez como arabista; y de griego un catalán…, se me olvidó el nombre del catalán, muy bueno, helenista también; y en literatura había un pobre hombre que se llamaba Hernández Redondo. No sabría por qué aquel hombre era catedrático, pero para mí fue utilísimo; fue el único catedrático que me creó un complejo de normalidad, porque era tan tonto y tan poca cosa que no era difícil sentir que uno podía ser como él, de modo que fue beneficioso: don Tomás Hernández Redondo. Había (esto no se puede citar), había hecho un resumen del manual de Hurtado…

José Manuel González Herrán.- ¡Ah, el famoso Hurtado...!

José Rubia Barcia.- Y el hombre se sentaba detrás del escritorio, entornaba los ojos, se rascaba la entrepierna veinte veces y hablaba con voz monótona, de memoria, se podía seguir en el texto la lección del día de memoria. Lo sabía todo de memoria, lo recitaba de memoria, terminaba la cosa y se marchaba. Y aquel hombre…, pues me dije: «Pues si éste es catedrático de literatura, y de esta manera, yo jamás podré ser un sabio como García Gómez, ni un latinista como éste, ni un helenista como éste, ni un especialista en paleografía como este otro, este hombre…; pero quizás yo pueda llegar a ser algo en relación con la literatura». Es el primer atisbo que me da cierto optimismo en relación con un posible futuro, pero no tenía la menor idea de que esto podría ser una salida. Pero en esos momentos, año treinta y tres, Fernando de los Ríos decide crear la Escuela de Estudios Árabes. Yo había estudiado ya mi primer año de árabe en la Facultad. No se me había ocurrido hacer estudios orientales. Pero aquello me fascinaba, el mundo oriental me fascinaba, y hablando con Gallego Burín le dije: «¿Y si yo me matriculase en esta cosa de la Escuela de Estudios Árabes?». «No, no te preocupes, te damos una beca extra para que estudies lo que quieras...». Entonces dije: «Bueno, pues me meteré en eso, a ver qué pasa». Estaba fascinado con la sabiduría de García Gómez y, además, era un gran exponente. No sólo era un gran exponente, sino que hablaba con seguridad, sabía lo que decía y tal, era quizás el miembro más destacado. Se crea la Escuela y se crea por iniciativa de Fernando de los Ríos. Pero claro, a mí García Gómez como latinista no me miraba con simpatía, porque para entonces ya yo había ingresado en la FUE, que era la Federación Universitaria Escolar, de izquierdas, y me hacen presidente de la FUE en Granada, al segundo o tercer año de estar yo allí. Entonces ya, con un hermano de Rosales, el que fue poeta; él y yo decidimos hacer una revista, hicimos una revista que se llamaba Estudiante, que era el órgano de la FUE; además me eligen como representante en el Claustro. Violentísimo, figúrate tú: pueblerino, mugardés y tal, y ahora me mandan al Claustro de representante, con todas las reuniones de Claustro, y yo allí encogido e inhibido por la presencia de aquellos hombres que había allí. Pero allá voy, me eligen representante en el Claustro, y al mismo tiempo empiezo a participar en mítines políticos. De modo que mi vida se complica; ya escribo para las revistas, escribo para esto y tal; luego se organiza un viaje por el norte de África, voy con los del colegio de Estudios Árabes al norte de África y empiezo a colaborar en El Defensor de Granada, que es el periódico donde empezó Ganivet. Al director de ese periódico fue uno de los hombres a quien primero se fusila en Granada; no sólo se le fusila, sino que se lo llevaron vivo, atado con una cuerda al cuello hasta el cementerio y se le mata. Yo asistía a la tertulia de El Defensor, y asistía a la tertulia de un señor que se llamaba Soriano Lapesa, que era un hombre extraordinario, rarísimo, rarísimo, gordo como un globo y un hombre tan avanzado…; también había sido maestro de Lorca, tenía una biblioteca mucho mejor que la de la Facultad y la de la Universidad, hombre muy rico, hombre gordo, que en su tertulia a veces decía: «No, vosotros nada, cuando yo me case tendréis mujer todos…» [risas]. Para mí aquello era un mundo muy extraño, muy raro, y en ese mundo fui desenvolviéndome… Ingreso en la Escuela de Estudios Árabes y, al mismo tiempo, voy a la Escuela de Artes y Oficios, con un profesor extraordinario de arte, de Historia del Arte; el arte empezaba a interesarme muchísimo, yo no había visto un cuadro original en mi vida, pero empezaba a interesarme muchísimo. Se llamaba Agrasot, un gran exponente, teórico del arte. Y todo aquel ambiente…; luego venía Lorca, en los veranos venía a Granada, y se reunía con un grupo de amigos en el Café de la Alameda..., y allá me iba yo también a la peña de Lorca, y allí conocí personalmente a Lorca, tuve trato con Lorca. Mientras tanto se organiza el centenario de Lope, era el año treinta y cuatro, y Gallego Burín reinicia «La Carreta»: reinicia «La Carreta» y prepara una obra, La moza de cántaro, de Lope, y un auto sacramental…, sí, era un auto sacramental. En la obra de Lope me da un papel secundario, pero en el auto sacramental me hace representar a San José. Y yo voy a representar a San José, esto en uno de los patios de la Universidad; se pone el tinglado y tal, con música de fondo de Falla, coros del jefe de coros de la catedral de Granada. Se hizo un gran espectáculo en honor a Lope. Es mi primera salida al teatro, ya a un teatro serio y aquí tiene un gran éxito. De hecho, en El Ideal de Granada (se llamaba así el periódico católico que había en Granada) salió mi fotografía en primera plana, ocupando toda la primera plana, como San José, una caracterización imponente de San José. Y se habló de mí como hombre posible de teatro, de actor, de lo que fuera… Pero a mí aquello me interesaba secundariamente. El año treinta y cinco yo termino mis estudios de Filosofía, me dan el Premio Extraordinario. Quizás deba contar como conciencia social, en el desarrollo de conciencia social, una pequeña anécdota. Un buen día el profesor catalán, que tenía pruritos de aristócrata y de hombre refinado (luego me enteré de que no era tal), pero él se creía una gran persona; era un gran latinista, por otra parte. Este hombre…, entramos en el aula y este hombre…: mi primer contacto con la injusticia y la arbitrariedad es este hombre. Entramos en el aula, y el bedel se había dejado su gorra en uno de los pupitres de los estudiantes, allí, y dirigiéndose a mí me dice: «Señor Rubia, coja usted esa gorra; pero no la coja con las manos, coja un periódico, una página o lo que sea y lo tira usted abajo al patio». Y yo le dije: «Mire usted, la tira usted», le dije al latinista, y se armó el escándalo, ¡verdad!, y todo el mundo sobrecogido. Y me dice: «¡Se arrepentirá usted de esto!». Yo no podía hacer eso; espontáneamente rechacé la sugerencia y le dije que lo tirara él. Y entonces me denunció por mal educado, por falta de respeto al profesor; y me iban a hacer consejo de disciplina también. Bueno, pues yo me dije: «Bueno, yo voy a ver al decano, a Gallego Burín, y le voy explicar lo que ha pasado»; fue un impulso, me pareció arbitraria la cosa y reaccioné espontáneamente. Gallego Burín me dijo: «Hombre, pues esto…, pues tal…, él se ha quejado, yo no sé lo que vamos a hacer con usted…, tal…, pero a ver cómo se arregla y tal…, deje la cosa así». Pero entonces yo tuve una pillería, que fue elegir entre mis compañeros al más torpe… A los cuatro o cinco días de ese incidente teníamos clase de traducción; él se paseaba por la clase mientras íbamos traduciendo un párrafo…; él preguntaba: «Lea usted». Usábamos como libro de texto el Zenón [?] no sé si todavía se usa ese texto… Era un texto muy famoso, italiano, y traducíamos y tal. Cuando llegaba a mí, a partir de ese incidente, «pero usted no tiene la menor idea, eso está mal y tal…»; y se metía conmigo evidentemente. Bueno, pues vamos a ver qué hago yo aquí para defenderme de este señor; además corría el riesgo de mi beca.

José Manuel González Herrán.- Claro…

José Rubia Barcia.- Entonces lo que hice fue elegir a un catetito de un pueblo de Granada: el pobre no valía para nada, no tenía inteligencia para ser estudiante siquiera, y yo le preparaba a él todos los temas, y él tenía mis temas, y cuando le tocaba a él el profesor decía: «Muy bien, eso está muy bien…», le animaba y tal. Llegaba a mí y estaba muy mal, muy mal, muy mal. Llegué al final del curso y el señor me suspende. Entonces yo voy a junto el decano de nuevo y le dije: «Mire usted, tengo la autorización de la persona, pero no pienso mencionar el nombre; si usted me cree, me cree, y si no, pues…, pero ha sucedido esto, esto y esto; y en las clases ha pasado esto y esto; y este chico, no me importa si es el chico de un señor rico, no me importa el que yo dé su nombre o no dé su nombre, no voy a darlo a menos que sea necesario, y desde ahora le digo que esto ha pasado y este señor me ha suspendido, y esto me afecta y me afecta gravemente». Entonces reunió el Claustro o lo que fuera, no sé lo que pasó, el caso es que cambiaron la nota de suspenso a notable. Y es el único notable que tengo en mi carrera, todos los demás han sido sobresalientes y matrículas do honor, desde el principio de mi carrera hasta el final de mi carrera. Pero ese incidente me puso en contacto con la arbitrariedad, la injusticia, el que un hombre puede saber mucho y a la vez ser un grosero, un necio. De modo que son anécdotas, cosas que van formándole a uno de cierta manera. Funda don Fernando la Escuela de Estudios Árabes y yo soy el primero que se matricula, por indicación de este hombre que iba enseñar arte musulmán. Y entro en la clase, alterno una cosa con la otra. Año treinta y cinco: termino mis estudios normales, me dan el Premio Extraordinario en la Licenciatura, en los exámenes de Licenciatura, y me ofrecen… La República había creado Institutos de experimentación: eran Institutos, pero se permitía experimentar; entre ellos estaba el Instituto Ganivet de Granada. En el Instituto Ganivet de Granada la cátedra de latín la regentaba un muchacho de origen gallego que se fue luego a Venezuela, y… ¿cómo se llamaba este hombre, Magariños? Fue latinista conocido en Venezuela, y quizás en España también. Pero este hombre se marchó, la cátedra estaba vacante y entonces el director, que se llamaba Aniceto León Garre, que era el presidente de Izquierda Republicana en Granada, era murciano, me llama y me dice: «Me han hablado de ti... ¿Querías encargarte del curso de latín?». Bueno, pues me encargo del curso de latín. Y ese año, del treinta y cinco al treinta y seis fui profesor de latín en el Ganivet. Ya licenciado, yo me había venido ese verano aquí, a Galicia. No sabía qué hacer. Y fue el día más triste de mi vida el día que me licencié, que acabé la carrera. Porque ahora… ¿qué hago yo con esto, que hago con esto? Me vine a Galicia, y estando aquí en Galicia recibo un telegrama de Gallego Burín, me dice: «Tu beca en la Escuela continúa y el Claustro ha decidido encargarte de curso en la Facultad y que enseñes un curso de poesía desde el romanticismo a nuestros días». Pues aquello me solucionó, otra vez, un año más. Ya no tenía la beca para los estudios y entre la cátedra de latín del Instituto, provisional, y del curso y tal, me defendía ese año. Y me fui a Granada. Antes habíamos hecho una excursión por Marruecos; me puse en contacto con un alumno marroquí, y ya tuve problemas con las autoridades también, por la serie de artículos que escribí en El Defensor de Granada: algunos eran ofensivos para las autoridades francesas y para las autoridades españolas. Eso me provocó un pequeño conflicto en Casablanca. Pero de todas maneras terminé la cosa y, ¡ah!, empecé a trabajar en mi tesis doctoral. Por sugerencia de García Gómez yo iba a hacer la edición crítica de El diván, de Isaac ben Jalfón, un poeta del siglo XI, de Córdoba; hice la traducción y estaba trabajando en mi tesis desde el año treinta y cuatro. Cuando el año treinta y seis yo firmo la petición para participar en oposiciones en Madrid, oposiciones a cátedra de literatura. Firmo esta cosa…

José Manuel González Herrán.- ¿De literatura?

José Rubia Barcia.- De literatura. Pero tengo pendiente de lectura para octubre la tesis en Madrid, con García Gómez. García Gómez me había dicho que, a pesar de la discrepancia… No me tenía simpatía por mis ideas políticas: él era muy derechista, era muy católico y yo ya tenía fama de revolucionario, participaba en actividades de este tipo; participé… Un año antes de la sublevación general hubo una pequeña sublevación en Granada, participé en un mitin de masas en la plaza de toros, y se produjo un gran escándalo con todo aquello. Yo estaba muy activo con todo aquello. Alejandro Otero me encargó a mí entonces que yo llamara a los conventos y tal, para que las monjas evacuaran los conventos, porque temían que las masas…, y yo estuve en el teléfono toda una tarde llamando a conventos y tal. De modo que ya había una mezcla de actividad, y todo eso era un batiburrillo, una especie de cóctel, que yo no sabía por dónde iba a ir todavía, si al arabismo (la tesis iba a ser en árabe)… García Gómez me dijo: «Si usted lee la tesis ya, y yo me traslado a Madrid, yo le llevo de ayudante mío». Lo nombran a él en Madrid, en el año treinta y cinco, se va a Madrid y me deja embarcado allí, no se acuerda de mí, y entonces ya lo del arabismo…, esperaba leer mi tesis y quedarme en el aire. Pero estalla la guerra.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 03
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 03 en 00/00/1985

José Rubia Barcia.- Pero ya empieza la guerra y entonces la organización de las milicias gallegas… Luego hay un auxiliar de Largo Caballero en el Ministerio de la Guerra, que me conocía de la FUE, y me dice: «Necesitamos un hombre de confianza; me dijo don Francisco, el camarada Largo, que hay que buscar a alguien…, tú eres el indicado...». «Pues, al demonio, vamos… ¿A dónde me mandan?». Fui a Extremadura, fui a Toledo, fui a Guadalajara, a todas las partes con misiones gubernamentales. Mientras tanto ya me habían reconocido para el servicio militar, y me habían declarado de servicios auxiliares, en el servicio militar antes de la guerra. De modo que no me habían llamado con mi quinta, no me habían llamado, y yo estaba ocupado en estas cosas… Pero entonces yo sigo en Madrid haciendo de corresponsal de guerra de Política ahora, yendo a los frentes con otro camarada del periódico; se va a París el que confecciona el periódico –yo había estado confeccionando parte del periódico con él, ayudándole– y resulta que acabo de confeccionador del periódico en las máquinas. Todo esto abre posibilidades de trabajo para el futuro y me llaman… De pronto tengo una llamada del profesor Aguilar, que era catedrático de Historia de Sevilla y era el delegado del Gobierno –que ya se había trasladado a Valencia– en Madrid; había delegados de Instrucción Pública, delegados de Guerra y tal. Miaja era el jefe de…, el general Miaja… Me llama este Aguilar (yo no conocía a este Aguilar) a su despacho, y voy, y me dice: «Mira, me han informado que tú eres el único arabista que hay en España –en la España leal–, y que sabes de estas cosas. El Gobierno quiere abrir una Universidad que funcione, para dar sensación de normalidad, y el rector va a ser José Gaos y se abrirá en Valencia. De modo que, por orden del Gobierno, te he buscado, te he encontrado y ahora te vas a Valencia y te incorporas a la Universidad de Valencia, que se va abrir, y tú vas hacerte cargo de la cátedra de árabe». Yo dije: «Pero si García Gómez está aquí…». Estaba escondido, claro. Y esto para mí era muy violento, la cosa esta era muy violenta... Pero fui a ver a García Gómez y le dije: «Pasa esto, y tal…, pero yo creo que usted es el encargado para...». «Ah, yo no, no…». Entonces hablé con Alejandro Otero: «Pasa esto y tal, dile que tú le garantizas que no le va a pasar nada…, y que se venga a Valencia». Entonces yo le dije: «Mire: dice don Alejandro (él le conocía como Rector de la Universidad), que venga usted a Valencia conmigo y que él le garantiza...». Pues muy bien; entonces me dice que sí, pero me dice: «Yo enseño la lengua, y tú enseñas la literatura». Yo nunca había enseñado literatura árabe; había estudiado los cursos de literatura árabe, pero no había enseñado la literatura árabe. «Yo la lengua y tú la literatura…». Bueno, pues, muy bien. Vamos allá y hay una reunión preliminar del Claustro en la Universidad que se va a poner a funcionar la cosa y tal... Mientras tanto, me llaman de la Caja de Reclutamiento, me llaman para…, oh, no, no, no…; me llama Otero (que estaba en Valencia, ya subsecretario de armamento). Fue un encuentro dramático mi encuentro con Otero en Valencia. Él creía que me habían fusilado en Granada...

José Manuel González Herrán.- Ah, porque creía que estabas en Granada. De haber estado en Granada te hubieran...

José Rubia Barcia.- Me fusilan, claro. Y si llego aquí, también. De modo que en los dos lados, ¿no? Él creía que me habían fusilado en Granada y cuando me vio el hombre, como si fuera mi padre, se abrazó a mí conmovido y tal… Y entonces Otero me dice: «Yo te necesito a mi lado, no tengo hombres…, estoy rodeado de traidores, te necesito a mi lado». «Pero, don Alejandro, yo estoy ahora con esta cosa de la Universidad, no sé lo que va a pasar y tal...». Entonces dice: «Mira, un compás de espera mientras se resuelve eso…; el Ministerio de Instrucción Pública ha decidido publicar un órgano de milicias de la cultura y esta cosa está a cargo de un señor que se llama Domingo Amo y no tienen director. Como está en manos de los comunistas, yo necesito un joven socialista allí y tú eres el más indicado». Porque yo había hecho El Estudiante, en Granada, y me conocía ya como redactor de El Estudiante. «¿Y por qué no te proponemos al Ministerio de la Guerra que te hagan Miliciano de Cultura de División, y pasas a ser el director?». En efecto, el decreto está en la Gaceta de la República, nombrándome Miliciano de Cultura de División; debía ser asignado a una División como Miliciano de Cultura…; en vez de eso me ponen de director del periódico, órgano de todos los milicianos de todo el país. Entonces empiezo a trabajar en la cosa de la organización de eso. Lo bautizo yo como Armas y Letras…; empiezo a trabajar en eso y hago siete, ocho o nueve números. Pero el Gobierno va a trasladarse a Barcelona y don Alejandro dice que me necesita…; mientras tanto hay una crisis del Gobierno, el Ministerio de Instrucción Pública pasa a manos de la Montseny, anarquista, y los comunistas son rechazados, los socialistas son rechazados, y se apoderan de la revista los anarquistas. De modo que me quedaba el campo libre para ir a Barcelona.

José Manuel González Herrán.- Perdona un momento: en Armas y Letras, ¿escribiste algo o simplemente dirigiste?

José Rubia Barcia.- No; escribí, dirigí, monté la revista en colaboración con un muchacho dibujante valenciano que se llamaba Ponsat. No había imprenta en Valencia, íbamos a Madrid a hacerla a una imprenta a Madrid; casi atravesando los frentes de guerra, volvíamos de Madrid. Cuando iba a Madrid parábamos en la Alianza de Escritores, que dirigían Alberti y María Teresa [León]; allí pasábamos la noche, a veces, un par de días, con el Madrid bombardeado y toda la cosa…, recogíamos las cosas del periódico, nos las llevábamos a Valencia y se distribuía desde Valencia por todos los frentes. Yo escribí las editoriales de Armas y Letras sin firma; pero una cosa muy curiosa ocurrió. Yo por casualidad encontré…, es una cosa muy curiosa esto… Yo no tenía tendencias pro comunistas de ninguna clase; de hecho me opuse un poco al Carrillo este, que era el que había unificado a las Juventudes [Socialistas y Comunistas]; hubo una reunión de intelectuales internacionales en Madrid y otra en Valencia, a la que yo asistí. Y la conexión con el Partido Comunista era un poco…; no era muy fácil, entonces… (Pero no sé a que venía esto último…).

José Manuel González Herrán.- Lo de Armas y Letras, donde, aparte de escribir editoriales…

José Rubia Barcia.- Editoriales… Cayó en mis manos un poema en inglés (yo había estudiado inglés aquí, en Ferrol, tres años con miss Lidia, cuando yo era estudiante de bachillerato, aparte también); cayó en mis manos un poema que se titulaba en ingles «Nanking Road», de un señor llamado Mao Tse-Tung. Me impresionó tanto aquel poema (que era de la carretera de Nanking…, pero que era mi experiencia en la carretera Valencia-Madrid, Madrid-Valencia, ¿no?), que lo traduje al español, y está publicado en Armas y Letras; es la primera traducción que se ha hecho al español de Mao Tse-Tung, antes de que fuera célebre o conocido.

José Manuel González Herrán.- Ni como poeta ni como político.

José Rubia Barcia.- Nada, nada, de modo que esto es una cosa muy curiosa, esta coincidencia de que yo fuera el primer traductor de Mao Tse-Tung. El caso es que salió el periódico, que funcionaba muy bien, las cosas marchaban muy bien, y me traslado a Barcelona por indicación de Alejandro Otero. Me asignan a la Secretaría Técnica y ponen en mis manos todo el archivo de correspondencia con Rusia. De modo que durante ese periodo, la operación de Teruel…: fue una experiencia vivísima para mí, porque yo no esperaba las cosas que iban a suceder, era totalmente inesperado. Por ejemplo, él se desesperaba con esto…; Alejandro Otero era un ser extraordinario, y una de las anécdotas de él es que los comunistas le acusaron de haber hecho perder un barco con cargamento de guerra que venía de Suecia para la España leal, y él dice: «El único dinero que tengo (tenía unos cuatro o cinco millones de pesetas en Suiza), lo pongo a disposición del Gobierno para reemplazar ese barco»; y se quedó sin un céntimo. Todo el dinero lo invirtió en reemplazar el barco perdido y cortó la cosa esa de los comunistas de una manera tajante. Tuve grandes experiencias con este hombre, extraordinarias: de valentía, de arrojo, de decisión, de decencia, de honradez. Fue para mí un ejemplo humano decisivo en mi vida. Yo no he conocido a nadie con una integridad humana, personal, intelectual y científica como la de este hombre. Fue una especie de modelo que yo encontré en la vida. Entonces estuve al servicio de la Subsecretaría de Armamento unos ocho meses antes de que se acabara la guerra, encargado de la correspondencia esta, con claves…: escribíamos a Rusia en clave, pasábamos a la embajada española. El señor Pascual era el embajador en Moscú, y pasábamos la información en clave, pedíamos las armas y tal; pero pedíamos… a lo mejor pedíamos tantos tanques, y tal y tal…: «Oficio de acuerdo con su petición de tal y tal… llegará al puerto de Barcelona el barco tal y tal… que llevará trescientos camiones…». No habíamos pedido los camiones, pero nos mandaban camiones, porque sobraban camiones. Es decir, que todo era un rejuego, no era juego limpio aquel, no. De modo que aquello me hizo asociar comunistas y católicos: el dogmatismo, la cerrazón mental, y afirmó mi decisión de no caer en esa línea, porque podía haber caído fácilmente, no.

José Manuel González Herrán.- Porque en ese momento…

José Rubia Barcia.- Las Juventudes Unificadas…, ellos eran eficaces en los frentes. De modo que… eso me afirmó… esa experiencia me afirmó y me acercó a lo que Fernando de los Ríos –a quien se le consideraba entonces importante– expresa en su libro Socialismo humanista, que es una versión española del socialismo, que luego se internacionalizó. Fernando de los Ríos fue el primer socialista humanista en Europa; y, esto, que es una versión española, se correspondía con Pablo Iglesias y con la tradición indígena española del socialismo. De modo que eso me abrió, ya me fijó el horizonte político en esa línea. Bueno, el caso es que un mes antes de que se acabe la guerra, en un bombardeo de Barcelona me hieren. Resulto herido y no le doy mucha importancia…: estaba en el suelo cuando caen las bombas, algo me dio y me lastimó en un brazo; sí, estoy herido en el brazo; en este brazo se nota ahí una especie de cicatriz, ¿ves? Tenía un pedazo de metralla incrustado en ese brazo y el brazo a los seis días estaba hecho una monstruosidad, y no había éter, no había nada; la alternativa a esto, si no hay resultado, era amputar el brazo y por poco me quedo manco como consecuencia de esto. Me operaron en Barcelona: Alejandro Otero hizo que trajeran por avión éter de Valencia para operarme; me operaron en Barcelona, y ya vino la catástrofe final… Entonces la Subsecretaría me encargó a mí que pasara a Francia los archivos de la Subsecretaría y fui a Besalú, que era el centro donde estaban, en la provincia de Gerona, de Besalú a los Pirineos, con los archivos de la Subsecretaría… y con orden de que, si tenía que pasar la frontera, que ya los quemara…, cartulinas y cosas de ésas a montones. En efecto, a la gente que yo me llevé para ayudarme en esta tarea, los mandé a la frontera; me quedé yo solo con todo esto y le puse fuego una noche; pongo fuego y empiezan a caerme los bombazos todos alrededor de la hoguera, en plena montaña…; desde abajo disparaban las fuerzas de Franco ya. Y con una mula, y solo, y el brazo en cabestrillo, pasé la frontera. Y llevaba conmigo, encargado también por el Gobierno, que me habían dicho que vendrían unos pastores navarros, que iban con un rebaño de tres mil ovejas…, que tenían que llevar a la frontera, y que yo me hiciese responsable de la cosa… Todo esto parece esperpéntico y extraño. Pasé la frontera y allí estaba García Gómez conmigo; pasó la frontera conmigo: de hecho, me ayudó a pasar la frontera, porque estábamos en una cabaña de pastores una noche, ya desesperados; no nos dejaba la policía francesa pasar, y él se acercó a la frontera, y vino a propósito para decirme que la frontera estaba abierta y que ya se podía pasar. Había unos cinco o seis mil hombres esperando allí. Y pasamos León Garre, su cuñado y yo. Esto está poetizado en mi libro Umbral de sueños, donde hay una versión poética de esta trinidad que pasa la frontera… Pasamos la frontera, e inmediatamente, al campo de concentración. Campo de concentración: yo débil, muy débil, con el brazo así…, perdí una de mis maletas con la mula que se cayó, y ya no podía cargar con la otra maleta…, y llevo una pequeña maleta conmigo al campo de concentración. Y, esa noche, primera noche en el campo de concentración…, yo me muero en el campo de concentración.

José Manuel González Herrán.- ¿Cómo que te mueres?

José Rubia Barcia.- Sí. Sí, sí, me muero en el campo de concentración. El campo de concentración era en plenos Pirineos, mes de febrero, todo nevado, con una alambrada alrededor y unos cuatro mil hombres metidos ahí, encerrados ahí como ganado. Y llega la noche…; antes de llegar la noche, unos senegaleses negros con ametralladoras que cuidaban el campo tiraban por encima de la alambrada puñados de carne de caballo cocida, y la gente, como los perros, apoderándose de un pedazo de carne…, todo el mundo estaba hambriento. Y esa noche, pues..., las maletas…, el suelo estaba nevado, las cuatro maletas, la de Garre, su cuñado y la mía, en el suelo; sobre las maletas nos encaramamos allí para no estar en la nieve, y surgió una manta del cuñado o de quien fuere sobre las cabezas y allí, a temblar de frío. Yo perdí el conocimiento…, a una hora o dos horas de eso perdí el conocimiento. Esto se lo contaba León Garre (que acaba de morir en Barcelona, fue director del Instituto Balmes de Barcelona), se lo contaba a Eva. Porque yo se lo había dicho. Es tan increíble todo esto que parece una novela. Entonces ellos, el cuñado y él, cuando me vieron que perdía el conocimiento, me desnudaron y me friccionaron con nieve, y volvieron a tal… Entonces yo resucito; a las dos o tres o cuatro horas resucito, temblando de frío y tal. Pero si me dejan, ya nada... Esa noche, esa primera noche, por la mañana, sacaron más de cuatrocientos cadáveres del campo: se habían muerto de frío…

José Manuel González Herrán.- En esa noche.

José Rubia Barcia.- En esa sola noche. Todo esto es pintoresco y tal, no tiene nada que ver con...

José Manuel González Herrán.- Sí tiene, porque es mucho más interesante de lo que podría parecer…

José Rubia Barcia.- Bueno pues, ahora viene todo el episodio de ser derrotado en Francia y lo que ocurre. Casi pasamos un millón de españoles la frontera; Francia no está preparada para recibirnos…, hay un gobierno muy débil, el de Léon Blum; hay crisis económica y, entonces, le digo a León y a su cuñado: «Yo no me quedo otra noche aquí, porque significa que me muero, me voy… yo me escapo como sea, me voy a donde sea». «Pues vamos contigo, pues vamos, pues vamos los tres». En la segunda noche encontramos…; alguien…, esas cosas que pasan…, encontró unos alicates, nos los prestó y esa noche, a la noche siguiente, como a eso de las diez de la noche, con los alicates cortamos parte de la alambrada y deslizándonos, ya de noche, fuimos arrastrando las maletas, fuimos arrastrándonos nosotros, nos alejamos como unos cien o doscientos metros del campo; y, ya lejos del campo lo suficiente para ponernos de pie, nos pusimos de pie, empezamos a marchar, fuimos dando la vuelta al pueblo. El pueblo se llamaba Saint Laurent-de-Cerdans, está en plenos Pirineos, y había una especie de hotel…, pensión…, al otro lado del pueblo…, nos acercamos allí: y a una señora que estaba allí le dijimos que éramos…, que nos habíamos escapado de este sitio, pero que podríamos tener la posibilidad, quizá, de tener… dinero…, de que nos irían a buscar…, que si quería escondernos…, que le pagaríamos. Yo tenía una pluma de oro que me habían regalado mis estudiantes del instituto, y tenía también una Leika, una cámara alemana, y tenía [risas] un corte de traje que pensaba hacerme, que estaba en la maleta. Eso se lo di a la señora, y Garre le dio otros objetos, el otro, otras cosas… y la señora permitió que nos quedáramos… Entonces, salíamos todos los días. Yo escribía a Alejandro Otero, que estaba en Perpiñán, si podía sacarnos de allí. Y todos los días salía uno de nosotros a ver si había correspondencia, o si venía alguien o lo que fuera. Por turno, nos poníamos por turno. Uno de los turnos me tocó a mí…, me cogió la policía y me llevó otra vez al campo de concentración. Entonces, yo me escapé de los policías; y además me había enterado por la señora de que el alcalde era socialista. Entonces, me escapé, me fui al Hôtel de Ville gritando: «¿Dónde está le maire, le maire, le maire…?». Por fin salió el maire y le dije: «Estoy desesperado…, esto no puede ser, y tal…, a mí me condenan a muerte de esta manera…»; le enseñé mi carnet del partido y todas las cosas, y al hombre lo convencí para que me dieran un laissez-passer, que es una autorización para no estar en un campo de concentración, porque en circunstancias especiales se podía hacer eso, en caso de que hubiera ayuda de fuera. Me dio un laissez-passer, le pedí otro para Garre, y otro para el cuñado, y con tres laissez-passer ya podíamos esperar un mes. Otero nos mandó desde Perpiñán un automóvil con una bandera de la embajada belga y un chofer, para que viniera a recogernos, y entonces nos fuimos a Perpiñán. Sigue toda una historia larguísima de incidentes. El caso es que…, fui…, incluso renté en un castillo, un château en Francia; me llevé allí siete u ocho de los más desgraciados... Le escribí a un tío de América (tú lo conociste…, Antonio); y Antonio me abrió una cuenta corriente con fondos ilimitados en la Société Générale. Y entonces yo dije: «Pues ya, con esto me defiendo». Y alquilé un castillo, un château abandonado en Saint Silmont, al noroeste de París. Estábamos en la «Maison des Elephants», en Saint Germain, en las cercanías de París; todos los empleados de la Subsecretaría esperando ser conducidos por avión a Madrid…, íbamos a volver a Madrid. Porque la guerra no se había acabado; el frente se había dividido, pero seguía una parte en nuestras manos. Y estábamos concentrados esperando a que Alejandro Otero nos diera a todos órdenes de tomar los aviones e irnos. Pero mientras tanto, yo no quería ser carga; tenía dinero para vivir allí, pues alquilé ese château y me llevé a algunos conmigo. El jefe del château era un jefe de policía; el jefe de policía me engañó…, quiso cobrarme más después…, y yo le dije unas cuantas cosas… El caso es que dio orden de detenerme y tuve que marcharme corriendo del château. Y nada... Con muchos incidentes, con seguir muchas peripecias, no había manera, busqué salida de Francia, no había manera... Lo primero que hice fue buscar al estudiante sueco. Fui a buscarlo a la residencia, a ver si estaba, porque dije: «Éste probablemente me da una solución pero ya no está, habían pasado dos años y ya no...». Fallaban todas las posibilidades; y, entonces, entre la gente que estaba en París…: éste no había luchado en España…, era un muchacho de La Redonda, de aquí, que me encontré por casualidad y me dijo: «Tú eres de Mugardos, y tal…». En un café, en París, nos identificamos. Yo le dije mi problema; «Mira, lo vamos a resolver, porque yo soy muy amigo del portero de la embajada cubana, que es también gallego. (Esas cosas…: otra vez el destino, esas cosas...). Y yo le voy a hablar». Bueno; entonces le habló, y me dijo que fuera a verle. Fui a verle y me dijo el portero de la embajada cubana… Porque pasaron otras muchas cosas, fui a parar primero a Toulouse, después a Burdeos, después a Limoges.


1985-00-00
José Rubia Barcia: Unha vida contada 08
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Transcripción da José Rubia Barcia: Unha vida contada 08 en 00/00/1985

José Manuel González Herrán.- ¿Tú tienes conciencia de haber creado escuela en ese grupo?

José Rubia Barcia.- Sin duda, sin duda, naturalmente. En el libro ese que me han hecho, a pesar de que lo hicieron clandestinamente… Mi libro homenaje…: yo no me enteré, debieron hacerlo clandestinamente, porque yo me opongo en principio a estas cosas…, lo hicieron en colaboración con mi hija mayor, que conspiró contra mí; pero si eso se hace abiertamente el libro hubiera tenido quinientas páginas en vez de las páginas que tiene, porque mucha gente ni se enteró, como yo no me enteré… Me hubieran escrito a mí, o lo que fuera. Pero, de todas maneras, ahí…, algunos de esos son estudiantes míos, la chica que firma, la Jonhson esa, hizo su tesis sobre Miró; la primera tesis que se hace sobre Miró en los Estados Unidos, y ella sigue trabajando sobre Miró con mis métodos, y con mis cosas y mi acercamiento. Y así unos y otros. Además, lo que yo hice fue renunciar a dirigir tesis sobre escritores vivos en la actualidad, con la excepción de los que estaban en el exilio, dirigí tesis sobre León Felipe, sobre Larrea, sobre...

José Manuel González Herrán.- ¿Sobre qué autores, preferentemente, se han ocupado las tesis que has dirigido?

José Rubia Barcia.- Las mías, de la literatura contemporánea, con la excepción de que dirigí una tesis sobre el siglo XVIII, sobre el XVIII-XIX, a una estudiante invitada a venir aquí, que se llama Eva Rudat; una estudiante mía que hizo su tesis sobre Alcalá Galiano. Pero lo demás es siglo XIX y XX: sobre Galdós, sobre autores contemporáneos; sobre Pérez de Ayala, tres nada menos; sobre Valle Inclán, dos; Lorca también… Autores contemporáneos, pero pertenecientes al periodo anterior a la guerra; no me ocupé de ninguno de los que estaban vivos… Jorge Guillén, también: dirigí una tesis sobre Jorge Guillén. De modo que la literatura contemporánea, gracias a nuestro esfuerzo, interesó e interesa fundamentalmente en los Estados Unidos, pero se queda en el periodo del comienzo de la guerra, porque no podíamos ocuparnos de los escritores de aquí que no se ocupaban de nosotros.

José Manuel González Herrán.- Exactamente.

José Rubia Barcia.- No lo hacíamos por eso…

José Manuel González Herrán.- Aquí sí se ocupaban de ellos.

José Rubia Barcia.- Pero no había por qué ocuparse de ellos; ya se ocuparon después otras gentes. De modo que, en ese sentido, hicimos una gran labor, creo, en los Estados Unidos. Ahora, naturalmente, yo he estado en contacto con las instituciones no sólo culturales, sino también políticas; he colaborado con El Socialista, cuando se editaba en Toulouse; he colaborado en la prensa del exilio en México, en la prensa de Nueva York del exilio, también.

José Manuel González Herrán.- Ése es un aspecto que quería que tratásemos; ya que lo apuntas, lo podemos plantear a partir de lo que has recogido en tu libro Prosas de Razón y Hiel, para que eso pueda servir como muestra de la labor, o de la actitud de los exiliados, o de algunos exiliados, con respecto a la situación política española posterior al treinta y nueve. Porque a mí me da la impresión, o a algunos nos da la impresión, que una cierta parte de los exiliados del treinta y nueve se volcaron en la actividad académica, docente o profesional; y, o no nos llegó a nosotros la noticia o no se ocuparon... A mí me da la impresión de que tú constituías una cierta excepción en esa actividad.

José Rubia Barcia.- No. No constituía una excepción.

José Manuel González Herrán.- Pues me alegro.

José Rubia Barcia.- Creo que todos los intelectuales que salieron al exilio agudizaron su sensibilidad política y se opusieron al régimen de Franco de manera sistemática. Yo no soy excepción en ese caso, quizá fui uno de los más violentos…

José Manuel González Herrán.- O de los más activos.

José Rubia Barcia.- O de los más activos…; pero no fui el único, ni mucho menos. Algunas de las cosas que se han hecho en la Argentina, por ejemplo, un libro que publica un profesor español no muy conocido en España y muy oscuro (ahora no me acuerdo de este hombre, me acordaré después si te interesa el dato), que luego me sorprendió…, no lo había visto antes, lo vi después…, que expone la teoría de Castro en la Argentina, con menos datos y erudición. Yo mismo, en La Habana, en mis comentarios anticipo también algunas cosas. De modo que el sentimiento era común, que había que renovar la visión de España, que España no era exclusivamente un imperio que se impone, sino que había otras posibilidades. Y esa visión de España nos hacía asimilar el imperio; asimilarlo: cosa nueva para una generación como la nuestra. La reconsideración del imperio, por nuestra parte, del imperio español, nos llevaba a sentir ya que había una injusticia en el juicio universal sobre la actitud de aquellos españoles fanáticos que iban a establecer un nuevo mundo, y que eso se entendía mal. América nos abre los ojos a nosotros para una visión nueva del imperio. Pues esto, naturalmente, esto políticamente… con las mentecateces que se hacían en la política nacional, de una vuelta a la Hispanidad y la pretensión de dominar América de nuevo, etcétera, eso hacía incompatible la cosa; pero nuestra voz era una voz que abarcaba la adhesión de los hispanoamericanos sensibles y comprensivos. Y se produjo gracias a nuestra actividad, a la actividad de los españoles en México, en Cuba, en Venezuela, en la Argentina…; se produjo de nuevo una aceptación de España. Nosotros fuimos a reivindicar una España que no era ésta, y esa España les sirvió a ellos también, para sentirse mucho mejor en contacto con nosotros. De modo que nosotros conseguimos la unificación espiritual del espíritu hispánico en América, siempre luchando contra el dictador que estaba en España, que no nos representaba, que no podía representarnos; era un producto arcaico, decadente, inactual…; no podía tener influencia en la vida del mundo, era una cosa totalmente arcaica y vergonzante, y compartíamos la vergüenza nuestra con los hispanoamericanos; y eso nos ganó la simpatía de la intelectualidad americana. Pero aquí, naturalmente, se callaba nuestra voz.

José Manuel González Herrán.- O, al menos, se callaba vuestra actividad que no fuera la puramente académica.

José Rubia Barcia.- Naturalmente.

José Manuel González Herrán.- La prueba es eso, que en 1968-70, todo el mundo sabía quién era Rubia Barcia, como especialista en determinados temas de literatura española; pero muy pocos podían saber que, aparte de esos estudios...

José Rubia Barcia.- Creo que es una exageración; pocos sabían que yo siquiera existía.

José Manuel González Herrán.- Cuando digo sabíamos…, los que estudiábamos la obra de Valle-Inclán sabíamos de tus artículos o de tus libros; pero no sabíamos que había una labor, no sólo ideológica, sino también una labor de libros, artículos, de conferencias…

José Rubia Barcia.- De españolización de nuestra actitud. Pero en esto no fui único; me conoces a mí únicamente, pero hay multitud, somos cientos de españoles; si lees el libro de Domingo Amo sobre la actividad intelectual de los españoles en el exilio, es el primero que ha salido; es un libro que se publicó, probablemente –Domingo Amo lo hizo en colaboración con un americano, en Washington–, y se publicó…, debió publicarse hacia el año cuarenta y nueve o cincuenta; es el primer libro que agrupa la actitud nuestra en América y, en ese libro, yo ya aparezco, como profesor en La Habana, como autor de unas cosas; mis actividades están esquemáticas ahí, pero ya están, y lo mismo de todos los que después van a morir, porque eran mayores…, todo lo que se ha producido en la primera etapa del exilio. Nuestro exilio ha sido eminentemente político, no económico; hemos sido gente amenazada de muerte, que tiene que marcharse de su país, pero la conciencia política se aviva y lo que ocurre es que dura tanto, y tanto, y tanto, y la espera para que este hombre se caiga…, y en vez de caerse se reafirma con medidas económicas, con lo que sea, con ayudas extranjeras y, poco a poco, se nos va alejando la perspectiva de la posible vuelta y, ya, llega un momento en que es imposible la vuelta, tenemos que morir en América y la mayor parte ha muerto en América. De los mayores, los que tenían cuarenta y cincuenta años en el exilio, ya han muerto todos; y los jóvenes…, yo soy quizá el más joven de todos los que han escrito en América. Yo todavía persisto y pervivo, pero sin la posibilidad de volver a nada…, ya estoy…, me cogió la tela de araña del tiempo y de la vida, me envolvió y, naturalmente, soy la mosca para la araña; me come, las circunstancias… y no tengo más remedio que permanecer donde están mis hijos, donde están mis nietos, donde está mi vida. Este país es mi país, pero es mi país en esencia y muy adentro, pero no es el país ya en el que puedo vivir.


TERMOS CLAVE DO FONDO Persoas: Avilés de Taramancos, AntónLombao, CristinaGonzález Herrán, José ManuelRubia Barcia, JoséDíaz, AvelinoAller, Ramón M.Otero Pedrayo, RamónCastelao, Alonso Amat, FernandoAlonso Ríos, AntónUnamuno, Miguel deLugrís, UrbanoGarcía-Sabell, DomingoSeárez, José Antonio deFranco, FranciscoCabanillas, RamónSalvat i Ferré, RicardPorteiro García, María XoséXoana I “a Tola”, García Lorca, FedericoPiñeiro, RamónPrada, RodolfoFernández Osorio-Tafall, BibianoLago Pita, PabloPuente, ManuelCrestar, AntónGonzález López, EmilioBlanco Amor, EduardoFerreiro, Celso EmilioPrisciliano, Castro, Rosalía deSeoane, LuísPerozo, Xosé AntonioFerrer, San VicenteMeilán Martínez, Manuel Temáticas: entrevistaliteraturapoesíauniversidadeguerradocenciaemigraciónteatroGalegovídeoProxectorSecundarioUniversitariosaudademigraciónsretornointegración socialsociedadeidentidaderadioLingua. Literaturaconferenciaspatrimonio culturallinguafamiliaestudosembaixadasexiliointelectuaislibroshistoriaHistoria. XeografíaArtes plásticas, deseño, música, danza e deportehistoria da arte e estéticafísicaCiencia. Tecnoloxíaastronomía e astrofísicaÁlbum de Galiciamemoriasculturapolíticamorriñacomunicaciónhomenaxeslingua galegaobra literariaObra poética [libro de Seoane]formaciónGuerra Civil española (1936-1939)ideoloxía

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